domingo, 25 de enero de 2015

El día más bonito

- "¿El día más bonito?"

Sentado frente a un ventanal, esa pregunta sobrevenida a raíz de un libro que había estado leyendo hacía poco, le mantenía absorto en aquella fría y soleada tarde de domingo.


Le parecía tan idiota aquello. Discurrir sobre algo tan complejo teniendo que recurrir, además, a su ya maltrecha memoria. De hecho le cansaba el simple hecho de tener que considerarlo. No tenía ganas de echar la vista atrás.

Sin embargo, algo le atrapaba en aquella madeja de recuerdos en la que, de forma inconsciente, se había enredado. En su particular álbum mental, algunas páginas ya denotaban el paso del tiempo, y otras ni tan siquiera las recordaba de los años que no ejecutaba tales ejercicios de memoria.

Con cierta dificultad empezó a rememorar estampas del colegio; con sorpresa, por su cabeza desfilaban con el orden relativo de una antígua fotografía que recordaba, los rostros de sus compañeros, y más increíble le parecía poder ponerle nombres a sus caras. No podía evitar una sonrisa, que daba a entender la satisfacción que aquellos años le ofrecían. 



Aún creía oir la sirena que reclamaba a los alumnos su presencia en las clases. En su mente veía los cuadernos de escritura, con sus grafías redondeadas y tan perfectas, o los de matemáticas, con marcial orden numérico.

La magia de las neuronas hizo que sus conexiones sinápticas le llevaran a la época del instituto. Sus primeros devaneos con las chicas de su clase, las primeras tonterías de adolescente, las bravuconadas  del inexperto que todo lo quiere probar, la seguridad de quien no teme, la ignorancia de quien cree saberlo todo, la fuerza en su origen más  primitivo: allá donde empieza a nacer el hombre, deshaciéndose de la piel de niño. 

Era vivir sin miedo a lo nuevo. 

La vida es un laberinto donde, una vez se entra, solo puedes transitarlo hasta que halles la salida que no sabes tras qué calle encontrarás. Y todo laberinto, por muy divertida que parezca la prueba, puede llegar a ahogar. No saber si la dirección que tomas es la correcta, y no hará sino perderte más. La duda siempre presente del qué hacemos aquí. Miedos que no nos abandonan y que son menos cuando, en ese galimatías que es la vida, encontramos otros que nos acompañen. Amigos, que se hacen imprescindibles para comprender la necesidad de no querer estar solos.


Seguía ojeando su bitácora, y con ella las coordenadas de aquellos puertos e islas en la inmensidad del mar de su vida, donde pudo desembarcar para buscar aquello que iba haciéndole falta conforme navegaba. Tesoros, planos por los que guiarse, brújulas que le ayudasen a no extraviarse...

No le estaba resultando tan incómoda la búsqueda. De hecho, esta aventura insospechada le estaba devolviendo  la alegría de la que tiempo atrás se nutría.

En su memoria surgió aquél enero donde conoció a su esposa, conociéndola como solo pueden recordarse las mejores ocasiones: inesperadamente.

Miró de reojo, volviendo su cabeza hacia la cocina, y allí la escuchaba tararear no se qué canción que tan poco le gustaba a él. Retomó su vista hacia el cristal, y entornó sus ojos con un gesto de alivio y añoranza mientras volaba, sin moverse de su asiento, a aquella tarde invernal que le pareció más primaveral y perfecta que cualquiera que abril o mayo pudieran regalar.



Desde ahí sus recuerdos fueron como un tornado. Las escenas se sucedían incesantes, sin tregua, no había pasado tanto desde aquél instante, y las vivencias se hacían mucho más nítidas.

Seguía dando vueltas en su laberinto, sin mucho interés por encontrar la salida; no cejaba en el empeño de seguir apuntando notas en su bitácora para volver a encontrarse en un futuro, para no cometer una y otra vez los mismos errores. 

A él retornaban los días de los  nacimientos de cada uno de sus hijos, y era tal la alegría que le inundaba ante ellos, que sus labios se extendían a su máximo exponente, remarcándose bajo cada pómulo una marca, en forma de arruga, que era la demostración física de aquella felicidad.

Su boda, su primer coche, su primer empleo que le ofreció seguridad, su primera ilusión ante el nacimiento del primogénito...

Se dio cuenta que en cada etapa de su vida se dieron varios momentos especiales, felices, imborrables, únicos. 

Retomó el libro que dejó sobre una mesilla en el salón, y lo abrió por la página marcada. Separó las hojas con sus dedos pulgar y meñique, y extendió su mano sobre ambas partes abiertas y leyó: "¿Cuál dices que fue el día más bonito de tu vida? No seas estúpido, la vida no tiene un día así, la vida es como una pirámide: la base de nuestra felicidad consiste en no dejar de poner piedra sobre piedra hasta que, al término, veamos que nuestra obra no se derrumba"


Cerró con mimo aquél tarugo de hojas encuadernadas, y ante él, en una onírica representación, se hizo presente aquella obra que el libro mencionaba. No estaba equivocado del todo, pero en algo no estaba de acuerdo: sí existen unos días más hermosos que otros: una piedra, un día; un día hermoso, otra altura. Y la pirámide se levanta así.

