viernes, 20 de febrero de 2015

La entrevista


El joven alumno de periodismo sale a la calle para hacer un trabajo de campo. El tema que debe abordar es libre, y decide llevar a cabo uno sobre la pobreza.




Su propuesta era confirmar que tal hecho era cuestión de un mal uso de la economía particular.

Al azar se dirige a un hombre sentado en el banco de un parque cercano. La apariencia de éste era bastante común, desde luego no parecía un mendigo.




Tras las apropiadas presentaciones, y el visto bueno del caballero, el joven comienza su entrevista.

- ¿Alguna vez se ha sentido rico?

Cuando he comprobado que otros tenían menos riquezas de nada que yo, entonces ahí me sentí pobre de todo.

- No entiendo...

No lo haga. La riqueza, si me habla de capital, es evidente. Cuanto más poseas, más rico eres, si posees menos... 

He comprendido que he sido un millonario toda mi vida. Sí, sí, no me mire así. 

Hasta ahora he tenido una fortuna de una gran falta de cosas: la mayoría tangibles. He dilapidado en querer conseguir; me he jugado los ahorros de pretensiones a la ruleta del vete a saber. He invertido cada moneda de cambio que lograba en acciones que resultaron ser un fraude. He robado cada minuto que dejaban a mi cargo intentando sacar provecho de ellos.

¡Sí señor! ¡Sin duda he sido un auténtico magnate del pozo negro!

- Pero... ¿Qué comparaciones son esas? 

Querido amigo... No todo el mundo tiene el don de la pobreza.

- ¿¡El don!?

Así es. No poseer, no poder, desear y no hallar es una facultad con la que no es fácil convivir. 

No me entiende, ¿verdad?

- Lo cierto es que estoy confuso.

Estamos tan habituados a que no nos falte lo  que queremos, o a intentarlo al menos, que cuando nos falta, o no lo logramos, nos ofuscamos; nos entristecemos, incluso nos enfadamos. Nos falta la magia de la improvisación.

- Magia...

Sí, bueno... Entiéndame. No hablo de magia como un hecho maravilloso, sino excepcional en un sentido de complejidad.

Ese don, amigo, consiste en vivir con las carencias y querer seguir adelante cada día.

- Comprendo. 

¿Seguro?

- Creo que sí.

Cree. 

- ...

¡Jajajaja! Al igual que quien no dispone de dinero en cantidad tal que no pueda satisfacer el capricho más nimio, no puede saber que es no necesitar; el que sí lo tiene no comprende qué es sucumbir a conformarse con su miseria.

- ¡Vaya trabalenguas!

Yo no sé que es que no me falte de nada, dentro de unas posibilidades, y usted desconoce qué es no poder comprar una barra de pan por no tener unos céntimos. ¿Cierto?

- ¡Ah! Pero... ¿Quién no tiene unas pocas monedas en sus bolsillos como para no poder ir a por pan?

Le invito a un café. Hay una cafetería que ponen uno bastante bueno a solo cincuenta céntimos.

- Bien.

(Se dirigen a una cafetería próxima)

¡Dos cafés! Uno con leche y... ¿Usted?

- Sí. Yo igual.

¡Dos con leche, por favor!



- Soy de los que piensan que hay personas que sobrevaloran las necesidades, y ello causa una forma psicológica de penuria.

¡Qué interesante! ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?

- Considero que se quiere vivir bien; todos pretenden vivir al mismo nivel, pero ello depende del que uno se pueda permitir.

Cierto.

- Entonces, si no te puedes comprar un gran chuletón, confórmate con pollo. Si no puedes hacerte con un vehículo, usa el transporte público. Si no puedes adquirir una vivienda, alquila una según dispongas. Si tus hijos no pueden acudir al mejor colegio, que cursen donde les convengan. Si no puedes...

... Si no puedes comprar pan, usa el mendrugo de ayer; si lo tienes.

(Sopló el hombre el humeante vaso)

- ¿¡Otra vez!?

No se altere. Comparto su punto de vista, sin duda. 

La sociedad está construída sobre ciertas necesidades que, para algunos, son prohibitivas. Sin embargo, tenga en cuenta que cuando te las venden no disciernen sobre quienes las perciben; y es tanta el hambre de querer ser, que nos olvidamos de la realidad, la triste verdad, que acompaña a algunos.

- Pues sí.

¡Vaya! Va a tener que pagar usted los cafés. (Mientras, rebusca en el bolsillo de su pantalón)

- ¡Claro! No se preocupe.

(Salen del local)

Disculpe este vergonzoso suceso.

- No tiene importancia, en serio.

Muchas gracias.

¿Dígame? Si tuviese solo un euro, solo uno, ¿qué haría con él?

- Pues no sé... Supongo que si tuviera que invertirlo lo haría en aquello que me fuera más necesario.

Es usted muy coherente

(Los dos hombres entran en una tienda de comestibles, y el joven periodista titubea ante ello)

¿Me pone una pieza de pan y una de esas latas de atún? (Al tendero)

- "Son noventa y cinco céntimos"

(Saca un pequeño monedero marrón, y lo pone boca abajo, cayendo una sola moneda)

Gracias.

(Salen de la tienda)

- ¡Pero hombre de Dios! ¿Cómo no me dijo que solo tenía esa moneda?

Porque, a veces, para creer sí hay que ver, querido mío. La vida es un escaparate para unos, y una batalla para otros.











jueves, 19 de febrero de 2015

El diablo en el espejo

Su supuesta candidez, su aire de niña que ya dejaba de serlo acompañado de esos uniformes del colegio religioso donde había comenzado a estudiar Secundaria, y sus costumbres de joven perfecta y educada, le habían otorgado una imagen alejada de aquellos mitos irreverentes y de carácter independiente que ahora tanto adoraba y deseaba imitar.


