domingo, 2 de noviembre de 2014

Vida en palabras




Baila, canta, llora, salta, ríe, sueña, ama.

Tristeza, calma, llanto, esperanza, vida, lágrima, sonrisa, ilusión, miedo, nostalgia, fuerza, ánimo, luz, salida, odio, paz, envidia, relax, mirar, alumbrar, satisfacción, deseo, empatía, celo, lujuria, cambio, antiguo, ambiguo, exiguo, poder, lucha, desafío, decisión, camino, futuro, parada.

Rellena, continúa, cabalga, vuela, viaja, detente, recapacita, aprende, otea, señala, sigue, camina, sonríe, disfruta, recuerda, imprime, exprime, subsiste, alimenta, anhela, trabaja, consigue, intenta, desespera, permite, rodea, recto, derecha, izquierda, pierde, gana, doble, nada, todo, sienta, levanta, surje, aprovecha, desecha, avanza, descansa, mira, eleva, baja, rio, mar, ola, profundidad, cielo, infierno, inmensidad, oscuridad, luz, duda, acierta, equivoca, sufre, goza, rodea, deprisa, lento, enfada, alegra, familia, soledad, anuncia, calla, cae, levanta, duele, tapa, revive, carcajada, lamento, honor, deshonra, agacha, brinca, quiere, vive...

Aquí solo palabras que encarnan lo insuficientes que son para describir un único aliento, la experiencia vital.

El camino es imposible de conocer, salvo que ya lo hayas recorrido antes, y aún así siempre habrán piedras que no hayas visto, atajos que pasaron de largo, desvíos que no quisiste elegir, paradas que no deseaste hacer. La vida es camino, causas y efectos, defectos perfectos, bellezas imperfectas.

Es el texto inacabado, el relato imposible, el escrito que repite y se renueva porque es la propia existencia. No busques el sentido, no esperes encontrar la coherencia, el final feliz o incierto, porque no hay mayor historia que una vida, ni mejor cuento que vivirla. 

Al final, cuando acabe una y no sepamos como sigue, por estar ello reservado para su autor, surgirá otra y todo volverá a reciclarse, a comenzar de nuevo.

En silencio

La escarcha de la fría noche ocultaba las letras tras el cristal de aquella ventana donde no entraba la luz.

El ambiente era enrarecido por lo inusual. Los olores, que el resto del año eran tenues, se notaban mucho más. Fragancias a flores recién sacadas del agua de serones, que chorreaban aún de su último exilio.

Las calles de aquella ciudad en blancos, negros y grises, se contagiaban del color vivo y perfumado que los visitantes trajeron y colocaron, a modo de presente, en las puertas de los moradores de aquél lugar que se presentaba triste. En sus esquinas, reencuentros, abrazos, apretones de manos, besos... Miradas que se alegraban de encontrar respuestas ante tanta mudez; transeúntes que dejaban de buscar números, nombres, letreros, para detenerse en afable y corto saludo -quizás una añorada conversación- allá donde daban vueltas, enmudecidos por el recuerdo.

En la distancia se oían campanas, que por su sonido se adivinaban pequeñas, anunciando el momento de marchar.

Como si alguien hubiera puesto fin a la visita sin mediar palabra, todos los que caminaban embebidos en pensamientos, deambulando mirando aquellas diminutas portadas; los que disfrutaban de una sosegada charla con quienes la casualidad del instante pusieron en su camino; aquellos que se encontraban despidiéndose con la melancolía por adiós, retomaron sus pasos sin prisas hacia los callejones adyacentes, buscando salir de la tácita ciudadela.


Tañían, que no repicaban. Sonaban a respeto, que no celebraban. Marcaban el momento aquellos entristecidos bronces de retomar la paz de los momentos, el sosiego que restaban aquellos pasos que sonaban a luto. Clamaban, en golpes casi sin eco, el descanso que el latir de los corazones que allí se reunieron no permitían; tambores acelerados por los sentimientos.

Campanas que tocaban los muertos, anhelando de nuevo los silencios de sus días eternos. 

Los caminos, ya casi vacíos, se vestían de hojas secas; tonos yertos que se revolvían entre sí, llevados sin rumbo cierto por el único visitante que aparecía sin importarle los horarios: el viento. Gélido, sin afecto, sin prisas. Como aquellos huesos guardados tras las escuetas  portezuelas, las minúsculas balconadas, las grandes mansiones de mármoles donde la vida se resiente más que se siente. 


En aquél lugar, donde los vivos creen que moran los muertos, y los muertos saben que será el postrer hogar de aquellos vivos, la quietud se apoderaba de cada rincón. Tintineaban, como nerviosos, los vasos metalizados repletos de la vitalidad de los sentidos que los habitantes del lugar ya no podían disfrutar. Ramos de melancolías como resignados saludos que, en esta vida, ya no se volverán a dar. Paredes pintadas de blanco refulgente que los propietarios de aquellas casas para siempre no se enorgulleceran de presenciar. La vitalidad de lo inerte.

El camposanto quedaba desierto en la tarde del dos de noviembre. La calma profunda, el sol rendido por las horas, el castañeteo de alguna escalera de mano mal colocada dando con la pared, el trinar nervioso de los pájaros sobrevolando el marmóreo dormitorio de los sueños perpétuos, las voces lejanas de los rezagados... Todo quedaba en recuerdos aquél Día de la Memoria.

Un chirrido que sonaba a despedida se hizo presente en el turbador silencio. La enorme puerta negra de herrajería que daba acceso al lúgubre lugar, se entornaba. Un terrible sonido, que se asemejaba como si algo enorme cayese a plomo, terminó por ofrecer al interior del recinto la imagen desolada de lo que allí se guardaba entre maderas, cemento y pulidas piedras. 

Los arrullos del aire entre las ramas de los cipreses, que sombreaban las calles que colindaban; el maullido inconsolable de algún gato y la luz perdiéndose entre las tristes murallas, eran la escena misma de una de las tétricas leyendas de Bécquer.

Pasó el Día de los difuntos. Los renovados aromas, las impecables parcelas de la muerte, se cubren con el velo de la noche que va cegando la luz de esa jornada. Y mientras la última alma que respiraba cerraba la quejumbrosa verja metálica de la inhóspita y mortecina alameda, ante la oscura visión pensaba qué cruel y retorcida es la vida, que en ese mismo instante le mostraba cómo sería ese último segundo donde, tras cerrar los ojos, todo quedaría en sepulcral silencio. 

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lunes, 27 de octubre de 2014

Hojas




Miraba, sin ocuparme mucho en el entorno, hacia el suelo que el otoño había empezado a alfombrar de apergaminada hojarasca, tiñendo de marrones el gris acerado y el verde césped de los parques.

La mañana, fresca, era tranquila y transcurría pausada con un agradable olor a plantas regadas por el rocío de una madrugada húmeda. Disfrutaba de ella en tanto deambulaba en busca del beso reconfortante de un café vespertino.

Pisaba con gusto aquél tapiz que la naturaleza dejó a mis pies, mientras a mi alrededor seguían lloviendo hojas sin cesar, creando una reconfortante visión que rememoraban años ya perdidos en los calendarios. Caían al suelo avejentadas, rotas, por haber luchado más de la cuenta. 

En ese campo de batalla se contaban por cientos los muertos que, otrora, resistieron con entereza las embestidas de las tropas meteorológicas. El viento, como queriendo comprobar si había hecho bien su trabajo, removía la maltrecha fronda perecida y dispersaba su victoria entre las callejuelas adyacentes.

Al elevar la mirada, las ramas de la arboleda se veían huérfanas, tristes incluso. Madres sin hijos que añoraban sus caricias, que se sentían vacías, que no daban la sombra protectora que con ellos servían. El desolado cuadro era digno de ser enmarcado entre maderas nobles talladas, vestidas con pan de oro y ser expuesta en el mejor museo del mundo.

Era la imagen de una realidad invisible. No se ocultaba, pero era silenciosa su historia. El crepitar del follaje vencido que caía sobre el lecho mortecino desparramado en el suelo, llamaba a conciliar los pensamientos. Mis pasos, lentos y solemnes, quebrando aún más los imposibles huesos de aquellos restos, se alienaban con la apaciguada mañana que conmovía al alma.

En aquél camino vacío, donde la paradoja se hacía presente ante lo vivo y lo yerto, se concitaban en mi mente ideas que dirimían entre lo filosófico y lo espiritual. El fragante aroma de aquél cementerio insospechado, inexistente para muchos a los que las prisas cegaban en lo físico y en lo emocional, hacía elevar mi consciencia hacia un grado desconocido sobre aquello que discurre a nuestro alrededor y apenas observamos; esa vida paralela que no somos capaces siquiera de adivinar, que pasa junto a nosotros muda pero gritando sus gestos en olores y colores.

