miércoles, 9 de abril de 2014

Política cofrade

Suena a incoherente. Política y hermandades. Asociaciones religiosas de fieles católicos cuyo fin es dar mayor gloria a Dios y Su Santísima Madre bajo la advocación pretendida, con la consideración del prelado. 

Básicamente, eso es una hermandad. Una entidad que promueve la santificación a través de la conmemoración de los momentos pasionales de Nuestro Señor -en el caso de las penitenciales-, o a través de las advocaciones letíficas. 

Sin embargo, cuando te involucras en sus interioridades, no hablo ya de juntas de gobierno, grupos jóvenes o cualquier otro de colaboradores... ¡Qué va! Hablo de estar inmerso bajo las aguas cofrades; te das cuenta que no todas sus corrientes son, necesariamente, tranquilas o cálidas. Hay corrientes inesperadas que pueden dejarte, además de helado, desorientado debido al golpe de su efecto. Sí... Esa es una realidad que, en algunos casos, los inexperimentados o los osados padecen. Sucumbiendo, no pocas veces, a la desconcertante turbulencia.

El ente cofradiero es, a priori, un básico sistema de directrices, aunque complejo a la hora de ejecutarlas. La sencillez de su función se complica cuando, dentro de las mismas hermandades, algo no encaja. Cuando empiezan a chocar ideas, cuando se enfrentan intereses que promueven más el orgullo del amor propio que el de la fraternidad, cuando se habla de hermandad ensuciando su significado.

Porque esa es otra. Cuando hablamos de cofrades, indefectiblemente se piensa -con lógica- en éstas. Pero si se recapacita, las hermandades propiamente dichas, quedan en un segundo plano -gracias a Dios- y, sin embargo, son las grandes perjudicadas. Porque no somos tal o Pascual, somos de esta o aquella cofradía. ¡Eso es lo que queda!

Pero sin desviarme demasiado, retomo el párrafo anterior al último. ¡Qué fácil es olvidarnos qué hacemos en este mundo cofrade! Qué fácil es caer en la necedad al creernos superiores a alguien -y eso pasa- sólo por ostentar un cargo, por representar un medio con su inefable poder mediático, por ser amigo de uno u otro que tiene cierta representación social...

 ¡Es que esto es así!

Cuando te saltas las normas ejemplares, aquellas que son la base del ser cofrade. Las mismas que rigen la propia Iglesia, en esas que se basan los estatutos corporativos; te saltas tu razón de ser dentro de este movimiento. Y eso ocurre cuando lo convertimos en política. Cuando se habla de derrocar al hermano mayor, cuando se oculta la intención de querer mejorar tu hermandad presentandote con otro grupo de hermanos, con otras ideas, con otro cariz y creyendo que se puede mejorar, y se crean grupos de asalto cuyo fin es desacreditar a la junta que ostenta, por designación de la globalidad que presentó su voto, la obligación de dirigir la hermandad. Cuando se mina la moral de propios y ajenos a base de dinamitar proyectos, ideas, intenciones, creyendo que ello implica luchar por tu hermandad.

 ¿¡Luchar por tu hermandad!? ¿Cabe esa palabra en nuestro vocabulario al referirnos a una asociación que aboga por la Palabra del Evangelio? 

Reuniones en secreto, rencores que antes no existían y el desencuentro formaliza, miradas que son puñales, palabras que son dardos envenenados que pudren y matan la propia génesis de la hermandad. Rivalidades, zancadillas, desaires, desunión, voces que no se debieran oir entre quienes comulgan con el mismo sentimiento... 

Quizás sea eso... El sentimiento.

Quizás sea eso lo que realmente distinga al cofrade del que no lo es. Sentir algo no es luchar por ello. Es vivirlo, transmitirlo, nutrirse, empaparse y empapar. Qué gran diferencia a la hora de entender las cosas... Qué dos formas de verlas... La del ojo por ojo y la de amor fraterno

¡Que sí! Que no hay nadie perfecto y que todos podemos tropezar alguna vez. Ya lo dijo el nazareno: "Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra". 

La política cofrade es un arma peligrosa, confusa y errónea que hace tambalear el origen mismo de nuestra forma de vivir como partícipes de este mundo tan de sensaciones, tan de impresiones y sentimientos como es el de las hermandades, seamos o no integrantes de plena participación directa en ellas o, simplemente, nos hayamos acomodado a otras versiones del que gusta de esta tradición. 

La auténtica realidad cofrade nos la ofrece, precisamente, el último que haya entrado a formar parte de esta particular forma de vivir. Su sinceridad, su conocimiento ajustado, su ilusión, su candor, su pasión por disfrutar desde dentro aquello que desde fuera es, para la nueva savia, más espectáculo que otra cosa; su frescura... Lo demás, es meterse en el camino incorrecto que no hace más que dar la razón a aquellos que se despachan despotricando sobre el colectivo en general, cuando no todos los que se sienten cofrades -que es distinto a llamarse como tales-, hacen política de su devoción y no juegan a ser demagogos con aquello que dicen sentir. 

(Fotografía de lacasadelcofrade.blogspot.com. Nazareno de la hdad de San Gonzalo, Sevilla)

N.A. La imagen representa la savia nueva que vive con ilusión su papel cofrade, sin demagogias.

martes, 8 de abril de 2014

REALIDADES (Reflexión a raíz de la presentación COFRADE APP SAN FERNANDO)



En mi experiencia personal en lo vivido hoy, teniendo el honor de presentar una aplicación con visos de ser una gran ayuda y un mejor exponente relacionado con nuestra Semana Santa, puedo decir que me he sentido muy contento porque, en cuanto a la parte que me tocó, solo pretendí hacer ver que aquello que era novedad en La Isla, realmente, no lo era, y lo hacía asemejándolo a una de esas guías que hay en papel, pero el gran mérito de los implicados, desde mi punto de vista, era digno de encomio, por la complejidad y detalle de la aplicación.


Durante el transcurso del acto y, durante el previo también, conocí personalmente a una persona que me hizo recapacitar -Mariano, el gestor de De San Fernando Cañailla- y su  visión de cómo todo, con el tiempo, hace que vayas tomando actitudes más laxas y te vayas alejando, poco a poco, de lo que antes fue tu razón de ser para muchas cosas. 


Gracias, Mariano, por salir de tu "agujero" y honrarme con tu presencia.


Poco después, minutos antes de comenzar el acto, departía con Juan Manuel Chaves -autor de COFRADE APP SAN FERNANDO- y me argumentaba, desde su desconocimiento del mundo interno de las cofradías, cómo se había dado cuenta del gran entramado politizante, en no pocos aspectos, que existe en este terreno de cofrades. Sus palabras resonaron tan reales como sorprendidas.


Al comenzar el acto, palabras que representaban mis obras y experiencia como cofrade, empresario y gestor en mi actual emplazamiento laboral. Palabras salidas de un corazón de hermano y citadas por un hermano de corazón. 


Desde mi punto de vista, demasiada relevancia para lo que he hecho. Porque, incluso, me llegué a enterar que el representante municipal que acudió al acto quiso informarse de porqué yo para presentar el evento y qué podría tener que ver con ello. No soy el sucesor de Steve Jobs, desde luego, sólo soy un cofrade.


Con ello, conste, no hago crítica alguna al citado representante, pero no quede en mi tintero la verdad. 


Seguidamente, mi escueta y humilde presentación. Un engarce de ideas que trataban de aunar lo antiguo con lo nuevo. ¿Logré llegar a alguien? Eso nunca lo sabré. Mejor para mi ego. Porque en caso afirmativo se inflará, se llenará de vanagloria (porque somos así) y no es bueno ese aire que infla, no... Porque es el mismo aire que, con perdón de la escatología, te puede hacer ventosear cuando menos lo esperas. Y, en caso negativo, porque si soy conocedor de ello, mi afán por no perder mis ánimos por ser mejor cada día a través de mis letras, sucumbirán fruto del desánimo. 


Así pues, de mi intervención, me quedo con la satisfacción del deber cumplido y de haber formado parte indirecta de un gran trabajo. 


La información dada por Juan Manuel sobre el cómo funciona la aplicación: genial. Es informático, no tiene que saber dar discursos, ni nada parecido. Hablando como tal, como ingeniero informático, con la simpleza del que sabe lo que hace se llega a todos. Y él lo hizo.


Me faltó, sinceramente, mucha gente que esperaba poder saludar. No faltaron quienes considero mis hermanos, por encima de todo, y mi familia.


Desde hace no poco tiempo me estoy dando cuenta de lo fácil que es caer en el olvido -voy a ser egoísta-. 


Sí. ¡Egoísta!


