miércoles, 21 de mayo de 2014

Burrocracia futbolera

Hace días subí a Twitter un comentario sobre mi equipo y lo que me enorgullecía ser cadista. Que sólo la afición ya le valía como acciones al club. Argumentaba sobre la capacidad de convocatoria en la categoría de bronce del fútbol español: inédita.

Comentaba que no le hacía falta ganar la Europa League -como hizo con justicia el Sevilla FC días antes (y esto, quiero concretar, lo digo aquí ahora)- para que el equipo se viese arropado igual que si la hubiesen ganado ellos. ¡Ese o cualquier trofeo!

Mi reflexión se ayudaba de forma gráfica con una imagen explícita que corroboraba lo que decía. Compartí mi satisfacción con otros aficionados -cadistas y de otras devociones futbolísticas- pues en mis palabras no existía acritud alguna, sino alegría por saberme seguidor de un club con esa masa social.

Mi sorpresa llega días después. Salvo un par de comentarios algo críticos, que solvento de forma satisfactoria, me mencionan en esa red social. Quien me apela, inicia una conversación acerca de lo inadecuado de mi reseña no nombrada sobre el equipo sevillista. 

Este simpatizante del club nervionense, incide en que su afición merece el respeto debido, cosa en la que -insisto- nunca falté, ni tan siquiera llegué a referir. El Sevilla FC consigue por méritos propios lo que ha logrado.

En cuanto a fútbol, la importancia que yo doy a este tema es la justa. No soy un fanático, sino un aficionado del Cádiz CF y no me enervo porque a alguien no le guste mi equipo, ¿tendré otras cosas de las que preocuparme que de eso? 

Voy exponiendo con esta persona diversos puntos de vista hasta que me dice que puede que yo no tenga ni puta idea de fútbol (sic), por haberme equivocado en un año, ya que le recordé que hasta el año 2007 -erróneo por mi parte- su club había ido a medio gas desde hacía bastante (comentario hecho como aficionado al fútbol, ni más ni menos, y creo que no dije mentira alguna ni dañé a nadie). Le incidí sobre lo innecesario de la expresión, pero ese punto de inflexión fue el inicio de la realidad del, desde entonces, incómodo debate. 

Argumentándole que el nombrar la Europa League era una mención meritoria hacia su club, capaz de haberla ganado, toma mi comentario como un acto prepotente y narcisista, incluso le parece grosero. Me habla de su orgullo sevillista porque así se lo inculcaron, porque así lo siente y que yo no era nadie por quien se tuviese que sentir satisfecho por haber nombrado a su club. 

Me ningunea en definitiva. 

Por supuesto que yo no comenté mi tuit para glorificar a ningún otro aficionado que no fuese al cadista. Me urge una rectificación y una disculpa por mi parte cuando le increpo que no acepto más insultos. Desde entonces, cualquier tipo de deliberación sobra. No admito estas injerencias. 

Lamentable era observar cómo, mientras comentábamos lo que suponía una conversación particular, retuiteaba algunos de mis textos. ¿Para..? ¿Por..? Quise entender que pretendía avivar la polémica entre sus seguidores, haciéndome pasar por un agitador antisevillista y, ya lo he dicho, las cosas del fútbol, para mí, en sus justas medidas: NO soy anti ningún equipo.

Directamente me acusan de menospreciar a otra afición, insisto, después de una extensa conversación a través de Twitter donde intento exponer esto que aquí escribo.

Mi reflexión.

El fútbol es un deporte de pasiones, sin duda, pero jamás admitiré la falta de respeto ante una opinión personal donde en ningún momento se provoca, ni se menosprecia, ni se falta a nadie. Mi tuit, reitero y explico, alentaba la gran afición del  Cádiz CF. 
Su increíble movilización sin jugarse ningún título, ni europeo -como expuse- ni nacional, como se expresa en la imagen. En ningún caso buscaba comparar aficiones. ¡Qué absurdo! 

Creo que quien se enerva y se molesta con esto, sin más, a pesar incluso de haberle contrastado lo que intentaba exponer en aquél mensaje, está totalmente cegado por el fanatismo.

Sigo defendiendo a mi equipo, el Cádiz CF. Insisto en que su afición es su mayor tesoro y la mejor inversión del club, capaz de congregar a miles de personas en la 2ª división B. Es decir, fuera del fútbol profesional. Eso es digno de mencionarse en el tema deportivo.

Hay aficiones y grandes aficiones y la de mi club está en ese grupo de grandes. Mi equipo no tiene títulos, no es de los considerados importantes por este motivo, si se le considera así es únicamente por ser centenario y por sus devotos discípulos. Sólo por eso.

Gente que toma un comentario personal, sin ninguna clase de mofa, sobre un equipo que ni les va ni les viene y lo eleva a agravio, no hacen afición: crean guerras innecesarias y absurdas. Y ya sabemos qué traen consigo estas contiendas.

Por último, este desagradable hecho logra dos cosas. Primero, que siga adorando el azul y amarillo de mi sentimiento futbolero. Segundo. Reafirma la intolerancia, la incapacidad de asimilar críticas (aunque este no fuera el caso en un principio) y la tremenda burrocracia en la que el mundo del aficionado al fútbol se encuentra inmerso.

Para mí, el fútbol es un deporte donde algunos se hacen muchimillonarios y, como empleados, trabajan por la empresa que les paga, y otros vibramos y descargamos adrenalina con victorias y derrotas y, en definitiva, llevamos el escudo bordado en nuestro interior. Es otra forma de vivir. Otra más dentro de la complejidad -o simplicidad, según se vea- humana. Fuera de esta comprensión de la afición al balompié me sobra todo.

Escribí en este mismo blog una reflexión "CADISTA" sobre lo que representa este sentimiento. Creo que eso, sí es hacer afición.

(Este es el controvertido tuit)

@ursoniano: Esto lo hace la afición del @CadizCF_SAD. Sin Europa League, ¿eh? http://t.co/5dl0cJNWG2 ¡Grandes! @portalcadista @8cadiz @AbeInfanzon


A la Sevilla ensimismada

Y Sevilla... 

¿Cuántas veces no habremos leído este párrafo último del poema que citaba a toda las capitales andaluzas destacando su encanto esencial y que, sólo con dos palabras, pretendía decirlo todo sobre lo que representa y es la capital hispalense?

Yo, que soy un acogido en esta tierra seca, observo una ciudad ensimismada en el reflejo del espejo en las aguas del río grande que la cruza. Cegada por el esplendor de sus calles universales. Hipnotizada por sus murales centenarios de la antigua Isbylia, que hoy son símbolos de su grandiosidad pasada y le renta beneficios esa majestuosidad.

Así, como Sevilla misma, los propios sevillanos. Enamorados non plus ultra de la tierra que los vió nacer. Orgullosos embajadores de sus raíces. Encantados de saberse poseedores inmateriales de un legado envidiado a veces, admirado siempre. 

Para el sevillano, sin perdón de nada, no hay más allá de sus fronteras. Respetan, preguntan, miran y callan sobre lo exterior, pero no hay más que Sevilla y su sevillanía en sus bocas. Dejan que cada cuál sea vocero de las galas de sus tierras pero, por encima de todo, está lo suyo. 

Sus tradiciones no entienden de añadidos extraños. Sus costumbres es ese nudo gordiano que les une a su naturaleza presumida. Magnificencia y magnitud son las medidas en la tierra donde Fernando III se hizo santo y hundió su rodilla en tierra, en rogativa a María Santísima -"Váleme, Señora"- y creó una devoción, salida de la fe guerrera, en tierras nazarenas.

Sevilla es altanera, narcisista, coqueta, presuntuosa, vanidosa, altiva, suficiente... ¿¡Sigo!? Porque ella lo vale. ¡Y lo sabe! No se puede competir con su Giralda -tvrris fortisima- ni con su inseparable catedral: arte, detalle, ejemplo, gozo, donde queda prendido el de aquí y el de allá. 

No se puede divagar sobre qué rincón de sus calles donjuanescas y cervantinas tienen más embrujo. ¿Plaza de Santa Marta? ¿De doña Elvira? ¿De Santa Cruz? ¿San Lorenzo? ¿Los Terceros?

¿Qué calle? ¿Qué pasaje? ¿Qué esquina? ¿Qué plazuela? ¿Cuál de sus rincones no te podrán enamorar?

Sevilla es Sevilla, sin perdón de nada más. 

Sevilla y el sevillano es madeja e hilo. Es rama y hoja. Flor y pétalo. Cielo y aire. Es la simbiosis perfecta del egocentrismo. Los ingredientes justos para la poción del hechizo enamoradizo que tiene como destinatarios, siempre en primer lugar, a los novios eternos que son los mismos que conforman el encantamiento. 