En mitad de aquella travesía bucólica, acompañado del trinar incansable de gorriones y las últimas golondrinas que aún quedaban, entre lo expirado y el instinto innato de respirar el oxígeno que llenaba todo de vida, encontré mi destino; un pequeño y reconfortante rincón del cuál salía un hipnotizante aroma a grano de café tostado. 

Al entrar observé la estampa quieta de los clientes, sentados, leyendo unos la prensa, otros conversando y el resto solo disfrutando del sosiego ante el deseado manjar líquido. Miré atrás y un breve golpe de aire, algo más gélido de lo que había soportado en todo el trayecto, pareció empujarme al interior del local. 

Pedí un café cortado a un hombre enjuto, entrado en años y con cara de bonachón, que me atendió con una cansada sonrisa, y me dispuse a sentarme en una mesa junto al único ventanal que allí había. 

Apostado en mi asiento, acompañado tan sólo por la indiferencia de cuantos allí habían, mi mente divagó de forma impredecible por un instante, y mi corazón se entristeció tan rápido como aquél pensamiento surgió. Dirigí la mirada desde la amplia cristalera hacia el atento camarero, y examiné sin mucha urgencia aquella estancia.

 "Todos somos hojas" -filosofé. Nuestra existencia pasa inadvertida para la mayoría, aunque nos sintamos especiales en nuestro entorno, ante quienes nos aman. Por mucho que seamos capaces de iluminar, de dar sentido, de hacer vibrar a quienes nos rodean. 

Al sorber el primer trago de aquél néctar negro tintado de leche, suspiré y sonreí con cierta dosis de resignación. Puede que sea triste, quizás a alguien le cause temor, pero es la vida que pide paso para seguir adelante dejando atrás aquello que ya cumplió su misión. 

A fin de cuentas, como dije, también somos hojas, y pasaremos.

domingo, 26 de octubre de 2014

Tiempo regalado (Reflexión en la noche del solsticio de invierno)





El solsticio de invierno llamó a la puerta para recordarnos que el tiempo pasa sin pedir permiso a nadie. En las mentes de todos, aquellas imágenes evocadoras de un insuficiente verano que, a pesar de su cercanía temporal, ya quedaba como parte de un pasado que se iba alejando a pasos agigantados.

La noche se extendió una sola hora más, pero parecía que se alargara como si no tuviese fin. Acaso una cuestión psicológica. Sesenta minutos no podían convertirse en una eternidad, tan sólo eran eso: 3600 segundos. 

Las manillas del reloj pasaban pausadas, sin apresurar demasiado su monótona cadencia; como si haber regresado a la misma posición de hacía cincuenta y nueve minutos no le supusiera un lastre en el camino cuesta arriba en aquella negrura, donde el otoño se hacía adulto.

Una hora más... 

Quizás el tiempo quería proponer algo. Puede que intentara variar lo cotidiano. Incluso darte una lección, o que recuperaras aquello que debías haber realizado regalándote pasos de más -aunque ya estuviesen previstos-, pero casi seguro que no pensabas que fueran destinados a ti. 

A pesar de no querer entenderse, en la paz y soledad que sólo puede ofrecer el cielo enlutado, la historia se reiteraba de nuevo. A las tres de la madrugada, el mundo se revolvió entre las sábanas del sosiego, y el pasado regresó por un momento, queriendo dar la opción de retomar -tras doce movimientos bajo el cristal de la esfera del reloj- cualquier cosa que atrás hubiera quedado, ya sea pendiente o fraguándose en la imaginación.

Sin embargo, ¡ay! Que el tiempo sabe de destinos, de pasados y del momento vívido, pero no conoce al ser humano; que en el instante que quiso otorgar de nuevo la ocasión -para redimir o castigar a modo de repetición- casi todos dormían, sin caer en esa tentación de recuperar lo que el tiempo quiso regalar.


martes, 21 de octubre de 2014

El destino del amor

Dicen que el amor es locura, dolor, alegría, sinsabor, sinrazón, sorpresa, aventura, rebeldía, sosiego, misión, destino, camino, espino, flor. 

Dicen tanto sobre qué es el amor... Qué ingredientes debe condimentarlo y cuáles sobran que le quitan sabor. Qué notas forman, o no, melodía en esa orquesta del corazón. 

Son tan innumerables sus condiciones para que funcione como un contrato por el que se luchó, que se olvidaron preguntarle al mismo amor. 

El amor es algo vivo, sensación, sentimiento, no sólo reglas de comunión. Padece, vibra... ¿Pero quién le avisó? 

Hay quienes piensan que el amor aparece o se esfumó, que juega a ser esquivo, esperanza o perdición. 

Muchos creen que el amor es fiel, sólo por ser amor. Que si se hiere, se muere porque una flecha lo desangró.

Nadie le dijo de su virtud, y se pensaba que era un regalo que alguien se encontró: Un diamante en el trayecto de dos.

El amor es el alma, la promesa, el fervor, la caída, la mano que lo levantó, la caricia, el beso, el verso, la pasión convertida en íntima religión.

El amor es la víctima insospechada que nadie invitó, que se hizo humano para poder morir por su propia razón.

Qué destino más incierto, suspirar por lo que nació: siempre enamorado o sufriendo por amor

miércoles, 15 de octubre de 2014

De los amigos virtuales IV




Puñaladas traperas

Dudaba, pero no... Al final la trilogía se hizo saga, gracias a las sorpresas o al simple devenir de las redes sociales que, sin duda, dan para esto y más.

He comprobado -mejor dicho, corroborado-, cuán ignorantes somos respecto a los que nos complacemos en adoptar como compañeros por este espacio virtual del Facebook, Twitter y demás. 

- "¿¡Ignorante!? ¿¡Me ha llamado ignorante!?"-

¡Pues sí! ¡Ignorante, reitero! 

Sin duda, uno de los fundamentos de estas asociaciones no regladas, que son las redes sociales es compartir. ¡Lo que sea! Pero compartir. Porque ya sabemos que necesitamos darnos a conocer en nuestras múltiples facetas y a varios niveles buscando, casi siempre, el apoyo moral a nuestras percepciones, reivindicaciones, motivaciones y cuantos iones, protones y neutrones hagan falta. 

Empero, más de una vez chocamos con el muro de la discordia. Lo que dimos por sentado, comprensible, sin tacha, sin peros, se desmadeja, se deshilacha, se tambalea... Se trata de "la opinión del otro". Terrible, malintencionada, llena de puntos, sugerencias y preguntas que tratan de desbordar tu planteamiento. Entramos ahí en la zona de los combates escritos

El ring dispuesto (y lo has decorado tú) y eso parece un espectáculo de "Pressing Catch" (¿recuerdan?). Unos a favor, otros en contra y durante la contienda se van eliminando actores (por lo general aburridos de la polémica que, por otro lado, no iniciaron ellos y solo se sumaron por afinidad a cualquiera de las partes). 

En un momento dado, incluso tras haberse podido caldear la discusión ante un debate que, por tu parte, no creías podría organizarse, la batalla cesa. El mágico dedito del "ME GUSTA" surge, de vez en cuando,  a modo de tímido favor, para una u otra, pero sin la intención de meterse en líos. Queda una sensación algo amarga pues, en realidad, aquél mensaje que pretendías dar no ha causado el efecto previsto en su totalidad, pero claro... Son las consecuencias por exponer. Las divergencias son parte de nuestra capacidad para dirimir acerca de lo que creemos correcto o no, de lo que consideramos un imposible o algo posible de realizar, etcétera.

Surge una paz incómoda, sobre todo con quien ha surgido el enfrentamiento de posiciones, y de forma inesperada se enciende una luz roja. Una alarma -que es tu cara sorprendida y congestionada por lo imprevisto-, al ver cómo ese mismo afiliado (ver De los amigos virtuales I y II) ha puesto en público juicio, a espaldas tuya (sin tu expreso conocimiento al menos), tu deliberación personal, aquella que defendiste con ahínco. 

Puede decirse que al plantear algo en una página, muro o cuenta, nada es privado y por tanto no es susceptible de considerarse un "delito de traición a la intimidad", sin embargo sí puede considerarse el hecho de utilizar tus palabras en busca de algún tipo de rédito -cual sea- una puñalada trapera. Una mala jugada de quien, se supone, puede llamarse "amigo" (insisto en las dos primeras partes de esta saga).

Sin dudas es un acto hecho con mala fe, buscando la mofa hacia algo que es personal y debe ser respetado, en cuanto no agreda la racionalidad ni sea una constatada falta hacia la sociedad. Aquí se llega a ese punto donde, de nuevo, se piensa en una nueva limpieza de virus y demás detritus que infectan tus redes y te hacen sentir mal e, incluso, hasta hacerte enfermar (no pocas veces he escuchado a alguno decir que alguien, a través de Facebook o Twitter, le ha dado horrorosos quebraderos de cabeza).