Se levantó con algo de esfuerzo y un leve quejido, y dirigió sus pasos hacia la cocina. Se detuvo silencioso ante la puerta, mientras observaba cómo su mujer se afanaba en terminar de hacer el almuerzo, y pensó que el día más bonito de su vida fue aquella tarde de enero cuando la conoció, y pudo compartir con ella lo que tenía vivido y seguir compartiendo lo que le quedaba por vivir.


viernes, 23 de enero de 2015

Barriendo mi casita

A la comparsa de Sevilla: "Los que barren pa'casita".



 De la educación de mis padres aprendí a ser correcto cuando visitaba casa ajena, que ni los niños, por serlo, se libran de cumplir esa condena.

Con los años comprendí la razón de tal postura, cuando salía con mis amigos sin tutores que corrigiesen mi compostura, demostrando saber tener mesura.

De ese aprendizaje quise creer que los demás también sabían, y que en mi casa con el mismo respeto me tratarían sin tener que sufrir el desprecio del que venía.

Hoy he visto con desilusión cómo a quienes con los brazos abiertos he recibido, me han herido con palabras que parecían cuchillos.

Venían vestidos de lo mismo para lo que han llegado, barrenderos que desde su casa han traído la misma porquería de la que tanto se ha maldicho.

Con sus gargantas afiladas de aceros, destrozaban con mandobles de sarcasmos todo aquello que tanto se había denunciado de dejar de ser enemigos y convertirnos en hermanos.

¡Ay hermano! Hermano de donde la alta torre vigila, y sus campanas te avisan de que esa tierra bien vale una misa. Hermano de donde la tierra de María. Hermano, te perdió tu codicia.

No te prohíbo que me hables de tu madre en esta casa que visitas; ni de lo bonita que es, que si luce mejor que la mía, pero no voy a permitir que le escupas como una arpía.

Si quieres decirle piropos, criticar lo que la envídian por ser solo la más afortunada mora de la morería, acunarla sin descanso entre coplas de comparsistas ¡Adelante! Pero no te atrevas a ensuciar mi espejo de sal con tu sonrisa viperina.

Hermano, que vienes desde Sevilla, cantando a los vientos de Levante y de Poniente, que querías adorar solo a la ciudad donde viniste a la vida.

Hermano con tus letras sin ironías, insultando con la falsa modestia de quien se cree dueño de la palabra solo por estar ahí arriba, pisando las tablas del templo de la valentía.

No te confundas, hermano, que no es valor lo que has echado, sino burda bravuconería, que para cantar a Sevilla no hay que servirse de chulería.

Si treinta años llevas, porque te picó el gusanillo de esta Cádiz mía, vistiéndote por febrero de todo aquello que imaginas, ¿no será que lo que tienes es envidia?

¡Ay, comparsista del tres al cuarto! Que para cantar al compás que querías, has cometido el error de insultar a quien oirte venía, y en vez de aplausos te llevas su rebeldía.

Yo también barro para mi casita, pero que sepas, que la porquería que aquí has tirado, lo siento, te la llevas a Sevilla.








martes, 20 de enero de 2015

¿Dónde está Antonio?





Son las once y media del Lunes Santo y las calles del barrio lucen incomparables, aunque sean las mismas de siempre ante el acontecimiento casi inminente que se espera.

La plaza, animada, deja vislumbrar un aire de incontenida emoción y alegría; banco ocupados de almohadas y fajas, veneras que bombean orgullosas simulando corazones palpitantes. Propios y extraños custodian las puertas del templo pastoreño y aguardan pacientes que finalice la misa de Acción de Gracias para poder contemplar, un año más aunque siempre parezca la primera vez, el áureo gabbatha convertido en Misterio.

Cielos albos de nubes que muestran un exhuberante celeste, y el sol -el ansiado- se pavonea luciendo majestuoso, coronando la recoleta plazuela. Todo parece perfecto. Nada hace sospechar que el tan anhelado día pueda verse truncado. El vaivén de personas trasegando entre Maldonado y Marconi denota que todo sigue bien. Sonrisas cómplices que alivian tensiones. Abrazos a aquellos que han llegado de otras tierras para cumplir la tradición y revestirse de blancos, rojos y azules o que, por contra, han dejado sus hábitos tendidos sobre la cama, a modo de no deseada penitencia, y traen consigo nuevas y futuras devociones de desconfiadas miradas ante la novedad.

Arriba, donde la Casahermandad, todo fluye. Se ultiman los preparativos. Todo está listo. Quien eche un vistazo a sus estancias observará un desorden que llama la atención, y se hace realidad la ficción que hace unos meses se plasmaba en esos cachivaches y papelajos hoy esparcidos por cualquier sitio.

