domingo, 5 de abril de 2015

Solo queda un año

Ahora que en verdad todo pasó, queda el deleite.

Cuando veíamos el Domingo de Ramos lo lejos que aún quedaba el de Resurrección, nos desbordaba la euforia de siete días por delante.

Haciendo uso de la sevillana frase, me permito darle uso para mi casa: "Llegó como llega siempre... Y La Isla la esperaba".

Llegaron las palmas, los capirotes... Llegaron los tumultos, las calles oliendo al perfume de la Pasión, las emociones afloradas, las saetas, las manos enguantadas y la cera... La cera derramada.

Ahora que todo pasó, nos embarga la nostalgia. Es que esto es así, hermano: De la alegría de la Borriquita -tragedia anunciada-, a la melancolía de Cristo triunfante sobre la muerte. ¡Qué complejos y qué contrariados somos los cofrades!

Se fueron como llegaron. Con el esplendor de una primavera, con el recuerdo por bandera de volver a ser vivida otra semana igual. Con las redes llenas de momentos recogidos como un ramillete de flores: con mimo y celo. Con instantes que, por un año, serán irrepetibles.

Ahora que todo pasó, nos queda la reflexión. Sobre lo que hemos experimentado y qué quisieramos hacer la Semana Santa que viene. La introspección. La mirada interior. Las remembranzas.

Reflejos como aquellos que dan en la esquina del paso dorado, mientras muere la tarde regalando detalles. Las escenas que se han perpetuado día a día, encontradas por el azar o no. Eso queda ya.

Disfrutemos de lo que hemos hecho acopio. De haber inculcado, un poco más, nuestros sentimientos a nuestros hijos. De los reencuentros con los amigos. De los adiós con un abrazo.

Ahora que en verdad todo pasó: solo queda esperar. Solo un año, nada más.

(Foto Sergio Gutiérrez)

sábado, 4 de abril de 2015

El silencio de los músicos

Son aquellos que van detrás de los pasos. Esos que logran ponernos el corazón a mil, mientras ante nosotros contemplamos escenas durante todo un año esperada.

Los mismos que en el lugar oportuno -con la precisión de la que solo los artistas son capaces-, ponen la guinda en cada procesionar de nuestras hermandades, haciéndo únicos los momentos.

Desde el que lleva su emblema en banderín o bandera, hasta el del bombo que cierra con su estruendoso latido acompasado el cortejo perfecto, los que evocan la devoción del pueblo.

La banda sonora de nuestra pasión cofrade. El eco que reverbera en nuestras almas, que tiemblan ante la emoción de los instantes. La música de la fe. La parte que logra que, en cualquier mes del año, recordemos aquella Semana Santa.

Los que se expresan en pentagramas, que es el alfabeto universal. Los que claman ¡¡Hosanna!! a Cristo Rey un Domingorramos, y hacen llorar los clarines, tras la soledad de María, un Viernes Santo.

Son quienes no tienen voz durante toda la semana, pero sin ellos parece que algo falta.

En la intimidad de los cambios de partituras, se lamentan de la sordera de quienes solo los tienen como la sintonía que da vida a los pasos que que custodian entre sus acordes.

Pues escuchad sus sones de marcha fúnebre. Quejidos del labio roto, del dedo encallado a redobles que marcan los tiempos, de espalda rendida al peso de la percusión o el viento. Dolores del cirineo que ayuda con sus ensayos, a llevar la cruz de los hombres que amarran su fervor bajo los palos.

Oídlos. Atended a sus ojos que piden respeto, mientras entonan oraciones -aunque sus gargantas callen- que estremecen al mismo Cielo.

(Foto IslaPasión)

viernes, 3 de abril de 2015

Viernes Santo en mis recuerdos

El Viernes Santo siempre fue un día triste para mí. Una jornada de recuerdos cercanos que, poco a poco, se antojaban en hacerse lejanos, como si el Lunes de Pascua fuese un abismo, que se agrandaba si miraba hacia el Domingo de Ramos.

Remembranzas de tardes donde el sol coqueteaba con las nubes, haciendo notar que Cristo había muerto.

Luto en La Isla. Las campanas desde El Carmen tañían ante el suceso, así como hoy sigue ocurriendo.

Melancolía de aquellos días donde cambiaba el blanco de mi antifaz -del Ecce Homo y Gran Poder- por el de una almohada para llevar sobre mi cerviz siempre un calvario.

Andanzas de cofrade al que no le bastaba padecer coronado bajo un capirote, sino que quería conocer, si acaso de soslayo, qué era sufrir, como Jesús, soportando el peso de la madera cayendo a plomo.

En la estrechez del paso viejo que llevaba a María -institución hecha andas-, recuerdo bajar las rampas de la mayor iglesia con el cofrade himno franciscano, y justo sobre mí estaba la Madre Dolorosa junto a la Cruz. No cabía mayor Soledad.

Voces que guiaban mi voluntaria ceguera bajo las caídas negras, y que sucumbían ante la tragedia de la cruz, sola también, envuelta del sudario. Eran la emoción del pueblo, que convertía en marejada de sentimientos la calma de aquella escena que andaba cortito y a las bandas -como Dios manda-.

Tardes de Viernes Santo donde el azar del tiempo, sin abandonar mi empeño de querer dejar el madero, con la madurez de los años, amando cada vez más ese día amargo para el cristiano, colgaba mi traje y mi venera de cordón rojiblanco, después de haber velado a Cristo mismo entregado.

Y con el rito de siempre, a la hora de los Santos Oficios, pertrechado con mis avíos del trabajo bajo los palos, me encaminaba -por el mismo itinerario, como si fuese algo obligado-, Capitanía, Croquer, Real... Aunque ahora dejaba la Iglesia Mayor a un lado. Me persignaba y miraba con cariño, pero buscando un nuevo destino, allá donde el antiguo hospicio. El mismo sitio donde mucho tiempo antes, acudía mi padre para cargar en la Madrugá a la Señora de los Desamparados.

Qué añoranzas de aquellas tardes de Viernes Santo.

Tres golpes secos. La llamada de un capataz que mandaba callando. Pasos casi racheados y sobre mí, de nuevo, la cruz. Otra vez el Gólgota, la soledad del que ha muerto clavado. Distinto, pero casi lo mismo. Sangre de mi Señor, que ha convertido la roca en un campo de lirios.

Aquellos momentos grabados con el cincel del tiempo -que no pasa ni en balde, ni lento-, han dejado en mi memoria recuerdos que no están tan lejos.