Me planteo. ¿Hasta qué punto puede ser alguien tan ruin como para reírse de ti a tus espaldas? Siendo, además, un cobarde, incapaz de no haber sabido solventar las cosas sin tener que humillarte en su propia cuenta (quizás suene excesivo, pero está bien plasmada la frase). ¿Dónde queda el respeto por el pensamiento ajeno? ¿Quién es capaz, entonces, de dar lecciones? 

Parafraseando a Aquél: "Quien esté libre de falsedades que tire la primera piedra".

domingo, 12 de octubre de 2014

El país avergonzado

A veces leo del triste lugar que se avergüenza de su historia plagada, dicen, de sangre y opresión.

Leo de cuánto mal hicieron aquellos antepasados y hoy sus generaciones futuras van lamiéndose sus heridas, clamando gritos de lucha por la libertad de aquellos que se definen como afectados, renegando de su propia realidad como herederos de esos que abominan.

Observo cómo otros, en sitios más apartados, celebran con orgullo la memoria de lo que hoy son. Muestran con satisfacción lo que aprendieron, no festejan lo malo junto a lo bueno de su ayer, tan sólo lo unen en el diario que durante siglos han ido escribiendo. Reconocen que aquello que fue un error y lo que supuso un acierto no es, sino, algo inherente a su condición nacional, que ha conformado su ser y que el tiempo -sabio y paciente- ha colocado en su estantería correspondiente, señalado con precisión para que se vuelva, o no, a utilizar. ¡Eso es una auténtica memoria histórica!

Hoy, doce de octubre, hay una España que quiere enterrar de una vez lo que es indivisible en ella, porque los años no pueden volver a recuperarse. Somos un país con un pasado inamovible, como cualquiera, pero maleable a las conveniencias ideológicas. Somos una nación pésima que se acompleja de sus símbolos, de su génesis, de sí misma hoy y anteayer. Disfrazamos las verdades, las prostituimos vendiéndolas según creamos, y es tan ruin el lupanar donde las deshonramos, que ante tanta depravación ya no sabemos reconocer la mentira, ni somos capaces de discernir lo cierto.

Hoy es la fiesta del País de Nunca Jamás. Ese lugar existe y es España

Mientras unos ejercerán su patriotismo, su orgullo por ser descendientes de uno de los países que fue envidia de grandes potencias, otros descargaran en gestos y palabras zafias y burlonas todo el peso de la rebelión contra su propia biografía como nación. Así España, una vez más, dará muestras a propios y ajenos de lo poco que nos gusta aprender de los hechos, y de nuestra terca negación a verlos como parte de lo que hoy somos.

Seguiremos alzando banderas que no son sino enseñas del odio (¿Libertad? Que alguien sea capaz de decirme qué colores representa unidad y cuáles confrontación). Seguiremos confundiendo ser español con ser fascista -qué gusta esta palabra-. Seguiremos apoyando revoluciones ajenas que se sustentan en el rencor hacia nosotros mismos, y aún hablan de conquistadores y conquistados. Seguiremos reclamando deudas que debieron enterrarse cuando nos reencontramos como hermanos un seis de diciembre 1978. Seguiremos siendo un país de ofendidos por cualquier cosa que suene a Hispanidad.

Bienvenidos al País de Nunca Jamás, donde los pensamientos no crecen y permanecen ajenos, viviendo en cada uno de nosotros según queramos jugar.

¡VIVA ESPAÑA!


sábado, 11 de octubre de 2014

Un breve instante (recuerdos de mi tierra)

"...sólo se escuchan las campanas de la Iglesia Mayor. Ese primer café...".

Se despertó el sábado con la paz del asueto y el coleteo aún de la movida semana que lo precedió. Era como un desierto sin eco. Un gran y reconfortante vacío de ajetreos tras volver de viaje.

La humeante paz del grano hecho néctar para despertar los sentidos, hipnotizaba con su sinuoso baile sobre el cáliz del que emanaba. El ensordecedor silencio era como una nana que aplacaba, todavía más, el alma dormida del recién resucitado del sueño breve con que la vida nos otorga la quietud necesaria.

La monotonía de los ruidos de la casa -esos que no se suelen escuchar el resto del día-, se acoplaban en plácida sinfonía a la orquesta pausada de aquella mañana sabatina que marcaba los ritmos de su sereno corazón, percusionista incesante que imponía la vitalidad a cada momento.

Las noticias en el papel reciclado la desperezaban, mientras disfrutaba del sonido, que se le antojaba rancio, del pasar de las grandes hojas grisáceas del diario.

Un café, un periódico, una melodía de ruidos caseros, el silencio del resto del mundo y las campanadas desde las torres de la iglesia cercana, como señal inequívoca de una paz que solo su ciudad desde la niñez le podía regalar.


jueves, 9 de octubre de 2014

Morir de amor (Artículo)

Excalibur, ha muerto. Así. El pobre y fiel animal, en previsión de que la desgracia viral africana (una más) empezara a campar entre los sistemas respiratorios españoles, ha sido la víctima cruél y propiciatoria. Por un error -o a saber- de su segura amada dueña, él ha tenido que dar su vida sin saber porqué. Triste destino el tuyo/ amigo fiel de tus amos/ que serviste ejemplo/ para unos u otros humanos.

Y así  es. España, se moviliza contra la muerte del can. Gritos de "¡Asesinos, asesinos!" ante las puertas de la auxiliar de enfermería infectada por la silente enfermedad, ante la imagen de la docilidad, el miedo y la confusión más terrible plasmada en la figura de una criatura con cara de bueno y nombre de terrible tizona. 

Excalibur miraba entre sorprendido y perdido aquellas escenas que rompían la normalidad de su casa. Seres embuchados en ternos que hacían irreconocible su humanidad se alzaban hacia él, extrañado y asustado, para no sabía qué y lo trasladaban a un incierto lugar (¿cuántas veces no se habría metido en otro coche, junto a sus adorados dueños, en busca de algún lugar de asueto y disfrutar con ellos?). 

Tras los barrotes, una vez ya en aquél vehículo desconocido, sus ojos clamaban respuestas ante el desasosiego. Veía personas  gritando desaforadas, escuchaba su nombre coreado y no podía hacer nada. ¿Quienes eran aquellos que parecían recriminarle algo?

Él no lo sabía, pero aquél desconocido animalito, del que sólo sus vecinos, quizás, conocerían su nombre, se convertía en el símbolo de un país. Una nación que se unía a partes, unos para pedir su libertad, otros para que se hiciera lo necesario y, en todo caso, ambas  coincidían en lo terrible de las circunstancias: de nuevo, un inocente pagaba ante lo injusto de una situación que se fue de las manos.

- "Excalibur ha muerto sin sufrir". Las palabras del encargado de dar la noticia,  esperada pero no deseada, no calmaron a nadie. El país entero discernía y discutía sobre lo necesario o no de aquella medida, en tanto la afectada dueña era tratada en un hospital y otros posibles contagiados puestos bajo estricta observación. La rabia de aquellos que solicitaban la revisión y revocación de la condena explotaba en innumerables  bombardeos de indignación.

Han matado a una mascota sin culpa de nada. Y la tristeza inundó España, un país que se desagua por el sumidero de su propia incoherencia. Una vez más, España se dividía: ahora por Excalibur. No. No es sólo un perro, es un ejemplo. Una realidad de hasta qué punto somos unos inconscientes y cómo somos manipulados, adiestrados y organizados por quienes tienen intereses mayores que la vida de nadie (sea humano o animal). Sí, he dicho nadie, no voy a haver diferencias, en este caso, entre hombres y perro.

Mientras se daba la noticia de una profesional que había sucumbido al mismo mal que mató al enfermo que trató, el pánico se hizo presente no ya en España, sino en Europa, y todos acusaban la incapacidad de un Gobierno superado por una situación inesperada. Así, en las redes sociales, se podían leer mensajes ensalzando al desgraciado animal sentenciado y ejecutado, y despellejando al sacerdote fallecido por habernos traído el Ébola

Esa es la visión de parte de este país demagógico. El misionero fallecido por este virus exponía su vida por otras personas en África. Arriesgándose bien por sólo profesar una fe distinta, bien por contraer alguna enfermedad, y en España hay quienes, por el mero hecho de ser sacerdote, lo crucifican en muerte. ¿Banalizo?  Es coherencia y humanidad.

Por desgracia, muchos intereses son los que quieren despistarse en estos momentos, relativos a muchas cuestiones de índole político, social y económico, y ha sido una enfermedad  de fuera de nuestras fronteras la que ha  venido a ayudar a más de uno para ello. 

Las redes no son -valga lo apropiado-inmunes, y sólo hay que leer comentarios y lo despectivo de sus tratamientos para con el padre Miguel. Sólo echar un vistazo para llorar con los pésames de muchos entristecidos e indignados con la muerte de Excalibur. Sólo detenerte un momento para recapacitar sobre la facilidad de infestarnos de otro virus, también callado y ruín, como es el de la insensibilidad moral que nos aqueja.

