viernes, 18 de abril de 2014

La Semana Santa de Sevilla: la ciudad sitiada


El artículo que enlazo -eso sí es un artículo- lo expone perfectamente. Antonio Burgos describe lo que muchos nos hemos encontrado estos días en las calles. En Sevilla me refiero. 


Aquí, donde por menos de un pito -incluso de carnaval- se forma una bulla, la Semana Santa se ha convertido en una auténtica calle de la Amargura -todas las calles-. La Semana Santa sevillana no se ha engrandecido ya por sí misma y los tesoros, lo de la fe y los tangibles, que nos presenta como parte de una cultura que ha hecho de algo tan íntimo un modus vivendi; la Semana Santa sevillana sufre de gigantismo y, hasta donde sé, eso es una enfermedad.


Muchos son los que alquilan pisos o dedican algún día para conocerla, para disfrutarla, para sorprenderse... Muchos dejan sus propias devociones con un "el año que viene Dios dirá" y viajan hacia esta tierra de advocaciones universales, donde se hacen realidad aquellas imágenes sólo reconocidas a través de publicaciones, medios de comunicación o, simplemente, de oídas.


¡Qué maravilla Sevilla en Semana Santa! 


Verdad. Es espléndida. Y, por lo menos, como los musulmanes con La Meca, debiera visitarse en estas fechas una vez en la vida. Pero el volumen humano que esta ciudad, ensanchada a golpe de necesidad de espacios, adquiere en estos días es alarmante. Lo de las sillas del chino -como dice el gran Burgos- es preocupante, la falta de respeto ante tanto empujón, ante tanta zancadilla -promovida por la dejadez del que le importa un pepino aquél que tiene que pasar allá, por donde los de los "palcos a 6 euros" tienen apostada su propia Campana-; ante tanto niñaterío y "adulterío" (con acento en la i), de mochileo  e iPad en alto haciendo fotos que, previo al paso de los Titulares de cualquier hermandad, forman un corrillo como si estuviesen esperando recoger la entrada a un concierto veraniego, con sus risotadas, sus cantes y sus palmeros (visto in situ en la esquina de Placentines ante el discurrir de la hermandad de Los Negritos).


La Semana Santa de Sevilla, siempre lo he dicho, es particularmente sevillana. Por mucho que se exporte turística y culturalmente, esta celebración en Sevilla es por y para quien la ha mamado desde chico. Del que no se extasía, ni babea con las maravillas con las que aquí engalanan estos días santos. El de aquí lo bebe porque es su agua y no le incomoda una bulla, y sabe dónde guardar silencio, y sabe cómo vestir cada día, y sabe dónde irse a ver lo que quiere. 


Al cofrade sevillano no le interesa que su Semana Santa se engorde a base de visitantes ociosos que vienen a pasar unos días y a agolparse en sus calles, restándole la solemnidad que cada sitio y hermandad requieren. Le gustan los que vienen a enamorarse de lo que él está enamorado. Esa es la gran diferencia entre el cofrade sevillano y cualquier otro cofrade, por cierto.


Para quien no lo haya leído, os lo engarzo aquí abajo. El artículo de Antonio Burgos. 


http://www.antonioburgos.com/abc/2014/04/re041814.html

miércoles, 16 de abril de 2014

En la noche del Martes Santo:

...y cuando me quité el capirote, respiré.


Ya terminó. Entre la alegría del deber cumplido y la tristeza del deseo acabado. Aún resonaban en mi cabeza tambores inexistentes ya. Cerraba los ojos y solo veía capas rojas y antifaces blancos. Era una procesión perenne que no dejaba de visualizar en mi interior.


El olor a las flores del paso de mi Virgen de la Salud me embargaba. Olor a flores y ceras. 


Un ajetreo inhóspito, desganado, se vivía en las calles cercanas a la plaza. Medias voces y satisfacción contenida entre idas y venidas de la iglesia a la casahermandad. Se repetía a la inversa lo que, un día antes, era motivo de nerviosismo y de inmensa alegría.


La noche del Martes Santo quedaba la desolación que sólo conoce el cofrade. Las túnicas descansando en las sillas, los capirotes apoyados en las mesas con los ojos inertes, guantes sin piel que guarde, pies penitentes en bendita agua fresca y en el pecho un escudo plateado latiendo junto al corazón.


Ahora quedan los momentos, los recuerdos, las experiencias... Ahora eso. Queda el orgullo de salir al día siguiente llevando los signos externos de tu devoción: una insignia, un llavero, la pulsera...  Algo que denote que ayer fue protagonista tu hermandad y formaste parte de esa expectación.


¿O no? ¿No te sientes hoy con esa sensación? ¿No te salta el espíritu cuando oyes a unos y otros contar con emoción ver cómo bajaba Ancha el Cristo de tu pasión, la Virgen de tu amor?


Sentado, mientras mi gente -mis hermanos- reponían fuerzas entre risas y caras cansadas de la emoción, rememoraba el sinvivir de la tarde de aquél Lunes Santo. Otro lunes para la historia. 


Pensaba, mirando las vitrinas vacías, que cuando los pasos volvieran a su lugar, donde quedan resguardados como oro en paño, y se cubran con el manto del "ya está", todo habrá terminado este año, pero de verdad. Entre nostálgico y enfadado porque, qué cierto es, ¡que qué poco dura lo bueno!


"Qué rápido se escapa entre la enredadera de los minutos aquello que tanto esperamos. 


Qué rápido terminan los anhelos. Pero qué regalo tan grande recibimos cuando estos se cumplen superando nuestras expectativas", pensaba.


Levanté mi vista al frente y me levanté. Dirigí mis pasos hacia las escaleras, con el fin de descender hasta donde estaban descansando el resto de quienes hicieron posible el buen fin y mejor hacer en ese Lunes Santo. Y entre las luces de la planta baja y las sombras de la zona en la que yo estaba, unas voces...


"¿Quién jalea de esa forma? ¡Que no son horas, por Dios!"


Y entre los claroscuros se abren mis ojos. Entre dudas, miré a mi alrededor... Una extraña sensación de paz rodeaba el ambiente, una habitación a media luz, con las persianas medio echadas, permitió que pronto mi mente aclarara su falta de lucidez momentánea. Soñé un Lunes Santo que aún no había terminado, soñé que volvía a vestir mi túnica; soñé verte, Señor, en tu caminar lento y alargado, ser presentado por Pilatos en tu barrio. Soñé, Señora, verte mecida por las palabras de Juan y besada por pétalos de amor.


Soñé un Lunes Santo como sólo puede soñarse en la distancia: perfecto el día y yo añorándolo.



domingo, 13 de abril de 2014

Domingo de Ramos en San Lorenzo (Gran Poder entre palmas)

En la vida hay días que rezan como inesperados, hoy empezó así. 

¡Domingo de Ramos tenía que ser!

Un día radiante con ambición de ser ¡el Domingo de Ramos! En la Sevilla que hoy se viste de galas, que huele a perfumes de azahar y de los de corbata, de incienso y de los de vestido conjuntado, se abrían pronto los ojos en su centro más divino, allá donde vive el Gran Poder. En San Lorenzo.

Se sabe que es el Señor de Sevilla, no ya porque es la devoción de esta ciudad rendida a Él, sino porque hasta el mayor de los poderosos que se glorían de títulos o de dineros tiene que agachar su cabeza para besarle los pies y, hoy, sus manos. ¡Fijaos si es el Señor de Sevilla!

Mientras aguardaba paciente en la fila que, esperando unos y saliendo otros, cercaba la basílica por dentro, oía comentarios de aquellos viejos que, desde siempre, han ido a visitarlo. Agarrados del brazo, sostenidos por bastones, con las piernas ranqueantes, con la mirada ajada y sin dejar de prestar atención al andar de los que van delante, iban en distendida pero respetuosa conversación:

-"Sí. En el paso está la Virgen... Del Mayor Dolor y Traspaso. Pero no es una dolorosa"-

-"¿Cómo?"- contestaba otra que le acompañaba

- "Que sí... Que es del Mayor Dolor, pero no es dolorosa... ¡Ay, bueno...! Yo me entiendo"

Delante una mujer, que casi no veía, le decía a la persona en quien se apoyaba:

- "Con la túnica de los cardos está que quita el sentío, pero con la lisa morá... ¡Está pa'comerselo!" -y no veía la señora, pero es que el comentario es para bordarlo.

