No puedo evitarlo: es mi flor.
Cualquiera tiene un perfume que la hace especial, pero ésta... Ésta hace especial el momento, el lugar, las personas...
Llueve, y tras este regalo del cielo, con la primavera recién levantada, cuando el sol disipe las dudas en forma de nubarrones, brotarán con más fuerza que nunca de naranjos y limoneros, aliándose con el resto de colores y formando un armonioso y aromatizado collage.
Pero de todos los que han nacido y nacerán, hay uno -solo uno- que es diferente a los demás. Es el primero que llega a mis manos, el primero que no es que lo huela, sino del que me embriago: el que me regala mi mujer.
Cada año, cuando llega esta fiesta de los sentidos hecha estación del año ella se afana, con el esfuerzo de quien rebusca para hallar lo mejor, en dar con ese regalo perfecto de blanco pétalo. Da igual lo complicado que sea recolectarlo. ¡Lo logra! Y como si fuese una ceremonia, liba su aroma y me lo entrega.
Así desde que nos conocimos.
Yo lo expongo para que, mientras dure la poca vida que le queda a la cortada flor, podamos disfrutar de ese manjar para el olfato, y a su despedida -apergaminado, pero aún repartiendo su esencia-, lo guardo hasta la próxima ocasión donde renazca, de nuevo, entre la fronda verde junto a naranjas y limones.
Cada primavera se cumple la liturgia de renovar el amor imperecedero que, como el azahar, puede ajarse por el agotador paso del tiempo, pero nunca dejará de renacer y renovar su frescura, a pesar de todo.
La visión de las cosas desde la tranquilidad de los momentos. Porque el día da instantes para la reflexión.
sábado, 21 de marzo de 2015
martes, 17 de marzo de 2015
Aquellas lluvias de cuaresma
Seguro que para no pocos, las lluvias en esta época donde se aglutinan las emociones traen un aire de especial nostalgia.
¡Estoy convencido!
Eso me ha ocurrido. De repente, un insospechado olor al viejo almacén de mi hermandad -venido de no sé dónde-, me ha abstraído a mi época de preadolescente. Me ha hecho recordar mi primer concierto de marchas procesionales en el salón de actos de las Carmelitas, organizado (creo recordar por la JCC).
Llegaba empapado por el tremendo aguacero que caía, con la tarde ya venida a menos. Desde fuera oía el melodioso estruendo. "Estrella sublime" sonaba mientras me acomodaba en uno de los últimos asientos de aquél lugar, concurrido hasta la misma entrada. Allí mismo escuché "La Saeta" adaptada para ser interpretada por una banda de música y, si no yerro, fue la del Maestro Tejera la primera que, al menos en La Isla, quien la tocó.
Me imbuía lo más profundo que podía, y en ese mar de sensaciones pasadas encontré tesoros que yacían oculto bajo las arenas del olvido -qué frase más manida-.
Hallé una circular -1/87 y 2/87-. Dos folios que me acuciaban a cumplir mi sueño de vestir la túnica de mi cofradía. En el primero (1/87), indicaba los días:
"... Carrasco. La C. El primer día. Veintisiete de febrero".
Tras leer, como si fuera para sacar mayor nota en un examen, cada punto de esa primera página, llegué a ese punto X determinante del donativo.
"¡Setecientas pesetas!"
Habían subido en doscientas desde el año anterior.
El segundo (2/87), en un tono duro que parecía adivinarse por las exposiciones de aquél papel, nos dejaba muy claro las exigencias que conllevaba la salida penitencial.
Cuántos recuerdos pueden llover en días como los de hoy...
En mi memoria, como si fuese una noria, daban vueltas otras imágenes. Años de niñez y juventud plagados de vivencias alrededor de una afición. ¿Por qué la voy a llamar de otra forma? Era así. Imagino que para pocos niños la cuaresma y la Semana Santa no serían otra cosa.
Por esas calendas de perfecto imberbe, vivir esta época de introspección para el católico no era sino mera diversión. Un motivo para esperar algo especial que acababa, para mí, la triste mañana del Domingo de Resurrección, que daba paso a una tarde de añoranzas. Qué paradoja.
Remembranzas de noches lluviosas, allá por el año 1986, de reuniones en los salones parroquiales de la nueva parroquia de La Ardila, con ese olor (otra vez los olores) a nuevo. A nuevo y a expectante. A ilusionante, mientras se creaba la Junta Pro-Cultos de la hermandad de Humildad y Paciencia.
Aún sin almacén, toda ella se concentraba en una mínima oficina -aunque creo que su utilidad principal fue la de cuarto de limpieza-, bajo las escaleras que daban acceso a la planta noble del edificio anexo a la iglesia.
Veo con nitidez las quedadas los sábados para ir a buscar pan duro y venderlo para ganar unos duros, el maratón de fútbol sala en el colegio Arquitecto Leoz para seguir recaudando fondos -casi todo se fundamentaba en eso: en salir adelante-. La primera talla (bueno, la segunda) de María Santísima de las Penas, que se guardaba con celo en una de las dependencias de ese mismo colegio. Postular, y que los vecinos del barrio te apoyasen porque querían tener una cofradía allí, mientras el resto de la ciudad se extrañaba de aquellos papeles rectangulares fotocopiados con las imágenes del Cristo y la Virgen.
"¿Humildad y qué...?"
"¿De dónde sale"?
El primer almacén en la calle Santo Entierro, la primera venera entregada -oscura como ella sola-, la primera bandera, azul con la cruz blanca y el escudo bordado, la primera y estoica salida procesional con un calor sofocante en aquél primer Domingo de Ramos de 1988...
Recuerdos, recuerdos y más recuerdos...
Oir a lo lejos ensayar a la banda de cornetas y tambores de la hermandad del Gran Poder, que por el recién construido puente de la variante (hoy con el nombre del Titular de la hermandad de la Bazán), parecía venir en apresurado procesionar. O a la del Medinaceli, ensayando allá donde la Asociación de Vecinos "La Alegría" .
Era cuando los pasos en esa bendita Isla andaban sin más.
La visita obligada a la sala de exposiciones de la extinta Caja Postal, frente a la Alameda, donde la hermandad de la Misericordia mostraba arte en miniatura con su concurso de pasos.