Pero hoy, como entonces, cuando en las calles ya no se oye el muñidor del Santo Entierro, ni suena Mater Mea cuando la Madre se reencuentra con el duelo, ni desde San José se escuchan tambores que evocan el dolor, y solo quedan por los callejones un Rosario de desconsuelos, retornan a mi memoria vivencias únicas del Viernes Santo ancladas en otros momentos.

Madrugá isleña

El momento cumbre de la Semana Santa es la Madrugá. Así, en mayúsculas.

Es la noche que sirve de puente hacia la tragedia del Viernes Santo. La noche donde la Vida va encontrando su horrible final, y al amanecer somos capaces de observar que el Señor parece estar, en verdad, cansado. O puede que lo estemos nosotros, y creamos adivinar su zancada lenta y su espalda más quebrada por el peso de la cruz.

¡A saber!

Es la noche de la Esperanza, del Silencio, del Señor de esta bendita tierra. De recogidas de hermandades de barrios en la intimidad de sus gentes, que las aguardan para darles el calor que nadie mejor que ellos saben darles. Desde Pastora hasta la Casería, parando antes en la Bazán.

Dicen que en San Fernando no existe Madrugá. Pero habiendo vivido otras, con sus magníficas escenas llenas de las leyendas que sus pueblos recrearon haciéndolas grandes, hecho en falta la mía. La que conocí siendo niño y descubrí en mi juventud.

La de las tinieblas que acompañan a Cristo en su expiración. La del crujir de su cruz sobre el sobrio paso. La del vacío de palabras. La del sonido inconfundible del andar cargador. La de la voz queda del capataz. La de las miradas a lo alto, buscando la expresión del último segundo que precede a la muerte.

Verde sobre negro. Dándonos un mensaje solapado:
¡Siempre hay Esperanza!

La espesura que dejó la exhalación del Hijo, la Madre la alivia con la luz de su candelería. Tambores que suenan a luto entre calles oscurecidas.

En San Francisco se concitan las sombras y el recogimiento.

Las dos de la madrugada es el contrapunto. Emoción contenida. Murmullos que se hacen clamor.

¡En La Isla manda Dios!

¿A alguien no le queda claro?

Regidor perpétuo, Fuente de devoción, Manantial de promesas, Pañuelo de los desconsuelos, Refugio de los desesperados.

¡Los siglos no pueden equivocarse!

El gentío clamará a su paso, y las saetas serán los pentagramas que sirvan para que no se pierda el mecío, cuando los metales y la percusión enmudezcan para dejarlas escuchar.

Cirios morados alumbran el camino, hasta que el alba nos descubra porqué a Jesús Nazareno, en La Isla, le dicen El Viejo. Y allá por Calleancha, su silueta se recorte en una perfecta postal de nuestra Semana Santa.

Dolores saldrá a buscarlo, entre la bulla y su llanto, y es en la mañana del Viernes Santo cuando el encuentro es el rito que se reza callando.

Rostros satisfechos de un pueblo que se recoge cumpliendo la tradición. Desperdigada procesión de fieles que se retiran al merecido descanso, renovando su maltrecha energía en La Mallorquina, El Pescaíto, La Italiana, El 44...

Bendita esa costumbre que no se debe perder: la de esa Madrugá isleña tan íntima, tan nuestra.

No es la Madrugá macarena, ni la que va trianeando. No es la del Gran Poder, que desde San Lorenzo los costaleros llevan racheando. No es la de los Gitanos, ni la del Silencio de Monsalves, ni la del Calvario. Es la Madrugá de mi Isla de San Fernando.

¿Quién dijo que mi ciudad no tenía esa noche de transito, ensalmo que la hiciera mágica?

miércoles, 1 de abril de 2015

Capirotes blancos

Hay días en el año que te hacen sudar más que otros, bien porque las temperaturas se exhiban con sus altos grados, bien porque en esas jornadas en concreto algo nos haga convertirnos en fuente que chorrea incesante el salado líquido humano.

Para mí, desde que contaba siete años de edad, uno de esos días era el Lunes Santo. Tan solo percibir el ambiente era... ¿Cómo explicarlo? Era un cúmulo de sensaciones tal que desde el primer repique, dado por la mañana, hasta el último en la recogida, todo me hacía estremecer.

Pero de tantos y tantos lunesantos vivídos, tengo una imagen grabada en las largas horas del penitente peregrinar: incontables capirotes blancos.

Cuando la noche ya se apoderaba de todo el sabor cofrade que la tarde se había encargado de colorear, la luz de mi cirio embargaba mis sentidos -tan solo atentos a la llamada del tintineo del jefe de mi sección- cerraba los ojos, casi pretendiendo que ese gesto sirviera de alguna forma de alivio -más psicológico que físico-, y en esa supuesta oscuridad, mi mente vislumbraba una escena llena de capas rojas recortadas por los hombros por albos antifaces.

Reconozco que aquella imagen no lograba que alcanzase reposo alguno, como pretendía al fundir mis párpados en un abrazo. Todo lo contrario, me recordaba lo que aún quedaba por cubrir: tres... Quizás dos horas aún, soportando la incomodidad de aquél cartón sin más, y la asfixiante falta de aire fresco bajo la tela que cubría mi rostro.

Ahora que, por el momento, no cumplo con esa liturgia de revestirme con la túnica de mi hermandad, rememoro aquella visión para hacerla un emblema de una época de mi vida.

Capirotes blancos desde mi niñez, planchados con mimo por mi madre, que junto al resto del ropaje colgado con pulcritud monjil, confirmaba el protocolo que firmaba el inminente cumplimiento de ser vestida.

Primor de puntadas que afianzaban el escudo del que me sentía orgulloso, y parecía que palpitaba al sentirlo tan cerca del corazón una vez terminado de hilar.

Ceremonia de devoción, que a las cinco de la tarde -con la puntualidad de quien sabe que debe cumplir una misión-, se iniciaba con el nervio y el amor de probarse por última vez ese año, para no volver a quitársela, aquella túnica. Y una vez colocado el cíngulo y acomodada la capa, tocaba ponerse el capirote que te hacía un desconocido para todos, y debía ayudar a evadirte de todo aquello que no fuera llevar a efecto ese porqué me visto de penitente.

Capirotes blancos hacia la parroquia; en espera en aquél patio trasero de arena, o frente a las puertas que se abrían y te mostraban un barrio entero esperando ver a su primera cofradía.