La tentación era grande. Aquello era un pecado que no se limpiaba con agua. Pero pensó que quería dejar atrás a esa ñoña, y aceptó la  idea de una compañera dos cursos mayor que ella, con la que contrajo una casual amistad, la cuál le planteó una especie de juego para deshacerse de la timidez timorata que parecía asfixiarla. 

La muchacha era lo que ella anhelaba ser. Triunfaba entre los círculos masculinos, y rompía con el molde de niña bien. Parecía mostrar un aura de libertad insólita que deseaba sobremanera.

Entre las chicas se decía que había hecho algún pacto perverso, y corría el rumor -extendido como una mecha de pólvora cuando se enciende- que, en una reunión en el patio del instituto, prometió que vendería su alma si hiciera falta para desasirse de lo plastificado de su existencia.


La devota adolescente, absorbida por ese deseo irrefrenable de dar un giro a su personaje en la sociedad, resolvió guiarse por el mismo camino que su admirada conocida.

Tan solo una regla: No podía faltar un espejo donde poder verse en toda su integridad


El fin era que fuese capaz de contemplarse, dejándose llevar por sus instintos más básicos, y se conociese como no lo había hecho hasta entonces. 

Para la hastiada chica, la propuesta en sí no resultaba una solución: sexo en soledad y un espejo, ¿a modo de...? Sin embargo, aunque ese acto de autoafecto carnal no resultaba novedad alguna, sí estimaba que faltaba a algo cuando lo ejercía. La moralidad paterna era, sin dudas, otro de esos muros entre los que se veía enclaustrada. 

Tras cenar temprano y poco, se fue a su cuarto y siguió unas normas simples que debía cumplir de manera previa y que, a pesar de todo, le pareció absurdas.

Se veía, en un espejo que dominaba la habitación desde un rincón, recostada en su cama; vestida solo con una sábana, mantenía encendida la luz de una vela sobre la mesa de noche. Una claridad titubeante, escasa y provocadora que confería al lugar un aire de cierta suciedad moral


Las ventanas cerradas. Las persianas apenas dejaban entrar el reflejo que la luna, llena de esplendor, regalaba aquella noche. Reforzó la puerta con un pequeño cerrojo, que hacía las veces de defensa de aquél reino de un solo habitante; quería estar a solas con ella misma. No quería perturbaciones que la enajenaran del sacrificio al que pretendía ofrecerse. 

Bajo la suavidad de la tela que la cubría, rozaba sus rodillas con cierto nerviosismo, pero no eran dudas lo que tenía, sino ansias. Acariciaba sus piernas con los pies, y notaba la seda de su piel. La tersura de aquella envoltura de juventud hizo que, por un momento, la hiciera temblar extática. Recorrían sus dedos las pantorrillas. ¡Duras! ¡Atléticas! Y terminaban por entrelazarse entre ellos, causándole tal sensación de aprisionamiento que el corazón le latía tan fuerte que lo notaba en lo más íntimo de su ser. Así pareciera que recorría su cuerpo una corriente eléctrica desde su pelvis hacia cualquier dirección.


Agarrada a su paño de pureza, que la guardaba de sentirse descubierta, aquella fuerza que la hizo tambalear desde dentro, logró que sus manos se abrieran espasmódicas, quedando al descubierto su torso, limpio de frivolidades con encajes que limitaran la visión de un paraje bellísimo: Dos breves llanuras, del color de un campo de rosas rosas, de las que brotaban sendas rocas tintadas de una sonrojada palidez.


El demonio mismo se asomaba a aquél cristal, gobernador de la estancia, que reverberaba la imagen de la pureza misma, y quiso que aquél ángel fuese suyo. En el inmenso ventanal que absorbía cada mínimo detalle de la sala, tenía a su gran aliado. Sabía que ella no podría resistir probar el bocado que veía reflejado.

Tentada, encogida levemente, empezó a estirar sus piernas. Largas, firmes. Dejando a la vista un perfecto atuendo: su cuerpo.

Inclinó la rodilla izquierda, aún elevada, hacia la misma dirección, y el tesoro de su inocencia quedó al descubierto. Sabía que no tenía que buscar mucho para encontrar lo que quería, pero no le interesaba hallarlo tan rapido. Sumergió su mano derecha hacia la lisa entrada, y con delicadeza descorrió el tenso telón aterciopelado, notando como las yemas de sus dedos indice y anular se embadurnaban como de miel. Comenzó a acariciar el pequeño cáliz que halló, provocando que se derramara, aún más, aquél contenido meloso.


Intentaba no demostrar abiertamente la emoción ante tal hallazgo, y se mordía con fuerza el labio inferior para que de su boca no saliera el secreto que había encontrado, y se mantenía muda, pero sabía que era cuestión de minutos que se explayara en expresar su gozo.


Miró de soslayo al espejo. Pareciese como si la observaran desde él. Lo sabía. Le gustaba. Pasó de sentirse indefensa a mostrarse dominante. Indagaba, con permiso de nadie, cada palmo que sus manos alcanzaban a disfrutar. Sus labios, blanquecinos de los grilletes de sus dientes que los apresaban, comenzaron a colorearse de nuevo, y sus cadenas empezaban a dar de sí



No podía dejar de regodearse en el omnipresente vídrio. 

Apostada en el cabecero de su cama, sus piernas se abrían en un abrazo que clamaba ser correspondido. Sus extremidades, como Shiva, parecían multiplicarse para llegar a cada zona de su cuerpo que le provocara un mínimo estremecimiento. En sus manos, látigos de seda que lograron que de su garganta surgieran suspiros, mientras azotaban con fruición la carne trémula.

Por el desfiladero que discurría entre las llanuras, ahora tintadas de fuego ante la excitación, ríos de sudor que conferían a su busto la impresión de un delirante y apasionado baño, que salpicaban más allá de su vientre, rodeando el ombligo elipsado y vertiéndose entre los dedos, ya húmedos, que no cesaban de fustigarla en su interior, en una incesante y estimulante escena de posesión.