Cuando lo que has sido y estás orgulloso de exportarlo no es apoyado por aquellos a los que, por mi labor, son nombrados en la unidad de un grupo y, sin embargo, te llaman a filas -cuando requieren algo- como si fueras afín a ellos, un vacío se abre ante los ojos. Un vacío de desilusión.


Mi egoísmo no es ególatra. Mi egoísmo es el que florece por la fuerza y se marchita rápidamente por esa desilusión. Una creencia rota. Aquella por la que, una vez, te daban -¡Ay, inocente!- palmaditas en la espalda; haciéndote creer que agradecían tu dedicación sin horarios.  


Sin embargo, hoy he cogido fuerzas rompiendo un nudo gordiano que me ataba demasiado. Hoy me he despegado ¡por fin! de esa cadena que no hacía nada más que lastrarme sin motivo alguno. ¡Cadenas...! ¡Ante las puertas verdes os dejo!


Finalizaba la tarde con un regalo -prometo que inesperado-, pero tan sincero y humilde, que fue sin duda el momento donde más orgulloso me he sentido desde que acepté esta labor, complicada, de presentar el acto en cuestión. De una bolsa, el envoltorio que cubría lo que era visible y, al descubrirlo, se me empañaron los ojos. Mi Cristo y mi nombre, bajo su boca entreabierta, en una placa dorada.


Sin duda, hoy fue un día de realidades. De pasar página. Un día para un después y dejar atrás un antes silente con mucho vacío.


Insisto. Mi satisfacción: haber cumplido. Mi orgullo: haber colaborado en una empresa que busca realzar a la Semana Santa de San Fernando y a la propia ciudad. 


Mis coordenadas han variado desde hoy mismo.


Enhorabuena por la aplicación y gracias a Juan Manuel y a José Manuel por confiar en mi. A Jesús por pensar en mi. A Faé por no fallarme y a mi familia por no abandonarme.



domingo, 6 de abril de 2014

En la distancia, Salud


No hay motivos, para el cofrade, por el que no estar alegres hoy. 


¡Hoy no!


Hoy es el día D que da paso a la semana S. Hoy es día de iglesias repletas, de calles como hormigueros; día grande para 13 hermandades en particular y una treintena en general, donde las galas se exhiben orgullosas. De mañana de aquí para allá y tarde de paseos. 


El día de las conjugaciones perfectas. Donde, desde la humildad de la iglesia del barrio de la Bazán hasta la monumentalidad de la conventualidad del Carmen, todo está engarzado a la perfección. Nada desentona, nada sobra, nada falta, desde Salud en La Pastora hasta Paz en La Casería, desde Humildad en La Ardila hasta Estrella en La Salle.


¿Cabe mayor perfección? ¿¡Cabe por Dios!?


Mi Silencio hoy será patente, aunque ahora no me calle. Mi Angustia quedará para mis adentros. Mi Amor Desamparado. Mi Buen Fin enterrado santamente. Mi Amargura en la Trinidad de mi descendencia que no podré llevar al mismo pie de la Vera+Cruz.


Y Salud... Mi Pasión de este domingo. Mi pregón sin palabras. Mis palabras sin aliento que hablan desde lo lejos; desde lo lejos de unas letras que se escriben con resentimiento. Resentimiento por no verte, por no besar la mano que aún así siento, y sienten mis labios que hoy están huérfanos de rozar con ellos la tersura de tus dedos.


Y miro hacia el cielo, y en el cielo veo el mismo color que ven los que te están viendo, y siento envidia de ellos, y de ellos me revelo porque me dan celos.


Me queda el consuelo, el ánimo, el convencimiento que dentro de una semana podré verte bajo la Gloria de tu techo. Porque desde la distancia, Salud, el tiempo se hace eterno y no puedo esperar a rezarte desde el interior de tu templo.


Hoy no estoy triste. A pesar de todo mi corazón no se resiente, porque en Domingo de Pasión, con los cielos celestes, con las calles repletas de gentes, con el aroma inconfundible de lo que por delante viene, no se puede estar de otra forma que no sea alegre.


(Fotografía de Web La Manigueta)



viernes, 4 de abril de 2014

Patrimonio La Isla. (enREDados a San Fernando)

Es como si se hablara de algo intangible a veces. El isleño, por tradición, desvía la mirada cuando alguien le pregunta por algún monumento sobresaliente de su tierra. Cara de... "¿Perdón?"

Sí. Así es. 

Por defecto nos acordamos de la Iglesia Mayor, del ayuntamiento o del Panteón en cuanto a grandiosidad como obra, pero no las sabemos considerar. Son nuestra Iglesia Mayor, nuestro ayuntamiento, nuestro Panteón... 

Es decir, no las valoramos en su justa medida. Siempre hemos estado tan acostumbrados a ser pequeños, que cuando lo que nos preguntan es sobre arte -en el sentido físico- la respuesta se queda corta.

San Fernando, la trimilenaria junto a Cádiz. La que obligó a las tropas francesas a guarecerse en las afueras del sitio isleño. La que padece el cáncer del paro junto a los vecinos capitalinos... 

San Fernando, la perla oculta en esa lengua de mar que es la bahía gaditana, tan renombrada en los aires aflamencados, tan citada al referir la propia historia de este rincón tan coqueto del sur. 

San Fernando hoy día se siente un gran pueblo o una pequeña ciudad, siempre mirando en breve. Sus gentes campan entre la desilusión, la desesperanza, el descontento, el recuerdo de otra Isla que no hace tanto se fue. Sin embargo, entre sus casas encaladas, entre sus gentes de siempre, existe una monumentalidad que no se ha sabido cuidar, ni exportar, ni explotar. Un patrimonio tan particular que se ha ido menospreciando porque, como pasa en esta bendita tierra de salinas yermas, ni los gobernantes ni el pueblo fueron capaces de darle relevancia.

 Eran, como dije antes, cosas nuestras, sin más importancia.

En estos tiempos de enredados sociales, tuiteadores, feisbuseros y escritores de a diario con sus propias rotativas, se abren sangrantes las historias escondidas en legajos apergaminados de fotografías y documentos oficiales, que nos habla de un pasado con más brillos que mates ligado a lo militar, que nos dejó todo un acervo en edificios y hasta una población propia con nombre de rey avezado, incluso nuestras propias Puertatierra allá donde, se dice, una carraca creó su propio islote. 

Un pasado de astrónomos célebres, de observatorio imprescindible en el cerro de la Torre Alta; un pasado de compositores, músicos relevantes; de políticos, marinos y referentes de la literarura. Un pasado que nos hizo capital de España por unos días; que nos hizo gritar a la nueva nación en el antíguo corral de comedias que hoy es Teatro Real de las Cortes. Un pasado de esplendor naval. Un pasado de fortaleza de Hércules en la isla de Sancti Petri.

Nuestro legado, el de ahora y el de antes, el tangible y el que no se toca porque pertenece a la idiosincracia de la ciudad y se representa también en sus fiestas populares, sólo puede salvarla la propia ciudadanía. 

Páginas como Patrimonio La Isla, promueven esa necesidad de realzar aquello que subyace en el interior del corazón de la ciudad. La concienciación sobre nuestro ser y el motivo por el que sentirnos orgullosos.

Ha tenido que ser internet, tan querido y tan odiado, lo que sirviera de trampolín para darnos cuenta de lo mucho que hay por arreglar en nuestra Isla, de lo mucho que no conocemos de ella, de lo que podemos y nos queda por hacer, y lo derrotistas que somos, con razón o sin ella.

No quito mérito a otras instituciones fuera de la red que han trabajado para lograr esto mismo, pero al César lo que es del César

Enhorabuena a Patrimonio La Isla y a otras tantas iniciativas que reivindican nuestra historia, que reclaman el celo necesario a las instituciones y nos abren los ojos ante lo que somos en realidad y no sólo lo que vemos.


jueves, 3 de abril de 2014

Carnet de manipulador cofrade

Qué tranquilo se ve todo desde el tendido. Particularmente, yo desde El balcón, veo las cosas con gran serenidad. 

En otra época me sentiría obligado a responder o tratar cualquier tema sobre hermandades desde la mayor equidad del mundo. Ni un punto antes que otro, porque en la media está la virtud y, al ser parte activa de entidades como estas se hace necesario ese punto de flexibilidad, de coherencia, de saber estar, de diálogo, de entendimiento...

Hoy, creyendo en esas tácticas del buen vecino, solo me libero de una que no nombro: el saber callar. Porque también hay que saber cuándo usar esta fabulosa técnica que evita encontronazos, sinsabores, malentendidos y recelos entre quienes deben compartir un destino común como unión (común-unión... ¿A qué me suena esto?)