Al abrir los ojos de nuevo, regresando de mi abstracción, observaba cómo mis hermanos de devoción mostraban síntomas de cansancio, de relajo que se ocultaba al paso de la pértiga que ordenaba las filas. A mi alrededor una relativa soledad mientras oía, por un lado, aplaudir al Misterio que ya dejaba Ancha, y el alegre redoblar del campanario pastoreño que anunciaba a la ciudad entera que ya regresaba Ecce Homo a su casa, por otro.

Campanillas de orden me mandaban reanudar la marcha, y terminaban por despertarme de ese estado hipnótico en el que me encontraba.

Ya que solo son recuerdos, también los hago mi lema, pues aún cierro los ojos, a pesar del tiempo, y los sigo imaginando como si no hubiera dejado de procesionar. 

Allí están. Como siempre...

Como una parte indivisible de mí, a pesar de los años y la distancia, que se jacta de ser un cofrade de capirote blanco del Lunes Santo.

sábado, 28 de marzo de 2015

A María de la Salud


Yo creía que tardaría en volver a verte pero, una vez más, no puedo dar las cosas por sentadas.

Soñaba, en mis más profundas ilusiones, ver tu cara con el olor al nuevo azahar recién nacido embargando ese momento. Paladear cada segundo mientras me perdía en mis pensamientos y quedar embelesado con la simple estampa de tu hechura entre varales quietos.

Me había hecho a la idea de que todo se quedara en eso... En sueños.

No le puedo quitar razón al tiempo -señor de los destinos-, que es el único capaz de darte lo que quieres, en la visión más positiva de éste. Mis dudas se disiparon al saberte tan cerca.

Mis mejores presagios -deseos de que se hiciese realidad un desenlace inesperado- se confirmaban, y la noticia me llegaba como llega el palio que todos esperan por la calle 
Ancha , con el entusiasmo de quienes se han llevado meses aguardándola, y al contemplarla no pueden evitar que de sus ojos hasta se asomen las lágrimas -esas que a ella le faltan- de emoción incontrolada.

No fue un Lunes Santo, de nuevo erraba; fue un veinticinco de marzo, cuando de forma inesperada, esa tarde quedaba enmarcada para siempre en mi alma, y veía como de las puertas más humanas salía, coronada de la luz que ningún brillante, oro ni plata jamás reflejara, a la mujer que nunca tanto hubiese imaginado sus manos querer besarlas.

María te llamas, porque no podía ser de otra forma. Salud, tu advocación que una promesa de madre a Madre tu nombre completara.

Ya no tengo presente a mi reina solo en rezos y miradas que se hacen desde la distancia, que ya estás Salud de mis amores, rodeada de tu camarista que te mima y te pone todavía más guapa. 
De mayordomos -hermanos que desde ya te alaban- que te tienen preparado ese altar, que es la cuna donde descansas, con piropos que son el mismo celo de los que te ansiaban.

Ya te tengo, mi niña, en casa.

sábado, 21 de marzo de 2015

Cada primavera

No puedo evitarlo: es mi flor.

Cualquiera tiene un perfume que la hace especial, pero ésta... Ésta hace especial el momento, el lugar, las personas...

Llueve, y tras este regalo del cielo, con la primavera recién levantada, cuando el sol disipe las dudas en forma de nubarrones, brotarán con más fuerza que nunca de naranjos y limoneros, aliándose con el resto de colores y formando un armonioso y aromatizado collage.

Pero de todos los que han nacido y nacerán, hay uno -solo uno- que es diferente a los demás. Es el primero que llega a mis manos, el primero que no es que lo huela, sino del que me embriago: el que me regala mi mujer.

Cada año, cuando llega esta fiesta de los sentidos hecha estación del año ella se afana, con el esfuerzo de quien rebusca para hallar lo mejor, en dar con ese regalo perfecto de blanco pétalo. Da igual lo complicado que sea recolectarlo. ¡Lo logra! Y como si fuese una ceremonia, liba su aroma y me lo entrega.

Así desde que nos conocimos.

Yo lo expongo para que, mientras dure la poca vida que le queda a la cortada flor, podamos disfrutar de ese manjar para el olfato, y a su despedida -apergaminado, pero aún repartiendo su esencia-, lo guardo hasta la próxima ocasión donde renazca, de nuevo, entre la fronda verde junto a naranjas y limones.

Cada primavera se cumple la liturgia de renovar el amor imperecedero que, como el azahar, puede ajarse por el agotador paso del tiempo, pero nunca dejará de renacer y renovar su frescura, a pesar de todo.

martes, 17 de marzo de 2015

Aquellas lluvias de cuaresma

Seguro que para no pocos, las lluvias en esta época donde se aglutinan las emociones traen un aire de especial nostalgia.

¡Estoy convencido!

Eso me ha ocurrido. De repente, un insospechado olor al viejo almacén de mi hermandad -venido de no sé dónde-, me ha abstraído a mi época de preadolescente. Me ha hecho recordar mi primer concierto de marchas procesionales en el salón de actos de las Carmelitas, organizado (creo recordar por la JCC).

Llegaba empapado por el tremendo aguacero que caía, con la tarde ya venida a menos. Desde fuera oía el melodioso estruendo. "Estrella sublime" sonaba mientras me acomodaba en uno de los últimos asientos de aquél lugar, concurrido hasta la misma entrada. Allí mismo escuché "La Saeta" adaptada para ser interpretada por una banda de música y, si no yerro, fue la del Maestro Tejera la primera que, al menos en La Isla, quien la tocó.

Me imbuía lo más profundo que podía, y en ese mar de sensaciones pasadas encontré tesoros que yacían oculto bajo las arenas del olvido -qué frase más manida-.




Hallé una circular -1/87 y 2/87-. Dos folios que me acuciaban a cumplir mi sueño de vestir la túnica de mi cofradía. En el primero (1/87), indicaba los días:

"... Carrasco. La C. El primer día. Veintisiete de febrero".

Tras leer, como si fuera para sacar mayor nota en un examen, cada punto de esa primera página, llegué a ese punto X determinante del donativo.

"¡Setecientas pesetas!"

Habían subido en doscientas desde el año anterior.

El segundo (2/87), en un tono duro que parecía adivinarse por las exposiciones de aquél papel, nos dejaba muy claro las exigencias que conllevaba la salida penitencial.

Cuántos recuerdos pueden llover en días como los de hoy...

En mi memoria, como si fuese una noria, daban vueltas otras imágenes. Años de niñez y juventud plagados de vivencias alrededor de una afición. ¿Por qué la voy a llamar de otra forma? Era así. Imagino que para pocos niños la cuaresma y la Semana Santa no serían otra cosa.