Iba pertrechado con la recién recogida ropa de mi cofradía, con un intenso aroma a naftalina y el escudo bien visible -ese orgullo de pertenencia- a través de la bolsa blanca.
Qué mimo el de aquél hombre, menudo y siempre sonriente, pitillo cayendo sobre el labio inferior, para doblar la túnica y entregártela.
Es tal la amalgama de remembranzas que he logrado recuperar, que no hay orden en las fechas. Es como si el tiempo se mezclase, al igual que cuando se barajan las cartas.
Esa partida -precisamente a esos juegos de estrategia en sotas y caballos- por las de las tardes en la Casa de Hermandad. Ese trivial cofrade. Esas horas y horas de charlas monotemáticas. Esos paseos en la tranquilidad de la incipiente madurez, calle Real arriba, calle Real abajo, mientras perpetrábamos, con alevosía, acudir a algún evento donde disfrutar de aquello que nos hacía tremendamente felices. Preocupados solo, tras cumplir nuestras obligaciones como estudiantes, en volver a vernos la tarde siguiente, y hacer realidad aquello que nos unía y tantas veces ya he repetido durante este escrito: Hermandad.
Era una época de intensos encuentros. De conocer a nueva gente. De aprender y de querer poner en práctica lo aprendido. De vivir como únicas aquellas fechas. De ver nuestra Semana Santa como LA Semana Santa, tan solo superada por la ensoñada sevillana. Aquella madre y maestra a la que anhelábamos escaparnos en fechas previas a la gran fecha esperada con ansias para ver, in situ, las devociones más universales y mil veces contempladas en no experimentadas, per se, procesiones en los días santos del reino cofrade hispalense.
Acudir a pasar un buen rato -a modo de salida del trabajo-, a La Trepá -mi querido refugio-. Primero en la calle San Diego de Alcalá y más tarde en Almirante Cervera, a respirar aire puro -aire puro de cofrades-. Siempre creí que para ser tertuliano en La Trepá, debías saber manejarte. Su ambiente, más especializado que bien pertrechado -aunque de todo había-, era un compendio de las artes semanasanteras: cargadores, músicos, ex-miembros de juntas de gobierno... Pero con grado. Personajes con galones, con más años que los reunidos entre los tres o cuatro amigos que acudíamos, al principio, a departir en aquel selecto club. Gentes que tocaban otros palos y tenían su propia forma
de pensar dentro del ámbito cofradiero.
El Agüaero era otra cosa. Otro... Caché.
Momentos irrepetibles, desde luego.
La lluvia cede. Deja un agradable aroma a paz.
Sin los gritos de niños jugando, sin el ajetreo propio de otros días, donde se ha aprovechado hasta última hora la bonanza de esta pre-primavera que hemos estado gozando, con el fresco recién llegado tras los chaparrones del día de hoy, se van alejando estas memorias
En realidad siempre están ahí. Como esos naufragios que nos dejan su preciada carga. A veces, son irrecuperables, otras -como hoy- sí se pueden traer a la superficie, y con ellas una sonrisa por el botín reencontrado.
Hoy, este aguacero, me ha traído el recuerdo de aquellas lluvias de cuaresma. Puede que no todos los recuerdos sean con el agua como sayo pero, desde luego, sí ha tenido mucho que ver que las de hoy me hayan servido para sentir esas otras que, como las golondrinas de Bécquer, no volverán.
Imágenes de los archivos de "Bajo los Palos" y de la Asociación de Belenistas de San Fernando
¡Estoy convencido!
Eso me ha ocurrido. De repente, un insospechado olor al viejo almacén de mi hermandad -venido de no sé dónde-, me ha abstraído a mi época de preadolescente. Me ha hecho recordar mi primer concierto de marchas procesionales en el salón de actos de las Carmelitas, organizado (creo recordar por la JCC).
Llegaba empapado por el tremendo aguacero que caía, con la tarde ya venida a menos. Desde fuera oía el melodioso estruendo. "Estrella sublime" sonaba mientras me acomodaba en uno de los últimos asientos de aquél lugar, concurrido hasta la misma entrada. Allí mismo escuché "La Saeta" adaptada para ser interpretada por una banda de música y, si no yerro, fue la del Maestro Tejera la primera que, al menos en La Isla, quien la tocó.
Me imbuía lo más profundo que podía, y en ese mar de sensaciones pasadas encontré tesoros que yacían oculto bajo las arenas del olvido -qué frase más manida-.
Hallé una circular -1/87 y 2/87-. Dos folios que me acuciaban a cumplir mi sueño de vestir la túnica de mi cofradía. En el primero (1/87), indicaba los días:
"... Carrasco. La C. El primer día. Veintisiete de febrero".
Tras leer, como si fuera para sacar mayor nota en un examen, cada punto de esa primera página, llegué a ese punto X determinante del donativo.
"¡Setecientas pesetas!"
Habían subido en doscientas desde el año anterior.
El segundo (2/87), en un tono duro que parecía adivinarse por las exposiciones de aquél papel, nos dejaba muy claro las exigencias que conllevaba la salida penitencial.
Cuántos recuerdos pueden llover en días como los de hoy...
En mi memoria, como si fuese una noria, daban vueltas otras imágenes. Años de niñez y juventud plagados de vivencias alrededor de una afición. ¿Por qué la voy a llamar de otra forma? Era así. Imagino que para pocos niños la cuaresma y la Semana Santa no serían otra cosa.
Por esas calendas de perfecto imberbe, vivir esta época de introspección para el católico no era sino mera diversión. Un motivo para esperar algo especial que acababa, para mí, la triste mañana del Domingo de Resurrección, que daba paso a una tarde de añoranzas. Qué paradoja.
Remembranzas de noches lluviosas, allá por el año 1986, de reuniones en los salones parroquiales de la nueva parroquia de La Ardila, con ese olor (otra vez los olores) a nuevo. A nuevo y a expectante. A ilusionante, mientras se creaba la Junta Pro-Cultos de la hermandad de Humildad y Paciencia.
Aún sin almacén, toda ella se concentraba en una mínima oficina -aunque creo que su utilidad principal fue la de cuarto de limpieza-, bajo las escaleras que daban acceso a la planta noble del edificio anexo a la iglesia.
