sábado, 15 de marzo de 2014

El informador digital

Abro Facebook, Twitter o, simplemente, busco en Google las primeras noticias del día, en el móvil o en el ordenador. Al actualizar las páginas -hablo del móvil- salen de inmediato las primeras notificaciones que me avisan de las novedades; como quiera que mis gustos son muy concretos, la información que necesito me es satisfecha puntualmente.

Tomo café mientras leo pausadamente, recopilo datos sobre aquello que realmente quiero saber, me mantengo al día acerca de lo que ocurre a 100 kilómetros de donde vivo, en Sevilla, y me preocupo de no desconectar de diversos entornos socio-culturales a los que soy afín. 

Esto, que es un placer sin gastar un solo céntimo, no es una labor reconocida, ni conocida. El esfuerzo, ilusiones y desafíos diarios a los que hacen frente estos informadores virtuales es un trabajo callado; es como el pan: debe salir a diario para alimentar y saciar nuestra curiosidad y nuestra hambre de conocimiento. Sus funciones de indagar la noticia, redactar y contar con imparcialidad aquello que se requiere como necesario para el conocimiento popular, son fundamentos imprescindibles para el buen fin de la empresa a acometer. Son, a fin de cuentas  -y algunos no en realidad- periodistas, voceros, juglares no pocas veces de las realidades que nos rodea. Su misión, autoimpuesta, es crear en el lector la necesidad de ser necesarios. 

A veces, estos medios, tan leidos, tan utilizados, tan socorridos (y esto es así), se encuentran puertas cerradas, se encuentran negativas institucionales a darles el lugar que, por trabajo realizado se merecen, como ocurrió recientemente en el COAC del carnaval de Cádiz. No entro en diatribas sobre si el ser o no periodistas licenciados da más derechos,  cosa que no entro a valorar, porque eso es agua de otro cántaro que se escapa a mi humilde e ignorante paladar.

No hace mucho se hablaba, se discutía o razonaba acerca de la función de estas pequeñas rotativas de la información en las redes. Sobre su utilidad, sobre aspectos básicos como la capacidad de interactuar con quienes se hacen adictos a leer, desde la libertad de expresión de otros, más allá de los medios convencionales; politizados unos, ensimismados otros, parciales en no pocos casos dependiendo de la vara que los dirigen. Hoy, a mi corto entender, creo que se les debe ir valorando positivamente, dentro de cada sector que corresponda. 

Positivamente porque prima la gratuidad al público a quien va encauzado, porque implica tiempo y esfuerzo que sólo puede recompensarlo las palabras de satisfacción, de compromiso y de participación de los consumidores finales de este producto de misión informadora.

-"¿Algún defecto tendrán?"- Pues supongo... Quizás perder la imparcialidad, alguna vez, participando en sus propios foros, posicionándose y olvidando su fin, que no es otro que comunicar sin intervenir en la decisión ajena (¿o quizás hay quien busca eso?).

Mi admiración a aquellos que dedican mucho más que tiempo para ofrecer, a personas como yo -entusiasmados de las tecnologías de andar por casa- todo aquello que es susceptible de ser noticiado, esquilmando hasta la última gota útil que sacie la sed del que quiere conocer.

Desde este rinconcito personal y de libre pensamiento, gracias.

viernes, 14 de marzo de 2014

Esperando un cambio

Es fácil en estos tiempos de controversias, donde la política es considerada un mal en lugar de una solución -y motivos hay para creer lo primero-, que los mesías surjan, que salgan Robín de los bosques apremiados por la oportunidad de ganar puntos, a pesar de no ofrecer más soluciones que palabrería bonita y barata (ya ni buena). Es lógico que salgan de debajo de las piedras quien, a base de darle cates al que ahora gobierna, dan lecciones de cómo habrían de hacerse las cosas. 

Es tiempo de hacerse con el personal cabreado a base de capotazos recordándoles que tienen banderillas clavadas de todos los colores. Es inevitable que desde partidos sin ideas adaptadas, recurriendo al descrédito gratuito, afanándose en salir en la fotografía de lado del necesitado, del vilipendiado, del utilizado (o sea, nosotros), busquen réditos que aumenten y beneficien aquellos pocos que solo les quedan de sus correligionarios más afines (véase a Cayo Lara o al mismísimo Rubalcaba, ambos con sus séquitos de loros repetidores, cuyos excrementos solo enturbian más aún el lodazal en el que ya nos encontramos).

Mientras un gobierno presenta un país en recuperación -o eso dicen- que, parece ser, sí ha cumplido con las expectativas impuestas, pero a costa de explotar la paciencia, las economías familiares y tenernos poco menos que acudiendo a comedores sociales y entidades solidarias para abastecer nuestras necesidades más urgentes. Un gobierno que le baila el agua a Alemania a base de sacrificios de su pueblo. ¿Necesarios? Puede ser... 