De repente, quedó paralizada. No era capaz de responder a nada. Aturdida por una sacudida que le recorría cada músculo, sentía cómo manaba abundante líquido del frenesí desde la profundidad donde había sido castigada de placer. La piel tersa se erizó, y de sus pechos surgieron enhiestas dos lanzas que le provocaron mayor perturbación, si era eso posible.

Se dejó resbalar hasta el mismo centro de la cama, y desde allí observó a la chica del espejo. No. No era ella. Aquella muchacha que veía no se le parecía en nada. Con más interés que fuerza, se acercó hasta él, y se contempló. Sonrió, denotando una mueca de satisfacción mientras reconocía la desnudez que se le presentaba. En cierto modo, le pareció como si no hubiese disfrutado a solas del todo.

La joven dio media vuelta y se dispuso a entrar en la ducha. Sin embargo aquella figura del espejo no dejaba de mirarla con una expresión de maldad.


Al final, el diablo consiguió hacer suyo a aquél ángel.



jueves, 12 de febrero de 2015

Eres (a Cádiz)

Eres ese verso que se recita al suspirar, ese que se escapa en las lágrimas de quien se va. 

Eres el retazo que se ultima al pintar, ese detalle que el artista no quiere relegar.



Eres la pasión del enamorado, el brillo de sus ojos al contemplar la mirada eterna de quien dice amar.

Eres veleta que señala al ventear, el faro que ilumina el camino en el mar, la campana que alegre repica y anuncia qué hay que celebrar.



Eres un pedazo del cielo que no se quiere marchar, donde cada febrero sus ángeles tornan altar un estrado de bombos, cajas y guitarras y un 3x4 de compás

Eres un edén que saluda al mar, un limbo donde quedarse mientras puedas respirar.

Eres, Cádiz, diosa tierra para adorar, de aquellos que se fueron y los que no se quieren marchar.

Eres, Cádiz -tacita plateá-, cuna de la luna que en tus aguas mansas quiere descansar.



lunes, 9 de febrero de 2015

A mi barrio (breve poema a La Pastora, San Fernando)

Entre la arboleda desnuda, con la única música de las pisadas rompiendo el sonido quieto, las calles de un barrio que yacía durmiendo.


Tesoro el suelo que sostiene los muros de tu templo, joya de la corona de este breve reino.

Barrio y universo, que quien te descubre se deslumbra de tu sencillo secreto:    

       -"¿Secreto?"
       
       - ¡Shhhh! Silencio...


jueves, 29 de enero de 2015

La mano derecha (La labor social en las hermandades

Un relato. Os propongo un relato sobre la mano izquierda y la derecha. Sobre porqué, a veces, es necesario que una sepa qué hace la otra.

El papel de las hermandades y su relevancia social.



LA MANO DERECHA 

Durante mucho tiempo la mano izquierda no sabía que hacía la otra. Por desgracia, la derecha se afanaba en trabajar bajo el anonimato, silente, abnegada y comprometida por su papel intermediario entre el pueblo y la Iglesia, y al estar tan cerca de la gente sabía de sus necesidades.

La izquierda, en tanto, actuaba a la vista. Su misión era más ostentosa y debía encargarse del protocolo que tenía también como misión. Sin embargo, la siniestra era duramente criticada, acusada de derrochadora, sentenciada por muchos que la juzgaban solo por lo que ella hacía.

Pero ambas manos eran parte del mismo cuerpo. A su cabeza nunca le importó que u na de sus extremidades fuese lacerada, mientras parecía que fuese manca la otra; inexistente.

Pero no era así. No es así, de hecho. La encomiable labor de la mano diestra debe ser conocida, no puede quedarse para las catacumbas cofrades. Al igual que existen misioneros, que dan su vida por muchos que solo vemos en su desgracia por televisión, también están las HERMANDADES, su LABOR SOCIAL debe ser expuesta, para callar bocas ignorantes, y para que la sociedad sepa que esos cristianos de a pie no solo gastan el dinero (invierten en patrimonio, mejor dicho, que revierte en turismo en Semana Santa y en platos de comida en la casa de artesanos y empleados de esas fábricas del arte de esta tierra nuestra. Es decir: crean riqueza hacia el pueblo).

Por cierto, ese dinero no proviene del erario municipal, sino de sus propios hermanos y simpatizantes.

A ver cuántas formaciones políticas, sindicales, organizaciones varias no caritativas, pueden decir esto. ¡Ah! Y sin colgarse medallas ni obtener mayor beneficio que la de ayudar al prójimo SIN IMPORTAR CREDO NI IDEOLOGÍA.

Reflexiones para una noche

Llegan estas horas, preparas la última liturgia antes que la negrura se haga tan intensa, tan inmensa, que no sabrás si solo duermes o has dejado de vivir. ¿Quién sabe?

Antes de que los párpados cubran con su sábana de piel la luz que nos hace ver la vida, recostado sobre la cama, en el silencio que solo la noche regala -y que, a veces, no sabemos apreciar en su justa medida-, nuestra insaciable necesidad de seguir en el mundo nos condena a permanecer atados al día que ya murió, y a ese poco le importa el bien o el daño que trajo, tan solo pasó sobre nosotros; primero silente, sin prisa en ser descubierto entre el frío de la madrugada, y con el primer rayo de sol ya nos aturdía, sacándonos del único sitio donde estamos protegidos: nuestros sueños.



En tu mente resuenan momentos de esa jornada que ha quedado nada más que para el recuerdo, reflejada con la frialdad de unos números en alguna agenda, en algún papel escolar, en cualquier anotación que deba ser clasificada. Quedará oculta entre los miles de segundos que le precederán.

Apoyada tu cabeza sobre el reposo de la almohada, aún pretenderás darle vueltas a lo que no hiciste, a lo que te faltó o sobró, a quién dejaste de ver porque no te apetecía, o a quién le volviste a dar la mano o a arroparlo en un abrazo. 