Veo con nitidez las quedadas los sábados para ir a buscar pan duro y venderlo para ganar unos duros, el maratón de fútbol sala en el colegio Arquitecto Leoz para seguir recaudando fondos -casi todo se fundamentaba en eso: en salir adelante-. La primera talla (bueno, la segunda) de María Santísima de las Penas, que se guardaba con celo en una de las dependencias de ese mismo colegio. Postular, y que los vecinos del barrio te apoyasen porque querían tener una cofradía allí, mientras el resto de la ciudad se extrañaba de aquellos papeles rectangulares fotocopiados con las imágenes del Cristo y la Virgen.
"¿Humildad y qué...?"
"¿De dónde sale"?
El primer almacén en la calle Santo Entierro, la primera venera entregada -oscura como ella sola-, la primera bandera, azul con la cruz blanca y el escudo bordado, la primera y estoica salida procesional con un calor sofocante en aquél primer Domingo de Ramos de 1988...
Recuerdos, recuerdos y más recuerdos...
Oir a lo lejos ensayar a la banda de cornetas y tambores de la hermandad del Gran Poder, que por el recién construido puente de la variante (hoy con el nombre del Titular de la hermandad de la Bazán), parecía venir en apresurado procesionar. O a la del Medinaceli, ensayando allá donde la Asociación de Vecinos "La Alegría" .
Era cuando los pasos en esa bendita Isla andaban sin más.
La visita obligada a la sala de exposiciones de la extinta Caja Postal, frente a la Alameda, donde la hermandad de la Misericordia mostraba arte en miniatura con su concurso de pasos.
Iba pertrechado con la recién recogida ropa de mi cofradía, con un intenso aroma a naftalina y el escudo bien visible -ese orgullo de pertenencia- a través de la bolsa blanca.
Qué mimo el de aquél hombre, menudo y siempre sonriente, pitillo cayendo sobre el labio inferior, para doblar la túnica y entregártela.
Es tal la amalgama de remembranzas que he logrado recuperar, que no hay orden en las fechas. Es como si el tiempo se mezclase, al igual que cuando se barajan las cartas.
Esa partida -precisamente a esos juegos de estrategia en sotas y caballos- por las de las tardes en la Casa de Hermandad. Ese trivial cofrade. Esas horas y horas de charlas monotemáticas. Esos paseos en la tranquilidad de la incipiente madurez, calle Real arriba, calle Real abajo, mientras perpetrábamos, con alevosía, acudir a algún evento donde disfrutar de aquello que nos hacía tremendamente felices. Preocupados solo, tras cumplir nuestras obligaciones como estudiantes, en volver a vernos la tarde siguiente, y hacer realidad aquello que nos unía y tantas veces ya he repetido durante este escrito: Hermandad.
Era una época de intensos encuentros. De conocer a nueva gente. De aprender y de querer poner en práctica lo aprendido. De vivir como únicas aquellas fechas. De ver nuestra Semana Santa como LA Semana Santa, tan solo superada por la ensoñada sevillana. Aquella madre y maestra a la que anhelábamos escaparnos en fechas previas a la gran fecha esperada con ansias para ver, in situ, las devociones más universales y mil veces contempladas en no experimentadas, per se, procesiones en los días santos del reino cofrade hispalense.
Acudir a pasar un buen rato -a modo de salida del trabajo-, a La Trepá -mi querido refugio-. Primero en la calle San Diego de Alcalá y más tarde en Almirante Cervera, a respirar aire puro -aire puro de cofrades-. Siempre creí que para ser tertuliano en La Trepá, debías saber manejarte. Su ambiente, más especializado que bien pertrechado -aunque de todo había-, era un compendio de las artes semanasanteras: cargadores, músicos, ex-miembros de juntas de gobierno... Pero con grado. Personajes con galones, con más años que los reunidos entre los tres o cuatro amigos que acudíamos, al principio, a departir en aquel selecto club. Gentes que tocaban otros palos y tenían su propia forma
de pensar dentro del ámbito cofradiero.
El Agüaero era otra cosa. Otro... Caché.
Momentos irrepetibles, desde luego.
La lluvia cede. Deja un agradable aroma a paz.
Sin los gritos de niños jugando, sin el ajetreo propio de otros días, donde se ha aprovechado hasta última hora la bonanza de esta pre-primavera que hemos estado gozando, con el fresco recién llegado tras los chaparrones del día de hoy, se van alejando estas memorias
En realidad siempre están ahí. Como esos naufragios que nos dejan su preciada carga. A veces, son irrecuperables, otras -como hoy- sí se pueden traer a la superficie, y con ellas una sonrisa por el botín reencontrado.
Hoy, este aguacero, me ha traído el recuerdo de aquellas lluvias de cuaresma. Puede que no todos los recuerdos sean con el agua como sayo pero, desde luego, sí ha tenido mucho que ver que las de hoy me hayan servido para sentir esas otras que, como las golondrinas de Bécquer, no volverán.
Imágenes de los archivos de "Bajo los Palos" y de la Asociación de Belenistas de San Fernando
jueves, 26 de febrero de 2015
sábado, 21 de febrero de 2015
Marca "La Isla"
Cuestión de gustos. Dicen que de prioridades.
Hablo del patrimonio de la ciudad.
Se balancea La Isla en un barco sin capitán, aunque los que deben serlo no lo son y han salido al auxilio gente del pueblo, marineros con no pocos galones más de uno, que intentan enderezar de alguna forma el rumbo de la nave y que, como ya ha pasado en otras ocasiones, no naufrague. Las aguas de la cultura en esta ínsula son peligrosas, y equivocar las coordenadas puede suponer darte de bruces con una inesperada roca.
Por fortuna, siempre me gustó el arte y tuve la ocasión de estudiarlo, aunque no terminé decantándome por él. Soy de los que apuestan por la necesidad de investigar, desarrollar, recuperar, dar a conocer toda la riqueza que en ese aspecto tenemos en San Fernando, muchas veces desconocida, pero también opino que ese tesoro no es solo tangible.
La Asociación de Jóvenes Cargadores Cofrades (JCC), como ya sabrán, abandera un proyecto inédito hasta ahora en la ciudad: proponer que el estilo de andar de nuestros pasos -la carga, vamos- pase a ser parte de ese valor intangible -como lo es el flamenco-, y se conforme como un exponente más a considerar dentro del abanico cultural local.