En esta noble ciudad y muy heroico bastión, todo se engrandece. El embriagador aroma del azahar es su perfume, no sólo un olor; sus aguas son mar, no solo río; Triana es otra ciudad, no un barrio más; los puentes que unen ciudad y ciudad no son sólo hierros y hormigón, son alfombras que se cruzan con fervor. La ciudad no tiene sólo patrona, es mariana por la Gracia de Dios. 

Su Semana Santa no es sólo pasión de siete días. Es imposible resucitar en Santa Marina sin volver la cara, de nuevo, al Salvador y esperar que bajen las palmas de nuevo por el gran tablón. Sevilla tiene himno de Font de Anta. Y el color de su bandera -bacalao pendón- es rojo de encarnación.

La urbe huele a santa, se quiera o no, que hasta La Maestranza -la torera y la del rejón- tiene a sus espaldas un Baratillo de devoción.

Ser sevillano es una religión. Con una liturgia reservada, y de comunión de pavías, ensaladillas y adobados de freidor y un ora pro nobis frente a la Cruz del Campo, con su correspondiente persignación antes del libar en el cáliz su dorado líquido enriquecedor.

Así, Sevilla, con su propio universo sin salir de los límites de su propia demarcación, brilla con luz propia reconociéndose su fulgor en cada acto que se hace en ella, en cada visita que realices, en cada rincón dieciochesco que visten sus barrios añejos. 

Sevilla es el tipismo, lo rancio, lo clásico.

De sevillanas maneras, sevillanía, ojana, guasa sevillana... Que pretenciosa ostentación, dejando al entendimiento tan excelsa dimensión.

Sevilla, madre y maestra. Sevilla embrujo. Sevilla, teatro de la emoción. Y lo es tanto, tanto que la Madre Macarena del Señor, saldrá a repartir Esperanza hasta la misma Plazaespaña, convirtiendo aquél museo exterior en su barrio de San Gil donde su gente la coronó.

Qué razón aquél poema. Y Sevilla...




domingo, 18 de mayo de 2014

Gaditano

Dime, ¿qué te hace sentir tan orgulloso llamarte gaditano?

¿Las aguas esmeraldas de tu Caleta? ¿Las calles engarzadas en la plata blanca de sus cales que son el nombre de su patrona? ¿La luz que ilumina su faro, que son las torres de su catedral? 

Dime, gaditano. ¿De qué te sientes tan orgulloso de llamarte así?

¿De los rubios cabellos arenizos que peinan las olas de tus playas? ¿De tus plazuelas que huelen a mar? ¿De tus calles donde juegan enlazados los vientos caprichosos? 

Dime. ¿Por qué nacer en Cádiz y llorar por marchar?

¿Quizás porque el gaditano no sabe respirar de su oceano sin la sal? ¿O quizás porque cuando salga sobre sus aguas sabe lo difícil que será regresar? 

¿Puede que sea porque en Cádiz no se vive igual? ¿Quizás por no poder pasear por una alameda, que es un balcón a la inmensidad? ¿O puede que sea porque por muchas plazas que se encuentre, como la de Las Flores ni hablar?

- Te diré, querido amigo, que no son preguntas fáciles de contestar. 

¿Tú has visto alguna vez bien el cielo? ¿Te has fijado en algún momento en su profundidad? ¿Sabes dónde va el sol cuando se pierde bajo el mar? ¿Alguna vez te preguntaste por qué mi Tacita es plateá?

Forastero, si no entiendes por qué un gaditano llora al marchar, es que no conoces la tierra que lo vio mamar.

Fíjate en Cádiz, en su blanco rielar. ¿No parece que se funden los azules que cubren su pedestal? 

Mi tierra es como la luna que ilumina en la oscuridad. El sol no la deja ni cuando de su horizonte se va, que se oculta bajo las sabanas mojadas que durante el día gusta colorear, y la mira celoso de tanto poeta que la quiere piropear. 

Mi Cádiz es frontera donde se pierde la gravedad. Saliendo de ella se termina el volar entre versos y coplas de un universo de carnaval. 

Cádiz -mi luna- es fuente de donde mana su luz singular, la perla que a sus orillas le regala el dios del mar.

¿Por qué me siento orgulloso de sentirme gaditano? Porque Cádiz es el paraíso que no quiero dejar; que fue mi edén en vida, y de nuevo lo será cuando tenga que rendir cuentas a la hora de la verdad.


El amor se equivocó (XIII)

Parecía que hubieran pasado días desde que entrase en aquél local. Notó cierto cambio respecto a la vez anterior. Los clientes -ahora estaba bastante concurrido-, vestían elegantes y en el interior no habían voces, sino un monótono e ininteligible cuchicheo; la música, más enfocada a buscar la complicidad que a servir de mero acompañamiento en las meriendas, sonaba tenue pero, a la par, al volumen justo para que las conversaciones que allí frecuentaban se confundiesen con sus notas.

Observó que en ciertos rincones, habían puesto llamativas ánforas con flores, imitando las que se encontraban en las domus romanas. Blancas, rosas, rojas, champán... Conformando una bellísima escena. En realidad, la imagen era idílica. Sin duda romántica y sugerente. 

Ambas mujeres entraron a la par y en sus caras se reflejaba una agradable sorpresa. 

Al encuentro le salió un camarero vestido con sumo gusto. Atento, les ofreció una mesa para dos en la esquina de la estancia. De amplios asientos y cómoda tabla, el lugar se hacía idóneo para hacer negocios, para un escritor que buscase un oasis donde refugiarse, para amantes que quisieran encontrar intimidad para sus palabras...

Unas copas de vino, cortesía de la casa, comenzaron a amenizar la insospechada velada. 

Ana, nerviosa, carraspeaba mientras deslizaba sus dedos por el pie de la copa. Sus ojos no se elevaban más allá del borde de aquél cáliz de vidrio. De sus labios asomó un suspiro, y ese hálito se transformó en voz.

Leve, imprecisa, confusa... Ana balbuceó tan sólo el nombre de su acompañante.

- "Sandra..."- dijo, logrando que reaccionara asiéndole una de sus manos

- "No debes esforzarte en decir lo que quieres. Sólo dilo. Quiero pedirte perdón por mi reacción de antes en el parque; estaba a la defensiva y no creo justo que no te deje expresar. ¿Me disculpas"- Las palabras de Sandra, tan sinceras como la sonrisa que esgrimía, sonaron a trompetas celestiales para Ana, que le correspondió con ese rosado de sus pómulos que evidenciaba su caracter tímido.

Ana superpuso su otra mano sobre la de ambas, y miró a su amiga. En sus ojos, quizás por la emoción que suponía lo escuchado de boca de su amiga, unas escuestas lágrimas asomaban. Pero de inmediato las hizo desaparecer.

Su carraspera se acentuaba y su garganta se secaba. Ahora era su turno. Sandra ya estaba abierta a oír y no había motivos para callar más. Sorbió vino.

- "Es difícil para mí explicar esto. Nunca supuse que algo así me fuera a suceder. De hecho, no entiendo porqué estoy así, tan... Tan... ¡Buf!- La exhalación lo decía todo.

Ana era un cúmulo de dudas, de incertidumbres que le acaecían desde la noche que la besó. Y eso era lo que más la aturdía. Todo se redujo a un simple beso. 

Recordaba cómo salió urgente hacia su armario, al escuchar el timbre de su puerta, y cogió una breve bata. Pensó en la intencionalidad de ese acto. Alterada por lo que minutos antes disfrutaba, no le importaba tontear algo con su mejor amiga. Desde luego no sería la primera chica que lo haría y, no sabía muy bien por qué, supuso que a su visita no le molestaría. Quizás daba por hecho que el caracter extrovertido y fuerte que le denotaba era suficiente motivo para suponer que aceptaría ese escarceo, sin más visos que apurar el instinto

- "Ana, te tengo que confesar algo."- Sorprendió Sandra.

No esperaba que ella dijese palabra alguna hasta que no finalizase su exposición. La miraba con ojos estupefactos. El color celeste que los vestía se hacían intensos. La expresión de su cara se tensó ante la insospechada intervención de Sandra.

Por un instante parecía que en aquél lugar, donde no cesaban ni la música ni los murmullos, sólo quedasen ellas dos. 

                                    (Continuará)


viernes, 16 de mayo de 2014

Sólo la noche



Caminaba solo. En sus hombros una mochila con lo justo para que no pesara más que su propia alma hundida.

Deambulaba por caminos. No buscaba atajos, sino horizontes. Sus piernas no temblaban ante los kilómetros por venir, ni desfallecían por los ya realizados. Su espalda no se resentía de lastre alguno, su corazón era quien cargaba con ello.