La muerte de un hombre y un animal me han hecho comprender, más aún, cómo cada vez entiendo menos esta sociedad. 

Tan sólo una reflexión final: En el caso de Excalibur y del padre Miguel, qué curiosa coincidencia, ambos murieron por haber demostrado su amor

lunes, 6 de octubre de 2014

Esperanzas




Oía desde siempre acerca de las miserias de las épocas pasadas. De cuántos inconvenientes pasaron sus padres y abuelos en unos años donde, por desgracia, todo se racionaba. Penurias y hambrunas de posguerra. Sin embargo, partes de aquellas historias se le asemejaban a la realidad que vivía. Un mundo enfrentado por ideologías y con la mismas necesidades básicas de entonces: dinero y pan

Empleado tras una mesa con papeles que no cesaban, sustentaba a su familia con un salario ajustado, muy ajustado. Como parte de la sociedad donde se desenvolvía, soñaba con esos placeres vanos con que el consumismo regalaba los ojos y entusiasmaba corazones. ¿Por qué no iba a darse un capricho él o los suyos?

Caprichos... A eso aspiraba cada primero de mes. A alegrar el deseo de adquisición de su familia. ¿Qué mayor satisfacción que comprar el juguete que sus hijos anhelaban o aquellos zapatos de los que su esposa estaba tan prendada? Un capricho. Sólo eso. ¿A quién hacía daño? ¿No era más bien hacer uso de la famosa cita "trabaja para vivir, no vivas para trabajar"

Su ilusión ante aquellas perspectivas se volvía opaca cuando, tras mirar su cuenta bancaria, contemplaba desasosegado cómo ésta había mermado en apenas horas. Los débitos contraídos, unos por necesidades elementales, otros por haberse dejado llevar por sus anhelos, aparecían en el extracto en papel que un cajero automático le despensó servil y maquiavélico. La realidad entonces tornaba como un gélido aire, capaz de congelar la sangre en sus venas. Caía a plomo la felicidad al suelo y sus ansias por ofrecer un poco de calidad extra en su casa, se esparcían por el aire como aquél trozo de papel de números empequeñecidos con el logotipo del banco. Rotos en minúsculos pedazos, como si aquella acción le liberase de un sortilegio que hubiera provocado su desgracia.

Pensar en aquello le hacía caminar cabizbajo y reflexivo. ¿Qué hacer para solventar tanta angustia basada en su paupérrima economía? Se había desecho, como pudo, de gastos supérfluos. Tuvo la fuerza de voluntad de no hacer compras que, a priori, no fuesen imprescindibles. Se guardaba de hacer salidas ociosas si no había necesidad. Buscó mejores ofertas que rebajasen los costes de aquellas facturas obligatorias. Vendió aquello que consideró moneda de cambio y le proporcionase algún tipo de alivio, ya sea por poseer un capital remanente o tener que abonar algo menos dentro de aquella vorágine insaciable de facturas que clamaban, como jauría hambrienta, inexorable y puntual en cada inicio de una nueva vuelta de hoja en el calendario.

Vivir al día era duro. Sabía que no era el único, que los habían peor que él, pero eso no era consuelo alguno. ¿Quién puede quedarse tranquilo porque otros sufran más que uno mismo? ¿Qué falta de humanidad es esa? En su mente aparecían fugaces escenas con las sonrisas como protagonistas en los rostros de sus hijos. Momentos como grabados en piedra -que nadie pueda borrarlos- donde miraba a los ojos de su mujer, que eran todo un manual de cómo sentirse dichosos. Eran el cuadro perfecto. Ese que mantienes inalterable en el salón de tu casa en un sitio bien visible, del que te sientes orgulloso de tener y mostrar. 

Asomaban al exterior lágrimas de rabia y un dolor infinito. Punzante. Porque en su pesar también cabía la culpa de sentirse responsable de aquella situación. El coraje de no haber podido ofrecer nada mejor. Se creía, no un fracasado, pero sí un desnatado de la vida, que no aportaba más que agua para suplir lo que en realidad hacía falta. Durante las noches perdía su mirada en el zaino paisaje que abarcaba la inmensidad de lo insondable, y dejaba su mente en blanco. Era como escapar de la realidad, aunque era consciente que tras las cortinas que ocultaban su terraza del resto de la casa, todo seguía igual. Aire fresco para una mente caldeada.

Pero los días transcurrirían, se harían mil malabarismos sobre la cuerda floja de lo cotidiano para poder llegar al otro extremo sin caer y no romperse la crisma. Se conjurarían momentos donde las risas se aliarían con las circunstancias en algúna ocasión, y cualquier problema quedaría en el olvido, al menos, durante unas horas. Llegarían visitas, noticias, sorpresas, que levantarían el espíritu o lo harían removerse del apoltronado penar de a diario. De nuevo esperaría a ese primero de mes. Otra vez más. Con ingente cantidad de cuentas hechas, aguardaría paciente que las luces de aquella tragaperras que era su cuenta corriente, dejara de alumbrarse por el desconsolado rojo y lo apabullara con los colores de felicidad del papel moneda.

La ruleta de la vida sigue. Es insistente y nosotros somos empedernidos jugadores, aunque hayamos perdido todo jugando en ella. A pesar de no tener más ganas de hacerla girar. La rueda del destino no deja de dar vueltas. Puede que tengamos que respirar hondo y ser positivos, quizás así se detenga en una casilla afortunada. Empujarla con desgana o con poca fe es hacer que casi no se mueva de allí donde ya se encuentra detenida y, para nuestro mal, tenemos que volver a jugar con las mismas penas.

En su aparente normalidad, solventando a duras penas los problemas que se generaban día tras día, seguía esperando poder alcanzar algo nuevo alguna vez y, sin duda, a pesar de todo, como fuera y en cualquier situación, disfrutar de aquellas sonrisas y esos ojos -compendios de la felicidad- que le hacían seguir avanzando aún con el lodo de las contrariedades hasta la cuello.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Relojes macarenos

 Se venden relojes macarenos. ¡Sí, sí! Relojes macarenos que marcan las horas en las hojas de mariquillas esmeraldas del tiempo.

La Macarena en punto/ anota el reloj/ y el ángel del Señor, en macarena hora llegó/ anunciándose a la Madre de Dios.



Relojes que marcan el sentimiento, de blanca esfera, y el soniquete de su segundero suena a  Pasa la Virgen Macarena

Correa de verde asidero que se agarra a tu pulso que rápido se acelera, sintiendo en cada latido tambores de Salteras sonando por calle Feria.


Son las macarenas horas. El cronómetro indica el compás al ritmo del cairel que suena, marcando el tiempo con andares de alpargata costalera.

Relojes macarenos en artísticas muñecas de cornetas que abren sus llaves y cierran. Algodones blancos de la Roma macarena.



¡Se venden relojes! Pregonan sus colores que hablan de la Esperanza en un río de corazones que la buscan de madrugada.

¡Llegó el momento, señores! Mirad las manillas que las horas rezan y señalan las doce y Macarena en las puertas de un barrio que su nombre lleva.


¡Se venden relojes macarenos! Sin pila, sin cuerda. Que son innecesarias. Que es tu mirada, Señora de la Resolana,  lo único que hace falta. 


España es...



Acudimos a lo inédito en un país que siempre tuvo un virus que lograba enfermarlo. El virus de las conveniencias, de los rencores, de los mártires falseados que se agarraban en una cruz con clavos de goma. Una infección que generaba llagas que terminaban purulentas, malolientes, dolorosas...

Una de las naciones más antiguas de Europa, a día de hoy, cuando sus deberes de geografía, lengua y conocimiento del medio ya debían estar   hechos, resulta que sigue dejándolos para no sabe cuándo. España es, a mi modo de ver, un quiero y no me dejan ser. 

Con una Carta Magna, aprobada por la unanimidad de los representantes del Pueblo, hace sólo 36 años (es decir, ayer), los sucesores de aquellos que la confirmaron en pos de una paz y solidaridad nacional, dicen ahora que no vale. Que tras cuatro décadas es conveniente modificarla porque, según dicen, hay partes de su articulado que ha quedado obsoleto

No se... No veo tanta diferencia de aquella España a esta. ¿La hay? Bueno sí, en aquél momento de tensión nacional todos remaron hacia el mismo lado. Ahora, cada uno boga según le convenga.

España es un gran jardín al que van quedándole escasas flores, y le han crecido espinosos cardos borriqueros. Una planta fea, molesta, que se arranca porque estorba para poder asentarse con la placidez necesaria sin tener que pincharte. No hay más. No tiene mayor argumento: no da fragancia, su leve atractivo es mero encubrimiento y aparece incómodamente.