Y así, metido por obligación entre diálogos ajenos, saldaba mi propia penitencia. Que una cola es una cola... 

Al frente, a mi derecha, besando sus manos atadas, pasaban los enfilados que madrugaron para no esperar más que lo necesario para visitar al Señor; tras de mí la fila se alargaba y en el interior se empezaba a agolpar quienes ya cumplieron el trámite esperado y aquellos que se acercaban, símplemente, para verlo, para hacerle fotografías, para rezarle sin más, para sentarse y esperar... ¿A qué? A que el Gran Poder les hablara.

Pasaba la fila lenta. Me tentaba la idea de  plasmar lo mismo que Juan de Mesa plasmó en la madera y sólo él vió en su mente, pero yo lo tenía más fácil. La idea de Mesa ya era más que humana, era la divinidad tallada y allí la tenía, delante de mi... A unos pasos... A unos metros... Y Él estaba abajo, en el suelo, para que lo viera a la altura que solo podré verlo el día que me muera. 

Cerca, muy cerca. Subiendo al presbiterio, allí donde el sacerdote da su homilía, un cartel avisaba: "De fotografiar, nada". Estás en el mismo sitio donde el sacrificio eucarístico, estás justo donde Jesús al pueblo en los   evangelios habla, estás frente al altar que ahora luce candelabros, doseles y la cruz que en la noche del Jueves Santo anuncia la Madrugá. Y mientras mis pasos racheaba, sin zancadas, me aproximaba al Dios hecho con el alma.

La mirada enfocada, revestida de morados y cardos, envuelta de la solemnidad que sólo es capaz de envolver la Casa grande de San Lorenzo, donde cabe Sevilla entera y alguno más, al lado de la torre encantada  que da la hora y las buenas noches, buenas tardes y saluda cada mañana a los vecinos y a quien pasa por ese cáliz de agua bendita que es esa misma plaza.

Ya quedo cerca de Él. Y me entran las dudas, si por besarle la mano solo debo postrar mi espalda, agachar mi cabeza o hincarme de rodillas y no mirarle siquiera. Pero ante Su presencia, ¿qué dudas me quedan? 

Le miro a la cara, sólamente a la cara, no me fijo en bordados, ni en oros, ni en sedas, ni en platas; no me fijo en los rayos que de su cabeza resaltan, no me fijo en nadie, no me fijo en nada... Solo el Gran Poder que tiene sus manos atadas.

Me acerco sin misterio, directo a Su mirada. Su paso detenido en una eterna zancada. Con cruz o con lazada, Jesús del Gran Poder y su soberbia parada, ya sea por el peso del madero o por la gente que lo alaba. 

Mis labios a Sus manos, mis manos a Sus dedos y en un segundo se produce el sortilegio. Al que vive en lo etéreo, Al que le piden por la salud, por el trabajo, por los hijos, por los nietos. Al que le rezan sus hijos, los de Sevilla, los del mundo entero, porque es el Gran Poder tan grande como eterno. 

El beso detiene mi tiempo, mientras el resto del tiempo pasa y el resto del mundo sigue mientras el mío se para. Ya no hay nadie entre Tú y yo, entre mis ojos y Tu mirada. Señor al que el Mayor Dolor traspasa, perdona al impuro que se acerca a tu morada, que te ensucia con el beso de un Judas que te falla, dame, Gran Poder, Tu perdón, Tu palabra.

Y entre la muchedumbre que se agolpaba igual que yo hice, me despedía de aquella Casa. De la Madre que con Juan hablaba bajo un techo de palio resguardada. 

Andaba hacia la puerta, la gente se agolpaba, eché la mirada atrás y allí, el Dios-Hombre: el nazareno de Trajano, de Teodosio, de Amor de Dios y Eslava; el Cristo de Pescadores, de San Vicente, de Santa Clara y Santa Ana; el Señor de la Alameda, de Reposo y de Calatrava. Me despedía sin mediar palabra, salía de nuevo hacia la lorenzana plaza, y me saludó un escultor, de gubia bronceada, que en un pedestal se apostaba y me dijo sin hablar lo feliz que se encontraba, que se duerme viendo al Señor y lo ve cuando sus ojos alza en cada amanecer, en cada Madrugada...

Mis pasos por la calzada guiado hasta mi casa, pensando que no sabía que lo vería esta mañana, y tenía que ser un Domingo de Ramos... ¡Como Dios manda!


(Y entre palmas se señala el carpintero nazareno, que en una madrugada tras prenderlo, en la Macarena lo sentencian y por Monsalves le dan el madero. Lo llevan por los Jardines del Valle a Triana, pasando por San Lorenzo, y clavan en el Calvario al carpintero nazareno)


Enredado

Hoy, quien puede negarlo, se hace casi de obligado cumplimiento formar parte del gran universo que es internet. 

Vivir apartado de la noticia al segundo, o no mostrar tus afinidades sociales y personales y compartirlas, parece que pueda ser inviable.

 Hacer vida on line, encontrar a amigos que hace lustros que no ves, buscar vídeos, imágenes, páginas... Todo al alcance de tu mano. Sería una obviedad no referir que la red y sus medios, cada vez más básicos, no engendran riesgos, empezando por la pérdida de cierta intimidad y de estar perennemente abierto a curiosos -y no de forma necesaria sólo curiosean tus conocidos-.

Pero como quiera que hay que saber para qué usar y cómo se usan las redes en la red y no enredarse, y desenredarse de aquellas ataduras que nos mantienen alejados de la auténtica utilidad cibernética, aquí vengo a presentaros mi nueva -mejor dicho, renovada- cuenta de Twitter

Renovada porque ha sido una limpieza profunda. Lo que empezó siendo una cuenta para promocionar mi tierra, la he reconvertido en escaparate de mis pensamientos y reflexiones. Es otro medio más desde donde ampliar aquello que concibo desde la intimidad de mi ser.

Ya en Facebook tengo otro blog "En mi opinión", si bien me planteo otros cambios para tal, pero desconozco cómo enfocarlos, de momento. Acepto sugerencias.

He comprobado lo interesante de estos proyectos tan particulares. Reconozco que, a veces, quedo relegado en mi imaginación y de esta no sale nada de interés, pero bueno... No me jacto de ser escritor ni de vivir de ello. Así que... Justificación plausible.

Y como corresponde a mi intención, aquí os dejo mi nueva -renovada- dirección de Twitter que, como no podía ser menos es @tardetranquila y mi página toma el título de mi sitio en este blog: El balcón. Y mi etiqueta personal. Donde se agrupan mis escritos, por escaso valor que tengan.

En #juanantoniocarrasco están reunidas aquellas visualizaciones etéreas que plasmo en este soporte. En cierto modo, esto es una especie de testamento (espero no estar llamando a ninguna puerta no deseada, pero como quiera que la vida es caprichosa y el destino un "veleta" que gira según los vientos, pues hay que considerarlo todo).

Empecé esta experiencia como eso mismo: una experiencia. Experiencia que deseaba probar y desconocía su rumbo y su puerto último. De momento el rumbo es variable, según el destino de los escritos, y el puerto último espero no saber nunca cuál es. Yo escribo sobre lo que me apetece, y no hay nada más placentero que saber que lo que escribes le gusta a alguien más, pero eso entra a las bodegas del barco, allá donde el equipaje y las calderas se unen en destino del viaje. El equipaje, lo que lees; las calderas, aquello que me impulsa a escribir lo que lees. La bodega, el sitio profundo de la nave donde no llega el conocimiento de lo que se ve. Es decir, es el sitio donde nace la incógnita sobre si lo que escribo es útil o no.

Descartes citaba -o al menos se le atribuye- algo así como que si no eres útil a alguien en tu vida, ésta no tiene sentido. Grosso modo. 

Así espero, anhelo, deseo, llegar a alguien con lo que reflexiono y expongo aquí. No es vanidad, sino necesidad.

Sólo, y antes de finalizar, un favor muy pequeño... Por favor dame RT o dale al ME GUSTA.


sábado, 12 de abril de 2014

Reflejos del Lunes Santo


Que la luna de tus ojos, del verde del mar sombreada, no verán los míos mientras en tu palio te alzan.


Que no veré tus sienes coronadas por las ráfagas de la plata, que no veré en tu pecho las siete rosas pasionarias, que en tus manos de seda no colgaran pañuelos... Que colgará mi alma.


No podré ir el lunes, como siempre, a ponerme a tus pies ante el altar de tus andas, ni pedirte por nada, ni oler las flores que hacen de tu palio estancia perfumada.