Leo que, en Cádiz, a la hermandad de las Penas, tras su reciente cabildo de elecciones, un grupo de 41 hermanos han pretendido impugnar el citado consenso. En San Fernando, la hermandad del Rosario la tuvo con el sacerdote y director espiritual de San José Artesano (os enlazo con mi reflexión al respecto en "Rosario del Viernes Santohttp://latardetranquila.blogspot.com.es/2014/03/rosario-del-viernes-santo-el-hijo.html?m=1) El pasado año, en el besapie magno, la hermandad de Humildad y Paciencia, del barrio de la Ardila, coge un berrinche y decide apartarse de tan relevante celebración. La hermandad de Vera+Cruz se mete en un jardín con flores preciosas cuando entró a él, y no tardó en darse cuenta que aquello no eran flores, sino cardos borriqueros, con unas púas con más peligro que las de un erizo de mar de esos que no ves cuando paseas entre las rocas de la playa. 

Y así te das cuenta, desde fuera, de los bonitos "marrones" a los que hay que saber hacer frente. En unos casos con dialéctica y buena fe; en otros, dejando el orgullo aparcado en pos de aquello que representas como entidad; en otros, no creyendo que todo el monte es orégano. 

En todo caso, obviando las circunstancias particulares, por ejemplo, de estas circunstancias nombradas -porque eso sería extenso, laberíntico de contar-, hay un factor común en todo caso y al que ya he hecho referencia. Resumido en una frase: falta de mano derecha.

Las gerencias de las cofradías es una gestión, a priori, sometida a la dirección espiritual y a las propias directrices de las normas estatutarias de cada corporación. Considerando estas dos bases, la dirección y buen hacer de sus juntas debe ceñirse al bien común, argumentándose esto en por y para el hermano, por Cristo y María (¡Vaya! Otra frase que me suena de algo). No debiera suponer mayor dilema. 

Pero no... A veces, las direcciones espirituales, no son guías o no son consideradas sin más miramiento por parte de los mandatarios cofrades, por creer que van en contra de sus fines marcados. Y quien haya pertenecido a una Junta de Gobierno lo sabe.

A veces, se olvidan -nos olvidamos- de nuestra subrepticia ley de obediencia, a modo de orden seglar. La función como cristianos en estas instituciones, ya sean penitenciales o gloríficas, es una misión difícil de la que, por lo visto, no siempre somos conscientes (y no voy a usar la tercera persona para escribir de aquí en adelante, me voy a involucrar en lo que expongo).

 La redicha misión evangelizadora a la que tanto se arguye en artículos de estatutos, en preciosos y preciados artículos en boletines y medios de comunicación -ya sean en papel o digitales-, en homilías de grandes celebraciones, en determinadas tertulias de prólijos cofrades... Se queda, no pocas veces, en hermosas palabras sin sentido alguno.

La experiencia en estos ruedos, el haber sido oídos por los que escuchar a sabios y necios, y hombros donde apoyar la carga de mucha ingratitud y mucho peso aceptado voluntariamente, me permite pensar como pienso. No soy uno de esos cofrades hastiados, aburridos de tanta falsedad, enfadado con todo aquello que represente el gobierno de una hermandad, convirtiéndose en el ángel negro caído del cielo cofradiero. 

¡Para nada!

He visto la inquina dentro del mismo útero de donde venimos todos aquellos que nos hacemos llamar hermanos. He padecido la crítica, personal o no, cuando sólo gastaba mis horas en pos de aquello a lo que le tenía gran devoción y cariño; he comprobado como muchos cofrades no entienden su papel como parte de un todo, mucho más grande e inmenso de lo que sus cortas miras podían alcanzar. Me he sorprendido con sacerdotes que, en vez de crear Iglesia, la destruía (también con otros que, sin tener idea de lo que era una hermandad, obraron maravillas ante un desolador desierto de fe y compromiso encontrado -cosas de Dios- a golpe de dedazo impuesto por la sede obispal). He alucinado al contemplar como miembros de una misma unidad llegaban a las manos por diferencias sobre formas de entender las cosas.

Soy cofrade por devoción y cristiano por convicción. Soy un comprometido en esta parcela del hombre evangelizador. Me gusta pensar que soy sincero, sin ser ruín con aquello que me importa, porque si fuera ruín no me dolería lo que pasa en este mundo cofrade. Creo en la necesidad de la buena fe, del compromiso, de la humildad, de la integridad, del entendimiento, del saber qué funciones y qué limitaciones tengo como miembro de una fraternidad de la Iglesia. No concibo las lágrimas y el abrazo de ese momento sentimental que cada Semana Santa nos une (que está muy bien, pero no es sincero si durante 364 días no seguimos haciendo lo mismo).

Escuché una entrevista a la pregonera de la juventud cofrade de San Fernando, Mª del Carmen Roa Suárez, que enfatizaba sobre la capacidad y compromiso de nuestros nuevos brotes que se crían entre los abonos de los grupos infantiles y jóvenes. ¡Genial y coherente! Pero el abono, no olvidemos lo que és. Y si ese abono no se riega, se seca y pudre el nuevo germen. Y del germen podrido no sale la flor, queda la vaina muerta. A las juntas de gobierno -agua imprescindible- les corresponden gestar esas flores, y si no se riega... Dicho queda.

Para ser buen gestor hay que tener dotes, hay que tener capacidad de solvencia, ser capaz de ilusionar, de comprometer con el propio compromiso y, como no se puede caer bien ni agradar a todos, cuanto menos hay que ser concordante y con mano derecha (otra vez esa frase) necesaria.

A los cofrades que se dedican a dilapidar, en palabras y gestos, desaires por despecho... La verdad... Qué aburrimiento, ¿no? Es fácil enjuiciar y vilipendiar. Lo difícil es ofrecer sentido común y solución a la crítica que se haga. Por eso, para ser cofrade, no solo hay que vestir la túnica, acudir a lo que institucionalmente estamos obligados, ni dar ponencias de veteranía. No. También sería necesario realizar, como se hacía para trabajar en la cocina de la caseta de la feria, un curso para obtener el carnet de manipulador cofrade. No para viciar al personal -que la mala idea también ronda-, sino para estar seguros que, quien está al mando de los fogones de las hermandades, saben qué cocinan.


N. del A: Las manos sobre el Libro de Reglas representan el compromiso a la fidelidad de las normas

miércoles, 2 de abril de 2014

Volver a ser niño

Quiero volver a ser niño y vivir sin más preocupaciones que la de entregar mis deberes de colegial. Quiero volver a ser feliz en un mundo hecho a mi medida,  y sonreír con aquella inocencia y sinceridad.

Quiero mi paga semanal en aquellos duros antiguos que tanto en mi Cai dieron que hablar. Quiero bajar a la calle tras la merienda de chocolate con pan. Quiero salir del colegio y llegar a mi casa junto a los compañeros que eran mi hermandad.

Quiero regresar a casa de mi abuelo, eterno rey en su trono apostado, y ser por él besado. Retomar los olores a historias de antaño, a saborear la leche calentada a fuego lento en aquél cazo abollado, el aroma del café recién molido y puesto a hervir en la vieja cafetera de aluminio ajado, saborear.

Quiero sentir el beso de mi tata. La caricia del viejo militar, que mostraba en sus gestos el mayor amor que un ser humano puede dar. Coger su reloj de bolsillo y darle cuerda sin cesar.

Quiero que llegue el fin de semana y más temprano levantar sin más motivo que ponerme a jugar. Oir las quejas de mi padre ante tanto madrugar.

Quiero volver a sentarme ante el televisor a la hora de comer, de merendar o de cenar y ver aquellos programas que enseñaban de verdad: que los niños eran niños y ya está.

Quiero soñar con la noche de Reyes y a las calles salir a buscar, entre caramelos y muchedumbre, al Rey que me visitará. Levantarme en mitad de la madrugá, con los ojos de par en par, buscando los regalos que tanto llegué a desear.

Quiero que lleguen las vacaciones del tiempo estival y salir corriendo a la playa, queriendo la arena rubia pisar. Sentir bajo mis pies la auténtica libertad. Saltar al agua del mar, luchando contra el olear, y hundirme en la inmensidad.

Quiero volver a ser niño y no volverme a preocupar de más problemás que no sean los de mi mocedad.


martes, 1 de abril de 2014

La derecha rancia, la rancia izquierda

El país que vive su presente con ideas del pasado jamás verá claro su futuro.

No. No es una frase célebre. No la exhortó ningún político renombrado, ni la exclamó ningún artista desde el doloroso exilio. Es mía.

No soy un apolítico -no creo en la apolítica-, soy un descolorido. 

-"¿Descolorido?" 

Sí... ¡Descolorido! La política por obra y gracia de algún publicista o inductor del vender, se asemeja a las compañías telefónicas (y no solo por las tarifas que se gastan, no...), porque en ambos casos colorean sus logos, sedes, enseñas para hacer fieles a sus ideas e identificarse con el grupo. Sí, lo se, otros colectivos lo usan, pero ese sería otro debate.