Sobre esto, puntos a favor y en contra. Quizás no sea tanto lo último, sino estimar que hay otras preferencias. Y puestos a mojarse, lo hago -y con conocimiento de causa-.
No quiero contradecir a quien piensa que esta causa no se merece la prioridad del propio ente municipal, con el alcalde y otros grupos municipales como grandes aliados. Pero puestos a exponer sirven cada uno de los criterios, ya que, a mi parecer, no es algo que dependa en exclusiva de un sector concreto.
No voy a utlizar el manido argumento de recurrir a otras localidades como referencia en lo cofrade -véase Sevilla-, y lo que este movimiento representa y qué potencial representa. Me quedo con el propio efecto que el mundo de la almohada imprime en San Fernando.
Cuando la infancia era nuestro único universo, nos atraía aquello que nos rodeaba y veíamos tan común. Así solíamos imitarlo, ayudando, sin saberlo, a consolidar la tradición (esa palabra que tanto cuesta tener en cuenta en esta Isla nuestra), ya sea disfrazándonos en los carnavales, preparándonos para ir a la feria, o convirtiendo unas maderas, unas latas de pintura vacías, y muuuucha imaginación en toda una procesión (con un tembloroso Cristo arrodillado -por si acaso- inclusive).
Cuántas cosas debiéramos tener como patrimonio. Algunas de ellas ya aclamadas, otras sin pretensión y en el caso que nos ocupa, ya se mueven los hilos.
He sido cargador, he sentido lo que significa que la maera te clave al suelo; he podido conocer al pueblo emocionado cuando he podido mirar a través de los respiraderos. He comprobado qué es que tu compañero haga un sobreesfuerzo cuando ha notado a otro flaqueando. He visto eso y más.
En nuestra historia particular -esa que solo nos pertenece a nosotros-, han quedado nombres como Nicolás Carrillo, Tinoco, Milupa, Manolo "el Bigotes", Pepe "el Mella", Pepe "el Rubio"... Y hasta calle tiene el primero. No pocos en esta tierra, que tantos y conocidos nombres ha dado, habrán oído alguna referencia acerca de ellos, porque son parte de una forma de vivir La Isla.
Lo son tanto como el levante y el poniente, la sal, los aromas de estero, las tortillitas de camarones, las panizas, las poleás, los roscos de La Victoria, la jerga salinera, las torres azules de la Iglesia Mayor, la Carraca, la biblioteca Lobo, el cerro de los Mártires o el castillo de Sancti Petri.
La particularidad en la forma de portar los pasos en esta Isla de Dios es, por derecho propio, un monumento a la tradición no edificada, esa que hay que resanar porque se caigan las piedras. Esta no... Este monumento es difícil de derribar.
No hacen falta doctores, licenciados o técnicos que den el visto bueno o reclamen su estado. No requiere de permisos para que se ejecute su obra. El único martillo que acepta no tira, levanta. La única voz de mando que admite es la del capataz, que es capaz de hacer trabajar a cuarenta hombres como si fuesen uno.
Es "Marca La Isla". Así como suena. Como lo es Camarón, el castillo de San Romualdo, el molino de mareas del Zaporito o el mismísimo Puente Zuazo.
El estilo de carga isleña es una seña de identidad. No hay un estilo igual, no imita otros modelos más o menos cercanos, se ha autoregenerado, ha resistido la importación de otras costumbres, se ha amoldado -sin perder su génesis- a cada hermandad, otorgando propiedad al discurrir procesional.
Hay quien defiende que es aburrida, de técnicas monótonas e insulsas. Pero ese es un tema, personalmente, sin importancia. Sin embargo, es algo nuestro; desde el argot hasta las herramientas, la carga isleña es peculiar.
El patrimonio inmaterial es algo a lo que no nos terminamos de hacer. Parece que declarar como bien algo tan autóctono como es la carga, implica que dejen en desventajas otras reivindicaciones que en el aspecto material ya pesaban para la ciudad, si bien esto solo conlleva al beneficio común, por mucho que no seamos creyentes (hasta detractores), o que la Semana Santa la usemos para hacer turismo fuera de nuestra pequeña frontera.
Las singularidades que tanto aclamamos, a veces, no las estimamos por considerarlas algo que está ahí. Le damos un valor personal, pero no a otro nivel.
La JCC ha dado un paso muy valiente. No ha priorizado su papel, aunque haya sido la voz, y ha dejado al estilo ser el protagonista.
Pienso que somos ricos en el patrimonio innecesario de la sonrisa sarcástica cuando se habla tan a la ligera de arte cofrade, Semana Santa (catalogada de Interés Turístico Nacional), cofradías, cargadores... No somos conscientes de su importante influencia cultural y lo que implica para la economía y el turismo de San Fernando.
Si La Isla puede enorgullecerse de tener una de las pocas playas vírgenes de Andalucía, un templo mitológico; de haber sido capital de España y haber sido vientre donde se gestó La Pepa. Si entre sus gentes se han encontrado científicos y literatos. Si en las entrañas de su mar se hundió por primera vez el submarino de Isaac Peral. Si contamos con uno de los observatorios más relevantes de España... ¿Por qué vamos a tener que desechar mostrar con el mismo orgullo de patria chica, que somos los herederos de un legado, los guardadores de una tradición que nació de la necesidad de un pueblo, y que debemos custodiar como algo inherente a nuestra idiosincracia como pueblo?
Otra cosa es cómo se haya tratado el legado material. Que se trabaje para mantener el que nos queda y cuidarlo. Eso sí necesita de doctores, antes que el virus de la incompetencia o la ignorancia debilite, más aún, nuestros ya mermados bienes.
(Fotos de YO SOY CAÑAILLA, ISLAPASIÓN y PATRIMONIO LA ISLA)
viernes, 20 de febrero de 2015
La entrevista
El joven alumno de periodismo sale a la calle para hacer un trabajo de campo. El tema que debe abordar es libre, y decide llevar a cabo uno sobre la pobreza.
Su propuesta era confirmar que tal hecho era cuestión de un mal uso de la economía particular.
Al azar se dirige a un hombre sentado en el banco de un parque cercano. La apariencia de éste era bastante común, desde luego no parecía un mendigo.
Tras las apropiadas presentaciones, y el visto bueno del caballero, el joven comienza su entrevista.