Titubearán mis lágrimas a la hora del Ángelus; se estremecerán al no encontrar tu mirada.


Dudarán mis pies que caminan por tu plaza, dudarán mis oídos al no oír las campanas que dialogan entre vientos que se cuelan por la espadaña.


Alzaré mi cabeza, buscaré sin hallar nada, que ese lunes no busco si no es Tu mirada y mi penitencia será no poder encontrarla.


Pensaré en las filas, aquellas en las que yo estaba, en esos momentos en los que sólo pensaba, en recuerdos de niño orgulloso con su capa.


Recordaré el sol andante, con reflejos dorados, deslumbrando Marconi "alante". ¡Y marchas de emperadores tocando a puro arte!


Veré Al de la humilde figura, veré al Hombre hecho Dios asomarse entre las calles ¡y en los balcones chiquillos que quieren a Él arrimarse!


¡Ecce Homo! ¡He ahí tu barrio! Entre casas encaladas, entre olores a pucheros y a tierra recién regada; entre plazas del Castillo y de las Vacas, entre calle Ancha por la mañana y por la tarde ¡más calle Ancha! Entre san Miguel de artistas y Bonifaz, donde la gubia se hizo cuna de la Madre esperada.


Y del sueño despertaba un Lunes Santo en la mañana, pensando que aquél milagro que quería no llegaba.


Y mi penitencia empezaba a horas tan tempranas. Sin la túnica planchada, sin mi capa colgada, con mi venera apoyada en un cuadro donde asomaba una Virgen, con ojos como la luna, reflejada en un mar de color verde esmeralda.



viernes, 11 de abril de 2014

Baratijas


Es mi YO más profundo, o lo más profundo de mi YO, da igual que igual da.


No puedo evitar, sobre todo en estas fechas, que a mi cabeza acudan reflexiones sobre lo que se aproxima, sobre las hermandades, sobre su entorno. Será ese gusanillo que me pica y escuece más por pillarme lejos. Que no siempre la distancia es el olvido.


Hoy me encuentro con una noticia y con una publicación que han noticiado. 


La primera, la presentación por parte del ayuntamiento de la idea, esbozo, sugerencia, planteamiento -como se quiera- de la creación de un museo o casa del cofrade. La segunda, la fotografía de una persona -en apariencia indigente- tirada en la Plazaiglesia, frente a la parroquia de San Pedro y San Pablo. 


De una, la primera, aún no tengo noticias de la opinión del pueblo; de la segunda, sí. De la segunda ya dicen pestes sobre los "sepulcros blanqueados" que son los que salían de aquel sacro recinto. De cómo nadie auxiliaba a un hombre que, según dicen, no podía mantenerse por sí mismo.


Quien esto comentaba -a través de post en una página de contenido cañailla-, indicaba que estuvo observando como nadie ayudaba a esta persona -la duda me corroe. ¿Un experimento de campo? ¿Observación bajo los condicionantes externos? ¿No implicación, momentánea, para no contaminar los resultados? Interesante...-. Finalmente, ante la desidia de los transeúntes que, viendo la escena, se mostraban distantes a darle solución, los observadores decidieron intervenir (previa fotografía del desafortunado hombre, tumbado boca abajo, y de fondo la Iglesia Mayor: todo un alarde de prensa amarilla, sensacionalismo a marchas forzadas).


Tras la inclusión del post y la consecuente y elocuente imagen, comentarios que hacían prever por dónde irían el resto. Comentarios desbocados, con el prejuicio como bandera, palabrería fácil que inundaba de empobrecimiento a la sociedad isleña en general y al cofrade (como cristiano) en particular. La ociosidad del desconocimiento y la gratuidad del insulto, representado en la figura de quien salía de aquél templo y -a pesar de estar al otro extremo- no prestó su ayuda. 


Mientras, por el paseo propio de aquella plaza, pasaban más personas -a las que también se las nombran en los comentarios citados-, pero los malos, salvo una excepción hecha a la totalidad de la ciudadanía, eran los que salían de la parroquial de San Pedro y San Pablo. Posteriormente, las citas se disipan entre quienes conocen al hombre y se abandona -de momento- el tema de la hipocresía del cristiano.


Golpes de pecho de quien, argumenta, ayudó a este hombre; loas de algún familiar por la buena obra y, siempre, las ideas perdidas entre el desconocimiento de lo que hablaba y lo que, según la protagonista -la samaritana- se debiera hacer, por parte de quien corresponda, con el dinero destinado a promocionar, vestir y engalanar nuestra Semana Santa. 


Sinceramente, mi reconocimiento por su piedad, y mi sorpresa por ese estudio de campo llevado a cabo -eso lo dice ella, quedarse mirando viendo como nadie socorría al hombre-. 


Y, llegadas las fechas, los cofrades lo mismo servimos para dar un pregón que para que nos pongan de vuelta y media, lo llevamos en la etiqueta: usar y tirar. Como una jeringuilla desechable, una servilleta de papel, un juguete comprado en una tienda de "todo a euro"... 


Baratijas de cofrades.


De pechos deslumbrantes por el plateado de un escudo colgado del cuello, de miradas que asoman con altivez al prójimo, de oídos necios a palabras ensordecidas, de alabanzas a un Dios que permite injusticias, de arrodillamientos ante ídolos de madera, adoradores del oro y las piedras preciosas. Baratijas de cristianos, despreocupados de la caridad, del compromiso humano... 


Banca de sí misma, las hermandades malgastan el dinero público con la connivencia del ayuntamiento, en montajes de carrera oficial, en arreglo de acerados y carreteras, en limpieza de fachadas, en cortes de calles que trastocan a toda la ciudad.


Baratijas de la Iglesia poderosa, que aún tiene la desfachatez de existir con sus riquezas, acogiendo corazones impíos que están más vacíos que llenos de humanidad.


¡Cofrades! Eso sois. ¡Baratijas!


Que nadie hable bien de ti, de tus obras sociales, de tus bolsas de caridad, de tus aportaciones a Cáritas, al "Pan nuestro" -el comedor social-. 


Que nadie considere tus ayudas a quienes te buscan en las casas de hermandad porque no puede pagar luz, agua o gas. Porque no tienen trabajo y acuden a tu casa con la esperanza de que les puedas socorrer ¡Como sea! Con una ayuda en viandas, en metálico o refiriéndolo a alguna empresa que necesite mano de obra.


Que nadie tenga en cuenta el trabajo que das a los artesanos del metal, del hilo y la seda, del dibujo y de las ceras; el aliento que le das a músicos, a comercios de siempre que musitan un alivio en su muerte agónica, a pequeños vendedores de quioscos ambulantes, a bares y restaurantes, a hoteles y hostales que sólo respiran en verano...


Que nadie piense que con tu fervor por lo que haces de forma altruista, basándote sólo en tu amor y en tu devoción, revives toda una ciudad, dándole frescor cuando todos se quejan de lo muerta que está, de lo podrido que huele en los días del año.


- "¿Y el museo cofrade?"  


-"Ah, perdón. Es que el cofrade, durante todo el año, piensa en cómo sacar adelante su hermandad para poder atender su bolsa de caridad, salir a buscar alimentos para entregarlos a los necesitados que esta crisis nos ha "regalado". Estamos sacando tiempo para engrandecer la fiesta de los sentidos que, durante una semana, convierte una tierra yerma en un prado, donde el incienso y el tamiz del humo cirial, son el reclamo para que nos vengan a visitar y respiren autónomos y empleados. Buscamos momentos, cuando tenemos un hueco para nosotros mismos en nuestro hogar, para darle lustre a la feria con el montaje y trabajo en las casetas. Echamos horas montando nacimientos en la navidad para crear el ambiente oportuno que nos recuerde aquellos años que, siendo niños, nos gustaban tanto paladear en vísperas de Reyes..."


- "¿Qué me preguntaste? ¡Ah, sí..! El museo cofrade... Bueno, eso, Dios dirá. Esas son ideas, de momento; palabras que se quedan en baratijas. De momento solo pensamos en cómo hacer para poder sacar adelante tantos frentes sin descuidar a nadie"


Quede dicho... El museo... Dios dirá.