En España, esta nación que fue de naciones, este país que fue un imperio, sus ciudadanos tienen las ideas políticas sesgadas por un momento crucial y triste de su historia, la Guerra Civil. Sus ciudadanos de base y sus representantes ideológicos. Porque un país en el que sus gobernantes son incapaces de bogar en la misma dirección, no puede mantener el rumbo correcto y, finalmente, volcarán la barca; barca en la que vamos todos. ¡Todos! ¿Alguien se ha fijado en eso? 

Triste es ver como la cabezonería de unos dirigentes, por hacer suya la masa social, por proclamarse el gobierno de la progresía, el gobierno del "pide lo que quieras que ya te daré", el mismo que cegó a su pueblo en el portal mismo de una gran casa en crisis y, cuando se entró en la casa, cerró la puertas y dijo "lo siento", sin ser previsor, ahorrador, gastando el dinero en agradar a quienes les reían las gracias, con tal de que no protestaran. 

¡Una vez protestaron! Y solo sirvió para que muchos no tomáramos café esa mañana por el temor, de algunos comercios, a represalias.

- "¿Represalias?"

¡Sí! Represalias... En este país de costumbres encontradas, tenemos una izquierda de valores dudosos. No me importa decirlo. No creo en un movimiento político que me imponga lo que quiero hacer. Que me calle a gritos o insultos o a desprecios por no coincidir con sus verdades, su visión de las cosas y sus métodos. No apoyo unas ideas que se quedaron trasnochadas en el tiempo, que se exponen como banderas libertarias al aire, con olor a podrido, de un pasado que ya murió. Que me habla de fascismo, de puños en alto, de banderas de la hoz y el martillo, de otras de tres colores que solo tuvo un lustro de existencia y la ondean como si fuese la que nos liberara a todos, desacreditando a la que, desde hace siglos, nos une como nación, sin coronas y sin depredador.

Una izquierda que se quedó en la camaradería de Brunete y soldados de una República que murió por sus propios medios. Una rancia izquierda que, en el siglo XXI rememora aquellos años de fratricidios, rencores, venganzas... Una izquierda ciega a lo que el resto del mundo ve, y defiende ideologías dictatoriales vestidas de chándals nacionales, de sorbedores de mentes anegadas de palabras que no dicen nada y, sin embargo, incrementan el odio por aquello que no coincide con su programa.

Rancia izquierda. Rancia de apestosa, rancia de antigua. Una izquierda que insulta al que no la comparte, y que nadie me niegue eso. Una izquierda de timbales y mazas, de burlas a la fe y al derecho de tenerla. "¡No creas! Pero no insultes mi pensamiento"

Una izquierda institucional que aboga por libertades sin más consenso que el suyo, que piensa que todo un país apoya lo que proponen y que, cuando han estado al frente de éste, no ha sido mejor que su adversario. 

- "¡Algo bueno tendrá!". Claro... Algo... Pero no he sido capaz de descubrirlo.

Y la derecha rancia... Y esa... Esa que dice luchar por trabajadores y empresarios, esa que ahorra, esa que guarda pero no reparte y, cuando reparte, lo hace a los mismos que nos hacen deudores eternos. Esa que subyuga a fuerza imponer. Esa que nos convierte en turistas a la fuerza. Esa que ahoga economías familiares, dando ideas a empresas que se aprovechan y justifican recortes, despidos y ajustes basándose, no pocas veces, en la crisis que nos asfixia, dejando sin resuello al que ya no resuella. Esa que quiere abandonar signos del pasado, en contra de su oponente, pero que no nos logra hacer olvidar que sus mejores aliados no es el pueblo llano (igual que la izquierda, por cierto).

La misma derecha que reniega de sí misma para centrarse, olvidando que en el centro está la virtud, y esta consiste en servir igual a unos que a otros sin caer en el error de beneficiar a otros frente a unos.

Derecha rancia, igual que la rancia izquierda. Ideales encontrados que, en España, no han sido capaces de avanzar. Unos, queriendo retomar aquello que no acabó bien; otros, queriendo hacer olvidar lo mismo que , aquellos primeros, no permite que se olvide.

Triste España que olvida su presente recordando el pasado. Cuando los colores dejen de servir al rencor de la memoria, se mirará el presente con esperanzas al futuro. 

(Imagen tomada de frasesgo.com)

lunes, 31 de marzo de 2014

París conquistada por una isleña

La letras populares del Cádiz más castizo y guasón recogieron, a modo de mofa, la singularidad que se dió por estos lares cuando las tropas napoleónicas no lograron hacerse con el sitio donde, otrora, si llegaron los ingleses. Y no era raro oir aquello de "con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones".

El gabacho era, en Cádiz, el turista que nunca entró. La soldadesca francesa acampaba próxima a la Isla de León, en espera de poder asaltar la tierra que se le resistía. El ojo del puente que unía las islas gaditanas a España permanecía derruído; las venas salinas de donde manaba la vida de aquél lugar, eran un entramado tramposo que cercaba una porción de terreno entre caños de agua de mar; el pueblo alertado, siempre dispuesto a no ser conquistado, se enquistaba en retrasar el esperado fin que la historia, hasta entonces, había reservado al victorioso ejército francés.

En las amuralladas resentidas del incansable ataque,  se fraguaban historias de leyendas, donde oficiales de un bando y cortesanas del otro encontraban el fin a la guerra reprimida en aquellas tierras de la baja Andalucía. Mientras entre los muros de iglesias, convertidas en cortes, se fraguaba una carta de derechos inédita.

Quizás, solo quizás, se debió hacer caso a los afrancesados, que buscaban un ideal más elitista y menos campechano del pueblo español. Los revolucionarios que rodaron las cabezas de sus reyes porque su libertad fue consumida por los libertinajes de la nobleza, hoy luchaban por hacerse con un huequecito de toda una España.

Y aquellos conquistadores, derrotados, dejaron un pinar con su nombre en la afrancesada Chiclana. Y el pinar se hizo campo para cultivar hazañas de peleas y rencillas entre quienes con aquellas tierras se querían alzar. 

Y la Isla se llamó San Fernando, y Cádiz cuna de la libertad, y la historia le da a ambos hermanos un papel desigual: Cádiz se quedó con la historia, y San Fernando tan solo renombrá.

España cumplió así un papel considerado como heróico. Capaz de vencer al poderoso Goliat, David se hizo con la plaza donde Hércules se quiso endiosar. España, cosas del sarcasmo, entronó a un francés con acento castellano y su gobierno fue tan ruín que hizo de aquella carta magna un trozo de papel donde envolver las raspas.

Se fue el galo con el rabo entre las piernas y se quedó el otro galo de "borbontones" de ideas de antes de la rebelión por la libertad.

Y es que en España no aprendemos. 

Echamos al francés revestido de glorias para su pueblo, para quedarnos con el francés revestido de glorias para él mismo. En nuestra guerra civil, echamos con el odio y los asesinatos cubiertos por el halo de la venganza a quienes podían habernos enseñado de otra forma, podían haber sido otros nuestros políticos. 

De aquellos mimbres tristes de recuerdos a años de hambre; a trenes repartiendo, por la geografía europea, ilusiones que deseaban saciar el anhelo de sus estómagos, más que el del conocimiento. De aquello quedaron, entre la ciudadanía hoy documentada, con tan sólo el recuerdo en sus apellidos del origen de sus abuelos.

Echamos nuestras esperanzas y nos quedamos con los miedos.

De aquellas esperanzas huídas, surge una una gaditana, de La Isla, precisamente. De donde no pasaron sus paisanos; de donde las murallitas apartadas vivieron romances de óperas. De donde las venas salinas, de las que emanaba la vida, y hoy solo quedan senderos de paseos al sol. 

La gaditana se hace tirabuzones en el mismo París, que las bombas que hoy tiran los fanfarrones son salvas y no arreones. 

Que la pena de la guerra de los hermanos se convierte en alegría para los  que un día la recibieron entre miradas extrañas.

París bien vale una misa. Y, en España, no nos libramos ni por esas de políticos que ladran entre ellos y muerden la mano del que se gasta los cuartos en sacarlos del apuro en que nos meten unos y otros.

Enhorabuena a la de La Isla -Hidalgo se apellida la señora- que en París se adorna de ser elegida como principal gobernadora; que mientras aquí no encontramos un político que no deshonra, en Francia tuvo que ser que hubiese una gaditana por conquistadora. 


domingo, 30 de marzo de 2014

Un ejemplo a seguir: Francisco, el antipapa


Algo cambia en el Vaticano. Algo ha entrado por esas puertas que está dejando vacíos muchos argumentos ya descoloridos. Sin perder su esencia de poder de aquello que fue hace siglos -y que hoy sigue siendo, porque las cosas no se pueden negar- en su sillón papal se ha sentado un hombre.  