España, es caldo que se agria con las especias de aquellos que se dicen cocineros y tan sólo son cocinillas. Listillos que creen saber de recetas y medidas pero que, en realidad, sólo se dedican a mover el cucharón en la olla y, de cuando en cuando, a saborear el amargo aguachirri que han preparado con sus malas artes.

España es un país sin un cerebro lúcido que la gobierne, pero con muchas cabezas, y sobre éstas cabellos viperinos que parecen hacer padecer de una caspa asquerosa.

¿Qué es España? España es la prostituta de muchos que quieren utilizarla a su antojo, cometiendo con ella los más impuros actos, aprovecharse de lo que ella pueda ofrecer y reírse mientras la humillan sin que ésta se defienda por mor de no ser, encima, apaleada. 

-"¿Y no la defiende nadie?"-

¡Claro que sí! Pero son llamados hijos de España ¡De España! ¿Te das cuenta? ¿Has visto que he dicho que es España? Y sus vástagos son insultados por serlo. 

España. Ese país dolorido de palos, que sirve de piñata a niños perversos que levantan de sus ojos tapados parte del trapo que los cubre, para asegurarse el golpe certero que la rompa, que la corrompa, que la dañe al menos y deje caer algún caramelo que endulce la hiel que destilan sus bocas.

España... Ese lugar donde se multiplican las divisiones, donde se restan las sumas y nunca salen las cuentas.

Triste presente de un pasado de luces que se conduce a un futuro tortuoso.

sábado, 27 de septiembre de 2014

De los amigos virtuales III





Puede parecer absurdo, sin embargo,  también las redes tienen su punto psicológico. Esa medida introspectiva, reflexiva y hasta curativa que permite cierto desahogo. No se trata sino buscar ese equilibrio entre lo que se piensa y lo que se calla. 

-¿No es lo mismo?

¡No! A veces pensamos lo que callamos, y las tripas se nos revuelven porque, a saber los motivos, no podemos, no queremos, no nos atrevemos, no nos decidimos a expresar con libertad ese pensamiento. 

Otras callamos sin más. Sin pensar siquiera. Es como una conducta zombificada. Ocurre mucho en los idearios políticos. Nos hacemos tan afines a unas siglas/ideologías que se anulan nuestros auténticas voces interiores, esas que nos dicen: "No. No tiene razón. No tienes por qué aceptar lo que dice". Estamos tan absorbidos mentalmente por los planteamientos y posicionamientos que, aunque observemos un error, una falta, una mala jugada, la apoyamos sin más porque "es lo que exponen/hacen los que piensan como yo"

Se tira Pepito al pozo, y tú vas tras Pepito.

Así Facebook -sin perder el hilo- ofrece una mayor libertad al poder explayarte sin límites de letras, y aquello que quieres decir a muchos lo puedes hacer sin problemas (aunque después no te lea nadie. Es mera satisfacción poder hacerlo). Sin embargo, Twitter, te hace ser directo, nada de perderte en filosofar: te resta palabras, pero otorga precisión

Ayer un amigo comentaba sobre el aire tontuno que le entra a más de uno al leer alguna entrada donde, alguno de sus "afiliados", expresa un pesar. Aparece una mosca Tse-Tse (de esas que te aflojan y te dejan como un muermo), y das gracias a Facebook por ser tan interactivo y dejar que otros limen esas penas. Nosotros, con darle al dedito mágico del "ME GUSTA" un poco más tarde ya hemos cumplido. Eso me hizo pensar acerca de esta capacidad de ayuda que puede ofrecer las redes.

Mi amigo, finalmente, terminó por recapacitar aquello que ya expuse por aquí una vez en #Delosamigosvirtuales "No todos los que te agregaron o agregaste son amigos, en ocasiones tan sólo son eso... Agregados, afiliados".

La función de autoayuda de Facebook terminó apareciendo, finalmente, en comentarios donde animaban a este buen compañero a olvidarse del mal trago provocado, no ya sólo por aquello que le aturdía y decidió darlo a conocer en su muro, sino de la amarga cata al saborear las hieles del pasotismo de los supuestos amigos del espacio internet.

Una vez más, esto del ciberamiguismo ha dado de sí y ha logrado esta tercera secuela #Delosamigosvirtuales. ¿Habrá una cuarta entrega? 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Estrofa de SE VENDE ALMA

Poema para VERSOS EN EL AIRE III. Elegido para su publicación

Se vende alma. Se vende sin corazón, que de ese músculo la sangre se envenenó. Del corazón su peso equivale según por lo que latió, que si lo hizo por maldades su valor se devaluó. Así el alma vale lo mismo que aprendió; si la lección no aprobó su castigo es seguir vagando buscando la redención. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

¡Adiós, CETOF, adiós! (en San Fernando)

Como si fuesen pequeñas punzadas desde inesperados aguijones. Una pequeña heridita, un escozor, una hinchazón y, o bien te ponen 80 miligramos de Urbason y un Polaramine, o terminas hospitalizado por intoxicación. Y si va a más, a la UCI. 

Pues así, picadura a picadura, va agonizando aquella Isla que muchos conocimos en un apogeo militar y, si no turístico, cuanto menos aprovechando para hacer caja de aquellas juras de bandera, aquellas nuevas remesas de imberbes servidores de la Patria, aquellos desfiles extraordinarios en la Pascua militar, en el Corpus... Las salidas de los liberados militares que buscaban diversión en las discotecas y salas de ocio isleñas -que existían-. Los lepantos y uniformes de gala los domingos... 

Aquél San Fernando está hoy en coma, y esperemos que reversible. Hay datos de mejoras cuando se ha comprobado cómo durante el verano las terrazas se han llenado, las calles se han visto ocupadas de gentes de La Isla que han regresado a respirarla, de nuevos visitantes que se han acercado atraídos por Cádiz y su bahía, otros que han querido participar de eventos de nuevos emprendedores isleños que han pretendido revitalizar nuestra ciudad a través de sus ideas. Pero esto son tormentas de verano. "¡Ah! ¿Pero las tormentas en verano no son inconvenientes?" Mire usté, qué quiere que le diga, pero el agua nunca está de más.

Pasó el verano con sus tormentas de agua bendita, y nos llega el otoño. Gris, inestable, donde lo que antes era verde se seca, y donde sus lluvias suelen molestar más por intermitentes que contínuas, poniéndonos los coches como si tuvieran un sarampión de tierra.
Con el período de la nostalgia poética por excelencia acabado de entrar por las puertas, el primer verso triste de esta elegía que es la misma Isla de León:

"En tu entramado paraje/ de esteros y  vírgenes ramajes/ quieren arrancarte, CETOF/ cometiendo un ultraje".

De aquella ascendida villa a ciudad, donde de sus astilleros nacieron barcos y artistas que hasta sacras tallas realizaron, hoy, como aquella devoción franciscana, sólo queda expiraciónSilencio si acaso, de aquella historia que grita a oídos sordos. Extertores de moribundo que de vez en cuando se le oxigena para alargarle un poco más su agónica existencia.

Aún en mi memoria, aquellos -muchos de los que hoy reclaman por una Isla viva- que en su fervor ideológico apostillaban sobre la necesidad de echar a los militares, de colonizar aquellos suelos para el pueblo sin galones. 

Se fueron... Se los llevaron, al fin. Aquellas porciones de terrenos quedaron liberadas -en teoría- de la avasalladora y ocupante soldadesca (la misma que en el siglo XVIII se instaló creando, es así, riqueza en una tierra de recreos para los capitalinos vecinos). Ahora qué... Ahora toca el pulso de las administraciones públicas con las de Defensa para hacer acopio. Y una vez se haga, crear una nueva forma de fomentar riqueza para la insostenible situación. Pero mientras...

Se quieren llevar el CETOF-2. Ya, de los escasos recursos que nos quedan como población militarizada y, aunque esa palabra suene a invasión, la militarización de mi pueblo siempre sonó a algo intrínseco, algo de aquí. Desde las redes, algunos movimientos políticos y sociales, desde aquellos que saben qué repercusión positiva conlleva este Centro de Formación militar, se llama a que nos movamos, que apoyemos su permanencia cuanto menos, porque es positivo para La Isla.

No podemos afectarnos por ideologías coloristas porque, al final, todos queremos una ciudad pujante, con turismo, inversiones, saneada, viva -insisto en ello-, y la marcha de instituciones y la escasa involucración de empresas no hace sino dejarnos muchos  solares inútiles. 

No debemos, pañuelo en mano -no se sabe muy si despidiéndonos o rindiéndonos- decir: "¡Adiós, CETOF, adiós!"


domingo, 21 de septiembre de 2014

De los amigos virtuales (II)




Porque sí. Porque ayer descubrí que Facebook o Twitter me dan para escribir. Así que, quien se aburra, que lea o siga bajando y subiendo la página de su perfil, algo más interesante hallará.