Por esas calendas de perfecto imberbe, vivir esta época de introspección para el católico no era sino mera diversión. Un motivo para esperar algo especial que acababa, para mí, la triste mañana del Domingo de Resurrección, que daba paso a una tarde de añoranzas. Qué paradoja.




Remembranzas de noches lluviosas, allá por el año 1986, de reuniones en los salones parroquiales de la nueva parroquia de La Ardila, con ese olor (otra vez los olores) a nuevo. A nuevo y a expectante. A ilusionante, mientras se creaba la Junta Pro-Cultos de la hermandad de Humildad y Paciencia.

Aún sin almacén, toda ella se concentraba en una mínima oficina -aunque  creo que su utilidad principal fue la de cuarto de limpieza-, bajo las escaleras que daban acceso a la planta noble del edificio anexo a la iglesia.

Veo con nitidez las quedadas los sábados para ir a buscar pan duro y venderlo para ganar unos duros, el maratón de fútbol sala en el colegio Arquitecto Leoz para seguir recaudando fondos -casi todo se fundamentaba en eso: en salir adelante-. La primera talla (bueno, la segunda) de María Santísima de las Penas, que se guardaba con celo en una de las dependencias de ese mismo colegio. Postular, y que los vecinos del barrio te apoyasen porque querían tener una cofradía allí, mientras el resto de la ciudad se extrañaba de aquellos papeles rectangulares fotocopiados con las imágenes del Cristo y la Virgen.

"¿Humildad y qué...?" 

"¿De dónde sale"?

El primer almacén en la calle Santo Entierro, la primera venera entregada -oscura como ella sola-, la primera bandera, azul con la cruz blanca y el escudo bordado, la primera y estoica salida procesional con un calor sofocante en aquél primer Domingo de Ramos de 1988...



Recuerdos, recuerdos y más recuerdos...

Oir a lo lejos ensayar a la banda de cornetas y tambores de la hermandad del Gran Poder, que por el recién construido puente de la variante (hoy con el nombre del Titular de la hermandad de la Bazán), parecía venir en apresurado procesionar. O a la del Medinaceli, ensayando allá donde la Asociación de Vecinos "La Alegría" .

Era cuando los pasos en esa bendita Isla andaban sin más.


La visita obligada a la sala de exposiciones de la extinta Caja Postal, frente a la Alameda, donde la hermandad de la Misericordia mostraba arte en miniatura con su concurso de pasos.
Iba pertrechado con la recién recogida ropa de mi cofradía, con un intenso aroma a naftalina y el escudo bien visible -ese orgullo de pertenencia- a través de la bolsa blanca.

Qué mimo el de aquél hombre, menudo y siempre sonriente, pitillo cayendo sobre el labio inferior, para doblar la túnica y entregártela.



Es tal la amalgama de remembranzas que he logrado recuperar, que no hay orden en las fechas. Es como si el tiempo se mezclase, al igual que cuando se barajan las cartas.

Esa partida -precisamente a esos juegos de estrategia en sotas y caballos- por las de las tardes en la Casa de Hermandad. Ese trivial cofrade. Esas horas y horas de charlas monotemáticas. Esos paseos en la tranquilidad de la incipiente madurez, calle Real arriba, calle Real abajo, mientras perpetrábamos, con alevosía, acudir a algún evento donde disfrutar de aquello que nos hacía tremendamente felices. Preocupados solo, tras cumplir nuestras obligaciones como estudiantes, en volver a vernos la tarde siguiente, y hacer realidad aquello que nos unía y tantas veces ya he repetido durante este escrito: Hermandad.

Era una época de intensos encuentros. De conocer a nueva gente. De aprender y de querer poner en práctica lo aprendido. De vivir como únicas aquellas fechas. De ver nuestra Semana Santa como LA Semana Santa, tan solo superada por la ensoñada sevillana. Aquella madre y maestra a la que anhelábamos escaparnos en fechas previas a la gran fecha esperada con ansias para ver, in situ, las devociones más universales y mil veces contempladas en no experimentadas, per se, procesiones en los días santos del reino cofrade hispalense.

Acudir a pasar un buen rato -a modo de salida del trabajo-, a La Trepá -mi querido refugio-. Primero en la calle San Diego de Alcalá y más tarde en Almirante Cervera, a respirar aire puro -aire puro de cofrades-. Siempre creí que para ser tertuliano en La Trepá, debías saber manejarte. Su ambiente, más especializado que bien pertrechado -aunque de todo había-, era un compendio de las artes semanasanteras: cargadores, músicos, ex-miembros de juntas de gobierno... Pero con grado. Personajes con galones, con más años que los reunidos entre los tres o cuatro amigos que acudíamos, al principio, a departir en aquel selecto club. Gentes que tocaban otros palos y tenían su propia forma
de pensar dentro del ámbito cofradiero.


El Agüaero era otra cosa. Otro... Caché.



Momentos irrepetibles, desde luego.

La lluvia cede. Deja un agradable aroma a paz.

 Sin los gritos de niños jugando, sin el ajetreo propio de otros días, donde se ha aprovechado hasta última hora la bonanza de esta pre-primavera que hemos estado gozando, con el fresco recién llegado tras los chaparrones del día de hoy, se van alejando estas memorias

En realidad siempre están ahí. Como esos naufragios que nos dejan su preciada carga. A veces, son irrecuperables, otras -como hoy- sí se pueden traer a la superficie, y con ellas una sonrisa por el botín reencontrado.

Hoy, este aguacero, me ha traído el recuerdo de aquellas lluvias de cuaresma. Puede que no todos los recuerdos sean con el agua como sayo pero, desde luego, sí ha tenido mucho que ver que las de hoy me hayan servido para sentir esas otras que, como las golondrinas de Bécquer, no volverán.




Imágenes de los archivos de "Bajo los Palos" y de la Asociación de Belenistas de San Fernando










sábado, 21 de febrero de 2015

Marca "La Isla"

Cuestión de gustos. Dicen que de prioridades.

Hablo del patrimonio de la ciudad.


Se balancea La Isla en un barco sin capitán, aunque los que deben serlo no lo son y han salido al auxilio gente del pueblo, marineros con no pocos galones más de uno, que intentan enderezar de alguna forma el rumbo de la nave y que, como ya ha pasado en otras ocasiones, no naufrague. Las aguas de la cultura en esta ínsula son peligrosas, y equivocar las coordenadas puede suponer darte de bruces con una inesperada roca.

Por fortuna, siempre me gustó el arte y tuve la ocasión de estudiarlo, aunque no terminé decantándome por él. Soy de los que apuestan por la necesidad de investigar, desarrollar, recuperar, dar a conocer toda la riqueza que en ese aspecto tenemos en San Fernando, muchas veces desconocida, pero también opino que ese tesoro no es solo tangible.