- ¿Alguna vez se ha sentido rico?
Cuando he comprobado que otros tenían menos riquezas de nada que yo, entonces ahí me sentí pobre de todo.
- No entiendo...
No lo haga. La riqueza, si me habla de capital, es evidente. Cuanto más poseas, más rico eres, si posees menos...
He comprendido que he sido un millonario toda mi vida. Sí, sí, no me mire así.
Hasta ahora he tenido una fortuna de una gran falta de cosas: la mayoría tangibles. He dilapidado en querer conseguir; me he jugado los ahorros de pretensiones a la ruleta del vete a saber. He invertido cada moneda de cambio que lograba en acciones que resultaron ser un fraude. He robado cada minuto que dejaban a mi cargo intentando sacar provecho de ellos.
¡Sí señor! ¡Sin duda he sido un auténtico magnate del pozo negro!
- Pero... ¿Qué comparaciones son esas?
Querido amigo... No todo el mundo tiene el don de la pobreza.
- ¿¡El don!?
Así es. No poseer, no poder, desear y no hallar es una facultad con la que no es fácil convivir.
No me entiende, ¿verdad?
- Lo cierto es que estoy confuso.
Estamos tan habituados a que no nos falte lo que queremos, o a intentarlo al menos, que cuando nos falta, o no lo logramos, nos ofuscamos; nos entristecemos, incluso nos enfadamos. Nos falta la magia de la improvisación.
- Magia...
Sí, bueno... Entiéndame. No hablo de magia como un hecho maravilloso, sino excepcional en un sentido de complejidad.
Ese don, amigo, consiste en vivir con las carencias y querer seguir adelante cada día.
- Comprendo.
¿Seguro?
- Creo que sí.
Cree.
- ...
¡Jajajaja! Al igual que quien no dispone de dinero en cantidad tal que no pueda satisfacer el capricho más nimio, no puede saber que es no necesitar; el que sí lo tiene no comprende qué es sucumbir a conformarse con su miseria.
- ¡Vaya trabalenguas!
Yo no sé que es que no me falte de nada, dentro de unas posibilidades, y usted desconoce qué es no poder comprar una barra de pan por no tener unos céntimos. ¿Cierto?
- ¡Ah! Pero... ¿Quién no tiene unas pocas monedas en sus bolsillos como para no poder ir a por pan?
Le invito a un café. Hay una cafetería que ponen uno bastante bueno a solo cincuenta céntimos.
- Bien.
(Se dirigen a una cafetería próxima)
¡Dos cafés! Uno con leche y... ¿Usted?
- Sí. Yo igual.
¡Dos con leche, por favor!
- Soy de los que piensan que hay personas que sobrevaloran las necesidades, y ello causa una forma psicológica de penuria.
¡Qué interesante! ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?
- Considero que se quiere vivir bien; todos pretenden vivir al mismo nivel, pero ello depende del que uno se pueda permitir.
Cierto.
- Entonces, si no te puedes comprar un gran chuletón, confórmate con pollo. Si no puedes hacerte con un vehículo, usa el transporte público. Si no puedes adquirir una vivienda, alquila una según dispongas. Si tus hijos no pueden acudir al mejor colegio, que cursen donde les convengan. Si no puedes...
... Si no puedes comprar pan, usa el mendrugo de ayer; si lo tienes.
(Sopló el hombre el humeante vaso)
- ¿¡Otra vez!?
No se altere. Comparto su punto de vista, sin duda.
La sociedad está construída sobre ciertas necesidades que, para algunos, son prohibitivas. Sin embargo, tenga en cuenta que cuando te las venden no disciernen sobre quienes las perciben; y es tanta el hambre de querer ser, que nos olvidamos de la realidad, la triste verdad, que acompaña a algunos.
- Pues sí.
¡Vaya! Va a tener que pagar usted los cafés. (Mientras, rebusca en el bolsillo de su pantalón)
- ¡Claro! No se preocupe.
(Salen del local)
Disculpe este vergonzoso suceso.
- No tiene importancia, en serio.
Muchas gracias.
¿Dígame? Si tuviese solo un euro, solo uno, ¿qué haría con él?
- Pues no sé... Supongo que si tuviera que invertirlo lo haría en aquello que me fuera más necesario.
Es usted muy coherente
(Los dos hombres entran en una tienda de comestibles, y el joven periodista titubea ante ello)
¿Me pone una pieza de pan y una de esas latas de atún? (Al tendero)
- "Son noventa y cinco céntimos"
(Saca un pequeño monedero marrón, y lo pone boca abajo, cayendo una sola moneda)
Gracias.
(Salen de la tienda)
- ¡Pero hombre de Dios! ¿Cómo no me dijo que solo tenía esa moneda?
Porque, a veces, para creer sí hay que ver, querido mío. La vida es un escaparate para unos, y una batalla para otros.
jueves, 19 de febrero de 2015
El diablo en el espejo
Su supuesta candidez, su aire de niña que ya dejaba de serlo acompañado de esos uniformes del colegio religioso donde había comenzado a estudiar Secundaria, y sus costumbres de joven perfecta y educada, le habían otorgado una imagen alejada de aquellos mitos irreverentes y de carácter independiente que ahora tanto adoraba y deseaba imitar.
La tentación era grande. Aquello era un pecado que no se limpiaba con agua. Pero pensó que quería dejar atrás a esa ñoña, y aceptó la idea de una compañera dos cursos mayor que ella, con la que contrajo una casual amistad, la cuál le planteó una especie de juego para deshacerse de la timidez timorata que parecía asfixiarla.
La muchacha era lo que ella anhelaba ser. Triunfaba entre los círculos masculinos, y rompía con el molde de niña bien. Parecía mostrar un aura de libertad insólita que deseaba sobremanera.
Entre las chicas se decía que había hecho algún pacto perverso, y corría el rumor -extendido como una mecha de pólvora cuando se enciende- que, en una reunión en el patio del instituto, prometió que vendería su alma si hiciera falta para desasirse de lo plastificado de su existencia.
La devota adolescente, absorbida por ese deseo irrefrenable de dar un giro a su personaje en la sociedad, resolvió guiarse por el mismo camino que su admirada conocida.
Tan solo una regla: No podía faltar un espejo donde poder verse en toda su integridad.