Hoy me he fijado acerca de lo difícil que es hacer caso omiso a esos afiliados que ayer decía (por nombre común, "amigos" o "agregados"). Sí, es muy complicado. Justo por eso que argumentaba ayer: por lo de mostrarse abierto y sincero. 

Por norma general, uno se cree tolerante, heterogéneo, activista de la verdad (¿qué es eso?) y adalid del "buen facer". 

Por norma... Sin embargo, siempre tenemos algún "elemento díscolo" en nuestras páginas. El acento que incide sobre la letra que matiza la palabra. Esa astillita que termina por hacerte sangrar y sacar lo peor de ti. A veces, lo que suben en sus muros nuestros afiliados chocan de lleno con nuestras razones, ya sean por divergencias políticas, desencuentros sobre los gustos ociosos, culturales, sociales... Y no puedes con eso.

La primera vez que lees algo de algún adjuntado que te llama tanto la atención como para que se te revuelvan los ojos, no das fe de ello. La lectura se hace insoportable y hasta indignante, pero piensas: -"¿Para qué voy a pasar un mal rato contestando si sé que no va a ceder en lo que ha dicho?"- Y pasas. Mejor así.

Tu vida discurre según los días, las sorpresas, los disgustos, la monotonía, las novedades... Pero te paras a ver qué se hornea en los hornos cotillas de las redes y... ¡Sorpresa! Un nuevo comentario con el que no estás para nada conforme. Aquí, que te pilla algo más entonado y dispuesto, sí respondes. Te da igual si te contestan o si te descubres como contrario a otras ideas y pensamientos con los que no comulgas. Y hete ahí, metido en una guerra de posiciones.

La indignación crece, el recelo también y te planteas poner fin antes de que la mala idea corroa tu sangre. Pero no. Siguen subiendo otros comentarios, la mayoría concuerdan con aquello que no aceptas, y te sale esa vena rabiosa que sólo se asoma cuando te han tocado demasiado las narices. Te has metido solito en una batalla de final incierto donde, pierda quien pierda, cada uno seguirá "llevando la razón" (y perder la batalla significa bien abandonar, bien ceder y, en principio, no contemplas ninguna de las dos posibilidades).

Si la discusión es política, piensas cómo puede haber gente tan ciega e intransigente. Si es futbolística -porque de otro deporte...- llegan los insultos. Si es de cualquier otra cosa intentas, por activa y pasiva, hacer valer y comprender tus motivos, aguardando la claudicación de tu opositor. 

Nada... Las palabras se hacen adultas y, como tales, se pierden en trivialidades (así es el adulto, da mil vueltas, no como el niño que directamente te dice qué quiere). Tiras y aflojas. Das carrete y lo sueltas, pero no pican. Intentas cambiar de cebo, pero tampoco hay suerte. Pretendes empatizar con psicología inversa (haciendo creer que puedes llegar a considerar sus argumentos). No hay acuerdo. Cada uno tira de la cuerda para él, y ésta se tensa hasta lo indecible.

Al final, claro está, la soga cede y se rompe. Caída de culo y tablas en la partida. 

¿¡Tablas!? ¡No, perdona! No existen tablas. Se crea un estado intermedio equivalente a un empate técnico, pero cada jugador quiere anotarse algún punto:

-"Yo no he cedido"- Uno. -"Lo he dejado bien claro"- El otro. 

Con seguridad evitarás un encontronazo similar para una próxima ocasión. No te has sabido perdedor, desde luego tampoco ganador, y notas un escozor que resulta molesto porque, al final, sabes que no has logrado ni refutar, ni modificar, ni tan siquiera una leve contrición a través de tus exposiciones. En el fondo, sientes que te han escaldado y te da más coraje.

Moraleja: Para defender lo que crees justo no siempre es necesaria una contienda. No vas a cambiar el pensamiento ajeno con una discusión en la distancia.

viernes, 19 de septiembre de 2014

De los amigos virtuales

Reconozco que Facebook es plataforma interesante. Rienda suelta a lo que quieras (aunque esa libertad sea criticada después por quien te tiene agregado, por exceso de "carajoturas" básicamente).

Puedes exponer tus pareceres (con la lógica consecuencia sobre tus palabras), expresarte sin cortapisas de quien pueda refutar tus palabras, ideas, opiniones... (Si bien es cierto que el estímulo-respuesta en la red puede ser alarmante por su rapidez). 

Es decir, Facebook -como Twitter- es un estrado creado para compartir experiencias, al que unes amigos (entiéndase por estos a cualquier persona a la que consideres cercana, aunque no la conozcas en persona). Sin embargo, estos mismos, tras mostrarte sincera y genuinamente, empiezan a contemplar la opción de despellejarte. Al principio entre bromas, después llamándote por el nombre de tu denei y, al final, usando la tercera persona para crear frases indirectas que, directas, se refieren a ti. Desde ahí, te has convertido en el pesado, aburrido, inconsistente y antítesis de todo lo que tu "amigo" (desde ahora "afiliado") considera desea para su grupo de seguidores. O sea, eres ese ser repulsivo, petulante, banal y molesto (porque, además, le mandas peticiones para el Candy Crush Saga o el Pet Saga) que jamás querría tener en su perfil. 

Un día, al leer las novedades de tus afiliados -también los tienes, claro- ves un mensaje, de esos que te suenan a vengativo y rencoroso hacia no sabes quién, y que amenaza con "hacer limpia" en su muro (de quien sea) y tú, inocente y vago, no lees los comentarios afectos a tal publicación. Cuando pasan unos días y quieres etiquetar a esa persona en una fotografía de hace años, encontrada de forma casual entre mil papeles que guardabas (de esas que te hacían creer que tenías una honda relación), te sorprendes que, al escribir su nombre, no aparece de forma espontánea -señal inequívoca de vuestra común unión en las redes sociales-, y piensas... -"¡Anda!"-

Eras tú. Aquellas palabras enojadas iban por ti también. Por lógica rencorosa haces lo mismo. ¿Qué vas hacer con alguien que no te quiere entre sus afiliados? ¡Nada! A partir de ahí te preguntas "por qué", "cuándo"... En fin esas cosas del misterio de la mente humana. Quizás, ese ex-amigo hasta te evite si llegáis a coincidir en alguna reunión o en un paseo cualquiera.

Podría pensarse que las redes han desarmado una amistad, a lo mejor antigua, pero no... Aquella diversión donde mostrarte natural, sin dudas ante el beneplácito de tu, otrora, amigos de siempre, ha pasado a ser una guillotina virtual, o un cubo de basuras de igual índole. Has descubierto lo poco que tus amigos y tú os conocíais. Tan poco, que cuando te has mostrado, no sólo no han respetado tu forma de ser y ver las cosas, si no que, encima, te has caído con todo el equipo (para ellos). Sólo por ser tú.

Moraleja: Deja que las redes vean sólo lo justo, siempre puedes dejar el resto para quien de verdad te estima.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

El pescador de Triana

Apostado en el pantalán se disponía como cada mañana a echar su caña, a la espera, o no, de pescar alguna pieza. 

Su imagen en mitad de las pausadas aguas del Guadalquivir, ese espejo donde se miran las hermanas Sevilla y Triana, se había hecho habitual para los comunes a caminar o pasar temprano por la zona. La estampa, no por común, era bucólica, bohemia diría. La de un quiénsabequién que despachaba sus amaneceres en la soledad de un río, entre dos mundos ajetreados y enfrentados por su orgullo de patria chica. Allí estaba. Nadie sabía cuando llegaba ni cuando se iba, tan sólo aparecía y desaparecía, dejando aquél estrado sobre el verde tapiz -alfombra de lujo para admirar Sevilla- desangelado cuando marchaba.

Del hilo que se hundía en aquél remanso de paz nada se conocía, como del pescador. No había campanilla que hablase y despejara la duda sobre qué habría sumergido en la calma que se aparentaba; sólo el cuadro que algún pintor de aquella Sevilla maestra en el barroquismo hubiera plasmado, sin duda, en un lienzo con colores pasteles y melancólicos, con el marco eterno de la ciudad que no quiere dejar de ser la bella embaucadora.

Desde lo lejos, sobre la placidez del puente que da a elegir entre la urbe y el barrio de Los Remedios, se contempla la quietud de una parte de la ciudad que permanece oculta al lado de su propio suelo, pero bajo sus prisas. Allí donde huye quien busca perderse: "No me busques por Triana / ni pretendas encontrarme por Sevilla, / que en los arrullos del río / quiero perder el sentío"

En tal ausencia parecía encontrarse el pescador. Absorto, inmóvil a grandes ratos -como si fuera la misma estatua de Mozart que da la bienvenida a la teatral Maestranza-. Con hechuras de mimo, en su función cotidiana por las calles Sierpes, Tetuán o por la catedralicia avenida de la Constitución, representando la verdad, la ironía y la tristeza de la vida misma. Artista, el pescador, del celo inamovible que requiere la virtud de la paciencia.