Sin embargo, abajo, en la parroquia, un detalle llama la atención. Ha pasado casi desapercibido para el visitante. Un simple detalle... Un ejemplo de cómo, a pesar de todo, el ser humano sigue sintiendo la necesidad de no olvidar, o mejor dicho, de recordar cosas, momentos, situaciones y personas. 

Alguien, a quien la curiosidad no le permite obviar ese detalle, se acerca a uno de los que custodian las andas y, con intriga, pregunta: "¿Por quién está esa pértiga inclinada sobre la delantera del paso?".

Ese ejemplo.

Este año nos ha dejado una persona fundamental, pasando inadvertido pero imprescindible para conocer el auténtico sentido de la palabra que tanto usamos y poco comprendemos: Hermandad. Alguien que ha sido para muchos una motivación, por cuanto representaba como persona y como cofrade; capaz de convertirse, tan solo con su personalidad, paciencia y una perenne y agradecida sonrisa, en referente a seguir.

Es muy sencillo buscar palabras que engrandezcan a la persona cuando ésta fallece. Sin embargo, cuando son capaces de expresar un sentimiento, sorprende, sobre todo cuando a través de ellas se descubre una realidad latente que permanecía oculta en muchos y que, por desgracia, no mostramos en los momentos oportunos. 

Esa realidad es el cariño que sale al exterior mostrándose en lágrimas.

Este año, cuando el Lunes Santo asome por las esquinas del antiguo lugar de las albinas de la Puente y pasee por sus calles, revoltoso y agitado, se dirá: "¿Dónde está Antonio? No lo he visto por ningún lado, ni he oído su voz en toda la mañana".

Antonio, querido Lunes, ha ido a visitar al mismo Padre. Ha sido invitado de honor en el palco único del Cielo, y allí está. 

Cuando doblen las campanas alegres, jugueteando con los vientos de esta bendita Isla, y desde la plaza las oraciones se conviertan en notas sobre pentagramas; cuando la Cruz de Guía torne por Real y Salud bendiga con su discurrir al pueblo que la clama; cuando Jesús coronado se presente más allá de las lindes de su barrio y todo el cortejo penitencial enfile su caminar hacia la Carrera Oficial, allí también estará Antonio. Sentado en su alto palco, dando la venia al Fiscal con su sempiterna sonrisa, saludando con la humildad de siempre, inclinando con suavidad la cabeza a cada uno de los que pasemos ante su celestial entarimado.

Querido Antonio, este año seguiremos contando contigo porque, sin duda, desde muy temprano te esperaremos para preparar el ágape para después de la salida procesional de ese lunes tan esperado, y te reclamaremos, como salvavidas, en busca de aquello que Salvador no encuentra. Iremos a a la caseta, cuando la Feria, esperando verte ya ataviado en la cocina con tu inmaculado delantal, preparando con paciencia la masa de tus tortillitas de camarones. Te instaremos en cada necesidad que nos surja...

Añorado Antonio, disfruta de la paz que solo el de Arriba sabe dar, que aquí nunca dejaremos de quererte y recordarte



martes, 13 de enero de 2015

El descanso de los ángeles

¿Alguien sabe dónde van los ángeles cuando descansan?

Sí, descansar. ¿O los soldados de Dios no tienen derecho a tal? Hasta Él tuvo un día de respiro, ¿por qué ellos no?

Quizás reposen entre nube y nube, donde se forman esas figuras tan azarosas que nuestra mente finita solo alcanza a imaginar aquello que reconoció alguna vez: Una muralla, un animal, una montaña... 

Puede que lo inimaginable sea realidad y aquél trozo de tela algodonosa, que pone parches al cielo, sea donde la cohorte celestial se desprenda de la carga de su divinidad para convertirse a semejanza de aquello que proteje. Allí, quizás, se desprenden de las alas de sus espaldas, como si portarlas les supusiera una severa carga.

Sus cabellos, que aparentaban ser oro mismo, parecen no ser tanto como rayos de sol, sino más bien cenizos; es el castigo de ser eternos protectores. El desgaste de una batalla que dura toda una vida. 

Maestros sin libros, que enseñan lecciones cuando el silencio abarca los sentidos en lo profundo de sus alumnos -allá donde el alma-, cuando se calma la furia del desasosiego humano; ese fuego que no se extingue porque la voluntad del hombre está hecha de leños resecos.

Cansados por la vileza de los actos de sus protegidos, entornan sus ojos entristecidos hacia el abismo terrenal, observando de reojo cómo la crueldad renace insistente, resistente a ser vencida. Desde su atalaya contemplan a otros como ellos, que defienden con vehemencia incluso hasta a quienes les injurian, los ignoran, los desprecian, o tan solo no creen en su existencia. La vida del ángel, más allá de su estática representación, es el teatro al que se ven abocados. Actores que se esconden tras un telón de incompresión.

Pero allí están, permanentes; atentos a su deber; cumpliendo con fidelidad su misión hasta el fin de los días, sabedores que su cometido es infinito.