(En la imagen inferior, la fotografía del hombre desahuciado y no socorrido. -Autora Gema López-. En la superior, miembros de la hdad del Ecce Homo entregando víveres a Cáritas parroquial -imagen de la citada hdad-)



miércoles, 9 de abril de 2014

La Anarcocofradía: entre pitos y cirios

Abajo lo enlazo. En Sevilla, capital durante la próxima semana del mundo cofrade, se ha creado una nueva corporación penitencial. ¿Su singularidad...? ¡Que va por libre!

Sí, sí... No pasará por Campana. No hará su recorrido por los palcos de San Francisco o Constitución, no discurrirá por el interior de la Catedral, no pedirá la venia; tampoco hará como otras corporaciones, que procesionan el Viernes de Dolores o el sábado previo al Domingo de Ramos.

¡Para nada! 

La Anarcocofradía, que así se ha querido denominar esta nueva entidad (cuyas advocaciones me permito no nombrar por respeto hacia quien me lea), paseará palmito y anarcocofrades el miércoles 10 de abril desde su sede anarcocanónica de la calle Alfonso XII -calle con olor a nazareno de silencios, a crucificado entre artes, a muerte del Señor frente a Monsalves-. Su entrada triunfal, pese a representar un momento muy diferente a la tradicional Borriquita que sale desde la sevillana plaza del Salvador, será a la altura de plaza de Armas, donde vivirán su momento grande; sonarán campanas de duelo por el fallecimiento laboral de otros anarcohermanos que forman parte de la hermandad del Transporte, que tiene su sede en la citada ubicación (que no es la misma que procesiona en la Semana Santa jerezana). Se espera que las anarcohermanas, junto a otros fieles, procesionen con su tradicional bandera de paso en rojo y negro y vayan prodigándose en salmos del anarcoevangelio.

Grosso modo, esto será lo que, en la  mañana del miércoles previo a las jornadas santas sevillana, los de aquí y los de fuera se encontrarán: una inesperada procesión no reglada ni aprobada por la SEO hispalense, pero con las bendiciones del prelado anarcocofrade de la Orden Aconfesional de la Congregación General de la Transgresión (CGT). Los sevillanos quizás se sorprendan y se queden perplejos y con el alma chica herida en su fuero interno, por cuanto lo que representa para la ciudad su Semana Santa: una de las grandes señas de identidad de este pueblo. Los foráneos lo mismo se creen que se pasaron del peaje y en lugar de a Sevilla piensan que llegaron a Cádiz, y están disfrutando de lo que en la tierra de la ironía y el sarcasmo por excelencia se conoce por una chirigota ilegal.

¡Qué conflicto cultural!

Este país necesitando y aprovechándose del turismo, como gran fuente de ingresos y vida para muchos hogares y negocios, y  liando al personal que nos visita entre capirotes y pitos de carnaval.

Dice esta anarcocofradía, que va en contra de todo aquello que represente la vulneración de derechos y el respeto (en principio por el colectivo fememino); que su procesión va en favor de defender la integridad a cualquier nivel y consideración de la mujer y tiene como santa patrona a María Magdalena (desde hace años, icono de la rebelión contra el machismo de la propia Iglesia católica) y usan, como simbología de sus pareceres, rosarios -a modo de mofa- y algún que otro artículo más placentero que devoto; aunque algunos de estos también crean algún tipo de devoción.

"En contra de la vulneración de derechos y el respeto"

¿Han dicho algo?

Existen mujeres -que seran consideradas ciegas o sometidas, por este colectivo- que no opinan como ellas; que no se ven esclavizadas, que les duelen que insulten y menosprecien su creencia. La misma fe que quizás tengan o tuviesen sus padres (y madres), hijos (e hijas), nietos (y nietas); en algunos casos, personas con las que conviven, ríen, trabajan, comparten un café, les ceden el asiento en autobuses, les abren la puerta para dejarlas pasar...

Que sí... Que también hay mucho hijo de la gran pu...trefacción social, que no tienen la mínima consideración y que, pueden ser, o no, hijos de papá (y de mamá) y chocan contra todo aquello que no se ajuste a sus propias medidas.

Pero da igual... ¡Qué más da lo que sientan, crean y respeten otros! Yo hago lo que me sale de mis santos ovarios, porque para eso yo paro, yo decido. Y esa es la llave mágica que vale para toda reclamación donde, por medio, se encuentren Iglesia, beaterío en general, derechona en particular y afines a los aires tradicionales que, según este tipo de ideología defensora -dicen- de todos los derechos que puedan defenderse, recuerdan y representan al nacional-catolicismo que, hace ya 80 años, se implantó en España fruto de un fratricidio deleznable y que, hoy por hoy, gusta recordar por parte de los que se sienten en la obligación de echarlo en cara porque, al parecer, eso es signo de progreso.

Por lo visto, el respeto es unidireccional, uniideológico y para  cualquier condición confesional, salvo la católica en particular (los malos siempre son los curas, los capillitas, las monjas malvadas y todo aquello que esté relacionado con la fe católica). 

Se puede sacar una procesión con una burda imitación de una hermandad penitencial que puede llegar a tener hasta 200, 300 o 400 años de historia, por ejemplo; burlándose de su sentido más profundo, ultrajando al que es afín a esa forma de creer en Dios; despreciando, en pos de hacer populismo barato entre todo aquél que piense igual que ellos, pero quien no comparta mis ideas, mi forma de ver las cosas, mi pensamiento, mi credo... Ese no tiene derecho a exponer, porque representa aquello que es contrario a la auténtica libertad, al verdadero espíritu que debe emanar del ser humano, desligado de dioses, alegorías, y doctrinas impuestas por otra forma de ver la vida. ¿Errónea forma de vivir? Bueno... ¿Quién tiene el uso de la razón?

Comparto que hay que luchar en esta sociedad para que no pisen tu razón si la tienes, para que no te humillen por ser de uno u otro sexo, de una u otra clase social, por creer o no en Dios, en Buda, en Alá, en la energía cósmica, en el karma, en la cienciología o, como dije, no creer absolutamente en nada. Pero jamás, nunca jamás, compartiré que el "todo vale" vale. Eso no. No todo vale. Justifico que si arremeten contra aquello por lo que trabajo y legitímo -insisto, sea o no, compartido- tengo derecho a defenderme, a proponer ideas para que se consideren y no se releguen. Pero nunca justificaré el ataque gratuito, ofensivo, despreciativo, hacia quien no hace chanza de la idea ajena. El creyente de a pie, aquél que acude a misa -o no-, el cofrade, el que se acerca por la mañana a darle los buenos días a su Cristo y a su Virgen, el que tiene fe ciega en ellos -idólatras le dicen unos, necesitados se sienten ellos-, ese... Ese es el auténtico vilipendiado. Y ese tiene tanto derecho, y puede estar pasando tantas penurias, como el que irá haciendo tipo* el próximo miércoles 11 por las calles de Sevilla.

Ya es hora de mirar con los ojos de la cara, y no con los del rencor. 

Esos ojos, los del rencor, se ocultan bajo un antifaz que les impide ver con claridad. Un antifaz negro nada penitencial, sino gozoso por poder ir dañando con su befa aquello que representa lo más íntimo del ser humano: lo que eleva el alma y logra que, por momentos, las penas en un lunes santo sevillano se conviertan en la alegría de un domingo de resurrección.

¿Podrá lograr esa satisfacción, más allá de lo terrenal, la  nombrada Anarcocofradía?

*N del A.:  Tipo, en la terminología carnavalesca gaditana representa al modo de andar, haciendo gestos exagerados y burlescos de aquello de lo que se va disfrazado.



Política cofrade

Suena a incoherente. Política y hermandades. Asociaciones religiosas de fieles católicos cuyo fin es dar mayor gloria a Dios y Su Santísima Madre bajo la advocación pretendida, con la consideración del prelado. 

Básicamente, eso es una hermandad. Una entidad que promueve la santificación a través de la conmemoración de los momentos pasionales de Nuestro Señor -en el caso de las penitenciales-, o a través de las advocaciones letíficas. 

Sin embargo, cuando te involucras en sus interioridades, no hablo ya de juntas de gobierno, grupos jóvenes o cualquier otro de colaboradores... ¡Qué va! Hablo de estar inmerso bajo las aguas cofrades; te das cuenta que no todas sus corrientes son, necesariamente, tranquilas o cálidas. Hay corrientes inesperadas que pueden dejarte, además de helado, desorientado debido al golpe de su efecto. Sí... Esa es una realidad que, en algunos casos, los inexperimentados o los osados padecen. Sucumbiendo, no pocas veces, a la desconcertante turbulencia.