Te morderás el labio inferior y entornarás los ojos mientras te dices lo estúpido que fuiste ante el momento en el que debieras haber sido fuerte, capaz, y haber resuelto las cosas de otra forma. En ese momento algo te golpea en la tranquilidad de esas horas intempestivas, y parece que te despierta, que te deja sin respirar... Al final recapacitas y te rindes a lo que ya no se puede cambiar.

¿Y ahora? 

La realidad es que una fuerza invisible logra que, por fin, las persianas que cubren tus iris comiencen a ceder. Caen despacio, pero a plomo. Luchas en un intento hercúleo por demostrar que todo lo puedes, pero no es así.

Tu conciencia, la que te ha mantenido despierto en combate con tu propio ser está siendo vencida. Poco importa ya qué hayas llevado a cabo, qué maldad o qué beneficio reportases al mundo para que, algún día, el Universo te lo demande o te lo premie. Unos dedos imperceptibles a la vista, pero no al tacto, se empeñan en que ya es la hora y te cierran las cortinas para que dejes de ver por las ventanas a la que cada día te asomas al mundo.



Pesan los ojos y pesan las acciones; puede que no todas, pero de cualquier manera unas son más cargas que otras. ¡Malditos remordimientos!

El telón se cierra y la función termina. El actor se esconde tras las oscuras bambalinas del teatro en el que hemos representando nuestra función diaria. No hay aplausos, ni palabra alguna cruza nuestros oídos. Tan solo silencio. El ensordecedor grito de la noche, ese al que tanto tememos, la mudez de las impresiones, de las voces, nos embriaga con su licor de nada.



Acostados en nuestra cama, somos solo nosotros, y estamos en grave peligro de dejarnos atormentar por nuestra voz interior, esa que nos juzga y nos condena; la misma que tan pocos golpecitos en la espalda hace que nos demos.


¡Shhhhh! ¿No oyes? Aparta esa arpía que te lacera implacable y escucha el sonido del vacío. Puedes usarlo como quieras. Hazle caso. Enlaza tus pestañas y déjate llevar por esa impresionante sensación de paz que tienes a tu alcance pero no logras vislumbrar.

Es de noche. No pienses, no te atormentes, no hagas planes, no elucubres sobre el mañana, aquella es otra obra por interpretar. Aparca los miedos ante el futuro, despégate de los que ya conoces. Este es tu momento, tuyo y de nadie más: suéñalo.



domingo, 25 de enero de 2015

El día más bonito

- "¿El día más bonito?"

Sentado frente a un ventanal, esa pregunta sobrevenida a raíz de un libro que había estado leyendo hacía poco, le mantenía absorto en aquella fría y soleada tarde de domingo.


Le parecía tan idiota aquello. Discurrir sobre algo tan complejo teniendo que recurrir, además, a su ya maltrecha memoria. De hecho le cansaba el simple hecho de tener que considerarlo. No tenía ganas de echar la vista atrás.

Sin embargo, algo le atrapaba en aquella madeja de recuerdos en la que, de forma inconsciente, se había enredado. En su particular álbum mental, algunas páginas ya denotaban el paso del tiempo, y otras ni tan siquiera las recordaba de los años que no ejecutaba tales ejercicios de memoria.

Con cierta dificultad empezó a rememorar estampas del colegio; con sorpresa, por su cabeza desfilaban con el orden relativo de una antígua fotografía que recordaba, los rostros de sus compañeros, y más increíble le parecía poder ponerle nombres a sus caras. No podía evitar una sonrisa, que daba a entender la satisfacción que aquellos años le ofrecían. 



Aún creía oir la sirena que reclamaba a los alumnos su presencia en las clases. En su mente veía los cuadernos de escritura, con sus grafías redondeadas y tan perfectas, o los de matemáticas, con marcial orden numérico.

La magia de las neuronas hizo que sus conexiones sinápticas le llevaran a la época del instituto. Sus primeros devaneos con las chicas de su clase, las primeras tonterías de adolescente, las bravuconadas  del inexperto que todo lo quiere probar, la seguridad de quien no teme, la ignorancia de quien cree saberlo todo, la fuerza en su origen más  primitivo: allá donde empieza a nacer el hombre, deshaciéndose de la piel de niño. 

Era vivir sin miedo a lo nuevo. 

La vida es un laberinto donde, una vez se entra, solo puedes transitarlo hasta que halles la salida que no sabes tras qué calle encontrarás. Y todo laberinto, por muy divertida que parezca la prueba, puede llegar a ahogar. No saber si la dirección que tomas es la correcta, y no hará sino perderte más. La duda siempre presente del qué hacemos aquí. Miedos que no nos abandonan y que son menos cuando, en ese galimatías que es la vida, encontramos otros que nos acompañen. Amigos, que se hacen imprescindibles para comprender la necesidad de no querer estar solos.


Seguía ojeando su bitácora, y con ella las coordenadas de aquellos puertos e islas en la inmensidad del mar de su vida, donde pudo desembarcar para buscar aquello que iba haciéndole falta conforme navegaba. Tesoros, planos por los que guiarse, brújulas que le ayudasen a no extraviarse...

No le estaba resultando tan incómoda la búsqueda. De hecho, esta aventura insospechada le estaba devolviendo  la alegría de la que tiempo atrás se nutría.

En su memoria surgió aquél enero donde conoció a su esposa, conociéndola como solo pueden recordarse las mejores ocasiones: inesperadamente.

Miró de reojo, volviendo su cabeza hacia la cocina, y allí la escuchaba tararear no se qué canción que tan poco le gustaba a él. Retomó su vista hacia el cristal, y entornó sus ojos con un gesto de alivio y añoranza mientras volaba, sin moverse de su asiento, a aquella tarde invernal que le pareció más primaveral y perfecta que cualquiera que abril o mayo pudieran regalar.



Desde ahí sus recuerdos fueron como un tornado. Las escenas se sucedían incesantes, sin tregua, no había pasado tanto desde aquél instante, y las vivencias se hacían mucho más nítidas.