En la atalaya se encuentra. En el suelo yerto que yace sobre el lecho húmedo que susurra poesía en sus incipientes oleajes de mar chico. Sobre aquél tálamo donde se pierde la noción del tiempo, anclado entre dos niñas tramposas que te roban el corazón si entre ellas paseas, reposa sosegado, ajeno, perdido bajo el ramaje de la arboleda, con el misterio de su presencia silente y puntual, el pescador de Triana.

(Imagen de Lorena Limón)


martes, 16 de septiembre de 2014

El incurable virus "Pisha"

Es un hecho que en mi Cádiz natal eso de que te digan pisha o cohone sea tan natural como el genérico quillo. Es, a pesar de su poca poesía, la aquiesencia del gaditano de a pie, de ese que es espontáneo hablando y considera esas expresiones como algo inherente a su forma de ser.

Ser gaditano más allá de la frontera de sus mares (basta con pasar el peaje de Las Cabezas y, a veces, hasta el extinto de Jerez) para que, una vez conocida su procedencia, los que le reciban en el destino le identifiquen como "el pisha", cosa que, a priori, hace gracia e incluso honra. 

La idiosincracia del gaditano es de natural abierta, y poco dada a ser considerada como sectaria. Perderse en las calles de la ciudad durante los carnavales -por poner un ejemplo recurrente- lo corrobora. Nadie te mira, ni te señala, ni se preocupa en pensar que no eres parte de aquello. Te contagias de ese virus que se llama Cai -o Cadi, si eres algo más purista-. Adquieres, sin saber cómo, ese deje, esas expresiones lingüísticas, que forman parte de esa afectación adquirida: la gaditanitis
En tu vocabulario oriundo se agregan, como parte de esa invasión viral, palabras que te hacen sentir uno con el resto de contagiados -sean inoculados de cuna, o no-.  

Igual pasa si no estás en Cádiz pero te acercas a uno de sus paisanos. Ese bichito está dentro de él, y se transmite por la sonrisa. Notarás que decir "pisha", hablar como si conocieras su ciudad -aunque sólo hayas ido a pasar un día-, sus playas, sus rincones, ¡hasta de su equipo de fútbol! será tan natural como si fueras gaditano. Es irremediable. ¡Estás infectado! Nunca dejarás de ser de donde eres sin esa enfermedad (bien de Sevilla, Madrid o La Coruña), pero no podrás evitar sentirte trastocado por ese germen. Necesitarás tomar el bálsamo de sus aguas, asirte al oxígeno que emana de las bombas de sus aires, inyectarte la sal de sus gentes, y reposar en la almohada de sus arenas.

Se dice -y ya se toma eso para cualquier lugar del que te sientas prendado- que el gaditano nace donde le da la gana, atendiendo a ese espíritu de acogimiento sin mirar denei alguno, y puede que hayan casos donde no sea así, pero habrá que reconocer que no es algo común. Pasas a convertirte, por infectación, en un pisha más. Sin quererlo, sin buscarlo, sin saberlo.

Para el foráneo más perdido, pisha es un vocablo horroroso, carente de gusto, irrespetuoso, procaz y susceptible de ser evitado por otra formula menos soez. Sin  embargo para el vernáculo, para los adoptados de esta tierra, para sus ahijados, pisha no es sino el apelativo más cariñoso que un gaditano puede dar y tener, tanto que nadie se sentirá ofendido al ser referido así, ya sea como sujeto de la oración o como exclamación -sí, porque esta palabrita es multifuncional-. Pisha es el coloquialismo en grado sumo.

Hay quienes, aún siendo de la tierra, este palabro le parece inapropiado, pues no entra dentro de los parámetros estéticos del lenguaje. Y qué digo... ¡Que tienen razón! Pero eso es lo que distingue al gaditano: sus parámetros son muy personales, tanto que, como se suele decir, "lo siento pisha, no todo el mundo puede ser de Cadi", y esto no es sino que no todos pueden llegar a comprender su particular forma de ver las cosas, y quien conozca Cádiz y a su gente sabrá de lo que hablo.

Así pues... Nos vemos pisha, porque esto no tiene cura



jueves, 14 de agosto de 2014

El viaje




Era la primera vez que se enfrentaba a un viaje así. Había conocido muchos sitios, pero siempre movido por su inquietud. En esta ocasión salía de su rutina en la que hacía tiempo llevaba inmerso, impuesta por las lógicas visicitudes que le acaecían por su edad algo avanzada.

No necesitaría mucho equipaje. Total, estaba acostumbrado a la aventura de una salida inesperada; se consideraba un transeúnte del mundo, un superviviente ante lo inesperado. El recuerdo de otros momentos recogió en sus labios el mágico y placebo efecto de una sonrisa.

En la habitación, recogida con mimo, se adivinaba una gran paz. El haz de luz que se regodeaba en aparecer exultante por el gran ventanal anunciaba el regalo de un día brillante. 

Revisaba con expectación infantil la calle, aunque desde aquella estancia no habían unas vistas excelentes, ni tan siquiera buenas, pero le gustaba asomarse y disfrutar del escaso paisaje.

La espera se hacía tediosa, sin embargo causaba en él una inusitada curiosidad que hacía bastante no tenía. El viaje, no por previsto, era todo un misterio. Nadie le comentó nada del destino, tan solo una insinuación hecha a través de un amigo -antiguo compañero en el servicio militar que se ordenó sacerdote- le sugirió una travesía emocionante.

Sentado a los pies de su cama divagaba, como solía hacer acerca de todo y sobre nada en particular. Su universo en los últimos años se había convertido en un estado filosófico que sopesaba cualquier información que le llegase. Suponía que sería cosa de sus años. 

Soportando el hastío cerró los ojos, rememorando momentos pasados.

Un sopor le invadió y las escenas se hacían vívidas. Era como ver anuncios en la televisión, escasos momentos y mucha información. Regresaban en aquel sueño incluso olores, fragancias de otros tiempos. De su etapa más feliz las imágenes parecían detenerse, y creía captar gestos, palabras, que en su momento no observó.

Algunas estampas entristecidas también aparecían insertas en ese álbum imaginario de su ensoñación, una espiral de penas y lamentos. Le pareció aquello un etéreo confesionario y sintió la necesidad de ser perdonado. Sus ojos se enjugaban de lágrimas ante lo que veía; reconocía lugares, personas, sentimientos... ¡Sentimientos!  Por un momento dudó sobre si dormía o no. Eran tan reales aquellas escenas que le embargó una gran inquietud. La pesadilla era inenarrable, como si le pincharan en el corazón; sentía un dolor difícil de explicar.

En aquél sueño del que se envolvió aparecieron personajes de su vida que ya  hacía tiempo dejaron este valle. Ante él se revelaban vivencias pretéritas que le hacían suspirar; amigos del alma que se quedaron en ella cuando partieron al viaje sin regreso; vecinos de su infancia, familiares que lo adoraban, su primer amor... ¡Ay, ella!

La melancolía se hizo presente y dejó la huella de un pensamiento en blanco, ese que aparece cuando tanto nos evadimos que hasta el juicio se disipa.

Cuántas impresiones en sólo un instante. Salvo el temor. El miedo no hizo acto de presencia en aquél curioso collage de emociones. El inesperado recorrido onírico parecía ser algo así como un contrapeso. Daba la impresión de haber logrado algún tipo de  equidad. Como si se hubiese aligerado su existencia.

Abrió sus ojos y con recelo volvió su mirada hacia el luminoso tragaluz. Pensó cuán molesta era aquella enorme claridad que, de repente, se había adueñado toda la habitación. Cuando sus pupilas se hicieron a ella, notó que, en realidad, apenas le aturdía. Había sido sólo la sensación, el acto reflejo de protegerse ante la luminosidad tras lo oscuro.

Unos segundos de aturdimiento y repasó lo que su vista alcanzaba. Al posarla en la cama donde se hallaba sentado, una mueca de horror asomó a su cara; su piel se tornó pálida. Allí, donde estaba descansando, se vio moribundo. Un suspiro desde su boca sonó a despedida. 

Como si de una ola enfurecida que nos atropella  inesperada en la playa se tratase, todo giró a su alrededor con vehemencia. En aquella sala, otrora vacía, se congregaban sus familiares más próximos, mientras que su el sacerdote, su compañero, le colocaba en sus labios un negro crucifijo para que lo besara.

La visión de aquella escena dramática le conmocionó. En el viaje que iba a emprender no había billete de retorno. Le brotaron lágrimas. Qué extraño todo. 