La Asociación de Jóvenes Cargadores Cofrades (JCC), como ya sabrán, abandera un proyecto inédito hasta ahora en la ciudad: proponer que el estilo de andar de nuestros pasos -la carga, vamos- pase a ser parte de ese valor intangible -como lo es el flamenco-, y se conforme como un exponente más a considerar dentro del abanico cultural local.

Sobre esto, puntos a favor y en contra. Quizás no sea tanto lo último, sino estimar que hay otras preferencias. Y puestos a mojarse, lo hago -y con conocimiento de causa-.

No quiero contradecir a quien piensa que  esta causa no se merece la prioridad del propio ente municipal, con el alcalde y otros grupos municipales como grandes aliados. Pero puestos a exponer sirven cada uno de los criterios, ya que, a mi parecer, no es algo que dependa en exclusiva de un sector concreto.

No voy a utlizar el manido argumento de recurrir a otras localidades como referencia en lo cofrade -véase Sevilla-, y lo que este movimiento representa y qué potencial representa. Me quedo con el propio efecto que el mundo de la almohada imprime en San Fernando.

Cuando la infancia era nuestro único universo, nos  atraía aquello que nos rodeaba y veíamos tan común. Así solíamos imitarlo, ayudando, sin saberlo, a consolidar la tradición (esa palabra que tanto cuesta tener en cuenta en esta Isla nuestra), ya sea disfrazándonos en los carnavales, preparándonos para ir a la feria, o convirtiendo unas maderas, unas latas de pintura vacías, y muuuucha imaginación en toda una procesión (con un tembloroso Cristo arrodillado -por si acaso- inclusive).

Cuántas cosas debiéramos tener como patrimonio. Algunas de ellas ya aclamadas, otras sin pretensión y en el caso que nos ocupa, ya se mueven los hilos.

He sido cargador, he sentido lo que significa que la maera te clave al suelo; he podido conocer al pueblo emocionado cuando he podido mirar a través de los respiraderos. He comprobado qué es que tu compañero haga un sobreesfuerzo cuando ha notado a otro flaqueando. He visto eso y más.

En nuestra historia particular -esa que solo nos pertenece a nosotros-, han quedado nombres como Nicolás Carrillo, Tinoco, Milupa, Manolo "el Bigotes", Pepe "el Mella", Pepe "el Rubio"... Y hasta calle tiene el primero. No pocos en esta tierra, que tantos y conocidos nombres ha dado, habrán oído alguna referencia acerca de ellos, porque son parte de una forma de vivir La Isla.



Lo son tanto como el levante y el poniente, la sal, los aromas de estero, las tortillitas de camarones, las panizas, las poleás, los roscos de La Victoria, la jerga salinera, las torres azules de la Iglesia Mayor, la Carraca, la biblioteca Lobo, el cerro de los Mártires o el castillo de Sancti Petri.



La particularidad en la forma de portar los pasos en esta Isla de Dios es, por derecho propio, un monumento a la tradición no edificada, esa que hay que resanar porque se caigan las piedras. Esta no... Este monumento es difícil de derribar. 

No hacen falta doctores, licenciados o técnicos que den el visto bueno o reclamen su estado. No requiere de permisos para que se ejecute su obra. El único martillo que acepta no tira, levanta. La única voz de mando que admite es la del capataz, que es capaz de hacer trabajar a cuarenta hombres como si fuesen uno. 




Es "Marca La Isla". Así como suena. Como lo es Camarón, el castillo de San Romualdo, el molino de mareas del Zaporito o el mismísimo Puente Zuazo

El estilo de carga isleña es una seña de identidad. No hay un estilo igual, no imita otros modelos más o menos cercanos, se ha autoregenerado, ha resistido la importación de otras costumbres, se ha amoldado -sin perder su génesis- a cada hermandad, otorgando propiedad al discurrir procesional. 

Hay quien defiende que es aburrida, de técnicas monótonas e insulsas. Pero ese es un tema, personalmente, sin importancia. Sin embargo, es algo nuestro; desde el argot hasta las herramientas, la carga isleña es peculiar.



El patrimonio inmaterial es algo a lo que no nos terminamos de hacer. Parece que declarar como bien algo tan autóctono como es la carga, implica que dejen en desventajas otras reivindicaciones que en el aspecto material ya pesaban para la ciudad, si bien esto solo conlleva al beneficio común, por mucho que no seamos creyentes (hasta detractores), o que la Semana Santa la usemos para hacer turismo fuera de nuestra pequeña frontera.

Las singularidades que tanto aclamamos, a veces, no las estimamos por considerarlas algo que está ahí. Le damos un valor personal, pero no a otro nivel.

La JCC ha dado un paso muy valiente. No ha priorizado su papel, aunque haya sido la voz, y ha dejado al estilo ser el protagonista.

Pienso que somos ricos en el patrimonio innecesario de la sonrisa sarcástica cuando se habla tan a la ligera de arte cofrade, Semana Santa (catalogada de Interés Turístico Nacional), cofradías, cargadores... No somos conscientes de su importante influencia cultural y lo que implica para la economía y el turismo de San Fernando. 

Si La Isla puede enorgullecerse de tener una de las pocas playas vírgenes de Andalucía, un templo mitológico; de haber sido capital de España y haber sido vientre donde se gestó La Pepa. Si entre sus gentes se han encontrado científicos y literatos. Si en las entrañas de su mar se hundió por primera vez el submarino de Isaac Peral. Si contamos con uno de los observatorios más relevantes de España... ¿Por qué vamos a tener que desechar mostrar con el mismo orgullo de patria chica, que somos los herederos de un legado, los guardadores de una tradición que nació de la necesidad de un pueblo, y que debemos custodiar como algo inherente a nuestra idiosincracia como pueblo?



Otra cosa es cómo se haya tratado el legado material. Que se trabaje para mantener el que nos queda y cuidarlo. Eso sí necesita de doctores, antes que el virus de la incompetencia o la ignorancia debilite, más aún, nuestros ya mermados bienes.


(Fotos de YO SOY CAÑAILLA, ISLAPASIÓN y PATRIMONIO LA ISLA)



viernes, 20 de febrero de 2015

La entrevista


El joven alumno de periodismo sale a la calle para hacer un trabajo de campo. El tema que debe abordar es libre, y decide llevar a cabo uno sobre la pobreza.




Su propuesta era confirmar que tal hecho era cuestión de un mal uso de la economía particular.