Ahora sale de la nada, desde la sencillez de una plataforma no independentista catalana, con la clara intención de vocear que en Cataluña (sí, con ñ) no todos ven la estelada estrellada, que ven un abuso los incontables efectos de la mafia catalana sobre escuelas y negocios. Y se proclaman españoles, amén de catalanes. Entre ellos su lider, director, compositor y hasta chef  es un tal Albert Rivera. Un chico apañado, con risa diáfana y maliciosa por igual que con un guión elemental defendido por ser el común pensamiento patrio español, habla con lógica, con tacto pero sin arrugarse, sin miedo a decir lo que la coherencia impone.

De la plataforma sale un partido que, incluso, aspira a Europa. De ese partido, gente que está aburrida del ostracismo político bipartidista, de ser parte de los aborregados del "sí porque no hay más", salen ilusiones de ilusos que buscan hacer realidad las ensoñaciones de un joven Quijote. El partido del movimiento ciudadano, el partido de todos los hartos, de todos los descreídos, de todos los abusados, de todos los esperanzados, de todos los que sueñan, en fin, con salir no ya de la crisis, sino de la pesadilla de las mentiras, corruptelas y aprovechados del bien público.

Yo me pregunto. ¿Este salvador, este nuevo Cid, este nuevo orador de las verdades, será capaz de no caer en las mismas redes que sus, hoy ya, adversarios en política? ¿Nos guía en un barco con puerto en la esperanza, o nos dejará naufragar al oir cantos de sirena?

Me pregunto si sus más fervientes seguidores no son sino meros adoradores de su icono mediático. ¿Seguirían en el movimiento si Rivera parara en seco este vaivén de sentido común, razones y sentir social? 

Soy un desesperado, un descreído, un desconcertado y un desilusionado de las políticas a dos bandas. Soy un renegado de estas y un fervoroso creyente en cambiar un sistema vil y antojadizo, que nuestras leyes permite, para que tal o cual accedan al poder, con la gravedad de obviar lo que el resultado democrático de los votantes ha decidido. 

Insisto... ¿Eres, Albert Rivera, consecuente y consciente del cambio que has iniciado? 

A sus fieles... ¿Sois realmente conscientes que el promotor visible de todo este entramado de acción social,  es tan humano como el resto? ¿Si cae Rivera, cae el grupo? En ese caso, ¿qué estáis haciendo ahora y en virtud de qué?

A los que no nos ilusionamos con las personas (que son volubles) sino con sus ideas, vemos en este movimiento un halo de esperanza. Que nadie se lleve por delante las esperanzas por un cambio. Que nadie olvide que el poder todo lo corrompe.

martes, 11 de marzo de 2014

El antipregón


Marzo. 34 días para la celebración religiosa por antonomasia: la Semana Santa. Hace nada aún festejábamos el año nuevo, esperábamos el día de Reyes, mirábamos lejanos los carnavales y hoy... Hoy quedan 34 días para el Domingo de Ramos. 

En estos días se renovarán las promesas estatutarias en multitud de eventos religiosos cofrades; habrán reuniones para calmar nervios tras los incesantes quehaceres cuaresmales; habrán reencuentros entre antiguos amigos que un día formaron parte de la misma ilusión y trabajo. Días primaverales que se repiten cada año; con el mismo protocolo, el mismo compás imparable, la misma liturgia de desmantelar aquello que, durante casi un año, se guardaba como joya que se expone con el mayor mimo.

Es la reiteración de la tradición. El guión formal que hay que seguir. Las calles quietas durante muchos meses en el año, ahora se vuelven intranquilas con el vaivén a las casas de hermandad. Es el esquema de cada año. Un esquema con pocas variaciones y muchas directrices, donde tan sólo varían los años y con estos las personas, pero pervive el camino trazado.

Hasta aquí lo hermosa que es esta época de transición para el cristiano. Donde la ceniza cae debe renacer un hombre nuevo. A fin de cuentas en este tiempo nos preparamos, no para quedarnos en el sufrimiento, sino para resucitar al nuevo ser. 

Particularmente siempre he sido muy escueto en mi intervenciones en cualquier ámbito, porque mi máxima siempre era la prudencia, aunque el tiempo me ha enseñado que la prudencia puede ir de la mano de la verdad. Y la verdad, por norma, genera controversia, normalmente porque las verdades son, no pocas veces, difíciles de digerir. 

La verdad de estas fechas también se oculta entre besos de Judas y abrazos del sanedrín; entre sonrisas de Pedros traidores y saludos de palmas que se convierten en flagelos. Porque somos humanos y no somos mejores que el mayor ateo proclamado. Nuestras debilidades, nuestro lado humano más visceral nos hace remover ese espíritu de fraternidad que debemos mantener como timón. Pero esto es así.