Frío, sol o lluvia eran sus acompañantes de a diario. Errabundo caminante buscaba sólo una dirección, un camino que le llevase a alguna parte. No importaba destino, sino llegar. Atrás quedaron recuerdos, historias, personas que formaron parte de otra vida que ya no le pertenecía por decisión propia. Decidió huir porque se ahogaba en el vacío de su propia existencia: Una gran nada sin oxígeno que refrescase el aire, más viciado cuanto más caía.

La soledad es una compañera terrible muchas veces, porque cuando no te da tranquilidad te la quita. Tiende sobre tus hombros su brazo helado y te susurra muy dentro acerca de tus errores. Su aliento escarchado te hace recordar aquello que te duele. Su manto no siempre te cubre de paz, también de desesperanza. A veces, es la peor guerrera contra la que pudieras combatir. Sin piedad, sin sentimientos, es una luchadora que sólo puedes vencer apartándote de ella. 

Muchas veces intentaba ganarle la partida, pero es difícil si no tienes con qué escudarte. ¿Dónde guarecerte si en el trayecto no hay techado? 

Ese pensamiento le acuciaba constante, pero nunca se planteó cómo dejar atrás esa terrible sensación de abatimiento que, a pesar de la libertad que le ofrecían sus ojos cada vez que miraba hacia adelante, acudía a él en muchas ocasiones.

La noche era su mejor amiga. El cielo estrellado en la oscuridad anónima era su bálsamo. Ese reconstituyente que le animaba a seguir. Se detenía, se echaba al suelo y se perdía en no pensar en nada ante la inmensidad. ¡Qué sensación! Su mente en blanco era capaz de alienarse con el infinito que se abría ante él y ya no habían carreteras. Era un Todo. ¡Qué distinto a esa Nada de la que procedía! La magia de lo desconocido que no lo era tanto. 

Recordaba cuando de niño reconocía las constelaciones junto a su padre. Esas mismas estrellas, que formaban grandes seres mitológicos, se mostraban ahora ante él en su esplendor. Su padre también formaba ya parte de ese universo. Lo saludaba con una inmensa sonrisa que se debatía entre lo feliz y lo nostálgico, pero le reconfortaba saber que no estaba tan solo; que, de alguna forma, aquél enorme planetario lo acompañaba aunque sólo lo viera unas pocas horas en el día.

Sin duda. La noche era su mejor amante. Compresiva, dulce, silente a veces mientras que en otras ocasiones le cantaba al oído, suave como la risa de un arroyo fresco, juguetona como el sonido de un grillo revoltoso. Lo amparaba con sábanas de rocío y era la confidente de sus sueños.

En cada amanecer aún buscaba algún resquicio de aquella amada etérea, y sólo encontraba de ella las lágrimas de su despedida en las hojas de alguna flor. Se sentía fortalecido por aquellas experiencias nocturnas y reiniciaba, con andar pausado, su camino. Durante horas recaía en duras batallas solitarias, sufría la crueldad de las rutas que terminaban en acantilados haciéndolo retornar, convirtiendo en una auténtica Calle de la Amargura su regreso por las mismas piedras que ya vió a su pasar. Sus pies escrutaba con recelo lo que a sus ojos no parecía importar: vías pedregosas, pasajes de espinos, callejones inundados de aguas que no supieron por dónde escapar.

Anhelaba ver al sol caminar de Este a Oeste con mayor rapidez, pero la naturaleza se toma su tiempo. A pesar de no tener prisas por llegar a ningún lado, se dió cuenta que no se había liberado lo suficiente de aquél yugo de la premura. Un castigo de su otra vida. Cada cosa a su tiempo, y el tiempo no tiene apremio por llegar a ningún lugar.

Cuando la tarde empezó a vestir una vez más las galas de la noche, surgió lo imprevisto. En aquél paraje perdido encontró otra alma sin reloj. 

Unas zapatillas deportivas desgastadas, junto a un macuto descolorido, le hizo reconocer que aquél espíritu inesperado también aguardaba el arrullo de la misma amante. Descalza, con los ojos puestos en la incipiente luna que alumbraría tenue la velada que se avenía, su desconocida sorpresa se disputaba entre esperar despierta a la amada nocturna o dejar que sólo la besara y le regalara, como muchas mañanas, la fragancia de su perfume en cientos de pétalos bañados por su frescor.

Los encontradizos errantes compartieron, junto a la querida amante de la capa estrellada, aquello que  la soledad conocía y convertía en contiendas imposibles de ganar. Libaron aquella noche el néctar de un cercano río, paladearon el manjar de un manzano próximo y la adorada sombra vestida con sus alhajas los acompañó durante unas horas más. 

Al despertarse los caminantes observaron que la noche se fue sin más. No habían lágrimas ni perfumes, no quedaba rastro de aquella luna que, otrora, no se terminaba de ocultar en el celeste del día. Nada...

La noche se fue y dejó juntas dos vidas sin norte. Comprendieron entonces que la amante del rielar unió el destino de los pasos que huían de la soledad.






CADISTA

Dejo aparcado el tema de los imbéciles que utilizan la afición al fútbol como excusa para organizar guerrillas y batallas campales. A un lado las diatribas sobre si un equipo está en una u otra categoría, o ha ganado más o menos trofeos. Me centro en el sentimiento. 

Hay quien puede creer que la pasión futbolera en grado religión es una devoción genuina del país de la Pampa y, aunque allí se vive de forma tan extraordinaria, ni mucho menos es exclusividad gaucha. 

En España hay grandes equipos y grandes aficiones. Aficiones como la bética que, por localización y colores, es la que convoca al ánimo andaluz en general. La sevillista, especialmente volcados por hacer andalucismo más allá de sus propias fronteras. La vallecana, entusiasmo de un barrio obrero. Luego las de los grandes clubes, siempre pensando en lo suyo y en Europa.

Es fácil ser aficionado de un equipo importante porque, sí o sí, te darán alegrías y alguna decepción. O se las repartirán, depende del hartazgo o hambre de sus directivas. Sin embargo, las aficiones de los humildes, esas sí tienen mérito, porque ya no se hablaría de hambre o hartazgo, sino de fatigas -y no precisamente por grandes comilonas, en todo caso por no tener más que para bocadillos de chopped-.

Y de todas, qué vamos hacerle -cada uno tendrá su predilección-, está la parroquia cadista. La afición que no pasa desapercibida, la que es capaz de llenar gradas y gradas de campos ajenos, la que viste de amarillos los sillones azules de Carranza y copan en millares un estadio de primera en la 2ªB.

Una ciudad que se desvive con su equipo. Que lo critica, que lo apalea, que le reprocha; pero, asimismo, lo aupa, lo lleva, lo siente, no se avergüenza ni de resultados, ni de categorías, ni de comparativas de palmarés con otras entidades, ni envidia éxitos ajenos. 

Los cadistas lo llevan a gala. Lucen orgullosos su triángulo azul y amarillo. Se sienten el Hércules de su escudo, aguantando estoicos cuantas pruebas quieran mandarles los dioses del Olimpo balompédico. Lo sufren, lo viven, forma parte de su ser como gaditanos. Da igual que no te guste el deporte rey: eres cadista por tradición, por ese sentimiento sobre la patria chica cuando estas alejado de ese trozo de cielo pegado al mar. 

Dices que eres del Cadi como si eso fuera la mayor condecoración que pudieras vestir. No te asusta ir mostrando tus colores de sol y mar, aunque vivas en ciudades ajenas rodeado de seguidores de otros equipos que, incluso, te llevan dos divisiones de ventaja.  

Sabes que tu equipo no es el mejor del mundo, que no juega en grandes competiciones, que no tiene vitolas de campeón por mucho que su himno diga; eres el eterno simpático de cualquier conversación futbolística, sólo por ser del Cádiz. 

No te acompleja nada de eso. Es tu sello, tu marca. Imprime tu caracter deportivo. Indica tu pasión y tu amor por una ciudad. 

Es tu otro DNI: soy cadista.

Otros equipos se llenan de justa gloria a raíz de títulos, el tuyo alcanza su esplendor sólo por su afición. No tiene más. Podrán decir que tanto encumbramiento hay que acallarlo ante los logros de otros, que no somos más especiales que cualquier otra afición, que también dejamos al club en los malos momentos... ¿Lo dejamos? 

Lo miramos de soslayo y decimos con la boca pequeña que hasta aquí llegamos. Pero no puedes evitar leer los resultados los lunes siguientes a cada encuentro, poner la radio un domingo o un sábado y buscar el partido de tu equipo; sonreir y alegrarte cuando sabes que ganó. Eres cadista.

Dejemos al otro lado a los gestores. Son empresarios. Ven al club como un negocio. El cadismo no se entiende así. Es un credo. Tiene salmos que se rezaron en el templo de los ladrillos coloraos por febrero, y hoy es su padrenuestro particular. 