-"¿Es que antes no lo eran?"

¡Claro que lo eran! Pero no todos tuvieron ese amor por lo que tenían encomendado. No todos vieron su posición en aquellos aposentos como una misión de voluntad hacia quienes requerían un líder humilde y con carisma. Algunos creyeron que su ministerio era eso... Un ministerio, pero político.

Hoy, como muchos españoles que no se dicen monárquicos, sino "juancarlistas", puede decirse de muchas personas que no se consideran católicas (porque no lo eran) sino "francisquenses". Su impresionante impronta de cordialidad, coherencia, sencillez, humildad, valor... Que se refleja no solo en sus palabras, sino en sus gestos -los propios, y en aquellos que fueron comunes a otros que ocuparon su destino-.

Su vehemencia medida a la hora de ejercer como siervo de Cristo, no como representante remunerado de un rico potentado, le reporta la autoridad que sólo el humilde puede ofrecer a la hora de hablar, porque las palabras del sencillo son como gomas que borran aquellas del prepotente que caen por su propia vacuidad. 

El papa Francisco, el verdadero antipapa que rompe las reglas; aquél que no viene en nombre de Pedro, sino en el de Dios. Aquél que no es Dios, sino Pedro. Aquél que tiene la Palabra por palabra y la madera de un humilde sillón por asiento, como aquellas que el mismo Jesús hacía con sus manos de carpintero.

El hombre que viene a cumplir su función de servir, a cumplir su misión de dar ejemplo, a ofrecerse como ejemplo de sacrificio ante tanta humillación a la que ha de hacer frente la Iglesia por culpa de muchos de sus discípulos -ministros y fieles- que no son sino Judas dentro de los elegidos por el Señor, que incumplen con sus actos, con sus palabras envenenadas de la ponzoña de la misma víbora demoníaca, con sus enjuiciamientos basados en sus propios pareceres -o al haber hecho al entendimiento personal las enseñanzas y doctrinas del nazareno, del mismo Padre-.

En Francisco se presenta la palabra del Cristo, del ungido, del galileo que colmó las colinas para enseñar la nueva Ley. 

Francisco toma su obligación, no como un cargo privilegiado, sino como una cruz y, con su ejemplo, insta a muchos cristianos a cumplir con aquella frase del sacrificio: "Toma tu cruz y sígueme".


sábado, 29 de marzo de 2014

Elegía del Cristo Viejo

P

  La historia es tan variable como perenne cuando queda reflejada al socaire del tiempo. Los avatares del destino modifican el rumbo, como si de  vientos enfrentados se tratara, que mueven la veleta sin dejar de marearla.


Hace no mucho, porque el tiempo es tan relativo como inflexible, se iniciaba un proyecto de formación en la ciudad. La hermandad vieja -desde el respeto y el cariño- de la Vera+Cruz se sumergía más allá de lo que nos tenía acostumbrados. De su frase "no cree necesario estrenar nada este año", que aparecía eterna en cualquier publicación cofrade cerca del Miércoles Santo, saltaban a asimilar una escuela-taller, con la que ya estaba cayendo en este país.


Esperanzas, ilusiones, buenas intenciones, compromisos, fotografías y firmas con apretones de manos que auguraban un próspero desarrollo y un feliz desenlace de un maridaje entre instituciones públicas y privadas que, en todo caso, esperaban ansiosos ver el fruto de esa inesperada unión.


Sea como fuere, al poco, aquella insospechada relación empezaba a dejar caer sus primeras lágrimas de la piedra que sustentaba su motivación.


Lágrimas del Cristo Viejo, repicar de campanas que tornaron en plañideras campanas de duelo.


La veleta crucera, se movía agitada en un campanario que, sin ver su casa por dentro, adivinaba que esa agitación no era señal de buen augurio. Los hermanos de la señera, veían con esperpento cómo las luces que antes daban brillo e iluminaban un camino sin una losa más alta que otra, se volvían lúgubres, tenebrosas... Y el camino se tornaba tortuoso.


Se hacía real el momento mismo que, cada atardecida del santo miércoles, llenaba de nubarrones el ya atravesado pecho de la madre dolorosa. Como en el mismo monte Calvario, el Mayor Dolor se reflejaba en el rostro de los que, con el corazón encogido por las dudas y el temor, veían morir la esperanza, la luz y el amor; veían expirar una obra, un sueño de fervor que dejaba desnudo el torso de un Cristo hecho capilla.


La plata vil, que sirviera para pagar a Judas el servicio hecho al Sanedrín entregando al nazareno, es la misma que lanceó el costado de la fe de unos cofrades entusiasmados. De la lanzada traicionera, salió sangre en forma de lágrimas que a borbotones manaban del costado herido. 


Cálices de oro servían de recipiente en el cuál no desperdiciar el líquido vivo caído. Cálices de palabras de ánimo que recogían el pesar y el sentir de un Cristo Viejo, y guardaban con su recogido abrazo esa sangre de lágrimas derramadas.


"Y entre los que deseaban o no les importaban la muerte del herido lanceado, se sorteaban sus pertenencias, como buitres que arrancaban la carne del que yacía crucificado. Entre la multitud que contemplaba la escena, entre lo ruin y lo sarcástico, unos gritaban enfurecidos queriendo seguir lanceando, otros cortaban los harapos que habían sobrado, otros quedaban absortos en la escena cruel donde ultrajaban, ya muerto, al crucificado.


Telas de seda fina cosen para cubrir el cuerpo de un ensangrentado ajusticiado, que entre sus mismos discípulos, aquellos que lo habían alabado, aún reclaman que no sea enterrado, que su sufrimiento no acabe hasta que no esté destrozado.


En el duelo, Marías de San Fernando, las que hicieron el sudario, contemplan al Cristo Viejo como roto lo dejaron. Romanos que la sangre derramaron, fariseos que gritan al cielo replicando que no se les culpe de lo que está pasando. Santos pedros que niegan al Cristo Viejo haber amado y buscan que le liberen de ser por otros señalados. Buitres hacendados que se posan en la cruz de mármol, esperando poder seguir con su pico arrancando carne del Cristo Viejo que yace en su martirio colgado. Pilatos que se lavan las manos, que la justicia buscaron y juzgaron un culpable sin saber si también fue perjudicado. 


Mayor Dolor del Cristo Viejo, con el corazón atravesado, un barrio que se queda huérfano de la devoción a su crucificado. Plaza del Santo Cristo, Vera+Cruz de los hermanos que tras su hábitos negros arrastran las cadenas del condenado. 


Ya lo llevan trasladado a un sepulcro prestado, afligidos sus hermanos por verlo allí desahuciado. Amargura en el rostro de los que ven silenciosos cómo del corazón del barrio les han arrancado un trozo.


Que no se ha ido, que está en el tránsito lastimoso donde no le rezan sus hijos en la casa que fue su gozo. Que se trasladan errantes, buscando el responso que les sirvan de consuelo y alivien sus corazones llorosos, en la casa del hermano que los acoge venturosos."


Capilla del Cristo Viejo, con su cuerpo herido por dentro, con su piedra orgullosa por fuera que reclama lo que la historia de un pueblo le debe. Ahora te van a mostrar en la pena de tu abandono, dando clases de tu arte y tu importancia, recorriendo las venas endurecidas de tus muros lastimosos.


Triste destino el tuyo... ¡Ay, dolores del Cristo Viejo! Que te quieren mostrar vivo cuando ahora estás muerto.


(Fotografías de la página de la hdad de Vera+Cruz)

miércoles, 26 de marzo de 2014

Se vende alma

No. No es un título, es un anuncio. Un compraventa donde no se especula, sino se llora por un trozo invisible de uno mismo, al que no se le puede poner precio porque no se sabe si tendrá algún valor.

El valor del alma, ¿cómo se estima? ¿En acciones? ¿En pensamientos? ¿En deseos? ¿Cuánto vale el alma?

Si el alma es negra, ¿vale menos? Si está limpia... ¿Valdrá más? ¿Y si más vale que esté como el carbón? ¿Y si las almas sucias se pagan más caras que las almas blancas de Dios?



Se vende alma. Se vende el humo gris antes de la última exhalación. Se venden  pecados, pesares ... Se venden lujuria, traición... Se venden engaños, robos, desilusión... Se venden palabras sucias, golpes al corazón, miradas de odio y de rencor.

Se vende alma. No importa qué sea de ella cuando de mi cuerpo salga. Que la prostituyan o que la tengan en un caldero hirviendo eternamente, abrasada por cada momento que esa alma rompió. Aguantando clavos, suplicios, humillación, dolores de los mismos demonios a los que alguna vez imitó.