Te doy la paz frente al sagrario, en la liturgia divina, en el calor de una parroquia llena de devoción, pero no olvido, no perdono, no cedo. ¿De qué vale tender la mano si tengo el corazón cerrado por rencores?

Convertimos el sagrado acto del amor a la fe en un evento social, sin más fondo que el cumplir lo establecido. Soportando al que se sienta junto a nosotros para compartir al mismo Cristo en comunión. "La paz sea contigo..." Son las palabras del ministro que nos invita a desear la libertad del espíritu de aquello que lo oprime y lo envenena, para poder recibir el cuerpo eucarístico de Cristo. "La paz contigo". Y fundes tu mano con tu vecino, tu amigo, tu hermano en la fe y en la devoción, pero no liberas el espíritu maltrecho. En tu interior pensamientos críticos, calumnias incluso, deseos que deshonran tu condición de portador de la fe que dejaron a tu cargo los cofrades viejos, de los que muchos ya aprendieron sus lecciones. 

Casas de hermandad convertidas en lupanar, donde la palabra hermano se usa con tal frescura que la manchamos con vilezas impropias de quienes deben ser ejemplo de unidad en la fe a través del pasaje evangélico que represente su cofradía. 

Días santos de estación penitencial, de túnicas planchadas, de caminar silente por las calles en busca del destino deseado, de rosarios en manos enguantadas, de miradas al cielo en busca del azul tranquilizador... Días de abrazos mientras se abren las puertas del templo, con Ellos mirándonos desde sus altares caminantes; días de miradas cómplices que adivinan un saludo y un "buena salida", de aquellos mismos que no te quieren para nada, pero que absorbidos por la emotividad del ambiente desean, a diestro y siniestro, concluir el camino penitencial con buen resultado.

Este es el antipregón. Aquél que nadie quiere escuchar. El que es mejor ocultar. El que no se recita entre bambalinas. Para el que no se envía invitaciones. El que no habla de oraciones. El que no se viste de gala. El que habla de la ferocidad entre hermanos, de la lucha por el poder  de ser la junta que gobierne, del derrocamiento de unos y la campaña de votos para otros, del rencor, de la pérdida del sentido del término cofrade en su acepción más fraterna.

Lamento ser yo el antipregonero. Pero desde la libertad de mi balcón, desde el permiso que me confiere la distancia, que me aleja de lo que una vez fue mi vida -en el sentido más estricto-, me permito ser el malo. Porque la visión exiliada, pero no olvidada, de aquel entramado que fue tan querido por mí, me deja la experiencia, las sensaciones antes, durante y después, y el albedrío para ver las cosas con la frialdad suficiente del que lo ha sufrido, de facto o a posteriori, en lo personal y en las personas a quien estimabas.

Tú, que tienes en tu mano el poder de continuar con la tradición cofrade de conmemorar la pasión y muerte de Cristo y celebrar su resurrección, conviertete al espíritu de hombre nuevo que las cenizas que te cruzaron en la frente te recuerdan; porque si esas cenizas no representan más que la llegada de una semana de vello erguido al toque de sones de cornetas y tambores, mi antipregón es justo el pregón que el cofrade necesita.

  

Porque un cofrade no puede ser una pértiga y una tela vacía

domingo, 9 de marzo de 2014

La nota


"La esperanza es un camino largo que puede regalarnos nuestras ilusiones o hacernos caminar indefinidamente".


Sabía perfectamente que aquella solución era infantil. Pero la vida le había golpeado tantas veces en el mismo sitio que quería, por una vez, ser él quien le diera una bofetada al destino.

Recordaba, mientras sentado en una incómoda silla de una cafetería tomaba un café descafeinado y poco agradecido en aroma, aquellos momentos donde todo parecía cambiar. Su juventud de entonces le animaba a seguir el rumbo que se le antojaba. No tenía mayor compromiso que su trabajo; hoy ya con medio camino hecho, con sus casi cincuenta años, se veía incompleto.

Lo tenía todo planeado. Sabía lo que buscaba, sabía qué podía ofrecer. Pero desconocía qué podría encontrarse. Las dudas planeaban sobre su mente a pesar de haber tomado ya la decisión, pero no quería dar marcha atrás. ¿Para qué? 

Con aire taciturno, sorbía brevemente el café, aún caliente. Quizás pensase no acabárselo, pero el café le ayudaba a entonarse un poco y quitarse de encima una embriaguez mental que no le dejaba despejarse. 

Echó mano al interior de su chaqueta y sacó una cartera marrón. De ella, con sumo cuidado, sacó un pequeño trozo de papel bien doblado; lo extendió sobre la mesa y comenzó a repasar lo que había escrito en él. Cuando terminó su lectura, una sonrisa socarrona asomó a sus labios.