No pueden odiar, no saben hacerlo, y su enfado solo consiste en insistir en el combate para el que fueron preparados; allá donde la crudeza de sus pupilos les llega como puñal por la espalda, relegándolos a mera  superstición para unos o simple invención para otros, mientras dan por hecho -vanidosa humanidad- que conviven solos en este universo.

Entre jirones de aquellas nubes, destrozadas por el azaroso viento, reposan  las huestes de Dios, con sus alas replegadas, descargándose de tanto dolor. 

Quizás el descanso del guerrero no sea más que limpiarse del barro, en el que se afanan por salir bien parados; lamerse las heridas, hacerlas marca y enseñarlas como triunfos de haber peleado contra el mismísimo Diablo.

Puede que cuando cierren los ojos no recuerden la belleza de su Reino, sino la última batalla. El brazo en alto, blandiendo su poder. La voz potente, ahuyentando demonios en nombre del Divino. La mirada retadora, deshaciendo como lava cualquier roca que ose ser escollo en su camino.

¿Dónde se reponen de sus pesares? 

Puede que en esos andrajos sueltos en el tapiz añil del cielo se relaman, escondidos, doloridos, retomando el valor de no dejarse embaucar por el general del Ejército negro, que una vez fue uno de ellos. Que es más fácil aliarse con los hombres, que defenderlos.

No se detiene el tiempo, y me pregunto si los ángeles en realidad descansan o continúan hacia un fin sin desaliento.



domingo, 4 de enero de 2015

Rabia



Mi pregón sin palabras. Mis palabras sin aliento que hablan desde lo lejos. Desde lo lejos de unas letras que se escriben con resentimiento. 

Resentimiento por no verte, por no besar la mano que aún así siento, y sienten mis labios que hoy están huérfanos de rozar con ellos la tersura de tus dedos.

Y miro hacia el cielo, y en el cielo veo el mismo color que ven los que te están viendo, y siento envidia de ellos, y de ellos me revelo porque me dan celos.


sábado, 27 de diciembre de 2014

Una luz en el firmamento

Me decía un amigo, de los que ya se dicen viejos, que de donde sacaba él las musas para remover corazones sin tener que moverlos del asiento.

"Las musas, amigo -le animé-, son como en el verano el fresco viento; solo hay que aprovechar su vuelo para sentir su aliento".

Me insistía, como preocupado, por no saber cuál sería el propicio momento, ese en el que como hacen las hadas del cuento, varita en mano, declaman sobre él el anhelado sortilegio.

"No te preocupes -le insté- y abandona tu desconsuelo, que sin entender cómo esa lluvia que no llega te caerá del cielo".

Le agarré del hombro y señalé con el dedo enhiesto a cualquier rincón de un trozo del universo, pasó fugaz una estrella y me miró sonriendo.

Incluso allá en lo negro, donde la oscuridad domina el firmamento, hasta la luz más insignificante es capaz de dejarte sin resuello.

(Imagen personal de la playa de Camposoto, en San Fernando -Cádiz-)



viernes, 26 de diciembre de 2014

Versos desde el corazón: una feliz reflexión

Una reflexión para ayudar salida de una satisfacción personal

"... se hace camino al andar".



La vida misma en palabras del poeta, así es el destino. Un paso no es la meta, pero nos acerca a ella.

Intento, como puedo, lograr alcanzar aquello por lo que sueño sin desprenderme de la realidad, a veces dolorosa, otras indiferente, no pocas cruel, algunas como balsa de aceite, pero siempre sorprendente, aunque nos parezca que los días que se suceden son calcos unos de otros.

Hoy, desde la editorial "Diversidad Literaria", me comunican que, por segunda vez -tantas como he participado-, un escrito que remití ha sido seleccionado para ser incluido en la antología poética "Versos desde el corazón".



Es solo una losa más en el camino de baldosas amarillas que me he propuesto recorrer. Ser elegido entre mil ochocientas obras presentadas da, cuanto menos, el valor suficiente para seguir intentando llegar a Oz.

Pero nada de crecerme, porque nada he logrado. Si acaso degustar el buen sabor que deja la satisfacción de saber que, al menos, no divago ciego. 

Me quedo con una frase que dije al empezar: "Un paso no es la meta, pero nos acerca a ella". Soñar es gratis y, haciendo referencia a mi "Prohibido soñar" http://latardetranquila.blogspot.com/2014/12/prohibido-sonar.html , hago bueno lo escrito: "Prohibido soñar si no sabes disfrutar de tus sueños".

Así pues, disfruto mi sueño: sigo soñando, "golpe a golpe, verso a verso".


lunes, 22 de diciembre de 2014

Prohibido soñar




Prohibido soñar si hoy no te ha tocado algún premio importante en la Lotería.

Prohibido soñar si no puedes comprarte ese coche impresionante que has visto en el concesionario.

Prohibido soñar si no puedes permitirte ese maravilloso crucero.

Prohibido soñar si tus vacaciones de verano no son en aquél hotel tan especial en el que anhelabas alojarte.

Prohibido soñar si no puedes comprarte el último teléfono móvil que salió al mercado.