Si el alma fuera pura, blanca, el mismo sol... ¡Pero no! Ella tendrá los mismos pagos que una vez cobró; que no hay que olvidar que Dios es puro saldador, que a su morada se entra sin ser de nada deudor.

Se vende alma. Se vende sin corazón, que de ese músculo la sangre se envenenó. El corazón su peso vale según por lo que latió, que si lo hizo por maldades, su peso se devaluó. Así el alma vale lo mismo que aprendió; si la lección no aprobó, su castigo es seguir vagando buscando la redención. 

El alma que se vende está vacía de emoción, está rota por sus actos que hicieron daño al amor. El alma que se vende lo hace al mejor postor. Si es al diablo, que sepa que ya no sacará de ella más dolor.

El alma se vende porque no cumplió su misión, hacer del hombre un camino y no  hacerlo un error.


martes, 25 de marzo de 2014

Nana de la Pasión (solo un cofrade podría entenderlo)

Duerme tranquilo en un carro, arrullado por sábanas de un cielo blanco. Entre los algodones de su trono niquelado, suspira levemente, sonríe de soslayo, y su dedo pulgar asoma entre sus labios encarnados.

Su corazón palpita acompasado: -"¡Pom pom pom pompom! ¡Pom pom pom pompom!"-. Y el aire de sus pulmones sale racheado, al ritmo de un tambor en su pecho amarrado.

Duerme tranquilo, endiosado, no le pesa este mundo pesado, no tiene mayor pena que la de no ser acunado. Acunado se calma, y la calma se tensa si en su trono niquelado no hay mecío aliviado.

Sus ojos despiertan ante un sol de abril entusiasmado. Regado de fragancias, de mil aromas, de calles perfumadas por flores de hojas blancas y caliz dorado que rocía entre vientos un vino endulzado.

Duerme tranquilo, acostado entre paredes albas que lo tienen amurallado; pelea con sus pies descalzos, empujando el faldón blanco que cubre su cuerpo rosado.

En su cielo encalado -blanco inmaculado-, entre algodones jugando, se palpa en su pecho el fervor paterno inculcado: una medalla de fulgor plateado.

Duerme tranquilo, acurrucado entre  cuentas de un rosario que son las letras de su nombre bordado; cada hilado una oración, cada puntada un canto, cada fruncido un "Dios te salve" que su madre le hizo soñando.

Y una voz suena a saeta y otra a tambor replicando; y entre maderas y salmos, con ese mecío acompasado, el ángel cierra los ojos con sus manos posando sobre aquella medalla que su padre le había regalado.

"Duermete mi niño, descansa mi angelito, que ni cornetas ni voces de un capataz por sus hombres consentido, turben tus sueños benditos.

Duermete mi vida, entre olores a nardos, claveles e incienso, y agarra la medalla que tu padre te ha impuesto, que en tus sueños tiene los suyos de cofrade puestos.

Duermete mi cielo, que en el devenir del tiempo, en tus profundos recuerdos, no te serán extraños estos poemas de percusión y viento, acompañados de perfumes que huelen a sentimientos."

(Fotografía de José M. Martín de Celis. Archivo familia Cruz Valero)

lunes, 24 de marzo de 2014

El quinario no siempre se hizo en la Iglesia (un recuerdo a mi pasado)


Hace tiempo que buscaba hacer un homenaje a lo que hace años ya homenajeaba, haciendo costumbre de una reunión improvisada.


Se hizo tradición aprovechada lo que una vez fue un momento de parada, buscando la paz entre tanta algarada.


Entre cajas y libros de santos y santas, entre imágenes sacras que en la sacristía esperaban, se fraguaba la historia de una liturgia privilegiada.


Entre lectura y lectura de lo que a cada cuál aquejaba, día tras día la comunión se animaba, unos con más fieles, otros solo sus primeros devotos quedaban.


Acompañaban a esos días, de celebración esperada, lo que en la mesa del Señor en cada misa no faltaba: un pan de masa blanda. Pan de masa blanda, de dulce aromatizada, que confundía los olores de aquella breve estancia.


Idas y venidas a un convento más allá de la esquina que Colón y Rosario lindaban, hacia donde muchos parroquianos procesionaban recogiendo de las manos, con devoción artesana, lo que creaba para el pueblo: gloria bendita en hornadas.


Aquél convento que La Isla adoraba, se dejaba querer en fechas de fiesta santa, siendo en cuaresma lugar de inexcusable peregrinada, buscando una corona de canela y clavo trenzada.


De aquella casa bendita, de aquél convento que embelesaba, de su cocina venerada, de quien su pan amasaba y Quini se llamaba, entraban a la sacristía nombrada aquellas glorias horneadas.


Como quiera que aquellas reuniones, con dulces santificadas, acompañados de perfumes a ceremonias sagradas, se creó lo que el tiempo dio por historia bienaventurada.


En nuestra alma cofrade, en aquella trastienda "sacristizada", aquellas conversaciones, como homilías sin ser oficiadas, crearon un quinario por quien aquél pan enhornaba.


(Fotografía de la web "cosasdecomé.es")



 



sábado, 22 de marzo de 2014

La luna mordida


Las cosas no iban como había pensado. En un breve intervalo de tiempo pasó de la felicidad incontenida, promovida por un golpe de fortuna inesperado, a una caída libre en un barranco que, además de no verse un fondo, golpeaba y desgarraba su espíritu, ya dolorido, con ramajes de espino salientes.

Quizás las cosas debían haber sido de otra forma, quizás debió ser más previsor, quizás debió ser menos optimista y no fiarse de la bonanza del momento donde el gris tornó rosa, porque ese rosa se marchita como la flor a la que da color.

Era un hombre que creía que, en esta vida, todo se devuelve según hayas aportado. No en cantidad solo, sino en calidad. Su fe en un algo más allá de lo terrenal era, sin dudas, la auténtica fuente de alimentación que le hacía levantarse cada día, generándole la fuerza necesaria para un día más, y así muchos ya, seguir vivo en una carretera donde otros iban más seguros que él.

No se podía decir que fuese una persona descontenta de su realidad, pero ésta no era todo lo amable que él quería. Estimado en los círculos en los que se movía, que no eran muchos, su carácter y forma de ver las cosas les había granjeado muchas simpatías, a pesar de lo limitado de sus actuaciones en sociedad. De hecho, la ingrata verdad se desdibujaba cuando se hablaba con él. La que ofrecía eran tan distinta que nadie, jamás, podría imaginarse que la auténtica era tan cruel. 

En su recuerdo revivía de forma constante momentos pasados hace ya tiempo. Estampas de una niñez de felicidad inconmensurable, de una adolescencia donde la alegría era insultante, de una entrada a la madurez en la que se vislumbraba todo aquello que fue años atrás. Cuando retornaba de aquellos viajes al ayer, volvía lleno de paz.  Cualquier amargor se convertía en un dulce delicioso al que no quería perderle el sabor. 

A pesar de la crudeza del presente y la incertidumbre del futuro, aquello que insistía en no dejar volar, su "otra vida", le insuflaba el ánimo necesario para no caer en la desesperanza. Pensaba que sus recuerdos no eran un lastre; retumbaba en su interior las frases mil veces oídas que recomendaban, argumentaban, imponían abandonar lo que fue y mirar en la dirección opuesta. Pero aquello que decían que olvidara eran los vientos que lo hacían sentir libre, en un día a día en el que se tiraba con un paracaídas, sin saber si su mecanismo lo abriría a tiempo, pero que, en todo caso, con sus ojos cerrados, sabía que aquella sensación única de libertad mientras se dejaba acariciar por aquellos aires de levantes y ponientes de otras épocas no podía hacerle daño.

Alguien le dijo un día a sus padres, cuando contaba con no más de tres años, que ese niño sería alguien en la vida. En el cielo de su boca observó que se firmaba una peculiar forma crucífera y esta peculiaridad, como si del hechicero de una remota comunidad perdida en el tiempo se tratara, otorgó estas palabras al niño a modo de visionario encantamiento. Un Moisés en aguas de Egipto, una cenicienta viviendo su cuento en un palacio... Así lo creyó ver.

Las penas que le afligían lo derrotaban demasiado en los últimos meses. Maldecía, a pesar de todo, su desgracia, sus acciones pasadas. Esas que se hicieron sin pensar en sus resultados. Durante un tiempo quebrantó su propio evangelio, sus palabras, sus principios, aquello que seguía devotamente y lo ensalzaba como vitola de sí mismo orgulloso de ello. Mientras manchaba su alma, se iba arrepintiendo de sus actos, comprendió por primera vez qué era ser Judas y quiso dar cuenta de su inconsciencia. 