Mientras guardaba el papel con mimo, asió de nuevo su cartera. Quien estuviese cerca podía fijarse en el retrato de una mujer joven que estaba en uno de los compartimentos destinado a las fotografías; sus dedos pasaron sobre la imagen, sus ojos también. Y tacto y vista acariciaron el rostro en papel de la joven mujer. Se levantó con premura de aquél incómodo asiento, y apuró de pie lo que le quedaba de café.

Salió del local queriendo empezar su misión; el asunto al que llevaba demasiados días dándole vueltas. Dirigía sus pasos con firmeza, sin embargo, cada nueva zancada le ahogaba en confusiones. No las tenía toda consigo.

La calle estaba pletórica de gente, no sabía dónde acometer la labor. Sentía rubor por si alguien le veía, por si se paraban a curiosear mientras llevaba a cabo su empresa. No estaba seguro si esperar a que fuese más tarde, pero como quiera que la cantidad de personas en ese radiante día le aturdía, creyó oportuno buscar auxilio en el cobijo de la noche.

La noche. La eterna guardiana de secretos, de conspiraciones, de entramados, de confidencias; la noche se aliaría con él. Necesitaba, eso sí, encontrar un lugar que resultara efectista y efectivo, tenía que verse tras aquella velada; bo debía pasar desapercibido porque, en ese caso, habría fracasado. 

Salió andando desde su refugio particular, un parque cercano donde las parejas se ofrecían en amor etéreo. Él paraba muchas veces allí; le gustaba caminar mientras emulaba paseos pasados en otra compañía que no era la suya propia que, de hecho, le sabía mal. Era triste, sin conversación, le servía para culparse, para justificarse en su propia desolación. 

Tras una breve caminata llegó a su destino. La tranquilidad era dueña de cuanto se vislumbraba. 

Era ya tarde, la calle solo era transitada por algún taxi; las aceras, vivas en el día, permanecían mudas, sólo los papeles de la marabunta diurna las rondaban. Con ademán seguro dejó la esquina, se encaminó calle arriba; al fondo, la avenida seguía con ganas de no dormir. Tras una rápida ojeada ya tenía visualizado su objetivo, junto la pared de un banco que la crisis se encargó de clausurar. Al ir acercándose, sacó de nuevo el dobladillo de papel.

Días antes pensaba qué podía hacer para salir de esa situación en la que se hallaba. No quería recurrir a interesadas profesionales; tampoco las agencias le convencían: -"Gente fría"- Pensaba. A través de internet no le hacía mucha gracia, porque no quería que le volviesen a engañar. Tampoco la solución que él encontro le satisfacía, pero a pesar de su candidez le pareció la menos dañina.

Ya estaba frente a la pared del banco. Introdujo la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta y sacó un rollo anaranjado, desdobló la nota, la extendió y la fijó en el desangelado muro; y con las prisas de quien comete un delito, salió corriendo de aquél lugar. Quedaba esperar.

El papel era todo un canto a la soledad, a la desesperanza, al hastío del que nada espera. El recurso del solitario que no quería seguir en ese limbo. Era la solución infantil. Un alivio solo imaginable por la mente sana de un niño, capaz de ver las cosas desde el prisma de la simpleza. Así lo vio.  

¿Porqué no iba a ver más gente como él? ¿Porqué no iba a encontrar con esa nota otra alma en aquél purgatorio de la vida? 

La vida misma le había mandado a aquél espacio entre el cielo y el infierno, y quería resarcirse de tal condena. La única forma que encontró fue buscar otro ser perdido en ese mundo de confusión. 

La nota decía así: 

Busco corazón roto que quiera darse una nueva oportunidad. Ofrezco sinceridad y amor.



(N del A: Esta nota es auténtica. Encontrada en Sevilla, muy cerca del Arco de la Macarena)

viernes, 7 de marzo de 2014

El cortejo (Cuento poético de Cádiz y Sevilla)


En una primavera, el año da igual, se hablaban dos novios, que más que hablar se arañaban en palabras que eran un espinar.

Ella. Altiva, señorita, piropeada por todos y envidiada por más, de belleza inigualable y de sonrisa soleada que deslumbraba al asomar; discutía, brazos en jarra, porque se quería casar en la tierra donde sus padres le dieron su hogar.

Sevillana era ella, morena, ojos verdes y elegante como el satín. La hija mayor, la más bella, que protegía la torre,antes dorada, con espíritu de fortín.

Su novio, desparpajo y desvergüenza, decía que si se casaba sería sólo si la novia accedía a salir desde la Caleta. Que su madre no quería casar a su hijo fuera.

La novia, con un ademán valiente, le dijo al novio que si quería saborear de ese cuerpo las mieles, tendría que dejar a su propia madre en aquellos muelles.