Prohibido soñar si la ilusión termina donde tus sueños se desilusionan.

Prohibido soñar si al hacerlo todo se queda en un quiero y no puedo.

Prohibido soñar si tus deseos son como libar un caramelo, que desaparece después de tanto succionar.

Prohibido soñar si no sabes disfrutar de tus sueños.




domingo, 21 de diciembre de 2014

Entre mil almas

La mañana animaba a disfrutarla. Un inmejorable domingo de invierno que rememoraba aquellos otros primaverales que tanta felicidad solían regalar sus soles.

Pasear por el parque animaba siempre su ánimo, de cuando en cuando, cabizbajo. Aquella alameda sin muros colindaba con el cementerio, y no era raro verlo transitar de recinto a recinto, como deseando encontrar en vida el sosiego que solo en la muerte se puede hallar. 





Ese día decidió visitar aquella ciudad de los silencios. Entrar a través de la portada centenaria con el Alfa y el
Omega como bienvenida causaba en él una profunda sensación de tranquilidad. Sentía como, si tras aquellas murallas de antiguo adobe, acabaran todos los problemas para él. Y, en cierto modo, así era.



Al pisar el grisáceo enlosado del camposanto, su respiración agitada por una extraña emoción se volvía pausada, como si la lúgubre calma del lugar lo aplacara. Quizás era verdad eso que alguna vez escuchó sobre que los muertos, en ese terreno de la podredumbre, absorben la vitalidad que solo la vida da. Quién sabe...

A sus pies una melodía que sonaba a fúnebre; sus pisadas, que se hacían eco entre las calles de nichos.

"Buen padre y esposo. 1903-1962" Leía en uno de los mármoles en tanto continuaba su procesionar. Recapacitaba, casi sin querelo, acerca de aquél hombre que ya llevaba medio siglo allí apostado. Se preguntaba quién sería, qué habría conseguido, qué sueños dejó sin poder alcanzar, qué fue para quienes le conocieron, cuántas penurias resistió.



Una batería de cuestiones que le llevaban a una realidad: la que se mostraba ante él. Daba igual si la persona que se ocultó entre aquellos ladrillos ya eternos era catedrático de Matemáticas o un simple trabajador sin más. A partir de ese punto solo era importante su memoria, el recuerdo que dejó, las risas que regaló, las lágrimas con las que bañó mejillas -da igual su porqué-. Era el ejemplo máximo que a él le bastaba para animarse tras las desazones de la existencia.



No estaba loco, no. Filosofaba con la muerte, porque la vida era demasiado práctica: "Tanto tienes, tanto vales. Tanto vales, tanto te admiran. Tanto te admiran, tanto te consideran. Tanto te consideran, tanto eres". Aunque la realidad no fuera tal y resultases ser un auténtico estúpido engreído sin corazón ni sentimientos por lo que no fuese tú o tu círculo más íntimo. 

En su vuelta por las avenidas, para muchos de la desesperanza, se detenía a contemplar las lápidas de los pequeños ángeles que, por su inexperiencia en este mundo, no les valía otro trato que ese: ser portadores del mismo espíritu de Dios por sus almas blancas.



Inhalaba el aire, a veces viciado, de ciertos callejones que parecían escondidos y obscuros y olían ciertamente a muerto. Un hedor rancio que no resultaba, a priori, desagradable, sino insólito; desconocido para no pocos que no sabrían definir lo que respiraban, suponiendo que eran las flores marchitas lo que reconocían.


Ese perfume agrio, que le era familiar, le indicaba que en aquél sitio escondido y sombrío se reunían aquellas ánimas que antes de serlo fueron malhechores de alguna u otra forma y, tras el tránsito de la muerte, continuaron sin encontrar el camino hacia la luz, persiguiendo sin duda las nieblas de lo incierto, quedándose vagando y perdidos en un mar sin faros.



El recorrido por el museo de los tributos a los que se fueron culminaba frente a la capilla y los panteones de ilustres personalidades, que procuraron mostrar el esplendor de sus actos en sus tumbas. Se encaminó hacia la salida y cierta melancolía se apoderó de él, así como una inconmensurable paz.

 Al reencontrarse con el día más allá de los entristecidos cipreses, contempló un parque infantil que se erigía como Meca de peregrinos niños, que se apoderaban de las atracciones que aguardaban como si fuese el mismo maná. Sonrió condescendiente, y acudió a su mente la imagen de un querubín serigrafiado en una alba losa encastrillada en el funesto hueco hecho de la pared.

"La vida es demasiado práctica -se insistió- y no concibe la felicidad sin la pena".

Se abrochó un poco más su abrigo, y con la mañana despidiéndose en una solana tarde que recién llegaba, suspiró, exhalando el último aliento de aquella quietud que dejaba atrás entre mil almas, y se resignó a seguir deambulando en el pragmatismo de lo vital.




Regreso de un desconocido

Andaba hacia donde me aguardaban, sin prisa, sin pausa, aparcando mi mirada, que no mis pasos, en aquellos rincones que me vieron crecer. 