No somos la mejor afición del mundo, por supuesto, simplemente somos cadistas. ¿¡Pa qué más!?





jueves, 15 de mayo de 2014

El amor se equivocó (XII)

Arreciaba el frío. Las dos mujeres estaban detenidas ante la gran cruz de la entrada. 

Ana parecía ausente. Durante un momento sus ojos parecían estar visualizando alguna escena familiar. Se restregó la cara con sus manos, como queriendo despejarse de aquél lapsus.

En realidad, la presencia de Sandra aquella noche la perturbó. En ningún momento pensaba compartir con nadie aquellos instantes de devoción particular y, mucho menos, con una mujer.

¡Una mujer! 

Jamás se planteó esa opción, ni tan siquiera como mera curiosidad. Además, aquella chica era mucho más que una amiga para ella. Pero no hasta aquella situación. 

Ana alzó la mirada, oculta tras sus manos, y esbozó en sus labios un fruncido. Pretendía retomar la conversación. No dejarse ganar la mano por aquella cría que, aunque quejumbrosa, no podía negar que no apartó la boca de la suya en aquella extraña concurrencia de hechos.

La alameda se tornó oscura. Las luces de las farolas ofrecían una claridad tenebrosa. A lo lejos pasaban perros tirando de sus dueños. Ya no habían paseantes, sino corredores que eran en las sombras gacelas que aparecían y se esfumaban con suma velocidad. Junto a aquella enorme cruz conmemorativa, con la noche aposentada, la escena era trágica, mientras se dirimían en un enamoradizo desconcierto.

Ana asió la muñeca de su amiga y posteriormente su mano, y la indujo a que se adelantase hacia la salida del recinto.

La mano de Sandra, al principio confiada, fue desgranándose de los dedos de su compañera. Se deshizo sin grandes inconvenientes de aquél guante de seda que Ana tenía por mano. 

Dejaron atrás aquél paraje idílico que la oscuridad transformó en tétrico.

- "¡Sandra! ¡Por favor! Dejémonos de juegos..."- Arguyó Ana.

- "Al venir hacia aquí vi una cafetería..."- Exhortó en clara alusión a la que se hallaba a escasos metros de aquél sitio de encuentro.

Sandra detuvo su paso. 

- " Podríamos sentarnos y tomar algo mientras hablamos. ¿Bien?"- Ana retomó la iniciativa.

Sandra asintió de forma muy leve con la cabeza.

En tanto que se rehizo la paz que faltaba desde casi que se encontraron, caminaban juntas hacia aquella cafetería. No había salido como esperaban el primer intento. Ni la una ni la otra habían sabido cómo mantener sus posturas. Quizás la reunión se precipitó demasiado, quizás ambas fueron con una idea errónea sobre como enfocarla.

En menos de dos horas, Sandra estaba deshaciendo el camino que le condujo hasta la Alameda de las Cruces. El de ida fue un recorrido amable y curioso a la par, el de vuelta se antojaba inquieto.

Miró al frente y de nuevo ese cartel entre lo irónico y lo clásico. Esta vez encendidas las luces de la calle, también el local se animaba a luchar contra la oscuridad impuesta por la naturaleza. 

En un llamativo color verdoso, se anunciaba de nuevo: Il Diavolo.




domingo, 11 de mayo de 2014

El amor se equivocó (XI)

Eran más de las nueve de la noche -empezó a rememorar Ana-. Hacía frío y, tras llegar de una dura jornada en los estudios, donde sólo se quedaba cuando había reunión con algún cliente o tenía que entregar algún proyecto a la directiva para su aprobación, encendió la calefacción, el suelo enmoquetado y el suave color de las paredes hacía el resto.

Se dirigió a su habitación. Era espaciosa y coqueta, decorada con apenas tres cuadros situados de forma estratégica cerca de ventanas y algún foco de luz artificial, buscaban realzar las pinturas en sí que mostraban escenas naturales. Su favorito estaba frente a su cama. En la imagen, un riachuelo que cruzaba un paraje floreado de rojos y azules con un fondo de anaranjado ocaso.

Se descalzó gustosa. Sus pies se fundían en aquél suelo suave y cálido y aquello le hacía sentir bien.  Dirigió unos breves pasos hacia un equipo de música de escaso tamaño que estaba situado en  un mueble donde guardaba la propia esencia femenina en íntimas prendas. 
Pulsó "play" y unos acordes sinuosos aprisionaron la estancia.

Las notas graves e insinuantes de un saxofón recorrieron cada centímetro de su piel hasta hacerla erguir. Su cuerpo seguía aquél ritmo hipnótico, como si de una droga que la anulara se tratase.

Mientras esa música la convertía en cautiva de las sensaciones buscó, sin descompasar su ritmo, el soporte vacío de aquél CD que la embelesaba. Entre el equipo de música y un pequeño joyero sobresalía. "Romantic sexophone mix", indicaba la portada. Lo giró y detrás aparecían todas las piezas de ese compacto. "I believe", era el título de aquella primera composición.

Con los ojos entornados, giraba suavemente, tal y como le marcaba sinuoso el ritmo, sus manos comenzaron a acariciar su propio cuerpo y la fueron despojando de su ropa. Tranquila, contoneándose, se desabrochaba los botones de la blusa que llevaba.

 Uno... Dos... Tres... Cuatro... Cinco... Y dejó deslizar desde los hombros por sus brazos aquella camisa beige. Sin prisas. Seguido, con un click, se liberó del yugo de aquellos pantalones que estrangulaban su cintura, pero que la moda imponía. Casi sin moverse del sitio, como encarcelada en un círculo invisible, se deshizo de la vestimenta. Sus caderas hacían que el cuerpo se moviera serpenteante. Estaba totalmente sometida al sonido que la trastornaba de aquella forma.

Semidesnuda en aquél cuarto, sabiéndose escondida de cualquier mirada aviesa, no había límites para su imaginación. Sus dedos jugaban sin pudor, tocando la tersa piel de sus piernas en un baile pérfido donde la lascivia aparecía como invitada. 

No entendía nada, pero no le importaba. Se dejaba llevar tras un día de tensiones y, quizás, necesitase aliviarlas -¿por qué no?- de aquella manera. 

Ante ella, la puerta del cuarto de baño abierta descubría el espejo en la mampara de su ducha. Sin encender su luz la chica se fijaba, entre los claroscuros que entre ambas estancias surgían, en la voluptuosidad de su cuerpo. No podía dejar de disfrutarse ante aquella imagen de intencionalidad perversa. Su cabello de color arenizo se revolvía ante su rostro complacido. Se mordía el labio inferior al sentir que sus dedos penetraron más allá de las fronteras fijadas por la escasa contención de los filos sedosos que cubrían el paraíso de su éxtasis.

Sumida en aquella vorágine del pecado más venial, mientras el credo de la primera composición finalizaba, oyó cómo sonaba el teléfono. No dudaba en qué mantenerse ocupada,  sin embargo la insistencia de aquél aparato desvió su atención. Aún con el cuerpo temblando por la impetuosidad del momento, se acercó a su mesa de noche asió el auricular y lo dispuso en su oído.

- "¿Sí?"- pregunto algo agitada y tragando saliva mientras notaba sequedad en su boca.

Al otro lado, una voz determinante.

- "Ani, ¿estás bien? Parece como si te hubieras estado peleando con alguien-

Enseguida reconoció la voz de Sandra. Sonrió maliciosamente mientras evocaba lo que, momentos antes, disfrutaba. Fugazmente recordó que habían quedado en su casa. Tenía que entregarle a Sandra un paquete importante para que su empresa se hiciera cargo de la entrega.

- "Estoy a cinco minutos de tu casa"- refirió Sandra.

Tras despedirse por teléfono, resolvió ponerse una bata que tenía tras la puerta de su habitación y cambió el CD que la había trastornado de tal manera por otro. Mientras buscaba, una mirada pícara se adivinó en sus ojos: Concierto para flauta y arpa k299. W. A. Mozart.

Sonó el timbre de su piso. Al abrirla, se encontró con la siempre juvenil sonrisa de su amiga. 

Sin duda, seguía recordando Ana, todo fue un cúmulo de circunstancias propicias: su agotamiento, la necesidad de evadirse, la embriaguez incontrolada por aquella música y el terrible deseo de no dejar de disfrutar ese instante y, por último, Sandra... La visita inesperada por la que sentía especial devoción y que esa noche llamó a su puerta.


A pesar de todo... (A La Isla)

Yo adoro mi ciudad. Habrán otras con más historia, más estética, más nombre, más habitantes, más de todo... Pero yo a la que quiero es a la mía: San Fernando.

Cuando viajo desde Sevilla, entro por el puente Carranza, llego a La Isla y aparco en mi barrio, la sensación debe equipararse a cuando cojen un esqueje y lo transplantan a su tierra desde una pequeña maceta, extraña y oscura. 