El novio, gaditano de nacencia, le contesto socarrón, que para probar la sal  que de su boca salía, debía acercarse hasta el mar que le daba a él la “vía".

Mas la novia acalló y dejó entrever al querido las  gracias y encantos que lucía bajo sus hilos. Sedas y oros y platas sin un solo fruncido, demostrándole al saleroso cuáles de sus encantos le dejó prendido.

Pestañeaba él, acariciando con sus ojos el torso perfecto. Escudriñaba con devoción cada estrofa de ese verso que en la sevillana descubrió.

Se sabía ella vencedora de aquella discusión y notaba un escalofrío por querer sentir aquél amor. Amor de sal y de coplas, de espumita del mar en la arena, de miradores a un cielo que en las noches estrelladas son faros para los ángeles que vienen a una Cádiz encantada.

Los ojos esmeraldas de la hermosa sevillana se encontraron entonces con otros que la miraban. Azules iris brillaban,  y se enlazaban con las esmeraldas, y en esas dos miradas se veían olas enarboladas que querían morir juntas en la orilla de una playa.

Cerró los ojos cielo el novio frente a su amada, y se dió ella cuenta que del sueño despertaban. Que el ardor de sus miradas se habían transformado en agua, que si no respondía a tiempo aquél amor naufragaba.

Se ahogaba él en deseos de ser el ancla que a su amada dejara varada en un puerto de su mar salada. Se ahogaba ella en deseos de querer ser capitana y dejar aquél barco atracado en sus propias aguas; aguas para la poesía de poetas que emigraron y se refugiaban en su calma.

Levantó él la vista, buscando los ojos de la sevillana, y asiéndole de las manos su mirada quedó clavada. De su boca socarrona ya no salían chanzas, brotaban sentimientos que de pasiones hablaban.

Las palabras que asomaron desde el alma del enamorado lo hacían contando de amaneceres de un sol en la bahía flotando; olían a perfumes de parques tan gaditanos, que el arrullo del viento entre las hojas de sus plantas suenan a versos y guitarra de Pemán y de Falla. Rezumaban al aroma de tardes por la Caleta, por el callejón de los Piratas, por el Arco de la Rosa, de parada en la plaza... De las Flores, del Mentidero, de Mina, de la catedral... Con aires que juegan a besarte en la faz.

La letras engarzadas en poema del novio hizo escapar de la prometida sevillana lágrimas de azahar. Se veía ella ufana, con su donaire al andar, cogida del brazo de un caballero de la mar. Se veía orgullosa de haber sido capaz de arrastrar a tierra firme a quien sin el aire salino no sabe respirar. Se veía embargada por la felicidad de haber hipnotizado a su amado por su belleza sin par. 

Deseaba con toda su alma poderle enseñar las glorias y prebendas de su maravillosa ciudad. Pasear en las atardecidas, prendida, prendada, sabiéndose amada. ¡Qué hermosa vanidad!

Llevarle por rincones que huelen a albahaca, a alhucema, a tierra vieja y mora que en cada esquina desprende olores que enamoran.

Perderse por el laberinto de sus calles universales, cogidos de las manos como si fueran chavales, encontrándose de nuevo en miles de besos frugales.

Sevillana quiso ser quien en la discusión las espinas sacara en defensión, sin embargo esas mismas atravesaron su corazón, dejando una herida... Una herida de amor.

El novio y la novia cesaron en la reprensión, quedaron callados sin dar más razón y enlazaron las manos en señal de su devoción; que en la unión de dos amados no hay problemas sin solución, que cuando el camino acabe no todo se acabó, que aún queda el lazo que ambos destinos unió.

Ojos turquesas, señorial y guasón, que ama a su padre con locura y a su madre con pasión. Que viste con trajes hilados del mejor bordador y tiene coplas en su garganta del mejor trovador. Que tiene aire altanero y la gracia del ladrón, que sabe robar besos con estrofas al corazón. Que sale como la primavera, oliendo del naranjo su flor. Que camina con descaro, mirando con el frescor de sus ojos claros al sol. 

Sus ojos... ¡Ay, sus ojos! Fruto del amor de una sevillana hermosa y un gaditano soñador.





jueves, 6 de marzo de 2014

La tierra que no piso (a San Fernando)

"Pisamos todos la tierra y no echamos cuenta de qué tierra pisamos. No nos importa si esa tierra es nuestra u otra la que estamos pisando.

La tierra que no piso es la que llevo tiempo añorando. Una tierra, mil veces lo he dicho, que la sigo adorando."

Y así es. Pierdo mis pasos en otra tierra, que no me conducen a ningún sitio. Dando vueltas alrededor como el burro de una noria. Las doy porque he de darlas. Y conste que la tierra que ahora piso, no es mi tierra, pero sí es la de mis hijos, y por esta tierra secana voy caminando por ello agradecido. 