Detenía mis oídos, que no mi camino, voces que se me antojaban familiares y me di cuenta cuánto las añoraba, sin cuento alguno de falsas nostalgias.

Retornaba a mí conocidas formas de expresión, casi olvidadas en el cementerio de la memoria, y asomaba a mi cara una sonrisa sin ser forzada; sincera y natural, como la de un niño.

Acudían ajadas estampas de otros tiempos, reflejadas en los rostros avejentados de aquellos con los que alguna vez compartí algo.

Comprobé que yo también había cambiado, ganado en pliegues sobre mi piel y en blancos en mi sien. Y comprendí que era un extraño entre la mayoría de la que una vez me rodeé. Entonces la sonrisa se tornó en una mueca de tristeza, de melancolía, de resignación.

Mientras intentaba pasar inadvertido entre quienes dudaban de si el desconocido que discurría entre ellos era tal, preferí seguir adelante con la mirada perdida, sin llegar a estarlo en realidad, camuflando el verdadero sentimiento que pretendía mandar en mi alma, casi deshojada: El de la emoción de querer ser reconocido y bienvenido, como el hijo pródigo que regresa al hogar.

Pero mis pies no hacían caso al corazón, sino a la cabeza y prosiguieron sus andares hacia el destino que tenían previsto. Pero era inevitable, casi ineludible, pasear mis ojos por aquellos pasajes de mi niñez, mi adolescencia, mi juventud y mi incipiente madurez, y como si de una traicionera trampa se tratara mi espíritu, que se hallaba revuelto, golpeó mis pupilas hacia unas losas en un albo muro que dibujaban una de las pasiones de mi vida, una de las primitivas motivaciones que me hicieron como soy y que, por la maldad de mis acciones, me recrimino cada día no haberla seguido con el mismo afán de entonces. En la piedra fría, un nombre: el mío. 

La triste mueca recobró su original fuer, y volvió a alumbrar mi cara una sonrisa disimulada que calmaba la desazón de mi ser.

Volví la vista atrás, como queriendo deshacer el mal trago del momento pasado deteniéndome, esta vez sí, asistiendo a mi memoria momentos de un ayer que no me sonaba tan lejano, aunque sin duda ya lo es. 

Encaminé de nuevo mi rumbo, y pensé satisfecho que en aquella nívea pared quedaría de alguna forma grabado el recuerdo de aquella vez que formé parte del lugar aquél.



sábado, 20 de diciembre de 2014

El soñador enjaulado

Soñaba con ser alguien, porque nadie ya era.

Esa era su premisa, su ilusión y en ello gastaba sus fuerzas cada día, en cada oportunidad brindada por el azar cuando se disponía, bolígrafo en mano, a trazar un mundo de historias y cuentos.


Idealista, pretendía lograr metas que solo veía alcanzadas por otros. Se convertía, por decisión propia, en prófugo de una cárcel de mediocridades que el destino había provisto para él, pero no preveyó éste que no se conformaría con una celda apática. Toda mazmorra tiene su ventana, su respiradero por donde el aire se cuela alegre antes de envilecerse de la podredumbre de lo ordinario. Y ese oxígeno le empujaba a querer más, a ansiar poder respirarlo sin cortapisas.


Para muchos un iluso, un mindundi con ínfulas. Un quijote rodeado de molinos inexistentes, gigantes realidades que superar. Un errante sin rumbo. Un intento de camaleón, camuflándose en cada rama, en cada roca, queriéndose confundir con una naturaleza que le era esquiva o traidora. Era la transitividad hecha ensayo en el hombre: el ser, estar y parecer. Las tres formas que dibujaban un esquema de los que los demás veían en él: "Un proyecto de..." sin suerte.



Habían quienes, sabedores del talento que escondía y que pocos reconocían, confiaban que su suerte cambiaría, pues por día afianzaba más sus destrezas, competía consigo por superar marcas fijadas por sí mismo. Pero el camino era tan extenso como tramposo, ofreciendo atajos inútiles o equivocados con lejanos cantos de sirenas perdidos entre sus horizontes.

Un ilusionado inventor que lo mismo creaba de la nada partituras de melodiosas palabras, que templaba vídrios para concebir espejos mágicos donde poder hacer que el mundo se mirase y se transformara en lo que él quisiera; o hacía una pócima tal que con una pizca de ajo, de cebolla, de azúcar y sal convertía las penas en alegrías, el odio en deseo, la ira en lágrimas y con éstas se confabulaba el deseo del hechizo de aquél brebaje: apoderarse de los sentimientos de quien deseara tomarlo. 


Iluso de nobles intenciones que anhelaba llegar a proclamar. Un espectador empedernido del triunfo ajeno que, como un niño, se reflejaban en sus ojos esperanzados. Unos ídolos a los imitar, a los que adorar, a los que plagiarles su halo de suntuosidad.