Por su mente pasaron ideas trágicas, pensamientos de obras griegas que mezclaban risas y lágrimas, contemplaba soluciones drásticas, pero en ninguna de ellas encontró el desenlace oportuno. Dejaría mucho atrás y todo seguiría igual. ¿Qué ganaba con eso? ¿La paz eterna? Su yo más cercano a Dios no creía en eso. Sabía que su alma sería incapaz de descansar sabiendo todo aquello y a todos aquellos que dejaría atrás, lamiendo heridas que no sanarían.

Lo único que podía hacer era luchar por seguir adelante, buscar, perseguir, insistir, perseverar en encontrar opciones que sirvieran de alivio a esa ingrata realidad que, como cuando salía a la calle, se ocultaba tras unas negras gafas, que tapaban ojeras de insomnio promovido por las dudas, el sinvivir, el desasosiego... 

Sabía que lo único que podía hacer era mirar hacia el frente y ser positivo. ¿Qué más podía hacer?

Cuando las cosas se enredan solo queda  tener paciencia y dedicarse a desenmarañar el nudo. A veces se quitarán unos, otras haremos uno nuevo donde ya deshicimos el primero. 

En las noches que vivía más que dormía, su mente se despejaba de los nubarrones que durante los días se acumulaban. El frescor se apoderaba de la tierra quemada por soles abrasadores que hacían pasto de las ilusiones, y se producía un inmenso alivio en su interior. En el cielo de las noches, la luna... Esa luna que una vez, en la inocencia de la infancia, le dijeron que podía coger si miraba entre el pulgar y el índice.

Esa luna, que fue icono de alcanzar cualquier cosa que deseáramos, en la que se reflejaban los sueños a conseguir, por muy imposible que parecieran; esa luna aparecía mordida, como si alguien hubiese arrancado de ella el trozo que le correspondía.

 Pero siempre saldrá una luna nueva...


jueves, 20 de marzo de 2014

Mi vida escribiendo

Miento si digo que jamás pensé en dedicarme a escribir por gusto, no por dinero. Con 8 años los Reyes Magos me regalaron un Olivetti blanca, de teclas negras y gruesas. Y me dejaron una cuidadosa nota escrita con la misma máquina que rezaba: "Si no sabes usarla, no la uses". Firmaba Melchor.

Como quiera que no veía lógica al regalo hecho y a la nota dejada, opté por obviar el escrito y en mi habitación sobre el escritorio, empecé a imaginar mi primera novela. Una obra de misterio, cuyo mayor logro, para mi, fue escribir el nombre de los protagonistas en inglés. Eran cuatro y solo recuerdo el nombre de dos de ellos: Dick y Bobby.

Tras ello, cualquier empresa impuesta en el colegio donde se atreviese a retarme la escritura era considerada una afrenta a batir.

Ya adolescente, buscando un hueco en una sociedad que no me consideraba ni niño ni hombre, me aventuré a ser partícipe de mi fe, inculcada desde pequeño por mis padres y el colegio religioso donde cursé mis estudios básicos. En aquella búsqueda hallé cobijo en una hermandad penitencial, a la cual pertenecía desde la edad de 7 años. Tuve la fortuna de formar parte de su Secretaría y con el tiempo fui un ordenador de la historia de esta entidad, a todas luces incompleta, desordenada y desubicada por el mal uso de sus archivos.

Me atreví a indagar, a rebuscar entre papelajos que casi eran papiros, y comencé a ordenar la cronología y acontecimientos de casi 50 años de vivencias de aquella hermandad. A sacar datos desconocidos, ocultos tras los años, como la misma fecha fundacional -equivocada por un error de comprensión lectora de su primera acta oficial-.

Ahí empecé a ganarme cierto "respeto" por mis actitudes y aptitudes para escribir y ser coherente con lo que pasaba de papel a papel o incluso de mi cabeza al papel, en un alarde de independencia de aquellos legajos.

La realidad de mi ser como aficionado a escribir me llamó a ser, ya adulto y fuera del día a día de aquella asociación, exaltador de María Santísima. Los ojos de la dolorosa Virgen de la Salud me trasladaron al estrado vil de la palabra y al micrófono y a mi parecer no supe dar la talla, a pesar que lo escrito fuese -creía- de cierta calidad. 

Tras aquella experiencia, de la que salí con ojos llorosos, no fueron las letras mi refugio. ¿Qué escribir? ¿Para qué? ¿A quién le importaba lo que fuera a decir?

Pero hoy tengo muchas ganas de ser yo desde mis letras porque, a pesar de los malos momentos, mis letras me evaden. No me alejan. No... Me alivian.

Hoy mis letras soy yo y yo soy lo que escribo.


miércoles, 19 de marzo de 2014

Tras las brumas de Sevilla

En Sevilla corretea la niebla entre las esquinas de sus rincones. La Giralda se regodea coqueta, poniéndose el manto húmedo sobre sus esbeltos hombros. El río, silente, pausado, solo sobresaltado por algún pez juguetón y el tenue oleaje de las barcazas. 


El azahar perfuma con doble intensidad al haberse bañado en un rocío inesperado ayer noche. El cielo azul, tiznado de negro golondrinaje, de blanco palomar, aún se despereza esperando el momento de asomar su alegre colorido entre las brumas que lo arropan.


Desde los puentes que hermanan Sevilla con Triana, Triana con Sevilla, se adivinan dos mundos ocultos: Santa Ana asoma a un lado, al otro la madre ciudad. Y se besan entre aguas, y las manos de San Telmo a Chapina tienen "enlazás".


Cantan pájaros alegres, que la espesura no asustan, trinan con fuerza en un parque de ensueños, donde se han detenido los tiempos, entre coches de caballos y jardines eternos.


En las calles de la urbe, en el mismo centro -y el centro de Sevilla es Sevilla entero- se huele a lo que se huele, a tamiz de vela de una iglesia, a incienso, a claveles, a nardos a lirios... Y sus calles se visten de carteles: "Se hacen capirotes para nazarenos".


Y las nieblas se disipan, y el cian del cielo se asoma, y la vida llega a la tierra en forma de rayo que hace colores donde antes habían grises, y el río se torna esmeralda, y la Giralda se quita las galas nebulosas que arropaban su hombros morunos, y en los puentes entre dos mundos -Triana, Sevilla; Sevilla, Triana- ya no se adivina, se asombra el propio y el ajeno de un paisaje que hechiza al solo contemplarlo. 


Y Sevilla se despierta al son de un "Buenos días", que repiten sus gentes por los barrios añejos que rezuman sevillanía; que ya salió Lorenzo, y se hizo hueco entre neblinas y,  ahora sí, despierta Sevilla con trazos de pintura de Murillo o de Velázquez, y se hace esta tierra un pedazo de cielo donde exiliarse.


martes, 18 de marzo de 2014

Rosario del Viernes Santo (El hijo pródigo)


Serán las fechas que, a momentos, me obstruyen los pensamientos más mundanos, más humanos, más necesarios, y solo veo por mi mente discurrir lo que mi espíritu cofrade manda.

Leo en San Fernando Cofrade una grata noticia, cuya protagonista única es la hermandad del Rosario: procesionará la noche del Viernes Santo sin abandonar, en este sentido, sus orígenes del último día santo de la semana, pues se recogerá la madrugada del sábado.

La noticia me alegró enormemente. Por fin se hacían buenos los cambios realizados, por fin se visualizaba el inicio de la normalidad, por fin la hermandad de la madrugada dominical iba a contemplar el sol de una resurrección a la que, otrora, precedía.

Atrás quedaron enmarañados asuntos personales, impensables comentarios entre iglesia y hermandad, gestos, mejillas no puestas por segunda vez -a pesar del Evangelio-; atrás quedaron desaires, desplantes, desafíos... Atrás quedó el útero que representa la parroquia del barrio del Parque, vacío de un hijo que adoptó la madre de todas las iglesias isleñas. Atrás quedaron unos hermanos prendidos a sus inicios, que vieron, con estupor y sorpresa, cómo apartaban de su vera al hijo más joven.

Sinceramente, no comprendo cómo en plena era de las comunicaciones puede haber tan poca entre quienes viven, comparten y rezan bajo el mismo techo del mismo Padre. Sinceramente, me da igual quién tuviese razón, porque cada uno tenía la suya, y la defendió según le venía en gana. Sinceramente, dudo que ninguno tuviese razón, cuando quien venció fue la sinrazón.

Sinrazón por creer en la victoria al desahuciar a quienes se debían guiar y no se supo encauzar; sinrazón por revelarse ante quien debía ser mentor y hacer más difícil la solución. Que me da igual quien llevase la razón... ¡Señores, ganó la sinrazón!