Seguía dando vueltas en su laberinto, sin mucho interés por encontrar la salida; no cejaba en el empeño de seguir apuntando notas en su bitácora para volver a encontrarse en un futuro, para no cometer una y otra vez los mismos errores. 

A él retornaban los días de los  nacimientos de cada uno de sus hijos, y era tal la alegría que le inundaba ante ellos, que sus labios se extendían a su máximo exponente, remarcándose bajo cada pómulo una marca, en forma de arruga, que era la demostración física de aquella felicidad.

Su boda, su primer coche, su primer empleo que le ofreció seguridad, su primera ilusión ante el nacimiento del primogénito...

Se dio cuenta que en cada etapa de su vida se dieron varios momentos especiales, felices, imborrables, únicos. 

Retomó el libro que dejó sobre una mesilla en el salón, y lo abrió por la página marcada. Separó las hojas con sus dedos pulgar y meñique, y extendió su mano sobre ambas partes abiertas y leyó: "¿Cuál dices que fue el día más bonito de tu vida? No seas estúpido, la vida no tiene un día así, la vida es como una pirámide: la base de nuestra felicidad consiste en no dejar de poner piedra sobre piedra hasta que, al término, veamos que nuestra obra no se derrumba"


Cerró con mimo aquél tarugo de hojas encuadernadas, y ante él, en una onírica representación, se hizo presente aquella obra que el libro mencionaba. No estaba equivocado del todo, pero en algo no estaba de acuerdo: sí existen unos días más hermosos que otros: una piedra, un día; un día hermoso, otra altura. Y la pirámide se levanta así.

Se levantó con algo de esfuerzo y un leve quejido, y dirigió sus pasos hacia la cocina. Se detuvo silencioso ante la puerta, mientras observaba cómo su mujer se afanaba en terminar de hacer el almuerzo, y pensó que el día más bonito de su vida fue aquella tarde de enero cuando la conoció, y pudo compartir con ella lo que tenía vivido y seguir compartiendo lo que le quedaba por vivir.


viernes, 23 de enero de 2015

Barriendo mi casita

A la comparsa de Sevilla: "Los que barren pa'casita".



 De la educación de mis padres aprendí a ser correcto cuando visitaba casa ajena, que ni los niños, por serlo, se libran de cumplir esa condena.

Con los años comprendí la razón de tal postura, cuando salía con mis amigos sin tutores que corrigiesen mi compostura, demostrando saber tener mesura.

De ese aprendizaje quise creer que los demás también sabían, y que en mi casa con el mismo respeto me tratarían sin tener que sufrir el desprecio del que venía.

Hoy he visto con desilusión cómo a quienes con los brazos abiertos he recibido, me han herido con palabras que parecían cuchillos.

Venían vestidos de lo mismo para lo que han llegado, barrenderos que desde su casa han traído la misma porquería de la que tanto se ha maldicho.

Con sus gargantas afiladas de aceros, destrozaban con mandobles de sarcasmos todo aquello que tanto se había denunciado de dejar de ser enemigos y convertirnos en hermanos.

¡Ay hermano! Hermano de donde la alta torre vigila, y sus campanas te avisan de que esa tierra bien vale una misa. Hermano de donde la tierra de María. Hermano, te perdió tu codicia.

No te prohíbo que me hables de tu madre en esta casa que visitas; ni de lo bonita que es, que si luce mejor que la mía, pero no voy a permitir que le escupas como una arpía.

Si quieres decirle piropos, criticar lo que la envídian por ser solo la más afortunada mora de la morería, acunarla sin descanso entre coplas de comparsistas ¡Adelante! Pero no te atrevas a ensuciar mi espejo de sal con tu sonrisa viperina.

Hermano, que vienes desde Sevilla, cantando a los vientos de Levante y de Poniente, que querías adorar solo a la ciudad donde viniste a la vida.

Hermano con tus letras sin ironías, insultando con la falsa modestia de quien se cree dueño de la palabra solo por estar ahí arriba, pisando las tablas del templo de la valentía.

No te confundas, hermano, que no es valor lo que has echado, sino burda bravuconería, que para cantar a Sevilla no hay que servirse de chulería.

Si treinta años llevas, porque te picó el gusanillo de esta Cádiz mía, vistiéndote por febrero de todo aquello que imaginas, ¿no será que lo que tienes es envidia?

¡Ay, comparsista del tres al cuarto! Que para cantar al compás que querías, has cometido el error de insultar a quien oirte venía, y en vez de aplausos te llevas su rebeldía.

Yo también barro para mi casita, pero que sepas, que la porquería que aquí has tirado, lo siento, te la llevas a Sevilla.








martes, 20 de enero de 2015

¿Dónde está Antonio?





Son las once y media del Lunes Santo y las calles del barrio lucen incomparables, aunque sean las mismas de siempre ante el acontecimiento casi inminente que se espera.

La plaza, animada, deja vislumbrar un aire de incontenida emoción y alegría; banco ocupados de almohadas y fajas, veneras que bombean orgullosas simulando corazones palpitantes. Propios y extraños custodian las puertas del templo pastoreño y aguardan pacientes que finalice la misa de Acción de Gracias para poder contemplar, un año más aunque siempre parezca la primera vez, el áureo gabbatha convertido en Misterio.

Cielos albos de nubes que muestran un exhuberante celeste, y el sol -el ansiado- se pavonea luciendo majestuoso, coronando la recoleta plazuela. Todo parece perfecto. Nada hace sospechar que el tan anhelado día pueda verse truncado. El vaivén de personas trasegando entre Maldonado y Marconi denota que todo sigue bien. Sonrisas cómplices que alivian tensiones. Abrazos a aquellos que han llegado de otras tierras para cumplir la tradición y revestirse de blancos, rojos y azules o que, por contra, han dejado sus hábitos tendidos sobre la cama, a modo de no deseada penitencia, y traen consigo nuevas y futuras devociones de desconfiadas miradas ante la novedad.