Era la Alicia que se encontraba con el conejo que iba aprisa al País de las Maravillas, sabiendo que si lo seguía encontraría un mundo lleno de aquello que la haría sentirse especial. Era Peter Pan deseando no crecer jamás dejando a un lado la realidad, siendo el niño que era capaz de volar; pero siempre habría un Capitán Garfio, una reina Roja que le apearían de sus fantasías, que le
arrebatarían sus alas...


Acostado en su cama, como cada noche, intentaba escapar de la mezquindad. Soñaba con ser alguien, porque nadie era ya.




miércoles, 17 de diciembre de 2014

La importancia de la tierra mía (Reflexión)



(Imagen La Voz de Cádiz)


He aquí una realidad que se va haciendo grande. Una oportunidad enorme para hacer, hiperredundando, algo grande en pos del futuro de San Fernando. Más allá de inciertos intentos comerciales. Más allá de indecisiones sobre lo que ha de hacerse para convertir a La Isla en referente de algo.

No podemos competir -porque así lo han logrado distintos ayuntamientos a lo largo de nuestra historia más reciente- con ciudades cercanas que tienen grandes alicientes a niveles culturales y de ocio -aunque esto ya lo sabemos todos-, pero nuestra tierra, literalmente, nos brinda un regalo, para muchos desconocido: nuestro legado (como ya dije, y reitero, en #LosmuertosdeLaIsla en mi blog latardetranquila.blogspot.com.es)

¿Sabrán, quienes correspondan, actuar en consecuencia?

http://www.lavozdigital.es/san-fernando/201412/17/tumbas-colocan-fernando-como-20141217092731-pr.html



martes, 16 de diciembre de 2014

La realidad de lo inespecífico (Reflexión sobre La Isla)

Lo dije en la última entrada en mi blog, "Los muertos de La Isla" ( #LosmuertosdeLaIsla ), lo reitero y apoyo las palabras de esta autoridad, en más de un sentido.

"Urge un plan estratégico de recuperación para esta maltrecha ciudad convertida en paripé. Un espantapájaros que no hace huír aves, sino inversores, turistas y hasta a sus propios hijos. La idea de no saber qué hacer con ella, por parte de casi todos los gobernantes que hemos tenido desde hace muchos años, recobra gran impulso a título personal." Esto es lo que yo decía, y corrobora mi pensamiento José Carlos Fernández.

"... la sospecha es temible. No me sirven, como isleño, las medias tintas a las que estamos acostumbrados por parte de Administraciones locales, regionales y estatales, sobre todo en lo que se refiere a inversiones." Continuaba así, y de nuevo se reafirma mi planteamiento.

No es cuestión de querer hacer algo, cosa que debe ser obligada para cada equipo de Gobierno, y oposición, que gestione nuestra ciudad, sino de ejecutar acciones.


sábado, 13 de diciembre de 2014

¡Los muertos de La Isla!

Así, y con énfasis. ¡Los muertos de La Isla! Y creo hacerme con el titular de otro artículo o anuncio que se presentaba así. En ese caso, mis disculpas.

No me voy a retractar en nominar así esta entrada, por más soez que suene. Porque solo es soez si se busca el agravio, y no es el caso.

De nuevo mi Isla, mi tierra, se haya en la cuerda floja de su futuro -siempre incierto- al descubrirse una necrópolis (y algo más parece ser) bajo el desaparecido Tiro Janer. Años dando bombazos y petardazos, perturbando la paz de quienes encontraron bajo aquél suelo el descanso eterno. Miedo da pensarlo.

Pero alejándome de elucubraciones fantasmales tipo Polstergeist, la película, queda la realidad palpable. Y , de corazón, me da más pavor esa que la de los espíritus (al menos de momento).

San Fernando está, de forma irremediable, unida a aquellos que pisaron estas benditas arenas hace ya tres milenios y, a tenor de lo ya hallado, mucho más atrás. Es el precio por haber sido un paraíso y un lugar estratégico hace siglos para quienes desembarcaron en nuestras costas, o se atrevieron a apostarse aquí salvando la escasez de terreno firme, llegando a convertirse en isleños hasta la muerte.

Todo muy bonito esto, cierto. Pero ahora llegan las consecuencias. ¿Qué hacemos con sus restos, con sus obras y su legado? Nuestro legado. 

Urge un plan estratégico de recuperación para esta maltrecha ciudad convertida en paripé. Un espantapájaros que no hace huír aves, sino inversores, turistas y hasta a sus propios hijos. La idea de no saber qué hacer con ella, por parte de casi todos los gobernantes que hemos tenido desde hace muchos años, recobra gran impulso a título personal. Si bien no soy un alelado, he dicho que la idea recobra gran impulso, reitero. 

Insisto en mi pregunta. ¿Qué hacer con ese legado que se encuentra bajo nuestros pies? 

Visto como se ha descuidado el visible (castillo de San Romualdo, Lazaga, Cementerio de los Ingleses, Penal de Cuatro Torres, el mismísimo palacio consistorial, diversas casas a lo largo de la calle Real, TorreAlta...) la sospecha es temible. No me sirven, como isleño, las medias tintas a las que estamos acostumbrados por parte de Administraciones locales, regionales y estatales, sobre todo en lo que se refiere a inversiones.