Pero no es la tierra que quiero pisar. Esta tierra es mi exilio, un exilio a voluntad. Esta tierra es distinta. No huele a mar. No huele a lo que huele el viento cuando juega entre los esteros. Huele a claveles, sí. Huele al aroma del incienso. Huele a narcisos. Huele a rio moro. Huele a torre musulmana junto a la catedral. Huele a rincones de sainetes cervantinos. Huele a pasos de Don Juan junto a la hostería por la plazuela de doña Elvira. Huele a universal. Pero no es la tierra que añoro pisar.

La tierra que no piso es otro cantar. Una tierra humilde. Una tierra sin vanidad. Una tierra emergida de la sal. Una tierra junto a mi mar. Una tierra de paseos. Una tierra de momentos. Una tierra para lamentarse. Una tierra que hay quien no la quiere ni "regalá". La tierra de mis abuelos, de mis padres y mia. La tierra de las torres azules. La tierra de la Carmela y el Nazareno. La tierra de un Cristo Viejo y uno nuevo. La tierra donde fray Diego de Cádiz hizo inventar un barrio con nombre de Pastora. La tierra donde "hormiguillas" no es en femenino y su trabajo era acarrear la sal. La tierra del pescado de estero. La tierra de los baños de luna en las aguas del Zaporito.

"La tierra que no piso es esa: la que quiero pisar. La misma que otros pisan y sólo saben aplastar.

La tierra que no piso es la de gobernantes que no saben gobernar, que pisan esa tierra sin saber por donde pisar.

La tierra que no piso no se puede comparar, porque como hay Dios en el cielo, esa tierra no tiene par.

La tierra que no piso, que no se confunda nadie, no es la mejor del mundo, es sólo la tierra de mis padres

La tierra que no piso es una tierra sin rumbo, una tierra de mil caminos y entre ellos ni uno sólo es de fiar. La tierra que no piso ya no tiene el empaque militar. La tierra que no piso tiene un espejismo de lo que fue la construcción naval. La tierra que no piso no tiene ilusiones y sí mucho penar. "

¡Ay tierra que no piso!





El monaguillo (Una carta de agradecimiento)

Cuando en la Iglesia no faltan doctores es mejor presentarse como un monaguillo. La imagen de esta figura recuerda la candidez de la infancia y la picaresca de la juventud -monaguillo viejo ya-. Es el sempiterno ayudante; aquél a quien se confía las labores menores, pero no por ello prescindibles; es el confesor del sacerdote, el recolector de las ofrendas, el primero en entrar, para arreglar y preparar, y el último en salir, limpiando y guardando. Pero, ante todo, es el más humilde de los trabajadores de Dios.

Hoy me uno, en el complicado y selecto mundo de las colaboraciones escritas, dentro del ámbito cofrade, a ese grupo de afortunados que puede expresar su parecer, sus inquietudes, sus razones, en sus columnas de opinión. 

Complicado y selecto, sí. 

Porque es lo que creo. Complicado porque no es fácil el dar con la tecla sobre qué escribir; no es fácil enganchar al lector, ponerlo en situación para que se interese, simplemente, por el  enunciado. Selecto, porque considero que sólo aquellos que tienen o han tenido una trayectoria ejemplar, prolífica, notable, en este entramado cofrade tienen la gracia, la facultad y la razón para tener su hueco entre las líneas de cualquier medio de comunicación, ya sea virtual o de papel.

No. No me la doy de selecto, ni de renombrado. Porque ese monaguillo del título soy yo. Ante todo, agradecido. Agradecido porque, de la nada, se interesaron por mis letras. Agradecido porque, a pesar de mi destierro en tierras sevillanas sigo apegado al quehacer cofrade en La Isla, y se ha sabido valorar eso. Agradecido porque, sin ser absolutamente nadie, un perfecto desconocido, me brindan su confianza para escribir unas sencillas letras en las hojas de un árbol viejo en esto de la información digital: ISLAPASIÓN.

Como dije, doctores tiene la Iglesia y yo solo soy un monaguillo -frase que ya he dicho alguna vez y me encanta repetir-. No vengo a hacer acopio de méritos, porque ninguno tengo y ninguno busco. No vengo a lucirme. No vengo a ser el garbanzo negro, el de la palabra fácil y pluma díscola que mancha más que escribe. Vengo a aprender de los doctos, de los galones, de la experiencia, de los que saben hacer las cosas con sentimiento y con letra fina. Vengo con la humildad por bandera y un libro en blanco para tomar notas.

Mi agradecimiento a Eduardo Albarrán, a ISLAPASIÓN, por confiar en mi.

(Fotografía de Antonio Armario Muñoz de la página Cuerpo de Acólitos "Aromas de Pasión")


martes, 4 de marzo de 2014

Inmenso

Hoy me ha dado por lo cósmico, lo universal, lo misterioso, lo infinito, lo insondable, lo que nos repercute y lo que hay más allá de las repercusiones. Quien haya soportado mi escrito en mi blog de Facebook de hoy, podrá entenderme.