Arriba, donde la Casahermandad, todo fluye. Se ultiman los preparativos. Todo está listo. Quien eche un vistazo a sus estancias observará un desorden que llama la atención, y se hace realidad la ficción que hace unos meses se plasmaba en esos cachivaches y papelajos hoy esparcidos por cualquier sitio.

Sin embargo, abajo, en la parroquia, un detalle llama la atención. Ha pasado casi desapercibido para el visitante. Un simple detalle... Un ejemplo de cómo, a pesar de todo, el ser humano sigue sintiendo la necesidad de no olvidar, o mejor dicho, de recordar cosas, momentos, situaciones y personas. 

Alguien, a quien la curiosidad no le permite obviar ese detalle, se acerca a uno de los que custodian las andas y, con intriga, pregunta: "¿Por quién está esa pértiga inclinada sobre la delantera del paso?".

Ese ejemplo.

Este año nos ha dejado una persona fundamental, pasando inadvertido pero imprescindible para conocer el auténtico sentido de la palabra que tanto usamos y poco comprendemos: Hermandad. Alguien que ha sido para muchos una motivación, por cuanto representaba como persona y como cofrade; capaz de convertirse, tan solo con su personalidad, paciencia y una perenne y agradecida sonrisa, en referente a seguir.

Es muy sencillo buscar palabras que engrandezcan a la persona cuando ésta fallece. Sin embargo, cuando son capaces de expresar un sentimiento, sorprende, sobre todo cuando a través de ellas se descubre una realidad latente que permanecía oculta en muchos y que, por desgracia, no mostramos en los momentos oportunos. 

Esa realidad es el cariño que sale al exterior mostrándose en lágrimas.

Este año, cuando el Lunes Santo asome por las esquinas del antiguo lugar de las albinas de la Puente y pasee por sus calles, revoltoso y agitado, se dirá: "¿Dónde está Antonio? No lo he visto por ningún lado, ni he oído su voz en toda la mañana".

Antonio, querido Lunes, ha ido a visitar al mismo Padre. Ha sido invitado de honor en el palco único del Cielo, y allí está. 

Cuando doblen las campanas alegres, jugueteando con los vientos de esta bendita Isla, y desde la plaza las oraciones se conviertan en notas sobre pentagramas; cuando la Cruz de Guía torne por Real y Salud bendiga con su discurrir al pueblo que la clama; cuando Jesús coronado se presente más allá de las lindes de su barrio y todo el cortejo penitencial enfile su caminar hacia la Carrera Oficial, allí también estará Antonio. Sentado en su alto palco, dando la venia al Fiscal con su sempiterna sonrisa, saludando con la humildad de siempre, inclinando con suavidad la cabeza a cada uno de los que pasemos ante su celestial entarimado.

Querido Antonio, este año seguiremos contando contigo porque, sin duda, desde muy temprano te esperaremos para preparar el ágape para después de la salida procesional de ese lunes tan esperado, y te reclamaremos, como salvavidas, en busca de aquello que Salvador no encuentra. Iremos a a la caseta, cuando la Feria, esperando verte ya ataviado en la cocina con tu inmaculado delantal, preparando con paciencia la masa de tus tortillitas de camarones. Te instaremos en cada necesidad que nos surja...

Añorado Antonio, disfruta de la paz que solo el de Arriba sabe dar, que aquí nunca dejaremos de quererte y recordarte



martes, 13 de enero de 2015

El descanso de los ángeles

¿Alguien sabe dónde van los ángeles cuando descansan?

Sí, descansar. ¿O los soldados de Dios no tienen derecho a tal? Hasta Él tuvo un día de respiro, ¿por qué ellos no?

Quizás reposen entre nube y nube, donde se forman esas figuras tan azarosas que nuestra mente finita solo alcanza a imaginar aquello que reconoció alguna vez: Una muralla, un animal, una montaña... 

Puede que lo inimaginable sea realidad y aquél trozo de tela algodonosa, que pone parches al cielo, sea donde la cohorte celestial se desprenda de la carga de su divinidad para convertirse a semejanza de aquello que proteje. Allí, quizás, se desprenden de las alas de sus espaldas, como si portarlas les supusiera una severa carga.

Sus cabellos, que aparentaban ser oro mismo, parecen no ser tanto como rayos de sol, sino más bien cenizos; es el castigo de ser eternos protectores. El desgaste de una batalla que dura toda una vida. 

Maestros sin libros, que enseñan lecciones cuando el silencio abarca los sentidos en lo profundo de sus alumnos -allá donde el alma-, cuando se calma la furia del desasosiego humano; ese fuego que no se extingue porque la voluntad del hombre está hecha de leños resecos.

Cansados por la vileza de los actos de sus protegidos, entornan sus ojos entristecidos hacia el abismo terrenal, observando de reojo cómo la crueldad renace insistente, resistente a ser vencida. Desde su atalaya contemplan a otros como ellos, que defienden con vehemencia incluso hasta a quienes les injurian, los ignoran, los desprecian, o tan solo no creen en su existencia. La vida del ángel, más allá de su estática representación, es el teatro al que se ven abocados. Actores que se esconden tras un telón de incompresión.

Pero allí están, permanentes; atentos a su deber; cumpliendo con fidelidad su misión hasta el fin de los días, sabedores que su cometido es infinito.

No pueden odiar, no saben hacerlo, y su enfado solo consiste en insistir en el combate para el que fueron preparados; allá donde la crudeza de sus pupilos les llega como puñal por la espalda, relegándolos a mera  superstición para unos o simple invención para otros, mientras dan por hecho -vanidosa humanidad- que conviven solos en este universo.

Entre jirones de aquellas nubes, destrozadas por el azaroso viento, reposan  las huestes de Dios, con sus alas replegadas, descargándose de tanto dolor. 

Quizás el descanso del guerrero no sea más que limpiarse del barro, en el que se afanan por salir bien parados; lamerse las heridas, hacerlas marca y enseñarlas como triunfos de haber peleado contra el mismísimo Diablo.