El ente cofradiero es, a priori, un básico sistema de directrices, aunque complejo a la hora de ejecutarlas. La sencillez de su función se complica cuando, dentro de las mismas hermandades, algo no encaja. Cuando empiezan a chocar ideas, cuando se enfrentan intereses que promueven más el orgullo del amor propio que el de la fraternidad, cuando se habla de hermandad ensuciando su significado.

Porque esa es otra. Cuando hablamos de cofrades, indefectiblemente se piensa -con lógica- en éstas. Pero si se recapacita, las hermandades propiamente dichas, quedan en un segundo plano -gracias a Dios- y, sin embargo, son las grandes perjudicadas. Porque no somos tal o Pascual, somos de esta o aquella cofradía. ¡Eso es lo que queda!

Pero sin desviarme demasiado, retomo el párrafo anterior al último. ¡Qué fácil es olvidarnos qué hacemos en este mundo cofrade! Qué fácil es caer en la necedad al creernos superiores a alguien -y eso pasa- sólo por ostentar un cargo, por representar un medio con su inefable poder mediático, por ser amigo de uno u otro que tiene cierta representación social...

 ¡Es que esto es así!

Cuando te saltas las normas ejemplares, aquellas que son la base del ser cofrade. Las mismas que rigen la propia Iglesia, en esas que se basan los estatutos corporativos; te saltas tu razón de ser dentro de este movimiento. Y eso ocurre cuando lo convertimos en política. Cuando se habla de derrocar al hermano mayor, cuando se oculta la intención de querer mejorar tu hermandad presentandote con otro grupo de hermanos, con otras ideas, con otro cariz y creyendo que se puede mejorar, y se crean grupos de asalto cuyo fin es desacreditar a la junta que ostenta, por designación de la globalidad que presentó su voto, la obligación de dirigir la hermandad. Cuando se mina la moral de propios y ajenos a base de dinamitar proyectos, ideas, intenciones, creyendo que ello implica luchar por tu hermandad.

 ¿¡Luchar por tu hermandad!? ¿Cabe esa palabra en nuestro vocabulario al referirnos a una asociación que aboga por la Palabra del Evangelio? 

Reuniones en secreto, rencores que antes no existían y el desencuentro formaliza, miradas que son puñales, palabras que son dardos envenenados que pudren y matan la propia génesis de la hermandad. Rivalidades, zancadillas, desaires, desunión, voces que no se debieran oir entre quienes comulgan con el mismo sentimiento... 

Quizás sea eso... El sentimiento.

Quizás sea eso lo que realmente distinga al cofrade del que no lo es. Sentir algo no es luchar por ello. Es vivirlo, transmitirlo, nutrirse, empaparse y empapar. Qué gran diferencia a la hora de entender las cosas... Qué dos formas de verlas... La del ojo por ojo y la de amor fraterno

¡Que sí! Que no hay nadie perfecto y que todos podemos tropezar alguna vez. Ya lo dijo el nazareno: "Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra". 

La política cofrade es un arma peligrosa, confusa y errónea que hace tambalear el origen mismo de nuestra forma de vivir como partícipes de este mundo tan de sensaciones, tan de impresiones y sentimientos como es el de las hermandades, seamos o no integrantes de plena participación directa en ellas o, simplemente, nos hayamos acomodado a otras versiones del que gusta de esta tradición. 

La auténtica realidad cofrade nos la ofrece, precisamente, el último que haya entrado a formar parte de esta particular forma de vivir. Su sinceridad, su conocimiento ajustado, su ilusión, su candor, su pasión por disfrutar desde dentro aquello que desde fuera es, para la nueva savia, más espectáculo que otra cosa; su frescura... Lo demás, es meterse en el camino incorrecto que no hace más que dar la razón a aquellos que se despachan despotricando sobre el colectivo en general, cuando no todos los que se sienten cofrades -que es distinto a llamarse como tales-, hacen política de su devoción y no juegan a ser demagogos con aquello que dicen sentir. 

(Fotografía de lacasadelcofrade.blogspot.com. Nazareno de la hdad de San Gonzalo, Sevilla)

N.A. La imagen representa la savia nueva que vive con ilusión su papel cofrade, sin demagogias.

martes, 8 de abril de 2014

REALIDADES (Reflexión a raíz de la presentación COFRADE APP SAN FERNANDO)



En mi experiencia personal en lo vivido hoy, teniendo el honor de presentar una aplicación con visos de ser una gran ayuda y un mejor exponente relacionado con nuestra Semana Santa, puedo decir que me he sentido muy contento porque, en cuanto a la parte que me tocó, solo pretendí hacer ver que aquello que era novedad en La Isla, realmente, no lo era, y lo hacía asemejándolo a una de esas guías que hay en papel, pero el gran mérito de los implicados, desde mi punto de vista, era digno de encomio, por la complejidad y detalle de la aplicación.


Durante el transcurso del acto y, durante el previo también, conocí personalmente a una persona que me hizo recapacitar -Mariano, el gestor de De San Fernando Cañailla- y su  visión de cómo todo, con el tiempo, hace que vayas tomando actitudes más laxas y te vayas alejando, poco a poco, de lo que antes fue tu razón de ser para muchas cosas. 


Gracias, Mariano, por salir de tu "agujero" y honrarme con tu presencia.


Poco después, minutos antes de comenzar el acto, departía con Juan Manuel Chaves -autor de COFRADE APP SAN FERNANDO- y me argumentaba, desde su desconocimiento del mundo interno de las cofradías, cómo se había dado cuenta del gran entramado politizante, en no pocos aspectos, que existe en este terreno de cofrades. Sus palabras resonaron tan reales como sorprendidas.


Al comenzar el acto, palabras que representaban mis obras y experiencia como cofrade, empresario y gestor en mi actual emplazamiento laboral. Palabras salidas de un corazón de hermano y citadas por un hermano de corazón. 


Desde mi punto de vista, demasiada relevancia para lo que he hecho. Porque, incluso, me llegué a enterar que el representante municipal que acudió al acto quiso informarse de porqué yo para presentar el evento y qué podría tener que ver con ello. No soy el sucesor de Steve Jobs, desde luego, sólo soy un cofrade.


Con ello, conste, no hago crítica alguna al citado representante, pero no quede en mi tintero la verdad. 


Seguidamente, mi escueta y humilde presentación. Un engarce de ideas que trataban de aunar lo antiguo con lo nuevo. ¿Logré llegar a alguien? Eso nunca lo sabré. Mejor para mi ego. Porque en caso afirmativo se inflará, se llenará de vanagloria (porque somos así) y no es bueno ese aire que infla, no... Porque es el mismo aire que, con perdón de la escatología, te puede hacer ventosear cuando menos lo esperas. Y, en caso negativo, porque si soy conocedor de ello, mi afán por no perder mis ánimos por ser mejor cada día a través de mis letras, sucumbirán fruto del desánimo. 


Así pues, de mi intervención, me quedo con la satisfacción del deber cumplido y de haber formado parte indirecta de un gran trabajo. 


La información dada por Juan Manuel sobre el cómo funciona la aplicación: genial. Es informático, no tiene que saber dar discursos, ni nada parecido. Hablando como tal, como ingeniero informático, con la simpleza del que sabe lo que hace se llega a todos. Y él lo hizo.


Me faltó, sinceramente, mucha gente que esperaba poder saludar. No faltaron quienes considero mis hermanos, por encima de todo, y mi familia.


Desde hace no poco tiempo me estoy dando cuenta de lo fácil que es caer en el olvido -voy a ser egoísta-. 


Sí. ¡Egoísta!


Cuando lo que has sido y estás orgulloso de exportarlo no es apoyado por aquellos a los que, por mi labor, son nombrados en la unidad de un grupo y, sin embargo, te llaman a filas -cuando requieren algo- como si fueras afín a ellos, un vacío se abre ante los ojos. Un vacío de desilusión.


Mi egoísmo no es ególatra. Mi egoísmo es el que florece por la fuerza y se marchita rápidamente por esa desilusión. Una creencia rota. Aquella por la que, una vez, te daban -¡Ay, inocente!- palmaditas en la espalda; haciéndote creer que agradecían tu dedicación sin horarios.  


Sin embargo, hoy he cogido fuerzas rompiendo un nudo gordiano que me ataba demasiado. Hoy me he despegado ¡por fin! de esa cadena que no hacía nada más que lastrarme sin motivo alguno. ¡Cadenas...! ¡Ante las puertas verdes os dejo!