Entiendo que ante tanta letra uno pueda esgrimir la excusa del tostón (esto es, mucha letra y poco contenido). Por eso no me extendí más en aquella publicación. Aquí la retomo y expongo la segunda parte.

Segunda parte porque, en la primera, terminé con el comienzo de un motivo para sonreir. Un motivo para olvidarse, por unos instantes, de aquello que aplasta nuestra alma. Terminaba mirando la luna; una luna plena, clara, deslumbrante... Pero hay más. Hay mucho más que la luna. Hay todo un universo, un incierto infinito, donde todo aparece o desaparece y todo está perfectamente conjugado. Donde mueren estrella y nacen otras, donde las galaxias son oásis de increíble belleza, donde todo es inmenso e ínfimo a la par. ¿Es eso posible? 

Es posible. Cuando en este mundo nos agobian los pagos, el trabajo, las facturas, los bancos, las deudas... Donde nuestra vida gira en función a papeles rectangulares y trozos de metal circulares; donde nos influye más el rencor que el amor; donde somos hijos de un Dios que hemos hecho menor a costa de atribuírle actos ideados por los hombres. Cuando elevamos nuestra mirada al cielo, creamos o no en algo divino, buscamos evasión. Buscamos salir de esta Tierra. Buscamos paz. Buscamos reencontrarnos con nuestro más oculto y originario génesis. Buscamos el perdón. Buscamos algo que no hallamos aquí. Buscamos... Sin más. Y puede parecer que no, pero encontramos algo que no creeríamos poder encontrar; encontramos una salida. La salida. La salida de nuestros problemas. La salida de nuestra parte menos humana y más eterna. La salida que nos da oxígeno. La salida que nos ilumina. La salida que nos hace sonreir, suspirar o llorar. Es una salida breve, pero eficaz.

Al bajar la vista, hallamos justo aquello que dejamos atrás minutos antes. Lo que nos ahogaba. Lo que nos exaltaba. Lo que nos dolía. Lo que nos hacía sufrir. Y es como si hubiésemos despertado del sueño más bello que jamás hubiésemos tenido. Todo lo que nos atormentaba sigue aquí, no podemos huir de la realidad -aunque hay quienes lo logran, dicen-, sin embargo nos damos cuenta que no todo va a ser igual siempre. Que la vida es una gran ruleta, que lo que hoy es negro mañana puede ser rojo, que lo que hoy es un número sin más premio que la desolación, mañana puede ser un premio a la esperanza. 

Aprendamos que la mirada, cuando la bajamos del cielo infinito, no puede ir más allá de donde haya alcanzado antes con nuestra cabeza erguida. Sólo así podremos seguir adelante, no abandonar la esperanza y ser, aunque sea por un poco más, felices dentro de aquello que nos aturde.

Sed felices. Alzad la mirada.

lunes, 3 de marzo de 2014

El maletilla

Convulsión es lo que desde hace unos años remueve las tripas de este país. Unas tripas apretadas por el cinturón del "aguántate". Los unos -capullos por devoción- y los otros -pájaros de vuelo inseguro-, se enzarzan en luchas mediáticas arropados por el sumiso seguidor del pressing catch político al que estamos ya acostumbrados, peleas de mentiras y golpes de efecto premeditados. Lágrimas fingidas. Y en el exterior del ring, gritando  desaforadamente, queriendo ofrecer el alivio de la ayuda, el amigo fiel, el compañero salvador; ese que ofrece una mano mostrando su avidez por salir a pelear, pero que también sus golpes ya han sido ensayados antes.

Mientras, con pancartas de apoyo, sus incondicionales vitorean, animan, aupan en cánticos y aplausos a los protagonistas de la contienda. Uno, el malo; al que más rabia le tenemos, simplemente porque la organización del juego así nos lo marca. Cartelón en alto y... ¡Aplausos para uno! ¡Abucheos para el otro!

Es el circo de la política. Circo de leones, osos y serpientes ataviados de supuesta docilidad, pero que son auténticos depredadores si los dejas salir de sus jaulas. Esas jaulas de oro, de oro tuyo, mío... De oro que liman con sus garras esos buitres; aquellos cuervos que te sacan hasta los ojos cuando ya no te queda más carne, ni más plata que te alumbre. -"¿Bancos?" No. Buitres he dicho.

Y en este galimatías de intereses, de fondos públicos desfondados, de estancados -"¿Corruptos?" No. Estancados. Como el agua que se pudre e infecta a quien la bebe. Pues eso...