Puede que cuando cierren los ojos no recuerden la belleza de su Reino, sino la última batalla. El brazo en alto, blandiendo su poder. La voz potente, ahuyentando demonios en nombre del Divino. La mirada retadora, deshaciendo como lava cualquier roca que ose ser escollo en su camino.

¿Dónde se reponen de sus pesares? 

Puede que en esos andrajos sueltos en el tapiz añil del cielo se relaman, escondidos, doloridos, retomando el valor de no dejarse embaucar por el general del Ejército negro, que una vez fue uno de ellos. Que es más fácil aliarse con los hombres, que defenderlos.

No se detiene el tiempo, y me pregunto si los ángeles en realidad descansan o continúan hacia un fin sin desaliento.



domingo, 4 de enero de 2015

Rabia



Mi pregón sin palabras. Mis palabras sin aliento que hablan desde lo lejos. Desde lo lejos de unas letras que se escriben con resentimiento. 

Resentimiento por no verte, por no besar la mano que aún así siento, y sienten mis labios que hoy están huérfanos de rozar con ellos la tersura de tus dedos.

Y miro hacia el cielo, y en el cielo veo el mismo color que ven los que te están viendo, y siento envidia de ellos, y de ellos me revelo porque me dan celos.


sábado, 27 de diciembre de 2014

Una luz en el firmamento

Me decía un amigo, de los que ya se dicen viejos, que de donde sacaba él las musas para remover corazones sin tener que moverlos del asiento.

"Las musas, amigo -le animé-, son como en el verano el fresco viento; solo hay que aprovechar su vuelo para sentir su aliento".

Me insistía, como preocupado, por no saber cuál sería el propicio momento, ese en el que como hacen las hadas del cuento, varita en mano, declaman sobre él el anhelado sortilegio.

"No te preocupes -le insté- y abandona tu desconsuelo, que sin entender cómo esa lluvia que no llega te caerá del cielo".

Le agarré del hombro y señalé con el dedo enhiesto a cualquier rincón de un trozo del universo, pasó fugaz una estrella y me miró sonriendo.

Incluso allá en lo negro, donde la oscuridad domina el firmamento, hasta la luz más insignificante es capaz de dejarte sin resuello.

(Imagen personal de la playa de Camposoto, en San Fernando -Cádiz-)



viernes, 26 de diciembre de 2014

Versos desde el corazón: una feliz reflexión

Una reflexión para ayudar salida de una satisfacción personal

"... se hace camino al andar".



La vida misma en palabras del poeta, así es el destino. Un paso no es la meta, pero nos acerca a ella.

Intento, como puedo, lograr alcanzar aquello por lo que sueño sin desprenderme de la realidad, a veces dolorosa, otras indiferente, no pocas cruel, algunas como balsa de aceite, pero siempre sorprendente, aunque nos parezca que los días que se suceden son calcos unos de otros.

Hoy, desde la editorial "Diversidad Literaria", me comunican que, por segunda vez -tantas como he participado-, un escrito que remití ha sido seleccionado para ser incluido en la antología poética "Versos desde el corazón".



Es solo una losa más en el camino de baldosas amarillas que me he propuesto recorrer. Ser elegido entre mil ochocientas obras presentadas da, cuanto menos, el valor suficiente para seguir intentando llegar a Oz.

Pero nada de crecerme, porque nada he logrado. Si acaso degustar el buen sabor que deja la satisfacción de saber que, al menos, no divago ciego. 

Me quedo con una frase que dije al empezar: "Un paso no es la meta, pero nos acerca a ella". Soñar es gratis y, haciendo referencia a mi "Prohibido soñar" http://latardetranquila.blogspot.com/2014/12/prohibido-sonar.html , hago bueno lo escrito: "Prohibido soñar si no sabes disfrutar de tus sueños".

Así pues, disfruto mi sueño: sigo soñando, "golpe a golpe, verso a verso".


lunes, 22 de diciembre de 2014

Prohibido soñar




Prohibido soñar si hoy no te ha tocado algún premio importante en la Lotería.

Prohibido soñar si no puedes comprarte ese coche impresionante que has visto en el concesionario.

Prohibido soñar si no puedes permitirte ese maravilloso crucero.

Prohibido soñar si tus vacaciones de verano no son en aquél hotel tan especial en el que anhelabas alojarte.

Prohibido soñar si no puedes comprarte el último teléfono móvil que salió al mercado.

Prohibido soñar si la ilusión termina donde tus sueños se desilusionan.

Prohibido soñar si al hacerlo todo se queda en un quiero y no puedo.

Prohibido soñar si tus deseos son como libar un caramelo, que desaparece después de tanto succionar.

Prohibido soñar si no sabes disfrutar de tus sueños.




domingo, 21 de diciembre de 2014

Entre mil almas

La mañana animaba a disfrutarla. Un inmejorable domingo de invierno que rememoraba aquellos otros primaverales que tanta felicidad solían regalar sus soles.

Pasear por el parque animaba siempre su ánimo, de cuando en cuando, cabizbajo. Aquella alameda sin muros colindaba con el cementerio, y no era raro verlo transitar de recinto a recinto, como deseando encontrar en vida el sosiego que solo en la muerte se puede hallar. 





Ese día decidió visitar aquella ciudad de los silencios. Entrar a través de la portada centenaria con el Alfa y el
Omega como bienvenida causaba en él una profunda sensación de tranquilidad. Sentía como, si tras aquellas murallas de antiguo adobe, acabaran todos los problemas para él. Y, en cierto modo, así era.



Al pisar el grisáceo enlosado del camposanto, su respiración agitada por una extraña emoción se volvía pausada, como si la lúgubre calma del lugar lo aplacara. Quizás era verdad eso que alguna vez escuchó sobre que los muertos, en ese terreno de la podredumbre, absorben la vitalidad que solo la vida da. Quién sabe...