Al azar se dirige a un hombre sentado en el banco de un parque cercano. La apariencia de éste era bastante común, desde luego no parecía un mendigo.




Tras las apropiadas presentaciones, y el visto bueno del caballero, el joven comienza su entrevista.

- ¿Alguna vez se ha sentido rico?

Cuando he comprobado que otros tenían menos riquezas de nada que yo, entonces ahí me sentí pobre de todo.

- No entiendo...

No lo haga. La riqueza, si me habla de capital, es evidente. Cuanto más poseas, más rico eres, si posees menos... 

He comprendido que he sido un millonario toda mi vida. Sí, sí, no me mire así. 

Hasta ahora he tenido una fortuna de una gran falta de cosas: la mayoría tangibles. He dilapidado en querer conseguir; me he jugado los ahorros de pretensiones a la ruleta del vete a saber. He invertido cada moneda de cambio que lograba en acciones que resultaron ser un fraude. He robado cada minuto que dejaban a mi cargo intentando sacar provecho de ellos.

¡Sí señor! ¡Sin duda he sido un auténtico magnate del pozo negro!

- Pero... ¿Qué comparaciones son esas? 

Querido amigo... No todo el mundo tiene el don de la pobreza.

- ¿¡El don!?

Así es. No poseer, no poder, desear y no hallar es una facultad con la que no es fácil convivir. 

No me entiende, ¿verdad?

- Lo cierto es que estoy confuso.

Estamos tan habituados a que no nos falte lo  que queremos, o a intentarlo al menos, que cuando nos falta, o no lo logramos, nos ofuscamos; nos entristecemos, incluso nos enfadamos. Nos falta la magia de la improvisación.

- Magia...

Sí, bueno... Entiéndame. No hablo de magia como un hecho maravilloso, sino excepcional en un sentido de complejidad.

Ese don, amigo, consiste en vivir con las carencias y querer seguir adelante cada día.

- Comprendo. 

¿Seguro?

- Creo que sí.

Cree. 

- ...

¡Jajajaja! Al igual que quien no dispone de dinero en cantidad tal que no pueda satisfacer el capricho más nimio, no puede saber que es no necesitar; el que sí lo tiene no comprende qué es sucumbir a conformarse con su miseria.

- ¡Vaya trabalenguas!

Yo no sé que es que no me falte de nada, dentro de unas posibilidades, y usted desconoce qué es no poder comprar una barra de pan por no tener unos céntimos. ¿Cierto?

- ¡Ah! Pero... ¿Quién no tiene unas pocas monedas en sus bolsillos como para no poder ir a por pan?

Le invito a un café. Hay una cafetería que ponen uno bastante bueno a solo cincuenta céntimos.

- Bien.

(Se dirigen a una cafetería próxima)

¡Dos cafés! Uno con leche y... ¿Usted?

- Sí. Yo igual.

¡Dos con leche, por favor!



- Soy de los que piensan que hay personas que sobrevaloran las necesidades, y ello causa una forma psicológica de penuria.

¡Qué interesante! ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?

- Considero que se quiere vivir bien; todos pretenden vivir al mismo nivel, pero ello depende del que uno se pueda permitir.

Cierto.

- Entonces, si no te puedes comprar un gran chuletón, confórmate con pollo. Si no puedes hacerte con un vehículo, usa el transporte público. Si no puedes adquirir una vivienda, alquila una según dispongas. Si tus hijos no pueden acudir al mejor colegio, que cursen donde les convengan. Si no puedes...

... Si no puedes comprar pan, usa el mendrugo de ayer; si lo tienes.

(Sopló el hombre el humeante vaso)

- ¿¡Otra vez!?

No se altere. Comparto su punto de vista, sin duda. 

La sociedad está construída sobre ciertas necesidades que, para algunos, son prohibitivas. Sin embargo, tenga en cuenta que cuando te las venden no disciernen sobre quienes las perciben; y es tanta el hambre de querer ser, que nos olvidamos de la realidad, la triste verdad, que acompaña a algunos.

- Pues sí.

¡Vaya! Va a tener que pagar usted los cafés. (Mientras, rebusca en el bolsillo de su pantalón)

- ¡Claro! No se preocupe.

(Salen del local)

Disculpe este vergonzoso suceso.

- No tiene importancia, en serio.

Muchas gracias.

¿Dígame? Si tuviese solo un euro, solo uno, ¿qué haría con él?

- Pues no sé... Supongo que si tuviera que invertirlo lo haría en aquello que me fuera más necesario.

Es usted muy coherente

(Los dos hombres entran en una tienda de comestibles, y el joven periodista titubea ante ello)

¿Me pone una pieza de pan y una de esas latas de atún? (Al tendero)

- "Son noventa y cinco céntimos"

(Saca un pequeño monedero marrón, y lo pone boca abajo, cayendo una sola moneda)

Gracias.

(Salen de la tienda)

- ¡Pero hombre de Dios! ¿Cómo no me dijo que solo tenía esa moneda?

Porque, a veces, para creer sí hay que ver, querido mío. La vida es un escaparate para unos, y una batalla para otros.











jueves, 19 de febrero de 2015

El diablo en el espejo

Su supuesta candidez, su aire de niña que ya dejaba de serlo acompañado de esos uniformes del colegio religioso donde había comenzado a estudiar Secundaria, y sus costumbres de joven perfecta y educada, le habían otorgado una imagen alejada de aquellos mitos irreverentes y de carácter independiente que ahora tanto adoraba y deseaba imitar.


La tentación era grande. Aquello era un pecado que no se limpiaba con agua. Pero pensó que quería dejar atrás a esa ñoña, y aceptó la  idea de una compañera dos cursos mayor que ella, con la que contrajo una casual amistad, la cuál le planteó una especie de juego para deshacerse de la timidez timorata que parecía asfixiarla. 

La muchacha era lo que ella anhelaba ser. Triunfaba entre los círculos masculinos, y rompía con el molde de niña bien. Parecía mostrar un aura de libertad insólita que deseaba sobremanera.

Entre las chicas se decía que había hecho algún pacto perverso, y corría el rumor -extendido como una mecha de pólvora cuando se enciende- que, en una reunión en el patio del instituto, prometió que vendería su alma si hiciera falta para desasirse de lo plastificado de su existencia.


La devota adolescente, absorbida por ese deseo irrefrenable de dar un giro a su personaje en la sociedad, resolvió guiarse por el mismo camino que su admirada conocida.

Tan solo una regla: No podía faltar un espejo donde poder verse en toda su integridad


El fin era que fuese capaz de contemplarse, dejándose llevar por sus instintos más básicos, y se conociese como no lo había hecho hasta entonces. 