Tuvo la necesidad de despedirse de cuantos lo acompañaban, pero supo que sería inútil. Aún con los dolores que lo habían postergado al confinamiento, comenzó a dar breves pasos de forma inconsciente hacia el gran ventanal, hacia esa enorme masa de luz que tanto le había llamado la atención. Al colocarse ante ella sintió ser absorbido. Era magnetismo puro.

Aquel resplandor... ¡Qué paz! 

Miró hacia atrás y contempló una vez más la imagen. Su cuerpo yacía inerte, y llantos plañideros eran el coro de la triste reunión. Alzó de nuevo la cabeza, y de forma incomprensible estaba inmerso en un imposible pasillo abstracto de un fulgor incapaz de ser imaginado. Nada le obligaba a no seguir adelante. No había equipaje. No existía peso. No habían ataduras, y mientras avanzaba una insondable felicidad iba envolviéndolo haciéndole olvidar el funesto cuadro del duelo. Ahora sí se sentía vivo. 

Tras de sí un manto de lágrimas, desasosiegos, desconsuelos, dramas, temores, iras, rencores de toda una existencia fueron relegados. Quizás, pensó, el infierno no era tan irreal. Puede que al mismo Demonio no le conveniese hacerle saber que ya vivía en él. 

Sabía que era el momento de dejarse arrastrar.

viernes, 8 de agosto de 2014

El pobre




La vida es un cúmulo de sucesos donde siempre somos interventores y lo que hacemos, o donde nos vemos involucrados, hace variar la línea que veníamos siguiendo.

Aquél indigente se sentaba todas las mañanas en la esquina de una cafetería con el único acompañamiento de una mochila desgastada por su uso. Como todos los que pasaban ante él, también tenía su propia historia; un camino con demasiados espinos y pocas rosas que le hacían sangrar.

Entronado en un pequeño cojín, pasaba las horas observando a quienes temprano en la mañana caminaban torpes hacia sus trabajos, los mismo que horas después regresaban aletargados, con el rostro como espejos de lo que la jornada les había deparado. En ocasiones, hacía tintinear las escasas monedas para llamar algo la atención. Sabía que la cosa no estaba para regalar dinero a extraños.

El pedigüeño se sentía sobrante en un mundo donde unos le temían, otros le enjuiciaban y todos transcurrían delante suya sin preguntarse quién era. Su realidad no era distinta a la de otros, cada día se levantaba para sobrevivir; cada nuevo sol era una tortura que le atormentaba y cada noche que dejaba al cerrar los ojos, un alivio.

Era un soñador engañado, pues de tanto abusar de las fantasías sufría la crueldad de abrir los ojos cada día. A veces, hasta sin quererlo.

En aquella esquina contemplaba cómo las horas le consumían, y se llevaban el poco orgullo que le iba quedando. Las jornadas donde el frío era obligado compañero, o aquellas donde el calor era sudario que cubría de salada humedad su cuerpo, esos donde la lluvia le obligaba a unas vacaciones forzadas, eran su condena.

En ocasiones perdía la noción del tiempo sentado inmóvil ante la pared, cegándose y ensordeciéndose de cuanto le rodeaba, entregándose a los recuerdos de otros tiempos. Cualquiera que se fijara en él notaría una melancolía que le otorgaba un aire de bonhomía insospechada. Esos instantes breves eran, sin duda, el bálsamo que aliviaba sus llagas. Imágenes de la otra persona que fue; otra vida, otros pensamientos y, sobre todo, con expectativas.

Qué distinto a cuando la consciencia era quien guiaba las evocaciones. Entonces aquél dulce etéreo se convertía en hiel. Ese futuro soñado se convertía, sin más, en el siguiente amanecer sin nada a cambio que aguardar.

Acarició su cara, se despejó y miró la bolsa hambrienta. Alguien se detuvo a leer la carta de meriendas que pendía del muro donde reposaba su espalda. Desperezado de su ensoñación, se dispuso a hacer caja

De las primeras vergüenzas al oportunismo. Aprovechó esa parada de los indecisos para rogarles alguna dádiva, a sabiendas que era un estorbo para una sociedad acomodada a la que el hecho de estar allí desagradaba. El tener que dirimir entre dar o no una moneda, era una decisión que se antojaba molesta.

Era la vida del pobre, pensaba. Vagando entre sinsabores, rebuscando las raspas de la solidaridad, dormitando bajo un cielo plagado de desconciertos. Y así cada día.

Sabía que alguna vez, cuando sus fuerzas flaquearan o algún mal resfriado le complicara la existencia, podría acabar como algunos de aquellos a los que conoció entre las miserias de las calles: guarecidos en algún portal, o bajo un cartón, sin aliento que expirar. Otro más de los que llenan las fosas sin nombres.

En tanto aquello pudiera acaecer, tenía la ruta establecida; invariable, porque cambiar no era importante, lo que interesaba era subsistir. Quizás un día cambie de ciudad, se planteó. Puede que alguien entonces se pregunte sobre aquél pobre.

Sonrió... Por primera vez oteó en su horizonte algo más que precipicios. 

Con la tranquilidad de no tener que dar explicaciones a nadie, recogió la escuálida bolsa -donde a las monedas les costaban tintinear de tanto que rebotaban entre las plastificadas paredes-, se levantó y asió sus bártulos. 
Cargó su mochila al hombro y se encaminó hacia un destino diferente al que siempre tomaba.

Sin mirar atrás, con un rostro despejado y aliviado que reflejaba a quien se hallaba en paz, caminaba hacia el desconocido destino, ese que creía no tener

jueves, 7 de agosto de 2014

Una ventana a La Isla


Rebuscando entre las innumerables páginas que existen en internet, nos alegra y sorprende encontrarnos con alguna dedicada a nuestras raíces. Al lugar donde nacimos o de donde venimos, en el caso de los exiliados o errantes que salimos de ella.

Es el caso de mi tierra: San Fernando. Un lugar pequeño, perdido entre la propia historia de Cádiz, comido por la vehemencia turística de otras poblaciones que lo circundan, abandonado por la propia desidia de quienes sólo parloteaban criticándolo, humillado por los que les quisieron vender oro y se fueron ellos con sus bolsillos llenos, dejándolo cariacontecido.

San Fernando, es una de esas nubes que vemos pasar por el cielo. Hermosa, solitaria, de pasar sigiloso, y llena del humo con el que le engañaron mil veces. 

San Fernando, La Isla, el apellido con el que el castizo, el flamenco, el torero, el orgulloso de su origen usa para definir su linaje geográfico, es un sitio donde la paz se instala para morir. Los más aviesos y sarcásticos me dirán que de pena, aquellos que como yo echan en falta pasearla y sentir los sonidos que reverberan entre los muros de sus calles encaladas, acordarán que la paz va a buscar allí su retiro. 

San Fernando, La Isla, como se guste llamar a este pedazo de tierra anclada en el centro de la bahía gaditana, donde la visión de su perfil dibujado sobre el lienzo azulino es una imagen de cartel que de forma inevitable permanece en la retina de sus hijos, es un emplazamiento particular que parece no tener nada y sin embargo, entre sus venas de sal, se oculta un tesoro de Historia que ni sus habitantes conocíamos y por tanto fuimos incapaces de expandir. De aquellas tierras estos lodos.

La ciudad de los monumentos incógnitos, la que fue capital de España, la que mantiene sus tradiciones a pesar de aquellos que se ríen de ellas (alguno incluso tildándonos de catetos por el mero hecho de defenderlas). La ciudad a las que muchos tanta pena les da, pero no tienen mejor forma de animarla que acusándola de aquello de lo que adolece. El isleño es, a todas luces, el mayor derrotista. Pero eso ya lo sabíamos.

Sin embargo, retomando el párrafo inicial, qué satisfacción cuando encontramos en la red páginas y cuentas dedicadas a nuestra ciudad. Y te fijas que en la mayoría se muestran recuerdos de lo que fue no hace tanto y añoramos -ahora, echamos aquello en falta-. Comentarios de muchos deseando volver aunque sea a pasar unos días, y otros para el resto de sus días. Rabias porque no la ven salir a flote. Siempre el tema de la política local (según una gran mayoría los culpables directos del estado entristecido y deficitario en que se encuentra San Fernando). Pero ante todo nostalgias. Lógico, se pensará. 

Lógico...

Porque al que vive en La Isla o la piensa desde la distancia no deja de importarle su futuro, y le gusta acordarse de aquella vida que dejó en sus calles, en sus barrios. Y desde Facebook o Twitter muchos de los que la añoramos podemos asomarnos a través de sus imágenes a esas estampas inmóviles, que a más de uno nos gustaría que fuesen uno de esos cierros desde donde admirar el movimiento que las fotografías nos hacen imaginar. Participar de su realidad y seguir formando parte de ella. 

Es de agradecer ese esfuerzo de los promotores de estas ideas por hacer realidad el sueño de algunos de mirar por la ventana y respirar sus aires, que por más que me digan no... No son los mismos que los de fuera de sus fronteras.