Visito lugares, reconozco gente que los años han ajado o han hecho madurar, descubro que aún existen negocios de siempre con sus puertas abiertas y otros que cerraron porque la crisis o los años hicieron profunda mella en ellos. Saludo a amigos y conocidos. Se sorprenden quienes me reconocen tras la barba y otros al verme, quizás, les inunde un vago recuerdo de un antiguo vecino, compañero, tertuliano de miles de encuentros cofrades en "Rodeo" o "El Agüaero"... 

Regresar a mis raíces es en el noventa y nueve por ciento de las veces motivo de satisfacción. Sin embargo, no es menos cierto que me confunde mi ciudad. Un lugar que va a remolque de otras localidades que, con menos transcendencia social en otros tiempos, logran sacarle palmos y palmos de distancia a esta Isla mía que agoniza entre llagas.

Nada se termina. Todo se promete. Mucho se estima y demasiado se espera.

Una población donde cualquier proyecto o tarda años, o no termina por realizarse. 

Es la eterna ciudad adormecida por los cantos de sirenas.

Su clase política nunca estuvo a la altura de la relevancia que la Casa consistorial -donde ejercían sus funciones- tiene, sólo, como monumento. Mucho manjar para tan escaso paladar. 

Hoy, San Fernando, desde el punto de vista del visitante no foráneo (como es mi caso), es un sitio impreciso. Muchos detalles inacabados que impresiona falta de personalidad en un pueblo que, sin dudarlo, la tiene. 

La confianza en instituciones externas por el islote de Sancti Petri, donde la lucha se fijó en ofrecer al isleño la visión geográfica -al igual que hizo Chiclana- y, a pesar de todo, aunque se constató la pertenencia de aquella fortaleza a la demarcación de San Fernando, aún no se le ha sabido sacar rentabilidad, cuanto menos turística. Sin embargo, el nombre del mítico castillo se relaciona, sin duda, más con la vecina localidad que con la nuestra. Aparte de la gran promoción que a niveles de ocio aporta en sí misma.

Y hablo de Sancti Petri por ponerle nombre a la desidia que, desde hace mucho, anida en los responsables políticos y sociales de La Isla. Podría apellidarse también Lazaga, Cruz Roja, Torre Alta... Que viajan en un tranvía llamado deseo que no termina de llegar. Podría también denominarse Real o quizás Casería.

En nuestra tierra esa dejadez tiene muchos nombres. Muchos ciudadanos se quejan del estado de su arteria principal, despotrican sobre aquello que no ven solventarse y lo contemplan en una rueda vacía que va sin rumbo, cuesta abajo y con un destino dudoso.

Gracias a Dios, convirtieron el corral de Comedias en un Real Teatro, pero falló el enfoque por el que se pretendía convertirnos en un referente constitucional. De nuevo quieren reactivar La Isla de Camarón (22 años después de su muerte) tras ingentes intentos de hacer un punto indispensable a visitar su Ruta, aquello como que no acaba de coger velocidad.

Una oficina de información donde pregunte más el isleño que el turista...  Eso da que pensar: "¡Qué perdido está el de aquí!".

Y así un museo naval, un panteón de marinos ilustres, un observatorio, una puertatierra, una iglesia carraqueña, un tesoro natural, escritores, científicos, militares destacados -pensaba en el general Lobo, por ejemplo-, unos yacimientos arqueológicos, un balcón en el Cerro de los Mártires, una gran playa... Todo casi desconocido.

Somos número uno en desempleo. Y sólo nos salvan tres fechas concretas de un calendario perpetuo.

Mi ciudad, lo dije, me confunde. Yo no voy echándola por tierra, ni zancadilleándola. No cuento sus penas, sino que ensalzo sus virtudes: su clima, su gastronomía, el gusto que me supone pasear por sus calles... Pero me confunde. 

Me sorprende que la demagogia política mindundi se cebe con la ciudad. No sirve de nada hacerse fotos, ni el interesado por las necesidades del pueblo. Palabras hijas del viento. 

No pongo colores, expongo una decepción. 

Qué me acuerdo, sentado con mi tata, viendo  "Bienvenido, Mr. Marshall". Cómo nos parecemos a esos pobres pueblerinos. Y los americanos... ¿A quienes me recordarán?

En fin. Siempre será placentero volver a mis orígenes y comprobar que allí está mi iglesia de La Pastora con mis devociones  en un altar de piedra ostionera; que aún me saluda efusivo Jesús, el de "El Pescaíto"; que puedo seguir comprando bollos de crema por treinta céntimos en La Nueva Victoria. Saber que mis padres siguen paseando juntos acera arriba, acera abajo de la calle Real. ¿¡Qué más!?

Por eso vuelvo a mi Isla. Por eso no reniego de ayudarla desde mi opinión. Sin insultos, pero con la rabia de quien ve un pueblo descontento, utilizado un millón de veces y otras tantas engañado.

¿Quién me niega el derecho al pataleo?

sábado, 10 de mayo de 2014

El amor se equivocó (X)

Mientras, una helada segadora se presentó de forma inesperada: la noche hizo acto de presencia sin darse nadie cuenta.

Cesaron los animados cantos de las aves, los colores se ocultaron, los paseantes empezaban a abandonar aquél bellísimo lugar, y donde la poesía hablaba de un edén durante el día, la caída de aquél manto oscuro que cernía la escena, otrora idílica, hacía resurgir las leyendas que -entre la realidad y cierto romanticismo becqueriano- resucitaban fantasmas de los suelos de esa alameda.

Desangelada aquella extensa pradera urbana, las sombras acechaban confusas, jugando entre los muchos árboles que, en otras horas, eran aliviados paraguas o quitasoles. El silencio se hacía patente en cada rincón, el frío empujaba con brusquedad los últimos alientos de la apacible tarde.

La noche se hizo, una vez más, anfitriona de la lúgubre floresta que ahora dormitaba, invitando a los transeúntes que aún deambulaban por sus calles terrizas, a que apresurasen sus pasos hacia la inmensa portada de herrajería, buscando la salida y dejando a un supuesto baile de ánimas vagar con libertad. 

En el estanque de los Amantes, cubierto de buganvillas rosáceas desde la cúpula del techado del breve edificio que lo circundaba hasta casi donde sus cimientos tocaban el agua, se adivinaban dos siluetas esbeltas que parecían flotar más que caminar entre los lamentos que los huecos de ramajes y setos dejaban oir. 

Un crujido, desde el cerrojo de la puerta, anunciaba el próximo cierre de aquél paraíso cercado.

En el lago donde el amante desapareció, se asomaba curiosa una hermosa luna redonda que daba luz a aquellas dos figuras fantasmagóricas que aún dejaban sentir sus pasos por allí.

El inquietante paseo a la luz de la luna de aquellas sombras, concedían a la zona el
aire entre misterioso y tétrico que sus orígenes como camposanto improvisado le otorgaron tiempos atrás.

De lo oscuro, unas voces salían. 

- "¡Ana, compréndeme..! ¡Esto no tiene ningún sentido. No puedes pretender que yo tome esta situación como un hecho relevante!"- Sandra urgía con cierta vehemencia.

- "¿Qué quieres que sienta? ¿¡Y todo por...!? ¡Un beso! ¡Un instinto que no pudiste reprimir sólo por el hecho de creerte en la necesidad de hacerlo!"- el tono de Sandra pasó a recriminar aquél suceso.

Ana seguía el ritmo de su acompañante. Oía en silencio los argumentos que argüía, y no respondía a ningún comentario.

- "¡Hasta Santi sospecha! ¡Santi! ¿Qué quieres que le diga a él? ¿Y a mis padres? ¿Y a mis amistades? ¿Y a 'nuestras' amistades?- Sandra enfatizó en esa última frase el común denominador social de ambas. 

Sin duda, aunque sus palabras eran fruto de la incertidumbre que la situación le provocaba, esa mención final a los amigos que tenían las dos en aquellos círculos en los que se movían, pretendía ser el detonante preciso que bombardeara cualquier puente que Ana pretendiese mantener en pie y sirviera para enlazarlas de cualquier otra forma que no fuese la que, hasta hacía unos días, mantenían.

En la distancia se observaba cómo una de las grandes cancelas que preservaba aquél recinto se había cerrado. Aún salía gente de los recovecos de aquél inmenso jardín y, sin duda, no era todavía hora de cerrar. Pero las puertas colocadas de tal forma, ejercía a modo de toque de atención. 

Ana se detuvo, a pesar de que Sandra proseguía andando y exponiendo. 

- "Además, también está nuestra relación desde hace..."- Se dió cuenta que Ana ya no la seguía y se detuvo.

Ana hizo gala de cierta entereza. Con los ojos agachados aún tras ir escuchando los contras, los problemas, sin mediar palabra hasta ese momento, su gesto cambió. 