A sus pies una melodía que sonaba a fúnebre; sus pisadas, que se hacían eco entre las calles de nichos.

"Buen padre y esposo. 1903-1962" Leía en uno de los mármoles en tanto continuaba su procesionar. Recapacitaba, casi sin querelo, acerca de aquél hombre que ya llevaba medio siglo allí apostado. Se preguntaba quién sería, qué habría conseguido, qué sueños dejó sin poder alcanzar, qué fue para quienes le conocieron, cuántas penurias resistió.



Una batería de cuestiones que le llevaban a una realidad: la que se mostraba ante él. Daba igual si la persona que se ocultó entre aquellos ladrillos ya eternos era catedrático de Matemáticas o un simple trabajador sin más. A partir de ese punto solo era importante su memoria, el recuerdo que dejó, las risas que regaló, las lágrimas con las que bañó mejillas -da igual su porqué-. Era el ejemplo máximo que a él le bastaba para animarse tras las desazones de la existencia.



No estaba loco, no. Filosofaba con la muerte, porque la vida era demasiado práctica: "Tanto tienes, tanto vales. Tanto vales, tanto te admiran. Tanto te admiran, tanto te consideran. Tanto te consideran, tanto eres". Aunque la realidad no fuera tal y resultases ser un auténtico estúpido engreído sin corazón ni sentimientos por lo que no fuese tú o tu círculo más íntimo. 

En su vuelta por las avenidas, para muchos de la desesperanza, se detenía a contemplar las lápidas de los pequeños ángeles que, por su inexperiencia en este mundo, no les valía otro trato que ese: ser portadores del mismo espíritu de Dios por sus almas blancas.



Inhalaba el aire, a veces viciado, de ciertos callejones que parecían escondidos y obscuros y olían ciertamente a muerto. Un hedor rancio que no resultaba, a priori, desagradable, sino insólito; desconocido para no pocos que no sabrían definir lo que respiraban, suponiendo que eran las flores marchitas lo que reconocían.


Ese perfume agrio, que le era familiar, le indicaba que en aquél sitio escondido y sombrío se reunían aquellas ánimas que antes de serlo fueron malhechores de alguna u otra forma y, tras el tránsito de la muerte, continuaron sin encontrar el camino hacia la luz, persiguiendo sin duda las nieblas de lo incierto, quedándose vagando y perdidos en un mar sin faros.



El recorrido por el museo de los tributos a los que se fueron culminaba frente a la capilla y los panteones de ilustres personalidades, que procuraron mostrar el esplendor de sus actos en sus tumbas. Se encaminó hacia la salida y cierta melancolía se apoderó de él, así como una inconmensurable paz.

 Al reencontrarse con el día más allá de los entristecidos cipreses, contempló un parque infantil que se erigía como Meca de peregrinos niños, que se apoderaban de las atracciones que aguardaban como si fuese el mismo maná. Sonrió condescendiente, y acudió a su mente la imagen de un querubín serigrafiado en una alba losa encastrillada en el funesto hueco hecho de la pared.

"La vida es demasiado práctica -se insistió- y no concibe la felicidad sin la pena".

Se abrochó un poco más su abrigo, y con la mañana despidiéndose en una solana tarde que recién llegaba, suspiró, exhalando el último aliento de aquella quietud que dejaba atrás entre mil almas, y se resignó a seguir deambulando en el pragmatismo de lo vital.




Regreso de un desconocido

Andaba hacia donde me aguardaban, sin prisa, sin pausa, aparcando mi mirada, que no mis pasos, en aquellos rincones que me vieron crecer. 

Detenía mis oídos, que no mi camino, voces que se me antojaban familiares y me di cuenta cuánto las añoraba, sin cuento alguno de falsas nostalgias.

Retornaba a mí conocidas formas de expresión, casi olvidadas en el cementerio de la memoria, y asomaba a mi cara una sonrisa sin ser forzada; sincera y natural, como la de un niño.

Acudían ajadas estampas de otros tiempos, reflejadas en los rostros avejentados de aquellos con los que alguna vez compartí algo.

Comprobé que yo también había cambiado, ganado en pliegues sobre mi piel y en blancos en mi sien. Y comprendí que era un extraño entre la mayoría de la que una vez me rodeé. Entonces la sonrisa se tornó en una mueca de tristeza, de melancolía, de resignación.

Mientras intentaba pasar inadvertido entre quienes dudaban de si el desconocido que discurría entre ellos era tal, preferí seguir adelante con la mirada perdida, sin llegar a estarlo en realidad, camuflando el verdadero sentimiento que pretendía mandar en mi alma, casi deshojada: El de la emoción de querer ser reconocido y bienvenido, como el hijo pródigo que regresa al hogar.

Pero mis pies no hacían caso al corazón, sino a la cabeza y prosiguieron sus andares hacia el destino que tenían previsto. Pero era inevitable, casi ineludible, pasear mis ojos por aquellos pasajes de mi niñez, mi adolescencia, mi juventud y mi incipiente madurez, y como si de una traicionera trampa se tratara mi espíritu, que se hallaba revuelto, golpeó mis pupilas hacia unas losas en un albo muro que dibujaban una de las pasiones de mi vida, una de las primitivas motivaciones que me hicieron como soy y que, por la maldad de mis acciones, me recrimino cada día no haberla seguido con el mismo afán de entonces. En la piedra fría, un nombre: el mío. 

La triste mueca recobró su original fuer, y volvió a alumbrar mi cara una sonrisa disimulada que calmaba la desazón de mi ser.

Volví la vista atrás, como queriendo deshacer el mal trago del momento pasado deteniéndome, esta vez sí, asistiendo a mi memoria momentos de un ayer que no me sonaba tan lejano, aunque sin duda ya lo es. 

Encaminé de nuevo mi rumbo, y pensé satisfecho que en aquella nívea pared quedaría de alguna forma grabado el recuerdo de aquella vez que formé parte del lugar aquél.