Finalizaba la tarde con un regalo -prometo que inesperado-, pero tan sincero y humilde, que fue sin duda el momento donde más orgulloso me he sentido desde que acepté esta labor, complicada, de presentar el acto en cuestión. De una bolsa, el envoltorio que cubría lo que era visible y, al descubrirlo, se me empañaron los ojos. Mi Cristo y mi nombre, bajo su boca entreabierta, en una placa dorada.


Sin duda, hoy fue un día de realidades. De pasar página. Un día para un después y dejar atrás un antes silente con mucho vacío.


Insisto. Mi satisfacción: haber cumplido. Mi orgullo: haber colaborado en una empresa que busca realzar a la Semana Santa de San Fernando y a la propia ciudad. 


Mis coordenadas han variado desde hoy mismo.


Enhorabuena por la aplicación y gracias a Juan Manuel y a José Manuel por confiar en mi. A Jesús por pensar en mi. A Faé por no fallarme y a mi familia por no abandonarme.



domingo, 6 de abril de 2014

En la distancia, Salud


No hay motivos, para el cofrade, por el que no estar alegres hoy. 


¡Hoy no!


Hoy es el día D que da paso a la semana S. Hoy es día de iglesias repletas, de calles como hormigueros; día grande para 13 hermandades en particular y una treintena en general, donde las galas se exhiben orgullosas. De mañana de aquí para allá y tarde de paseos. 


El día de las conjugaciones perfectas. Donde, desde la humildad de la iglesia del barrio de la Bazán hasta la monumentalidad de la conventualidad del Carmen, todo está engarzado a la perfección. Nada desentona, nada sobra, nada falta, desde Salud en La Pastora hasta Paz en La Casería, desde Humildad en La Ardila hasta Estrella en La Salle.


¿Cabe mayor perfección? ¿¡Cabe por Dios!?


Mi Silencio hoy será patente, aunque ahora no me calle. Mi Angustia quedará para mis adentros. Mi Amor Desamparado. Mi Buen Fin enterrado santamente. Mi Amargura en la Trinidad de mi descendencia que no podré llevar al mismo pie de la Vera+Cruz.


Y Salud... Mi Pasión de este domingo. Mi pregón sin palabras. Mis palabras sin aliento que hablan desde lo lejos; desde lo lejos de unas letras que se escriben con resentimiento. Resentimiento por no verte, por no besar la mano que aún así siento, y sienten mis labios que hoy están huérfanos de rozar con ellos la tersura de tus dedos.


Y miro hacia el cielo, y en el cielo veo el mismo color que ven los que te están viendo, y siento envidia de ellos, y de ellos me revelo porque me dan celos.


Me queda el consuelo, el ánimo, el convencimiento que dentro de una semana podré verte bajo la Gloria de tu techo. Porque desde la distancia, Salud, el tiempo se hace eterno y no puedo esperar a rezarte desde el interior de tu templo.


Hoy no estoy triste. A pesar de todo mi corazón no se resiente, porque en Domingo de Pasión, con los cielos celestes, con las calles repletas de gentes, con el aroma inconfundible de lo que por delante viene, no se puede estar de otra forma que no sea alegre.


(Fotografía de Web La Manigueta)



viernes, 4 de abril de 2014

Patrimonio La Isla. (enREDados a San Fernando)

Es como si se hablara de algo intangible a veces. El isleño, por tradición, desvía la mirada cuando alguien le pregunta por algún monumento sobresaliente de su tierra. Cara de... "¿Perdón?"

Sí. Así es. 

Por defecto nos acordamos de la Iglesia Mayor, del ayuntamiento o del Panteón en cuanto a grandiosidad como obra, pero no las sabemos considerar. Son nuestra Iglesia Mayor, nuestro ayuntamiento, nuestro Panteón... 

Es decir, no las valoramos en su justa medida. Siempre hemos estado tan acostumbrados a ser pequeños, que cuando lo que nos preguntan es sobre arte -en el sentido físico- la respuesta se queda corta.

San Fernando, la trimilenaria junto a Cádiz. La que obligó a las tropas francesas a guarecerse en las afueras del sitio isleño. La que padece el cáncer del paro junto a los vecinos capitalinos... 

San Fernando, la perla oculta en esa lengua de mar que es la bahía gaditana, tan renombrada en los aires aflamencados, tan citada al referir la propia historia de este rincón tan coqueto del sur. 

San Fernando hoy día se siente un gran pueblo o una pequeña ciudad, siempre mirando en breve. Sus gentes campan entre la desilusión, la desesperanza, el descontento, el recuerdo de otra Isla que no hace tanto se fue. Sin embargo, entre sus casas encaladas, entre sus gentes de siempre, existe una monumentalidad que no se ha sabido cuidar, ni exportar, ni explotar. Un patrimonio tan particular que se ha ido menospreciando porque, como pasa en esta bendita tierra de salinas yermas, ni los gobernantes ni el pueblo fueron capaces de darle relevancia.

 Eran, como dije antes, cosas nuestras, sin más importancia.

En estos tiempos de enredados sociales, tuiteadores, feisbuseros y escritores de a diario con sus propias rotativas, se abren sangrantes las historias escondidas en legajos apergaminados de fotografías y documentos oficiales, que nos habla de un pasado con más brillos que mates ligado a lo militar, que nos dejó todo un acervo en edificios y hasta una población propia con nombre de rey avezado, incluso nuestras propias Puertatierra allá donde, se dice, una carraca creó su propio islote. 

Un pasado de astrónomos célebres, de observatorio imprescindible en el cerro de la Torre Alta; un pasado de compositores, músicos relevantes; de políticos, marinos y referentes de la literarura. Un pasado que nos hizo capital de España por unos días; que nos hizo gritar a la nueva nación en el antíguo corral de comedias que hoy es Teatro Real de las Cortes. Un pasado de esplendor naval. Un pasado de fortaleza de Hércules en la isla de Sancti Petri.

Nuestro legado, el de ahora y el de antes, el tangible y el que no se toca porque pertenece a la idiosincracia de la ciudad y se representa también en sus fiestas populares, sólo puede salvarla la propia ciudadanía. 

Páginas como Patrimonio La Isla, promueven esa necesidad de realzar aquello que subyace en el interior del corazón de la ciudad. La concienciación sobre nuestro ser y el motivo por el que sentirnos orgullosos.

Ha tenido que ser internet, tan querido y tan odiado, lo que sirviera de trampolín para darnos cuenta de lo mucho que hay por arreglar en nuestra Isla, de lo mucho que no conocemos de ella, de lo que podemos y nos queda por hacer, y lo derrotistas que somos, con razón o sin ella.

No quito mérito a otras instituciones fuera de la red que han trabajado para lograr esto mismo, pero al César lo que es del César

Enhorabuena a Patrimonio La Isla y a otras tantas iniciativas que reivindican nuestra historia, que reclaman el celo necesario a las instituciones y nos abren los ojos ante lo que somos en realidad y no sólo lo que vemos.


jueves, 3 de abril de 2014

Carnet de manipulador cofrade

Qué tranquilo se ve todo desde el tendido. Particularmente, yo desde El balcón, veo las cosas con gran serenidad. 

En otra época me sentiría obligado a responder o tratar cualquier tema sobre hermandades desde la mayor equidad del mundo. Ni un punto antes que otro, porque en la media está la virtud y, al ser parte activa de entidades como estas se hace necesario ese punto de flexibilidad, de coherencia, de saber estar, de diálogo, de entendimiento...

Hoy, creyendo en esas tácticas del buen vecino, solo me libero de una que no nombro: el saber callar. Porque también hay que saber cuándo usar esta fabulosa técnica que evita encontronazos, sinsabores, malentendidos y recelos entre quienes deben compartir un destino común como unión (común-unión... ¿A qué me suena esto?)

Leo que, en Cádiz, a la hermandad de las Penas, tras su reciente cabildo de elecciones, un grupo de 41 hermanos han pretendido impugnar el citado consenso. En San Fernando, la hermandad del Rosario la tuvo con el sacerdote y director espiritual de San José Artesano (os enlazo con mi reflexión al respecto en "Rosario del Viernes Santohttp://latardetranquila.blogspot.com.es/2014/03/rosario-del-viernes-santo-el-hijo.html?m=1) El pasado año, en el besapie magno, la hermandad de Humildad y Paciencia, del barrio de la Ardila, coge un berrinche y decide apartarse de tan relevante celebración. La hermandad de Vera+Cruz se mete en un jardín con flores preciosas cuando entró a él, y no tardó en darse cuenta que aquello no eran flores, sino cardos borriqueros, con unas púas con más peligro que las de un erizo de mar de esos que no ves cuando paseas entre las rocas de la playa. 