Como decía... Tras todo este entramado de mentiras enfundadas en progresía de perogrullo, en morales descuidadas, en honrados ladrones, salta al ruedo un maletilla. -"¿Pero no era esto un circo?" Sí. O un ruedo, donde las banderillas, los capotazos y las humillaciones sólo se las lleva el mismo cornudo. Y hete aquí al maletilla. Pero no vayamos, de momento, a otorgarle al espontáneo la vitola de torero. -"No entiendo". Pues verás, vamos a darle a ese valiente capaz de meterse entre pitón y pitón, por el momento, el papel de héroe insospechado. El maletilla no quiere matar al toro, quiere darle buenas cambiadas, un pase de pecho exponiendose al máximo posible y dar el golpe de efecto necesario para que la afición vea que otra forma de torear es posible y, como mucho, si llega, darle al toro una estocada imaginada, dejándolo con vida. Una mejor vida.

No. No me pillo los dedos. La política es lo que es: llevar al pueblo a capotazos. Y el maletilla aspira a ser un buen torero. Eso no hay que olvidarlo nunca. Pero hay que confiar en que tenga buenos lances, que sea capaz de sacarle partido al cornúpeto, que su trabajo sea tan encomiable que al toro le den el indulto.

Ese aprendiz. Esa querencia por ser maestro tiene nombre catalán y apellido en español. Puede ser que, como otros jóvenes de otros tiempos que soñaron con reverdecer la seca España, también se una al grupo de regaderas vacías. Al grupo de las promesas incumplidas. Al grupo del buenismo conformista. Al grupo de la crítica fiera, pero con dientes de plástico (perro ladrador...) Puede ser. Porque el poder convierte en ceniza cualquier joya.

Me extraño a mi mismo escribiendo esto. No apoyo a líderes políticos, ni soy devoto de partidismos. Creo que el poder del gobierno debe ser en consenso, y no un baile cada cuatro años. Soy de los que opinan que todos formamos parte del conjunto y el conjunto debe influir en cada uno. Sólo así entenderíamos la unidad del país y al país como unidad. Pero en este escrito me desquito de izquierdas y derechas y doy paso a la posibilidad, ¿porqué no?, de un país centrado, de una política coherente y de una democracia realista, fuera de la manipulación, incluso, de aquellos que dicen defenderla.



domingo, 2 de marzo de 2014

El balcón

Todo va cambiando poco a poco, o no. Van modificándose las cosas porque tiene un sentido que eso sea así. Se llama evolución. Quizás la evolución no sea a mejor, no tiene porqué, y al transcurrir del tiempo haya que volverse a lo que había antes o a modificar nuevamente.

Como quiera que voy ensayando, y ya se sabe que en esta vida todo es ensayo-error, pues... He aquí mi experimento. De momento cambio mi ubicación filosofal de la opinión por la paz y visión única que da un balcón. Un balcón adornado generosamente de geranios, que confieren a la paz, frescura y vitalidad. No se ven las cosas igual desde la atalaya inmejorable de una balconada. La torre vigía, el faro que alumbra las calles oscuras, el mirador inmejorable desde donde otear, fisgonear y pensar con la libertad y seguridad que te da tu propia casa.

Bienvenidos todos a mi balcón. Un pequeño habitáculo donde tienen cabida todos aquellos que quieran pasarse a mirar, con esa paz que decía antes, las cosas cotidianas que discurren por nuestras vidas. Si queréis, aquí tenéis una cómoda silla, un café o lo que queráis tomar, buen ambiente, y unas vistas únicas de nuestra realidad. Un lugar donde departir si se quiere, o simplemente donde divagar.

Aquí tenéis El Balcón. De nuevo, bienvenidos.

La tarde tranquila

Qué cosas... Cuando uno busca huecos para no callar, para decir lo que necesita, siempre encuentra el cómo y el momento. Hace poco encontraba uno, en un momento donde necesitaba escribir; ahora quiero seguir ampliando mis opciones y en "La tarde tranquila" sigo mi nueva aventura bloguera que iniciara en Facebook con "En mi opinión". ¿Diferencias? Bueno... Esencialmente ninguna, salvo la presentación y la modificación de la dirección de mi blog. Quisiera seguir contando con vuestra presencia, pues me resulta reconfortante y alentadora, porque un espacio donde exponer lo que uno cree, piensa, opina o siente, no sirve de nada si no hay a quién llegar. Quisiera que siguierais siendo vosotros esa meta, incluso ampliarla. ¿Porqué no?

Se que esto de escribir sobre lo que uno opina no es sencillo, ni de llevar adelante, ni de leer (por vuestra parte), porque implica exponer cosas interesantes y, de verdad lo digo, muchas veces me veo incapaz de ello, incluso se cuándo no lo consigo (Facebook es muy chivato). Por eso os quiero dar las gracias por estar ahí.

Gracias  
www.facebook.com/juanantoniocarrasclobo98