Por primera vez desde que intentara hacer comprender a su amiga los sentimientos que despertó un simple beso, tras asumir con gran sumisión las incesantes quejas de Sandra y dejarla explayarse hasta el punto máximo posible, la interiorista asumió el mando con su voz.

Ana entendió perfectamente la situación; comprendió sin duda los inconvenientes que apaleaban sus deseos, pero sabía que Sandra no las tenía todas consigo. Que grandes dudas la acuciaban. 

Ana, sin duda, aún tenía cosas que decir.

                                     (Continuará)


miércoles, 7 de mayo de 2014

La muerte al fin


Cuando cierre mis ojos, no volverás a oir mi voz. Se hará el silencio y sólo gritaran las enmudecidas lágrimas por las mejillas. 

Se terminarán los conflictos. Ya no existirán más despropósitos, no habrán mas discusiones, se acabarán los problemas que aturdían la convivencia.

No habrá que pensar en lo que un día se convirtió en negro y no se sabe volver gris. Ya no dolerán los malos momentos. Ni se calcularán más números para averigüar, como siempre, que no se llegará del més a su fin. 

Cuando mis ojos paseen por el negro luto y no haya forma de cambiar el pasado, abriré las puertas inciertas sin saber qué me encontraré, con el temor de un juicio único y su justo veredicto.

Ya no me verás asomar por las puertas cada mañana, ni despedirme con un beso en las noches guardianas. Ya no habrán fragancias que invadan las estancias por donde pasaba, perfumando la casa hasta la entrada.

Cuando cierre mis ojos que sea tu cara lo último que vea. Tu sonrisa piadosa que revele mentirosa que no ocurre ninguna cosa. Tu mirada aletargada en los oscuros colores de mis iris moribundos. Tu pelo cayendo -cascada de seda- por tu frente fruncida del dolor que aqueja.

No hallaré más sufrimiento que aquél último suspiro que punze mi corazón y un rayo ilumine, como lo hace el sol, cegando cualquier visión; y el hálito, el del final estertor, dé fin a una vida que su camino terminó.

Ya no te esperaré sentado en el sillón, aguardando compartir momentos y conversación. No disfrutaremos juntos del placer embriagador de una frugal comida mientras ojeamos el reloj.

Creerás verme echado entre los negros telares, mientras mi cuerpo descansa de todos sus avatares; mas la ensoñación será breve y en aquél hueco leve no estará mi cuerpo ya inerte.

Cuando mis ojos se cierren y mi alma escape no quiero llantos junto a mi cadaver. No quiero voces que lamenten mi viaje. Que en el trayecto no quiero cargas que alejarme no me dejen.

Sé libre cuando marche. Vuela cuando me eleve. No te quedes marchitándote cuando mi corazón ya no late. Vive sin equipaje, que no soy ya tu lastre, ahora eres dueña de lo que no tenías antes.

Cuando cierre mis ojos, caminaré por arenas blancas, mirando aguas esmeraldas, sintiendo la brisa que me bese la cara.

Mientras mi cuerpo yerto, frío, seco, se funda con el inerte terreno. Mientras mi nombre se perpetúe sólo en la piedra fría con las fechas de mi Alfa y mi Omega. Tráeme vida si quieres, dándole aroma a mi tumba podrida.

Cuando mis ojos se cierren y ese candado ya no se vuelva a abrir, no sufras ya por mí. Vive, sé feliz. Que en tus recuerdos solo queden aquellos momentos donde solíamos reír 

Vino la muerte al fin y me vino a exigir que aquellos sentidos que sintieron olviden ya de existir, que del paso por este valle quede, por último, la memoria de mí.


lunes, 5 de mayo de 2014

El amor se equivocó (IX)

Sentadas una junto a la otra, como si fuesen colegiales desconocidos sentados al azar, con la vergüenza propia de quien oculta algo que no quiere que se sepa pero cree que es un secreto a voces, las dos mujeres permanecían inquietas.

Ana sabía que ella debía dar el primer paso. Esperaba, quizás, una reacción más valiente de Sandra. Deseaba, en realidad, que su personalidad luchadora tomase la plaza y derrotara en presteza a su apocada diligencia para plantar la bandera victoriosa en aquél terreno. Pero... Ninguna estaba ducha en estas batallas donde no existen enemigos, pero hay que tener algún plan de escape.

Sandra vacilaba si tomar partida antes que su compañera dijese algo. ¿Por dónde empezar? 

Aquél rincón que ya se hizo aislado cubierto por la capa malva de un cielo que se encendía de estrellas, era el lugar donde ya no eran válidas las dudas. 

En un mismo instante las dos pretendieron comenzar. Se sonrieron y Ana, con un suspiro resignado, tomó la iniciativa.

- "Yo..."- una respiración entrecortada y agitada anulaba cualquier intento de proseguir. Ana tomó aire, cerró los ojos, y sin poner una coma tras sus palabras volvió a encauzar la conversación.

- "Quiero decirte que lo siento mucho. Desde aquella noche no he dejado de darle vueltas a todo esto y, con sinceridad, me siento muy turbada"-

La cara de Ana se ponía roja como un clavel. De por sí, le costaba estar allí para, además, tener que explicarse. Pero si no era así, aquella reunión carecía de lógica. ¿Ir para desviar la causa principal? ¡Qué sinsentido!

- "Quiero ser sincera. Esto no me había pasado jamás. Nunca antes había sentido, hacia una mujer, ese impulso irrefrenable que tuve contigo, pero te confieso algo... No fue casual"-.

¡Lo sabía! Sandra despejó su cara de aquella máscara de incertidumbres. Ya lo pensaba mientras caminaba hacia el destino donde ahora se encontraban: Mozart no fue un invitado casual, ¡sino causal!

Se conocían desde hacía bastante, tanto como para saber la una de la otra los gustos que harían que se diesen ciertas circunstancias, aunque en otros términos más... Comunes. 

- "La música que pusiste cuando llegué a tu casa..."- interrogó Sandra -"¿No fue por azar, verdad?-

Ana negó con la cabeza. Se sentía descubierta en la intencionalidad. Era como si la hubiese desnudado en un sitio público y ella no tuviese opción de esconderse.

Agachó su mirada y sus ojos pedían a gritos un lugar donde refugiarla. Pero sólo se encontró con los de su amiga, que la miraba extraña. ¿Que pensaría en ese momento?

Esa duda la aturdió más aún. Sandra no mostraba reacción alguna. Aquella pregunta retórica la expresó desde la certeza más incrédula posible. Como confirmando una realidad que esperaba no fuese aseverada. 

- "Sandra... Si quieres... No. No se..."- Cualquier atisbo de claridad se oscurecía como la misma tarde, que ya cambiaba el malva por el azul oscuro. Su planteamiento antes de encontrarse era concreto: no dejarse pinchar por la espada de las palabras de Sandra. Sin embargo, fueron la falta de éstas quienes  la herían profundamente.

Ana esperaba otra cosa. Más complicidad... ¡No! ¡Más comprensión! ¡Eso era! Quería creer que Sandra compartía la dificultad que aquél momento imprimía para poder expresarse. Y, sin embargo,  en ella solo veía perplejidad. 

Sin dar tiempo a los relojes a dejar pasar ni tan siquiera un cuarto de su minutero, la escena que ahora se contemplaba en aquél banco frío, donde dos mujeres permanecían sentadas en un monólogo de sensaciones, distaba mucho del encuentro habido entre estas mismas un poco antes.

El calor dejó paso a una helada imprevista. Sus manos, desenlazadas, se cruzaban entre sí moviendo nerviosos los dedos. Sus miradas ya no eran fogones sino, apenas, breves lumbres que no lograban avivar de nuevo la llama que hacía poco caldeaba aquél lugar donde se detuvo el tiempo para ellas dos.



domingo, 4 de mayo de 2014

El amor se equivocó (VIII)

Fue un acto tan natural que ninguna pensó en lo extraño de la situación.

En aquél inmenso vergel, ante las puertas de una recién nacida primavera, rodeadas por el mundo y ajenas a todo, sus dedos se abrazaron hasta que ya no hubo nada más que el abismo que ellos mismos fijaban.

Sus miradas eran espejos donde se reflejaban soles en horizontes de mar. ¿Un ocaso? ¿Un amanecer? La maravilla de dos momentos que sólo los enamorados saben reconocer. Se sentían en la orilla de una playa donde la arena mojada cubrían sus pies fundiéndose con aquella inmensidad, ora azul ora esmeralda, mientras las olas llegaban dóciles y regalaban diamantes de sal. 

Sus labios eran gelatinas de fresa nerviosas que no sabían en qué momento morder. 

Y sus corazones... 