El fin era que fuese capaz de contemplarse, dejándose llevar por sus instintos más básicos, y se conociese como no lo había hecho hasta entonces.
Para la hastiada chica, la propuesta en sí no resultaba una solución: sexo en soledad y un espejo, ¿a modo de...? Sin embargo, aunque ese acto de autoafecto carnal no resultaba novedad alguna, sí estimaba que faltaba a algo cuando lo ejercía. La moralidad paterna era, sin dudas, otro de esos muros entre los que se veía enclaustrada.
Tras cenar temprano y poco, se fue a su cuarto y siguió unas normas simples que debía cumplir de manera previa y que, a pesar de todo, le pareció absurdas.
Se veía, en un espejo que dominaba la habitación desde un rincón, recostada en su cama; vestida solo con una sábana, mantenía encendida la luz de una vela sobre la mesa de noche. Una claridad titubeante, escasa y provocadora que confería al lugar un aire de cierta suciedad moral.
Las ventanas cerradas. Las persianas apenas dejaban entrar el reflejo que la luna, llena de esplendor, regalaba aquella noche. Reforzó la puerta con un pequeño cerrojo, que hacía las veces de defensa de aquél reino de un solo habitante; quería estar a solas con ella misma. No quería perturbaciones que la enajenaran del sacrificio al que pretendía ofrecerse.
Bajo la suavidad de la tela que la cubría, rozaba sus rodillas con cierto nerviosismo, pero no eran dudas lo que tenía, sino ansias. Acariciaba sus piernas con los pies, y notaba la seda de su piel. La tersura de aquella envoltura de juventud hizo que, por un momento, la hiciera temblar extática. Recorrían sus dedos las pantorrillas. ¡Duras! ¡Atléticas! Y terminaban por entrelazarse entre ellos, causándole tal sensación de aprisionamiento que el corazón le latía tan fuerte que lo notaba en lo más íntimo de su ser. Así pareciera que recorría su cuerpo una corriente eléctrica desde su pelvis hacia cualquier dirección.
Agarrada a su paño de pureza, que la guardaba de sentirse descubierta, aquella fuerza que la hizo tambalear desde dentro, logró que sus manos se abrieran espasmódicas, quedando al descubierto su torso, limpio de frivolidades con encajes que limitaran la visión de un paraje bellísimo: Dos breves llanuras, del color de un campo de rosas rosas, de las que brotaban sendas rocas tintadas de una sonrojada palidez.
El demonio mismo se asomaba a aquél cristal, gobernador de la estancia, que reverberaba la imagen de la pureza misma, y quiso que aquél ángel fuese suyo. En el inmenso ventanal que absorbía cada mínimo detalle de la sala, tenía a su gran aliado. Sabía que ella no podría resistir probar el bocado que veía reflejado.
Tentada, encogida levemente, empezó a estirar sus piernas. Largas, firmes. Dejando a la vista un perfecto atuendo: su cuerpo.
Inclinó la rodilla izquierda, aún elevada, hacia la misma dirección, y el tesoro de su inocencia quedó al descubierto. Sabía que no tenía que buscar mucho para encontrar lo que quería, pero no le interesaba hallarlo tan rapido. Sumergió su mano derecha hacia la lisa entrada, y con delicadeza descorrió el tenso telón aterciopelado, notando como las yemas de sus dedos indice y anular se embadurnaban como de miel. Comenzó a acariciar el pequeño cáliz que halló, provocando que se derramara, aún más, aquél contenido meloso.
Intentaba no demostrar abiertamente la emoción ante tal hallazgo, y se mordía con fuerza el labio inferior para que de su boca no saliera el secreto que había encontrado, y se mantenía muda, pero sabía que era cuestión de minutos que se explayara en expresar su gozo.
Miró de soslayo al espejo. Pareciese como si la observaran desde él. Lo sabía. Le gustaba. Pasó de sentirse indefensa a mostrarse dominante. Indagaba, con permiso de nadie, cada palmo que sus manos alcanzaban a disfrutar. Sus labios, blanquecinos de los grilletes de sus dientes que los apresaban, comenzaron a colorearse de nuevo, y sus cadenas empezaban a dar de sí
No podía dejar de regodearse en el omnipresente vídrio.
Apostada en el cabecero de su cama, sus piernas se abrían en un abrazo que clamaba ser correspondido. Sus extremidades, como Shiva, parecían multiplicarse para llegar a cada zona de su cuerpo que le provocara un mínimo estremecimiento. En sus manos, látigos de seda que lograron que de su garganta surgieran suspiros, mientras azotaban con fruición la carne trémula.
Por el desfiladero que discurría entre las llanuras, ahora tintadas de fuego ante la excitación, ríos de sudor que conferían a su busto la impresión de un delirante y apasionado baño, que salpicaban más allá de su vientre, rodeando el ombligo elipsado y vertiéndose entre los dedos, ya húmedos, que no cesaban de fustigarla en su interior, en una incesante y estimulante escena de posesión.
De repente, quedó paralizada. No era capaz de responder a nada. Aturdida por una sacudida que le recorría cada músculo, sentía cómo manaba abundante líquido del frenesí desde la profundidad donde había sido castigada de placer. La piel tersa se erizó, y de sus pechos surgieron enhiestas dos lanzas que le provocaron mayor perturbación, si era eso posible.
Se dejó resbalar hasta el mismo centro de la cama, y desde allí observó a la chica del espejo. No. No era ella. Aquella muchacha que veía no se le parecía en nada. Con más interés que fuerza, se acercó hasta él, y se contempló. Sonrió, denotando una mueca de satisfacción mientras reconocía la desnudez que se le presentaba. En cierto modo, le pareció como si no hubiese disfrutado a solas del todo.
La joven dio media vuelta y se dispuso a entrar en la ducha. Sin embargo aquella figura del espejo no dejaba de mirarla con una expresión de maldad.
Al final, el diablo consiguió hacer suyo a aquél ángel.
jueves, 12 de febrero de 2015
Eres (a Cádiz)
Eres ese verso que se recita al suspirar, ese que se escapa en las lágrimas de quien se va.
Eres el retazo que se ultima al pintar, ese detalle que el artista no quiere relegar.
Eres la pasión del enamorado, el brillo de sus ojos al contemplar la mirada eterna de quien dice amar.