Y así te das cuenta, desde fuera, de los bonitos "marrones" a los que hay que saber hacer frente. En unos casos con dialéctica y buena fe; en otros, dejando el orgullo aparcado en pos de aquello que representas como entidad; en otros, no creyendo que todo el monte es orégano. 

En todo caso, obviando las circunstancias particulares, por ejemplo, de estas circunstancias nombradas -porque eso sería extenso, laberíntico de contar-, hay un factor común en todo caso y al que ya he hecho referencia. Resumido en una frase: falta de mano derecha.

Las gerencias de las cofradías es una gestión, a priori, sometida a la dirección espiritual y a las propias directrices de las normas estatutarias de cada corporación. Considerando estas dos bases, la dirección y buen hacer de sus juntas debe ceñirse al bien común, argumentándose esto en por y para el hermano, por Cristo y María (¡Vaya! Otra frase que me suena de algo). No debiera suponer mayor dilema. 

Pero no... A veces, las direcciones espirituales, no son guías o no son consideradas sin más miramiento por parte de los mandatarios cofrades, por creer que van en contra de sus fines marcados. Y quien haya pertenecido a una Junta de Gobierno lo sabe.

A veces, se olvidan -nos olvidamos- de nuestra subrepticia ley de obediencia, a modo de orden seglar. La función como cristianos en estas instituciones, ya sean penitenciales o gloríficas, es una misión difícil de la que, por lo visto, no siempre somos conscientes (y no voy a usar la tercera persona para escribir de aquí en adelante, me voy a involucrar en lo que expongo).

 La redicha misión evangelizadora a la que tanto se arguye en artículos de estatutos, en preciosos y preciados artículos en boletines y medios de comunicación -ya sean en papel o digitales-, en homilías de grandes celebraciones, en determinadas tertulias de prólijos cofrades... Se queda, no pocas veces, en hermosas palabras sin sentido alguno.

La experiencia en estos ruedos, el haber sido oídos por los que escuchar a sabios y necios, y hombros donde apoyar la carga de mucha ingratitud y mucho peso aceptado voluntariamente, me permite pensar como pienso. No soy uno de esos cofrades hastiados, aburridos de tanta falsedad, enfadado con todo aquello que represente el gobierno de una hermandad, convirtiéndose en el ángel negro caído del cielo cofradiero. 

¡Para nada!

He visto la inquina dentro del mismo útero de donde venimos todos aquellos que nos hacemos llamar hermanos. He padecido la crítica, personal o no, cuando sólo gastaba mis horas en pos de aquello a lo que le tenía gran devoción y cariño; he comprobado como muchos cofrades no entienden su papel como parte de un todo, mucho más grande e inmenso de lo que sus cortas miras podían alcanzar. Me he sorprendido con sacerdotes que, en vez de crear Iglesia, la destruía (también con otros que, sin tener idea de lo que era una hermandad, obraron maravillas ante un desolador desierto de fe y compromiso encontrado -cosas de Dios- a golpe de dedazo impuesto por la sede obispal). He alucinado al contemplar como miembros de una misma unidad llegaban a las manos por diferencias sobre formas de entender las cosas.

Soy cofrade por devoción y cristiano por convicción. Soy un comprometido en esta parcela del hombre evangelizador. Me gusta pensar que soy sincero, sin ser ruín con aquello que me importa, porque si fuera ruín no me dolería lo que pasa en este mundo cofrade. Creo en la necesidad de la buena fe, del compromiso, de la humildad, de la integridad, del entendimiento, del saber qué funciones y qué limitaciones tengo como miembro de una fraternidad de la Iglesia. No concibo las lágrimas y el abrazo de ese momento sentimental que cada Semana Santa nos une (que está muy bien, pero no es sincero si durante 364 días no seguimos haciendo lo mismo).

Escuché una entrevista a la pregonera de la juventud cofrade de San Fernando, Mª del Carmen Roa Suárez, que enfatizaba sobre la capacidad y compromiso de nuestros nuevos brotes que se crían entre los abonos de los grupos infantiles y jóvenes. ¡Genial y coherente! Pero el abono, no olvidemos lo que és. Y si ese abono no se riega, se seca y pudre el nuevo germen. Y del germen podrido no sale la flor, queda la vaina muerta. A las juntas de gobierno -agua imprescindible- les corresponden gestar esas flores, y si no se riega... Dicho queda.

Para ser buen gestor hay que tener dotes, hay que tener capacidad de solvencia, ser capaz de ilusionar, de comprometer con el propio compromiso y, como no se puede caer bien ni agradar a todos, cuanto menos hay que ser concordante y con mano derecha (otra vez esa frase) necesaria.

A los cofrades que se dedican a dilapidar, en palabras y gestos, desaires por despecho... La verdad... Qué aburrimiento, ¿no? Es fácil enjuiciar y vilipendiar. Lo difícil es ofrecer sentido común y solución a la crítica que se haga. Por eso, para ser cofrade, no solo hay que vestir la túnica, acudir a lo que institucionalmente estamos obligados, ni dar ponencias de veteranía. No. También sería necesario realizar, como se hacía para trabajar en la cocina de la caseta de la feria, un curso para obtener el carnet de manipulador cofrade. No para viciar al personal -que la mala idea también ronda-, sino para estar seguros que, quien está al mando de los fogones de las hermandades, saben qué cocinan.


N. del A: Las manos sobre el Libro de Reglas representan el compromiso a la fidelidad de las normas

miércoles, 2 de abril de 2014

Volver a ser niño

Quiero volver a ser niño y vivir sin más preocupaciones que la de entregar mis deberes de colegial. Quiero volver a ser feliz en un mundo hecho a mi medida,  y sonreír con aquella inocencia y sinceridad.

Quiero mi paga semanal en aquellos duros antiguos que tanto en mi Cai dieron que hablar. Quiero bajar a la calle tras la merienda de chocolate con pan. Quiero salir del colegio y llegar a mi casa junto a los compañeros que eran mi hermandad.

Quiero regresar a casa de mi abuelo, eterno rey en su trono apostado, y ser por él besado. Retomar los olores a historias de antaño, a saborear la leche calentada a fuego lento en aquél cazo abollado, el aroma del café recién molido y puesto a hervir en la vieja cafetera de aluminio ajado, saborear.

Quiero sentir el beso de mi tata. La caricia del viejo militar, que mostraba en sus gestos el mayor amor que un ser humano puede dar. Coger su reloj de bolsillo y darle cuerda sin cesar.

Quiero que llegue el fin de semana y más temprano levantar sin más motivo que ponerme a jugar. Oir las quejas de mi padre ante tanto madrugar.

Quiero volver a sentarme ante el televisor a la hora de comer, de merendar o de cenar y ver aquellos programas que enseñaban de verdad: que los niños eran niños y ya está.

Quiero soñar con la noche de Reyes y a las calles salir a buscar, entre caramelos y muchedumbre, al Rey que me visitará. Levantarme en mitad de la madrugá, con los ojos de par en par, buscando los regalos que tanto llegué a desear.

Quiero que lleguen las vacaciones del tiempo estival y salir corriendo a la playa, queriendo la arena rubia pisar. Sentir bajo mis pies la auténtica libertad. Saltar al agua del mar, luchando contra el olear, y hundirme en la inmensidad.

Quiero volver a ser niño y no volverme a preocupar de más problemás que no sean los de mi mocedad.


martes, 1 de abril de 2014

La derecha rancia, la rancia izquierda

El país que vive su presente con ideas del pasado jamás verá claro su futuro.

No. No es una frase célebre. No la exhortó ningún político renombrado, ni la exclamó ningún artista desde el doloroso exilio. Es mía.

No soy un apolítico -no creo en la apolítica-, soy un descolorido. 

-"¿Descolorido?" 

Sí... ¡Descolorido! La política por obra y gracia de algún publicista o inductor del vender, se asemeja a las compañías telefónicas (y no solo por las tarifas que se gastan, no...), porque en ambos casos colorean sus logos, sedes, enseñas para hacer fieles a sus ideas e identificarse con el grupo. Sí, lo se, otros colectivos lo usan, pero ese sería otro debate.