El compás era un ritmo unísono, poderoso. Un tango. Un baile agarrado que era pasión. Una mano tras la cintura que muestra intención. Una cara frente a otra que se desafían en un duelo de deseos. Una pierna sobre otra que animaba a la lujuria. 

Lo sabían. Comprendieron que aquél beso, que se posó como un gorrión en el alfeizar de una ventana, no fue casual. Y como en aquella ocasión, entre ambas sólo existía el aire que corría juguetón mientras la noche ya se presentaba.

El trinar pausado iba desapareciendo en pos de una algarabía desde los árboles. El viento entraba sin permiso por aquél paraje que perdía sus vivos colores, y el manto oscurecido que la luna regalaba cubría con mimo la vida alegre de aquél museo de los sentidos.

Solo suspiros salían de sus bocas. Un inmenso silencio que era toda una exaltación a los sentimientos. 

Ninguna de las dos conocían el hechizo que abriese el candado del encantamiento que las enmudecía. Ardían en deseos de rasgar las telas que acallaban sus palabras, mas no hallaban ni la fórmula que rompiese el sortilegio, ni el nudo maestro que hiciese caer aquella mordaza.

No habían transcurrido más que unos minutos y parecía que la eternidad se hubiese instalado en aquél paraíso terrenal. ¿Dónde se oculta el tiempo cuando hay momentos en los que sobra?

Ana soltó una de las manos de Sandra sin dejar de notar ese calor que desprendían. Resolvió ocupar el mismo sitio que ocupó su acompañante en aquél banco, y con un leve estiramiento de la otra mano que aún mantenían asida la invitó a sentarse de nuevo.

Había mucho que decir, debían exponer sus sensaciones, tenían que sincerarse o, cuanto menos, no ocultar más los pensamientos que en esos días arrivaron a sus almas.

                                        (Continuará)




sábado, 3 de mayo de 2014

El amor se equivocó (VII)

El eclipse tenía forma de mujer, y la luna que cubría al sol se llamaba Ana.

- "¿Te encuentras bien?" - se preocupó la causante de aquella alargada sombra que avanzaba hacia el jardín detrás de aquel asiento.

- "¡Sandra! ¿Pasa algo?" - insistió con premura. Ana sabía que algo le ocurría, no era muy normal ver a su amiga en esa actitud.

Sandrá, sin mediar una sola vocal, movió su cabeza de izquierda a derecha negando cualquier incidencia, colocando su mano derecha sobre sus ojos, a modo de visera.

- "Me preocupaba que no te presentaras. Cuando vi que eran más de las seis decidí salir a mirar cerca de la entrada. Comenzaba a temer que no vendrías".- Una batería de incertidumbres cayeron como un inesperado asalto. Los pómulos de Ana se dibujaron de un fucsia que delataban la impresión de ver a Sandra en el lugar de la cita.

Ni una ni otra sabían mirarse a los ojos. Parecían querer esconder algún tipo de secreto, o quizás pretendían evitar cruzar de nuevo el umbral en el que días atrás penetraron juntas, entre notas de Mozart  y espumosos caldos franceses.

Ana era una artista del interiorismo, especializada en hacer realidad las  excentricidades que encargaban a la empresa donde trabajaba. Su último trabajo una remembranza del preciosismo francés en un palacete del XIX.

 Era una mujer cerca de los 30 años, muy atractiva, cuyos ojos cyan podían servir, sin duda, para portada de cualquier anuncio publicitario que estuviese relacionado con la belleza. Llamativa también por su estatura, rozando lo prohibido con su metro ochenta y tres, y unos cabellos ensortijados cuyo color asimilaba el del sol en su ocaso.

Aquella mujer que haría sucumbir al más avezado varón que intentase conquistarla, estaba supeditada a aquella chica aún sentada. Sentía que, por algún motivo, aquella joven que admiraba por su gran caracter, mantenía sometidas sus palabras.

Deslizó sus manos de los bolsillos de la gabardina que la resguardaba del incipiente frío que la tarde ya dejaba adivinar; una manos cuidadas con unas uñas blancas y trabajadas con manicura francesa que dispuso ante su anhelada cita.

Sandra engarzó sus manos con las de Ana. Desaparecieron las sombras de aquél eclipse inesperado, y la luz se hizo diáfana entre los ojos de las dos mujeres. Sus dedos, inconscientes, se deslizaron simulando sinuosas columnas corintias.

No cabían palabras. No existía nada. Tan solo dos miradas y unas manos enlazadas.


                                          (Continuará)



                                     

El amor se equivocó (VI)

-"¿Sandra?"- espetó una voz femenina desde el auricular del teléfono.

La muchacha pensó que lo mejor hubiese sido dejarlo sonar, pero un reflejo natural hizo que conectara con aquella llamada.

Suspiró, como para darse tiempo a rehacerse y encontrar un tono de voz apropiado y respondió.

- "Sara... ¿Qué sucede?"- interrogó con expectación.

Sara y Sandra se conocían desde hacía un par de años cuando la primera entró en su círculo de amigos de forma casual, de la mano de una amistad en común.

- "¿Sabes algo de Ana? Llevo intentando dar con ella desde esta mañana, pero no lo consigo."

Sandra tragó saliva y se concedió un par de segundos para responder. En realidad no tenía porqué faltar a la verdad, pero algo dentro de ella le urgía a que no fuese sincera.

- "No, Sara. Hablé esta mañana con ella, me dijo que estaba ocupada con un encargo de última hora que le habían propuesto en la oficina" - Mintió... Y su ya dislocado corazón bombeaba a tal velocidad que sintió la necesidad de sentarse.

- "Bien. No sabía nada. Pues no le insistiré más. Cuando Ana está con sus proyectos no existe para nadie"- Un alivio sopló su espíritu aquietado. Se inclinó y ocultó su cara entre las palmas de sus blancas y finas manos. 

-"Qué locura..."- dijo en voz inaudible, mientras negaba con su cabeza sin apartar las manos de su rostro. 

Haberle ocultado la verdad a Sara fue una reacción nada habitual. Ni a Sara ni a nadie. Sandra tenía por norma no mentir por defecto. Consideraba que era no ser fiel a sí misma. 

-"Si no me gusta que me engañen, no puedo engañar."- Era el karma: Haz con el mundo lo que quieras que el mundo haga contigo. Y, de repente, no se sintió bien consigo. No vibraba en comunión con el universo.

Mientras ocupaba su mente con aquél castigo más allá de lo físico, ante ella una sombra ocultó la claridad que aún había en el banco donde se sentó. De forma inconsciente, recordó aquella escena de Apocalypto donde un eclipse solar hacía temblar de miedo a toda una civilización, y el sacrificio de sangre al dios Sol era el único recurso para liberarse de la oscuridad eterna. Un dios enfadado. Un dios que castigaba a su pueblo cuando no hacían lo que debían.

Decidió bajar sus manos, mientras de su frente el leve reflejo de un sudor agónico serpenteaba señalando una tensión que la hacía padecer. 

Al alzar los ojos, cegada por la luz de aquella tarde que languidecía poco a poco, la sorprendió una silueta esbelta y bien definida: su eclipse.


                            (Continuará)






viernes, 2 de mayo de 2014

Más allá de tus ojos

Hola incrédulo. Te planteo un ejercicio de reflexión más allá de la vanidad humana. 

Es sencillo. 

Nadie corregirá tu respuesta. No habrá quien ponga en duda tu planteamiento. Es sólo divagar un poco. No te pierdas en la demagogia. No  intentes dar soluciones científicas. No cumplas con lo pragmático. Por una vez mira dentro de ti, sin el temor de decir algo que contradiga tu propio evangelio. 

Alguna vez has pensado, mirando hacia las estrellas, lo hermoso que es el firmamento. Lo maravilloso de ese cielo desconocido, ¿pero te has dado cuenta que ese trozo inmenso de negrura o azules que ves, es siempre el mismo?¿Que observas lo mismo toda tu vida?

Quizás esto que expongo nunca lo hayas considerado, aunque sea una obviedad. Sin embargo, sabes que hay mucho más aparte de lo que abarcas con tu vista. Eres consciente que existe un universo, una inmensidad que no puedes abrazar con tu mirada y que desconoces, pero tu corazón se estremece cuando piensa en ello y recapacitas sobre lo minúsculo que somos en un espacio del que no conocemos donde termina, aunque creamos que nosotros somos Alfa y Omega de todo.

Te reto aquí, descreído. 

Si sabes que más allá del cielo conocido existe una eternidad de estrellas, ¿cómo te atreves a creer sólo en lo que tus ojos ven?


1 de mayo: Día de...