Para la hastiada chica, la propuesta en sí no resultaba una solución: sexo en soledad y un espejo, ¿a modo de...? Sin embargo, aunque ese acto de autoafecto carnal no resultaba novedad alguna, sí estimaba que faltaba a algo cuando lo ejercía. La moralidad paterna era, sin dudas, otro de esos muros entre los que se veía enclaustrada. 

Tras cenar temprano y poco, se fue a su cuarto y siguió unas normas simples que debía cumplir de manera previa y que, a pesar de todo, le pareció absurdas.

Se veía, en un espejo que dominaba la habitación desde un rincón, recostada en su cama; vestida solo con una sábana, mantenía encendida la luz de una vela sobre la mesa de noche. Una claridad titubeante, escasa y provocadora que confería al lugar un aire de cierta suciedad moral


Las ventanas cerradas. Las persianas apenas dejaban entrar el reflejo que la luna, llena de esplendor, regalaba aquella noche. Reforzó la puerta con un pequeño cerrojo, que hacía las veces de defensa de aquél reino de un solo habitante; quería estar a solas con ella misma. No quería perturbaciones que la enajenaran del sacrificio al que pretendía ofrecerse. 

Bajo la suavidad de la tela que la cubría, rozaba sus rodillas con cierto nerviosismo, pero no eran dudas lo que tenía, sino ansias. Acariciaba sus piernas con los pies, y notaba la seda de su piel. La tersura de aquella envoltura de juventud hizo que, por un momento, la hiciera temblar extática. Recorrían sus dedos las pantorrillas. ¡Duras! ¡Atléticas! Y terminaban por entrelazarse entre ellos, causándole tal sensación de aprisionamiento que el corazón le latía tan fuerte que lo notaba en lo más íntimo de su ser. Así pareciera que recorría su cuerpo una corriente eléctrica desde su pelvis hacia cualquier dirección.


Agarrada a su paño de pureza, que la guardaba de sentirse descubierta, aquella fuerza que la hizo tambalear desde dentro, logró que sus manos se abrieran espasmódicas, quedando al descubierto su torso, limpio de frivolidades con encajes que limitaran la visión de un paraje bellísimo: Dos breves llanuras, del color de un campo de rosas rosas, de las que brotaban sendas rocas tintadas de una sonrojada palidez.


El demonio mismo se asomaba a aquél cristal, gobernador de la estancia, que reverberaba la imagen de la pureza misma, y quiso que aquél ángel fuese suyo. En el inmenso ventanal que absorbía cada mínimo detalle de la sala, tenía a su gran aliado. Sabía que ella no podría resistir probar el bocado que veía reflejado.

Tentada, encogida levemente, empezó a estirar sus piernas. Largas, firmes. Dejando a la vista un perfecto atuendo: su cuerpo.

Inclinó la rodilla izquierda, aún elevada, hacia la misma dirección, y el tesoro de su inocencia quedó al descubierto. Sabía que no tenía que buscar mucho para encontrar lo que quería, pero no le interesaba hallarlo tan rapido. Sumergió su mano derecha hacia la lisa entrada, y con delicadeza descorrió el tenso telón aterciopelado, notando como las yemas de sus dedos indice y anular se embadurnaban como de miel. Comenzó a acariciar el pequeño cáliz que halló, provocando que se derramara, aún más, aquél contenido meloso.


Intentaba no demostrar abiertamente la emoción ante tal hallazgo, y se mordía con fuerza el labio inferior para que de su boca no saliera el secreto que había encontrado, y se mantenía muda, pero sabía que era cuestión de minutos que se explayara en expresar su gozo.


Miró de soslayo al espejo. Pareciese como si la observaran desde él. Lo sabía. Le gustaba. Pasó de sentirse indefensa a mostrarse dominante. Indagaba, con permiso de nadie, cada palmo que sus manos alcanzaban a disfrutar. Sus labios, blanquecinos de los grilletes de sus dientes que los apresaban, comenzaron a colorearse de nuevo, y sus cadenas empezaban a dar de sí



No podía dejar de regodearse en el omnipresente vídrio. 

Apostada en el cabecero de su cama, sus piernas se abrían en un abrazo que clamaba ser correspondido. Sus extremidades, como Shiva, parecían multiplicarse para llegar a cada zona de su cuerpo que le provocara un mínimo estremecimiento. En sus manos, látigos de seda que lograron que de su garganta surgieran suspiros, mientras azotaban con fruición la carne trémula.

Por el desfiladero que discurría entre las llanuras, ahora tintadas de fuego ante la excitación, ríos de sudor que conferían a su busto la impresión de un delirante y apasionado baño, que salpicaban más allá de su vientre, rodeando el ombligo elipsado y vertiéndose entre los dedos, ya húmedos, que no cesaban de fustigarla en su interior, en una incesante y estimulante escena de posesión.


De repente, quedó paralizada. No era capaz de responder a nada. Aturdida por una sacudida que le recorría cada músculo, sentía cómo manaba abundante líquido del frenesí desde la profundidad donde había sido castigada de placer. La piel tersa se erizó, y de sus pechos surgieron enhiestas dos lanzas que le provocaron mayor perturbación, si era eso posible.

Se dejó resbalar hasta el mismo centro de la cama, y desde allí observó a la chica del espejo. No. No era ella. Aquella muchacha que veía no se le parecía en nada. Con más interés que fuerza, se acercó hasta él, y se contempló. Sonrió, denotando una mueca de satisfacción mientras reconocía la desnudez que se le presentaba. En cierto modo, le pareció como si no hubiese disfrutado a solas del todo.

La joven dio media vuelta y se dispuso a entrar en la ducha. Sin embargo aquella figura del espejo no dejaba de mirarla con una expresión de maldad.


Al final, el diablo consiguió hacer suyo a aquél ángel.



jueves, 12 de febrero de 2015

Eres (a Cádiz)

Eres ese verso que se recita al suspirar, ese que se escapa en las lágrimas de quien se va. 

Eres el retazo que se ultima al pintar, ese detalle que el artista no quiere relegar.



Eres la pasión del enamorado, el brillo de sus ojos al contemplar la mirada eterna de quien dice amar.

Eres veleta que señala al ventear, el faro que ilumina el camino en el mar, la campana que alegre repica y anuncia qué hay que celebrar.



Eres un pedazo del cielo que no se quiere marchar, donde cada febrero sus ángeles tornan altar un estrado de bombos, cajas y guitarras y un 3x4 de compás

Eres un edén que saluda al mar, un limbo donde quedarse mientras puedas respirar.