Eres veleta que señala al ventear, el faro que ilumina el camino en el mar, la campana que alegre repica y anuncia qué hay que celebrar.
Eres un pedazo del cielo que no se quiere marchar, donde cada febrero sus ángeles tornan altar un estrado de bombos, cajas y guitarras y un 3x4 de compás
Eres un edén que saluda al mar, un limbo donde quedarse mientras puedas respirar.
Eres, Cádiz, diosa tierra para adorar, de aquellos que se fueron y los que no se quieren marchar.
Eres, Cádiz -tacita plateá-, cuna de la luna que en tus aguas mansas quiere descansar.
lunes, 9 de febrero de 2015
A mi barrio (breve poema a La Pastora, San Fernando)
Entre la arboleda desnuda, con la única música de las pisadas rompiendo el sonido quieto, las calles de un barrio que yacía durmiendo.
Tesoro el suelo que sostiene los muros de tu templo, joya de la corona de este breve reino.
Barrio y universo, que quien te descubre se deslumbra de tu sencillo secreto:
-"¿Secreto?"
- ¡Shhhh! Silencio...
jueves, 29 de enero de 2015
La mano derecha (La labor social en las hermandades
Un relato. Os propongo un relato sobre la mano izquierda y la derecha. Sobre porqué, a veces, es necesario que una sepa qué hace la otra.
El papel de las hermandades y su relevancia social.
LA MANO DERECHA
Durante mucho tiempo la mano izquierda no sabía que hacía la otra. Por desgracia, la derecha se afanaba en trabajar bajo el anonimato, silente, abnegada y comprometida por su papel intermediario entre el pueblo y la Iglesia, y al estar tan cerca de la gente sabía de sus necesidades.
La izquierda, en tanto, actuaba a la vista. Su misión era más ostentosa y debía encargarse del protocolo que tenía también como misión. Sin embargo, la siniestra era duramente criticada, acusada de derrochadora, sentenciada por muchos que la juzgaban solo por lo que ella hacía.
Pero ambas manos eran parte del mismo cuerpo. A su cabeza nunca le importó que u na de sus extremidades fuese lacerada, mientras parecía que fuese manca la otra; inexistente.
Pero no era así. No es así, de hecho. La encomiable labor de la mano diestra debe ser conocida, no puede quedarse para las catacumbas cofrades. Al igual que existen misioneros, que dan su vida por muchos que solo vemos en su desgracia por televisión, también están las HERMANDADES, su LABOR SOCIAL debe ser expuesta, para callar bocas ignorantes, y para que la sociedad sepa que esos cristianos de a pie no solo gastan el dinero (invierten en patrimonio, mejor dicho, que revierte en turismo en Semana Santa y en platos de comida en la casa de artesanos y empleados de esas fábricas del arte de esta tierra nuestra. Es decir: crean riqueza hacia el pueblo).
Por cierto, ese dinero no proviene del erario municipal, sino de sus propios hermanos y simpatizantes.
A ver cuántas formaciones políticas, sindicales, organizaciones varias no caritativas, pueden decir esto. ¡Ah! Y sin colgarse medallas ni obtener mayor beneficio que la de ayudar al prójimo SIN IMPORTAR CREDO NI IDEOLOGÍA.
Reflexiones para una noche
Llegan estas horas, preparas la última liturgia antes que la negrura se haga tan intensa, tan inmensa, que no sabrás si solo duermes o has dejado de vivir. ¿Quién sabe?
Antes de que los párpados cubran con su sábana de piel la luz que nos hace ver la vida, recostado sobre la cama, en el silencio que solo la noche regala -y que, a veces, no sabemos apreciar en su justa medida-, nuestra insaciable necesidad de seguir en el mundo nos condena a permanecer atados al día que ya murió, y a ese poco le importa el bien o el daño que trajo, tan solo pasó sobre nosotros; primero silente, sin prisa en ser descubierto entre el frío de la madrugada, y con el primer rayo de sol ya nos aturdía, sacándonos del único sitio donde estamos protegidos: nuestros sueños.
En tu mente resuenan momentos de esa jornada que ha quedado nada más que para el recuerdo, reflejada con la frialdad de unos números en alguna agenda, en algún papel escolar, en cualquier anotación que deba ser clasificada. Quedará oculta entre los miles de segundos que le precederán.
Apoyada tu cabeza sobre el reposo de la almohada, aún pretenderás darle vueltas a lo que no hiciste, a lo que te faltó o sobró, a quién dejaste de ver porque no te apetecía, o a quién le volviste a dar la mano o a arroparlo en un abrazo.
Te morderás el labio inferior y entornarás los ojos mientras te dices lo estúpido que fuiste ante el momento en el que debieras haber sido fuerte, capaz, y haber resuelto las cosas de otra forma. En ese momento algo te golpea en la tranquilidad de esas horas intempestivas, y parece que te despierta, que te deja sin respirar... Al final recapacitas y te rindes a lo que ya no se puede cambiar.
¿Y ahora?
La realidad es que una fuerza invisible logra que, por fin, las persianas que cubren tus iris comiencen a ceder. Caen despacio, pero a plomo. Luchas en un intento hercúleo por demostrar que todo lo puedes, pero no es así.
Tu conciencia, la que te ha mantenido despierto en combate con tu propio ser está siendo vencida. Poco importa ya qué hayas llevado a cabo, qué maldad o qué beneficio reportases al mundo para que, algún día, el Universo te lo demande o te lo premie. Unos dedos imperceptibles a la vista, pero no al tacto, se empeñan en que ya es la hora y te cierran las cortinas para que dejes de ver por las ventanas a la que cada día te asomas al mundo.
Pesan los ojos y pesan las acciones; puede que no todas, pero de cualquier manera unas son más cargas que otras. ¡Malditos remordimientos!
El telón se cierra y la función termina. El actor se esconde tras las oscuras bambalinas del teatro en el que hemos representando nuestra función diaria. No hay aplausos, ni palabra alguna cruza nuestros oídos. Tan solo silencio. El ensordecedor grito de la noche, ese al que tanto tememos, la mudez de las impresiones, de las voces, nos embriaga con su licor de nada.