España es para reírse un ratito. Qué grandes humoristas tenemos. Pasó el primero de mayo entre el intento de hacer creer al pueblo que manifestarse servía de algo -aún no me he enterado para qué-. Los artistas de este circo del paripé, somos todos. Los que se agrupan tras pancartas y banderas tricolores, rojas o las autonómicas estrelladas -¿será eso una ironía?-, puño en alto con consignas, a veces, más manidas que un paquete de gusanitos caducado. Eso del "no nos moveran" (?) o "a las barricadas" (??) como parte de una reclamación de justicia laboral para un país con casi seis millones de desempleados... Pues mire usté, queda muy bonito para los nostálgicos de la famélica legión, pero para padres de familia, hogares enteros, jóvenes que buscan su primer contrato con seriedad, recién licenciados que no quieren empezar envolviendo hamburguesas en un MacDonald's, por ejemplo, no creo que esos gritos de cuando la Guerra Civil les sirvan de algo. Incluso diría que es un agravio porque no representan más que una ideología, pero en absoluto una solución.

Queda muy bien hablar de fascismo, de un gobierno de derechas que representa la antítesis de lo que este país necesita. Es un argumento de demagogias. Sólo hay que mirar hacia Andalucía y comprender la gran falacia del social-comunismo. Y no defiendo a los actuales dirigentes del país. ¡Para nada! Aquí no hay un solo político del que me fie. ¿Ciudadanos? Veremos...¿UPyD? No se, no se... Confío, eso sí,  que alguien cambiará algo en la política de España porque da igual el color o la ideología, todos representan la desvergüenza y la desfachatez de una casta que se sirvió del poder para el beneficio propio durante su estancia en los sillones rojos o azules y después también.

El uno de mayo es, a todas luces, festivo. Sin más. Las algaradas sindicalistas junto a sus afines no tienen, para cuarenta millones de personas, mayor poder de convocatoria ni convicción que la del camión de la bombona. Se asomará quien quiera ese gas pesado y anticuado para sus cocinas.

Lo siento, pienso así.

Pueden venirme con lo que quieran, que no variaré mi opinión.

Las protestas en épocas épicas, donde reclamar era una auténtica hazaña pasaron a la historia, al libro de recuerdos de una nación que sólo quiere sobrevivir día a día y que el virus del paro no haga estragos en sus casas. Hoy el Día del Trabajo es un mero reclamo para hacer agostos, si hay puente, los hoteles; anunciar el G.P de España en Jerez, la feria de Sevilla, procesiones religiosas en memoria de San José -como ocurre en San Fernando- y seguro que cualquiera de estos eventos nombrados tienen mayor seguimiento social que las manifestaciones promovidas por los Méndez-Toxo. 

¿Que eso impresiona un país pasota? ¡No! Es la impronta de un país cansado de tanta palabrería vácua. Harto de ver insignias de la fallida República Española. Aburrido de ser banderilleado por los derechones y los de la izquierda. Herido de muerte porque quienes dicen defender sus intereses se llenan los bolsillos, viven en casas o chalés -que hay que tener muchos euritos para mantenerlos-, se pueden permitir mariscadas, tendrán un sueldo vitalicio cuando ni tan siquiera ya ocupen cargos (incluso los abogados de los desahuciados, ¿eh?).

¡Que sí! Que no se les pueden criticar porque vayan a Romerijo a comer gambas, pero que no me vengan con el cuento de que me entienden. ¡Porque no pueden entenderme!

¿Pueden entender vivir de Cáritas? ¿De acudir a comedores sociales? ¿De tener un sueldo que no te da ya ni para hacer frente a pagos que antes sí podías? 

No pueden...

Yo también reivindico el primero de mayo como un día lúdico; para ir a la playa, para salir a la montaña, para hacer turismo, para quedar con la familia e ir a almorzar a las ventas de cualquier pueblo; para hacer deporte a horas donde sueles estar trabajando, estudiando o no haciendo nada. Cuando los políticos, sindicalistas, voceros de ideologías y de enseñas, correligionarios, piquetes informativos -de todos, el mejor chiste-, animadores exógenos pero  vinculantes de formaciones de uno u otro bando (véase Gran Wyoming o los del Gato, por poner un ejemplo claro) dejen de jugar al ping-pong con las esperanzas de todo un país, reclamaré el Día del Trabajo como lo que debe ser: el día donde alzarse ante las injusticias laborales, clamar por los abusos hacia los trabajadores, apoyar a los valientes que optan por el autoempleo, mandar callar por una vez a los charlatanes que buscan réditos políticos y nos marean con su cháchara, exponiendo prioridades que no son más que chorradas innecesarias en los tiempos actuales.

Hasta entonces, de forma particular, celebraré este día como el del nacimiento de mi hijo mayor y, hasta ahora, me sobra todo lo demás.


jueves, 1 de mayo de 2014

El amor se equivocó (V)

Empezaba a hacer algo de fresco en la tarde. El sol no se veía ya, tan sólo se reflejaba entre los altos edificios. Era el momento de pensar en esos ocasos en la playa, donde la gran bola enrojecida se tapaba con una sábana de esmeraldas.

Sandra caminaba decidida, pero sin prisas. El final de aquella larga calle, que empezaba a llenarse de deportistas aficionados, ya se adivinaba. Desde donde se encontraba ya no había rastro de la cafetería y a lo lejos, mirando hacia el frente, una cola se fijaba ante una llamativa cancela negra: El parque.

La Alameda de las Cruces -llamada así por haber sido un antíguo cementerio en los años de la Gripe Española de 1918- era un lugar realmente bucólico, aunque sin nada que recordase su tétrico y triste pasado. Entre sus arco iris florales, bancadas que recordaban aquellas estampas antiguas de amas de crías y soldados rondadores; un alumbrado que se acomodaba a la visión romántica del XIX. Caminos empedrados que conformaban un laberinto de pasillos encontrados. Su fauna, toda clase de aves: desde los comunes gorriones, hasta algúna raza exótica traída por capricho y dejada en libertad por desidia. 

Estanques, fuentes, puentes sobre recreados riachuelos con coloridos peces japoneses, marquesinas que cubrían merenderos sin temor a un imprevisto, niños siendo felices con balones y entre carreras, colinas que descubrían una ciudad distinta desde una atalaya coronada por los últimos destellos dorados del día.

Un edén en medio de un desierto de cementos. 

Sandra dejó el paso decidido por aquél otro de hacía ya varios minutos. Cedió el ritmo por otro corto, sin brío y nervioso. Eran la emoción ante el encuentro. 

Ante ella, la entrada que oteaba antes con lejanía se hacía inmensa. Dos grandes rejas enlutadas, con diversos adornos florales entre sus barrotes, daban entrada y salida al recinto. Desde el exterior se descubría un gran pedestal en piedra encalado, con una soberbia cruz que mandaba en la bienvenida y despedida, recuerdo de los que allí fueron enterrados por aquella epidemia que asoló a todo el país.

Pisó el enladrillado de aquella entrada parqueña y se dispuso a acudir, al fin, a esa cita a la que no sabía si, en realidad, quería haberse presentado. Pasó cerca del estanque de los Amantes; un sitio con un minúsculo edificio en mitad del lago, donde la leyenda local hablaba de una pedida en matrimonio y una negativa de parte de la requerida lo que ocasionó, tras la marcha del lugar de ella, que el desconsolado hombre se suicidase ante aquellas aguas con un disparo en la sien.

- "El tremendismo patrio"- dijo para dentro. 

Si la historia era verdadera o sólo un reclamo más para atraer visitantes a aquél vergel, no importaba mucho a Sandra. Pero tenía claro que era efectista y, sin duda, el entorno, propio de una novela pastoril le imprimía fuerza. 

En fin, una triste historia que daba al lugar otro punto más de melancolica visión.

Al dejar aquella zona recordó a Santiago. En su corazón un presentimiento desolador le conmovió. Sabía que él no sería capaz de repetir aquella historia, pero...

 Un escalofrío azotó su cuerpo, como si no creyese en aquello de lo que estaba tan segura. Ese chico era totalmente dependiente de ella y, aunque la situación ahora suponía una ruptura, conocía a la perfección la reacción de él. No cejaría en su empeño de recuperar o, cuanto menos, de intentar convencer a fuerza de proposiciones de ser, cuanto menos, un muñeco en sus manos.

En ese momento, una vibración en su bolso primero, después una musiquilla breve. Tan solo unos compases del Concierto para flauta y arpa K-299 que tenía como melodía para llamadas. 

Sacó de nuevo su teléfono móvil para leer la pantalla y volvió a sonar, justo en ese momento. Miró la hora que aparecía iluminada: las seis y diez.

- "¡Son casi y cuarto! ¡Mierda!"- la muchacha miró a su alrededor con un tono rojizo en su tez, fijándose que un grupo de chicos que pasaban cerca oyeron el improperio y su gesto infantil al decirlo, lo que ocasionó algunas risas entre ellos. 

La melodía seguía insistente, y en la interfaz de su aparato un nombre inesperado.

                                    (Continuará)