Eres, Cádiz, diosa tierra para adorar, de aquellos que se fueron y los que no se quieren marchar.

Eres, Cádiz -tacita plateá-, cuna de la luna que en tus aguas mansas quiere descansar.



lunes, 9 de febrero de 2015

A mi barrio (breve poema a La Pastora, San Fernando)

Entre la arboleda desnuda, con la única música de las pisadas rompiendo el sonido quieto, las calles de un barrio que yacía durmiendo.


Tesoro el suelo que sostiene los muros de tu templo, joya de la corona de este breve reino.

Barrio y universo, que quien te descubre se deslumbra de tu sencillo secreto:    

       -"¿Secreto?"
       
       - ¡Shhhh! Silencio...


jueves, 29 de enero de 2015

La mano derecha (La labor social en las hermandades

Un relato. Os propongo un relato sobre la mano izquierda y la derecha. Sobre porqué, a veces, es necesario que una sepa qué hace la otra.

El papel de las hermandades y su relevancia social.



LA MANO DERECHA 

Durante mucho tiempo la mano izquierda no sabía que hacía la otra. Por desgracia, la derecha se afanaba en trabajar bajo el anonimato, silente, abnegada y comprometida por su papel intermediario entre el pueblo y la Iglesia, y al estar tan cerca de la gente sabía de sus necesidades.

La izquierda, en tanto, actuaba a la vista. Su misión era más ostentosa y debía encargarse del protocolo que tenía también como misión. Sin embargo, la siniestra era duramente criticada, acusada de derrochadora, sentenciada por muchos que la juzgaban solo por lo que ella hacía.

Pero ambas manos eran parte del mismo cuerpo. A su cabeza nunca le importó que u na de sus extremidades fuese lacerada, mientras parecía que fuese manca la otra; inexistente.

Pero no era así. No es así, de hecho. La encomiable labor de la mano diestra debe ser conocida, no puede quedarse para las catacumbas cofrades. Al igual que existen misioneros, que dan su vida por muchos que solo vemos en su desgracia por televisión, también están las HERMANDADES, su LABOR SOCIAL debe ser expuesta, para callar bocas ignorantes, y para que la sociedad sepa que esos cristianos de a pie no solo gastan el dinero (invierten en patrimonio, mejor dicho, que revierte en turismo en Semana Santa y en platos de comida en la casa de artesanos y empleados de esas fábricas del arte de esta tierra nuestra. Es decir: crean riqueza hacia el pueblo).

Por cierto, ese dinero no proviene del erario municipal, sino de sus propios hermanos y simpatizantes.

A ver cuántas formaciones políticas, sindicales, organizaciones varias no caritativas, pueden decir esto. ¡Ah! Y sin colgarse medallas ni obtener mayor beneficio que la de ayudar al prójimo SIN IMPORTAR CREDO NI IDEOLOGÍA.

Reflexiones para una noche

Llegan estas horas, preparas la última liturgia antes que la negrura se haga tan intensa, tan inmensa, que no sabrás si solo duermes o has dejado de vivir. ¿Quién sabe?

Antes de que los párpados cubran con su sábana de piel la luz que nos hace ver la vida, recostado sobre la cama, en el silencio que solo la noche regala -y que, a veces, no sabemos apreciar en su justa medida-, nuestra insaciable necesidad de seguir en el mundo nos condena a permanecer atados al día que ya murió, y a ese poco le importa el bien o el daño que trajo, tan solo pasó sobre nosotros; primero silente, sin prisa en ser descubierto entre el frío de la madrugada, y con el primer rayo de sol ya nos aturdía, sacándonos del único sitio donde estamos protegidos: nuestros sueños.



En tu mente resuenan momentos de esa jornada que ha quedado nada más que para el recuerdo, reflejada con la frialdad de unos números en alguna agenda, en algún papel escolar, en cualquier anotación que deba ser clasificada. Quedará oculta entre los miles de segundos que le precederán.

Apoyada tu cabeza sobre el reposo de la almohada, aún pretenderás darle vueltas a lo que no hiciste, a lo que te faltó o sobró, a quién dejaste de ver porque no te apetecía, o a quién le volviste a dar la mano o a arroparlo en un abrazo. 

Te morderás el labio inferior y entornarás los ojos mientras te dices lo estúpido que fuiste ante el momento en el que debieras haber sido fuerte, capaz, y haber resuelto las cosas de otra forma. En ese momento algo te golpea en la tranquilidad de esas horas intempestivas, y parece que te despierta, que te deja sin respirar... Al final recapacitas y te rindes a lo que ya no se puede cambiar.

¿Y ahora? 

La realidad es que una fuerza invisible logra que, por fin, las persianas que cubren tus iris comiencen a ceder. Caen despacio, pero a plomo. Luchas en un intento hercúleo por demostrar que todo lo puedes, pero no es así.

Tu conciencia, la que te ha mantenido despierto en combate con tu propio ser está siendo vencida. Poco importa ya qué hayas llevado a cabo, qué maldad o qué beneficio reportases al mundo para que, algún día, el Universo te lo demande o te lo premie. Unos dedos imperceptibles a la vista, pero no al tacto, se empeñan en que ya es la hora y te cierran las cortinas para que dejes de ver por las ventanas a la que cada día te asomas al mundo.



Pesan los ojos y pesan las acciones; puede que no todas, pero de cualquier manera unas son más cargas que otras. ¡Malditos remordimientos!

El telón se cierra y la función termina. El actor se esconde tras las oscuras bambalinas del teatro en el que hemos representando nuestra función diaria. No hay aplausos, ni palabra alguna cruza nuestros oídos. Tan solo silencio. El ensordecedor grito de la noche, ese al que tanto tememos, la mudez de las impresiones, de las voces, nos embriaga con su licor de nada.



Acostados en nuestra cama, somos solo nosotros, y estamos en grave peligro de dejarnos atormentar por nuestra voz interior, esa que nos juzga y nos condena; la misma que tan pocos golpecitos en la espalda hace que nos demos.


¡Shhhhh! ¿No oyes? Aparta esa arpía que te lacera implacable y escucha el sonido del vacío. Puedes usarlo como quieras. Hazle caso. Enlaza tus pestañas y déjate llevar por esa impresionante sensación de paz que tienes a tu alcance pero no logras vislumbrar.

Es de noche. No pienses, no te atormentes, no hagas planes, no elucubres sobre el mañana, aquella es otra obra por interpretar. Aparca los miedos ante el futuro, despégate de los que ya conoces. Este es tu momento, tuyo y de nadie más: suéñalo.