Acostados en nuestra cama, somos solo nosotros, y estamos en grave peligro de dejarnos atormentar por nuestra voz interior, esa que nos juzga y nos condena; la misma que tan pocos golpecitos en la espalda hace que nos demos.
¡Shhhhh! ¿No oyes? Aparta esa arpía que te lacera implacable y escucha el sonido del vacío. Puedes usarlo como quieras. Hazle caso. Enlaza tus pestañas y déjate llevar por esa impresionante sensación de paz que tienes a tu alcance pero no logras vislumbrar.
Es de noche. No pienses, no te atormentes, no hagas planes, no elucubres sobre el mañana, aquella es otra obra por interpretar. Aparca los miedos ante el futuro, despégate de los que ya conoces. Este es tu momento, tuyo y de nadie más: suéñalo.
domingo, 25 de enero de 2015
El día más bonito
- "¿El día más bonito?"
Sentado frente a un ventanal, esa pregunta sobrevenida a raíz de un libro que había estado leyendo hacía poco, le mantenía absorto en aquella fría y soleada tarde de domingo.
Le parecía tan idiota aquello. Discurrir sobre algo tan complejo teniendo que recurrir, además, a su ya maltrecha memoria. De hecho le cansaba el simple hecho de tener que considerarlo. No tenía ganas de echar la vista atrás.
Sin embargo, algo le atrapaba en aquella madeja de recuerdos en la que, de forma inconsciente, se había enredado. En su particular álbum mental, algunas páginas ya denotaban el paso del tiempo, y otras ni tan siquiera las recordaba de los años que no ejecutaba tales ejercicios de memoria.
Con cierta dificultad empezó a rememorar estampas del colegio; con sorpresa, por su cabeza desfilaban con el orden relativo de una antígua fotografía que recordaba, los rostros de sus compañeros, y más increíble le parecía poder ponerle nombres a sus caras. No podía evitar una sonrisa, que daba a entender la satisfacción que aquellos años le ofrecían.
Aún creía oir la sirena que reclamaba a los alumnos su presencia en las clases. En su mente veía los cuadernos de escritura, con sus grafías redondeadas y tan perfectas, o los de matemáticas, con marcial orden numérico.
La magia de las neuronas hizo que sus conexiones sinápticas le llevaran a la época del instituto. Sus primeros devaneos con las chicas de su clase, las primeras tonterías de adolescente, las bravuconadas del inexperto que todo lo quiere probar, la seguridad de quien no teme, la ignorancia de quien cree saberlo todo, la fuerza en su origen más primitivo: allá donde empieza a nacer el hombre, deshaciéndose de la piel de niño.
Era vivir sin miedo a lo nuevo.
La vida es un laberinto donde, una vez se entra, solo puedes transitarlo hasta que halles la salida que no sabes tras qué calle encontrarás. Y todo laberinto, por muy divertida que parezca la prueba, puede llegar a ahogar. No saber si la dirección que tomas es la correcta, y no hará sino perderte más. La duda siempre presente del qué hacemos aquí. Miedos que no nos abandonan y que son menos cuando, en ese galimatías que es la vida, encontramos otros que nos acompañen. Amigos, que se hacen imprescindibles para comprender la necesidad de no querer estar solos.
Seguía ojeando su bitácora, y con ella las coordenadas de aquellos puertos e islas en la inmensidad del mar de su vida, donde pudo desembarcar para buscar aquello que iba haciéndole falta conforme navegaba. Tesoros, planos por los que guiarse, brújulas que le ayudasen a no extraviarse...
No le estaba resultando tan incómoda la búsqueda. De hecho, esta aventura insospechada le estaba devolviendo la alegría de la que tiempo atrás se nutría.
En su memoria surgió aquél enero donde conoció a su esposa, conociéndola como solo pueden recordarse las mejores ocasiones: inesperadamente.
Miró de reojo, volviendo su cabeza hacia la cocina, y allí la escuchaba tararear no se qué canción que tan poco le gustaba a él. Retomó su vista hacia el cristal, y entornó sus ojos con un gesto de alivio y añoranza mientras volaba, sin moverse de su asiento, a aquella tarde invernal que le pareció más primaveral y perfecta que cualquiera que abril o mayo pudieran regalar.
Desde ahí sus recuerdos fueron como un tornado. Las escenas se sucedían incesantes, sin tregua, no había pasado tanto desde aquél instante, y las vivencias se hacían mucho más nítidas.
Seguía dando vueltas en su laberinto, sin mucho interés por encontrar la salida; no cejaba en el empeño de seguir apuntando notas en su bitácora para volver a encontrarse en un futuro, para no cometer una y otra vez los mismos errores.
A él retornaban los días de los nacimientos de cada uno de sus hijos, y era tal la alegría que le inundaba ante ellos, que sus labios se extendían a su máximo exponente, remarcándose bajo cada pómulo una marca, en forma de arruga, que era la demostración física de aquella felicidad.
Su boda, su primer coche, su primer empleo que le ofreció seguridad, su primera ilusión ante el nacimiento del primogénito...
Se dio cuenta que en cada etapa de su vida se dieron varios momentos especiales, felices, imborrables, únicos.
Retomó el libro que dejó sobre una mesilla en el salón, y lo abrió por la página marcada. Separó las hojas con sus dedos pulgar y meñique, y extendió su mano sobre ambas partes abiertas y leyó: "¿Cuál dices que fue el día más bonito de tu vida? No seas estúpido, la vida no tiene un día así, la vida es como una pirámide: la base de nuestra felicidad consiste en no dejar de poner piedra sobre piedra hasta que, al término, veamos que nuestra obra no se derrumba"
Cerró con mimo aquél tarugo de hojas encuadernadas, y ante él, en una onírica representación, se hizo presente aquella obra que el libro mencionaba. No estaba equivocado del todo, pero en algo no estaba de acuerdo: sí existen unos días más hermosos que otros: una piedra, un día; un día hermoso, otra altura. Y la pirámide se levanta así.
Se levantó con algo de esfuerzo y un leve quejido, y dirigió sus pasos hacia la cocina. Se detuvo silencioso ante la puerta, mientras observaba cómo su mujer se afanaba en terminar de hacer el almuerzo, y pensó que el día más bonito de su vida fue aquella tarde de enero cuando la conoció, y pudo compartir con ella lo que tenía vivido y seguir compartiendo lo que le quedaba por vivir.
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