En España, esta nación que fue de naciones, este país que fue un imperio, sus ciudadanos tienen las ideas políticas sesgadas por un momento crucial y triste de su historia, la Guerra Civil. Sus ciudadanos de base y sus representantes ideológicos. Porque un país en el que sus gobernantes son incapaces de bogar en la misma dirección, no puede mantener el rumbo correcto y, finalmente, volcarán la barca; barca en la que vamos todos. ¡Todos! ¿Alguien se ha fijado en eso? 

Triste es ver como la cabezonería de unos dirigentes, por hacer suya la masa social, por proclamarse el gobierno de la progresía, el gobierno del "pide lo que quieras que ya te daré", el mismo que cegó a su pueblo en el portal mismo de una gran casa en crisis y, cuando se entró en la casa, cerró la puertas y dijo "lo siento", sin ser previsor, ahorrador, gastando el dinero en agradar a quienes les reían las gracias, con tal de que no protestaran. 

¡Una vez protestaron! Y solo sirvió para que muchos no tomáramos café esa mañana por el temor, de algunos comercios, a represalias.

- "¿Represalias?"

¡Sí! Represalias... En este país de costumbres encontradas, tenemos una izquierda de valores dudosos. No me importa decirlo. No creo en un movimiento político que me imponga lo que quiero hacer. Que me calle a gritos o insultos o a desprecios por no coincidir con sus verdades, su visión de las cosas y sus métodos. No apoyo unas ideas que se quedaron trasnochadas en el tiempo, que se exponen como banderas libertarias al aire, con olor a podrido, de un pasado que ya murió. Que me habla de fascismo, de puños en alto, de banderas de la hoz y el martillo, de otras de tres colores que solo tuvo un lustro de existencia y la ondean como si fuese la que nos liberara a todos, desacreditando a la que, desde hace siglos, nos une como nación, sin coronas y sin depredador.

Una izquierda que se quedó en la camaradería de Brunete y soldados de una República que murió por sus propios medios. Una rancia izquierda que, en el siglo XXI rememora aquellos años de fratricidios, rencores, venganzas... Una izquierda ciega a lo que el resto del mundo ve, y defiende ideologías dictatoriales vestidas de chándals nacionales, de sorbedores de mentes anegadas de palabras que no dicen nada y, sin embargo, incrementan el odio por aquello que no coincide con su programa.

Rancia izquierda. Rancia de apestosa, rancia de antigua. Una izquierda que insulta al que no la comparte, y que nadie me niegue eso. Una izquierda de timbales y mazas, de burlas a la fe y al derecho de tenerla. "¡No creas! Pero no insultes mi pensamiento"

Una izquierda institucional que aboga por libertades sin más consenso que el suyo, que piensa que todo un país apoya lo que proponen y que, cuando han estado al frente de éste, no ha sido mejor que su adversario. 

- "¡Algo bueno tendrá!". Claro... Algo... Pero no he sido capaz de descubrirlo.

Y la derecha rancia... Y esa... Esa que dice luchar por trabajadores y empresarios, esa que ahorra, esa que guarda pero no reparte y, cuando reparte, lo hace a los mismos que nos hacen deudores eternos. Esa que subyuga a fuerza imponer. Esa que nos convierte en turistas a la fuerza. Esa que ahoga economías familiares, dando ideas a empresas que se aprovechan y justifican recortes, despidos y ajustes basándose, no pocas veces, en la crisis que nos asfixia, dejando sin resuello al que ya no resuella. Esa que quiere abandonar signos del pasado, en contra de su oponente, pero que no nos logra hacer olvidar que sus mejores aliados no es el pueblo llano (igual que la izquierda, por cierto).

La misma derecha que reniega de sí misma para centrarse, olvidando que en el centro está la virtud, y esta consiste en servir igual a unos que a otros sin caer en el error de beneficiar a otros frente a unos.

Derecha rancia, igual que la rancia izquierda. Ideales encontrados que, en España, no han sido capaces de avanzar. Unos, queriendo retomar aquello que no acabó bien; otros, queriendo hacer olvidar lo mismo que , aquellos primeros, no permite que se olvide.

Triste España que olvida su presente recordando el pasado. Cuando los colores dejen de servir al rencor de la memoria, se mirará el presente con esperanzas al futuro. 

(Imagen tomada de frasesgo.com)

lunes, 31 de marzo de 2014

París conquistada por una isleña

La letras populares del Cádiz más castizo y guasón recogieron, a modo de mofa, la singularidad que se dió por estos lares cuando las tropas napoleónicas no lograron hacerse con el sitio donde, otrora, si llegaron los ingleses. Y no era raro oir aquello de "con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones".

El gabacho era, en Cádiz, el turista que nunca entró. La soldadesca francesa acampaba próxima a la Isla de León, en espera de poder asaltar la tierra que se le resistía. El ojo del puente que unía las islas gaditanas a España permanecía derruído; las venas salinas de donde manaba la vida de aquél lugar, eran un entramado tramposo que cercaba una porción de terreno entre caños de agua de mar; el pueblo alertado, siempre dispuesto a no ser conquistado, se enquistaba en retrasar el esperado fin que la historia, hasta entonces, había reservado al victorioso ejército francés.

En las amuralladas resentidas del incansable ataque,  se fraguaban historias de leyendas, donde oficiales de un bando y cortesanas del otro encontraban el fin a la guerra reprimida en aquellas tierras de la baja Andalucía. Mientras entre los muros de iglesias, convertidas en cortes, se fraguaba una carta de derechos inédita.

Quizás, solo quizás, se debió hacer caso a los afrancesados, que buscaban un ideal más elitista y menos campechano del pueblo español. Los revolucionarios que rodaron las cabezas de sus reyes porque su libertad fue consumida por los libertinajes de la nobleza, hoy luchaban por hacerse con un huequecito de toda una España.

Y aquellos conquistadores, derrotados, dejaron un pinar con su nombre en la afrancesada Chiclana. Y el pinar se hizo campo para cultivar hazañas de peleas y rencillas entre quienes con aquellas tierras se querían alzar. 

Y la Isla se llamó San Fernando, y Cádiz cuna de la libertad, y la historia le da a ambos hermanos un papel desigual: Cádiz se quedó con la historia, y San Fernando tan solo renombrá.

España cumplió así un papel considerado como heróico. Capaz de vencer al poderoso Goliat, David se hizo con la plaza donde Hércules se quiso endiosar. España, cosas del sarcasmo, entronó a un francés con acento castellano y su gobierno fue tan ruín que hizo de aquella carta magna un trozo de papel donde envolver las raspas.

Se fue el galo con el rabo entre las piernas y se quedó el otro galo de "borbontones" de ideas de antes de la rebelión por la libertad.

Y es que en España no aprendemos. 

Echamos al francés revestido de glorias para su pueblo, para quedarnos con el francés revestido de glorias para él mismo. En nuestra guerra civil, echamos con el odio y los asesinatos cubiertos por el halo de la venganza a quienes podían habernos enseñado de otra forma, podían haber sido otros nuestros políticos. 

De aquellos mimbres tristes de recuerdos a años de hambre; a trenes repartiendo, por la geografía europea, ilusiones que deseaban saciar el anhelo de sus estómagos, más que el del conocimiento. De aquello quedaron, entre la ciudadanía hoy documentada, con tan sólo el recuerdo en sus apellidos del origen de sus abuelos.

Echamos nuestras esperanzas y nos quedamos con los miedos.

De aquellas esperanzas huídas, surge una una gaditana, de La Isla, precisamente. De donde no pasaron sus paisanos; de donde las murallitas apartadas vivieron romances de óperas. De donde las venas salinas, de las que emanaba la vida, y hoy solo quedan senderos de paseos al sol. 

La gaditana se hace tirabuzones en el mismo París, que las bombas que hoy tiran los fanfarrones son salvas y no arreones. 

Que la pena de la guerra de los hermanos se convierte en alegría para los  que un día la recibieron entre miradas extrañas.

París bien vale una misa. Y, en España, no nos libramos ni por esas de políticos que ladran entre ellos y muerden la mano del que se gasta los cuartos en sacarlos del apuro en que nos meten unos y otros.

Enhorabuena a la de La Isla -Hidalgo se apellida la señora- que en París se adorna de ser elegida como principal gobernadora; que mientras aquí no encontramos un político que no deshonra, en Francia tuvo que ser que hubiese una gaditana por conquistadora.