Ganó la ilógica de la vanidad, de la soberbia, de la inquina, de la terquedad, del rencor, de ambicionar aquello que no cabe entre padre e hijos: ser más. Cada cuál tiene su papel y su misión.

Se dio una imagen funesta, pueril, desasosegada, irresponsable y de una desestructuración a nivel fraternal que daba que pensar sobre ambos implicados, el sacerdote y la hermandad.

Insisto... ¡Me da igual quién llevase la razón! Porque la razón no ganó.

Gracias a Dios existe un obispado y un Consejo de Hermandades competentes, que son capaces de encontrar la medida, la media, la proporción justa para cada uno, a pesar que eso implique desarraigar de sus inicios a una de las partes. Si bien lo salomónico de la medida no quita mérito a lo justo de ella.

Desde los medios de información veía asombrado el circo que se había montado en la parroquia de San José Artesano -uno de dos pista, ¡nada menos!- y como, en cualquiera de ambas, no habían payasos, ni domadores, ni trapecistas... Habían leones que se enfrentaban en una lucha desigual, corriendo el riesgo de dañar, no solo a ellos, sino a quienes representaban y así ha sido. Ni uno ni otros han estado a la altura que sus deberes y condición les imponían. Ninguno ha practicado, al menos públicamente, su misión evangélica en este asunto. ¡Y me da igual quién llevé la razón! Y van tres veces las que he dicho esto.

Hoy uno, estimándose en su despacho parroquial, siguiendo con sus labores como pastor de la Iglesia (con i mayúscula); otros, rehaciendo su vida fraternal entre nuevos hermanos de la parroquial de San Pedro y San Pablo y una nueva dirección espiritual, se manejan por carriles distintos aún yendo por la misma carretera. Me pregunto si uno y otros habrán reflexionado sobre lo ridículo de sus antojos, sobre qué imagen de la Iglesia y las hermandades dieron, metiendo en el saco a sus feligreses, sus hermanos y, por extensión, a todo el cristiano cofrade isleño. Hay que darles las gracias por depauperar nuestra imagen, en una época donde ha tenido que venir un papa luchador a quitar vendas y sanar lacras.

Y, por cuarta vez. ¡Me da igual quién lleve la razón!

Ahora, la hermandad del Rosario tiene el arduo camino de retomar las riendas de su propio ser como tal. Trabajar para reconquistar lo que, con su particularidad, los hicieron únicos. Eso sí... Un poco más de HERMANDAD en COMUNIDAD y menos apartarse de aquello que nos aúna a todos: la COMUNIÓN. Está bien ser idiosincrásico, pero se forma parte de un todo. No por salir la madrugada del Sábado Santo (antes), y ser una corporación drásticamente sobria en todos los aspectos, implica que no sea una hermandad IGUAL a la de Cristo Rey, Ecce Homo, Gran Poder o Nazareno (por poner casos totalmente opuestos en visión en la calle)

Al otro triste protagonista... Qué decir. Insistiré en una frase personal que ya he citado otras veces... Doctores tiene la Iglesia y yo solo soy un monaguillo. La responsabilidad de ser quien guíe, aconseje, dirima sobre el cómo y el qué hacer para llevar una vida como asociación cristiana fundamentada en el mismo Evangelio, es una tarea compleja; sin embargo, a pesar de su dificultad, se necesita paciencia -muuuuuucha más aún-, humildad y un extra de amor y fe por el prójimo, muchas veces perdido o confundido.

Enhorabuena a la hermandad del Rosario por su renacimiento. Enhorabuena al Consejo de Hermandades, por su buen hacer y haber sabido llevar por aguas mansas lo que se temía acabaría hundido por las turbulencias. Enhorabuena al Obispado gaditano por cumplir con su misión salomónica y justa.

Si Dios quiere, en la madrugada santa sabatina, el hijo pródigo regresará a su casa, para dar cumplida cuenta de su misión catequética de mostrar los dolores de María tras la pérdida de Su Hijo, visitando el lugar donde descansan los justos, sin dejar de mirar de reojo el que fue su hogar más de 30 años: su barrio del Parque.

(Fotografía de San Fernando Cofrade)


domingo, 16 de marzo de 2014

Derecho a abortar



Es el gran derecho que piden, exigen y anhelan los defensores de esta práctica, y de quienes promueven las ideas de universalidad para todo, en contra de las ataduras sociales y que incurren en el otro derecho de la libertad individual.


Yo no voy entrar a discutir sobre mi parecer al respecto. Porque para medir este tema existen muchas varas, cada cual con una longitud diferente y que, en cada caso a favor o en contra, no son más que posiciones encontradas.


Estamos en la era de los derechos, donde se lucha por mantener los adquiridos y conseguir los deseados; todos nos levantamos en armas cuando consideramos que alguno se vulnera o se nos quiere dar gato por liebre al tratarlos. Estamos en la era de la libertad con más ancho campo que hayamos tenido en años (aunque yo opino que solo fuimos libres cuando dependíamos de nosotros mismos para sobrevivir, y de eso hace miles de años). Vivimos la sociedad desde la crítica a todo aquello que suponga normas, sujeciones, limitaciones, restricciones... Porque queremos pasar por este mundo disfrutando de nuestra capacidad de decidir, elegir y dirigir nuestra vida. Es, en definitiva, la necesidad de darle rienda suelta a lo más puro de nosotros: nuestro espíritu. Aquello que no se puede domar, no se puede encerrar, no se puede gobernar... Porque el espíritu no responde a nada que no sea ser libre.


Dentro de esta vorágine de libertades en un mundo sujeto -sujeto porque, a pesar de nuestra alma independiente, las condiciones de convivencia están impuestas, para bien o para mal-, una motivación para los grandes amantes del no a las obligaciones de las costumbres es pelear contra todo aquél movimiento o pensamiento contrario, siendo que el reconocimiento y victoria en sus batallas genera la sensación de haber avanzado en algo.


Traigo esta fotografía, a pie del escrito. Comentaba en otro sitio que es una imagen triste, no por lo que pide, sino por lo que ofrece. Se exige el derecho a no cargar con otras vidas, vidas no deseadas, vidas que das con la tuya misma, vidas que no se anhelan, vidas que no se reclaman, vidas que no se quieren defender. Se exige poder no dejar a la naturaleza seguir su camino.


¿Porqué se pide esto? Hay quienes lo consideran una atrocidad, otros una elección que hace bueno el slogan de quien pare (la mujer) decide (por otra vida). Los motivos, cualquiera de ellos son argumentos, no excusas. La cosa está en dirimir si el argumento tiene suficiente peso. 


Abortar por una agresión a la mayor intimidad natural del ser humano, abortar por no desear una carga en un momento determinado de nuestra vida, abortar porque no tener medios para sostener y dar sustento a una nueva boca, abortar porque se tuvo un desliz, abortar porque no se está preparado para sobrellevar la responsabilidad de ser padres, abortar porque no es momento de tener un hijo, abortar porque quiero. En todo caso prima el pronombre oculto (yo) y todo lo demás sobra. 


¿Quién es nadie para decidir sobre algo tan elemental como es el derecho natural a concebir? ¿Cómo puede juzgarse a una mujer por no querer seguir el curso biológico trazado para esto? ¿Qué exposición hay, justificada, para que terceros opinen y traten sobre el porqué otra persona no deba proseguir con un embarazo? ¿Qué derecho natural, universal, hay que, desde el mismo momento del agarre de la nueva vida, estime que estamos capacitados para destruirla? 


No soy quien, porque no me he tenido que ver nunca en la tesitura de tener que optar por sesgar una vida nonata, sea cual fuere el motivo, para señalar a nadie por esa causa. No soy quien para criticar a nadie por eso, porque cada vida es un universo distinto y, si no lo conoces, puedes perderte en él. No tengo argumentos de peso que refrende ninguna postura, porque lo considero un tema tan difícil que agradezco mi suerte de no tener que pasar por ello, no por ser hombre -que también-, sino porque en mi casa no caben dudas al respecto.


Felicito a los valientes -ellos y ellas- que se echan la manta a la cabeza en momentos de dificultad y luchan por conseguir dinero para mantener al nuevo ser, en vez de para irse a otro país a consumar el aborto. Felicito a quienes se atreven a ser padres (que ya comerán huevos). Felicito a quienes no dejan de buscar aquello que les falta en sus vidas para cumplir el sueño de perpetuar, una generación más, sus vidas. Felicito a las madres que buscan solas el pan de cada día para dárselo al hijo que ellas, sin mayor auxilio de nadie, son capaces de mantener. Porque todas estas personas tienen en común una ilusión, tengan los problemas que tengan. Y esa ilusión se hace regalo cuando te sonríe y te abraza.


No soy quien para oponerme a las libertades, derechos y opciones de nadie, pero que nadie se oponga a que yo, igualmente, piense como quiera