Ahora, a la lista de espera de estos pacientes, muchos realmente críticos, se unen los restos del extinto Polígono de Tiro. Las expectativas, más o menos realistas, previstas para actuar sobre estos terrenos se detienen. El centro de ocio, o lo que quieran que digan que vayan a hacer (otra idealización de un desconcertante mañana), se lleva un gran varapalo. ¿Sabrán sacarle partido a este hallazgo? ¿Ocultarán bajo las piedras, de nuevo, nuestra historia? ¿Será  nuestra memoria otra vez borrada en pos de defender una oferta turística y comercial indefinida?

Ay... ¡Los muertos de La Isla!


(Imagen de Andalucía Información de "Los enamorados", en San Fernando)

sábado, 6 de diciembre de 2014

La ciudad amortajada (a San Fernando)

De cuando en cuando regreso a mi tierra, junto a mi familia, para disfrutar de esa bocanada de aire de la patria chica que tanto llevo en mis recuerdos.

Intento siempre estar al tanto de lo que se cuece en sus mentideros, no alejarme de sus introítos, porque para mí es importante no desprenderme de lo que sucede en ese rinconcito que es el centro de su propio mundo. Me gusta saber que aún formo parte de él de alguna forma.


Vaya por delante que nunca he sido un derrotista de mi tierra. Siempre he abanderado la idea del trabajo en común de aquellos que nos sentimos en la obligación de cambiarle la cara a esa Isla entristecida y amorfa que hoy se nos presenta, como a modo de engendro de circo, que lo mismo vale para mofarse que para asustar.


Os expongo sin demora. Era domingo, treinta de noviembre. Siete de la tarde. Regreso junto a mis padres, mi esposa, mis hijos, mi hermana y una amiga de tomar un café en un local en el San Fernando Plaza. Me dirijo por Almirante Faustino Ruiz dirección Real. Desde hace años, cuando decidieron que las luces amarillas beneficiaba en nosequé al paseante isleño, las noches de La Isla  me recuerdan a esas escenas de la ciudad de Gotham, ¿la recuerda alguno? 

- ¡Sí hombre! ¡La de Batman! Que parece que vivan en Groenlandia, con más horas de luna que de sol.


Pues si esa es la imagen que tenía de cuando La Isla tenía vida -que la tuvo-, la que presenta hoy es de película polaca de esas que pretenden ser un entuerto filósofo-psicológico que no llega a comprender nadie. Y, grosso modo, eso es en lo que se ha transformado San Fernandoen un complejo espectáculo, con una trama más complicada aún y un desenlace incierto.


Departía con mi padre, mientras paseábamos por esa acera exacerbada en la que se ha difuminado lo que fue una vía bien delimitada, acerca de lo que queda por hacer en esta parcela de esteros que ha de helarme el corazón -que diría Machado-. Comentábamos cómo las cosas no se hacen todo lo bien que se debiera y qué grandes y graves atrasos provoca ello en el marchito y paupérrimo lanzamiento turístico y comercial de esta zona, tan necesitada de respirar inversiones nuevas.

Argumentábanos causas y me fijaba qué oscuridad sesgaba aquella inmensa planicie de losas grises, colocadas con tan poca gracia que hasta ellas mismas se levantaban para huir de aquél funesto intento de revitalizar la ciudad. La arteria principal de una población que roza las cien mil almas era un dibujo a carboncillo. Sombras y contornos. 


Bombillas que brillaban -qué ironía- por su ausencia en horribles farolas-catenarias que venían a pertrechar un crimen estético al que, al parecer, ningún interesado creador de tal obra le sugirieron que aquello fuese un atentado a la coherencia arquitectónica.


Pensaba cómo en otras ciudades colgaban adornos que anunciaban las fiestas que quedan por llegar, pero no aquí. Daba la horripilante impresión de estar caminando en una ciudad amortajada.Triste. Sin esperanzas.


El pueblo que más ahorra en energía eléctrica pública debe ser el mío, sin duda. 

Ya lo dije. No me va ir despotricando sobre aquello que me duele, porque eso es como ir soltando pestes sobre tu madre. Y como se quiere a una madre, así quiero yo a mi Isla. Por eso me apena comprobar que su apagón no es solo lumínico, ofreciendo una visión desalentadora, en un inconsolable desorden donde han hecho más daño los años de demora que otra cosa. Por las redes se difunden a decenas las fotografías que muestran, en detalle y desesperación, la agonía de un estado deplorable que ha infectado la sangre misma que da vida a aquello: los isleños.


Este sociedad que tanto discrepa e increpa hasta la saciedad, lo hace por derecho propio. Porque le lastima lo que ve y lo que aún no han podido atisbar. Hablan unos de elecciones, y de lo poquito que les queda a los ahora gobernantes, pero me preocuparía también por los que esperan ávidos las cabezas cortadas en las urnas para lanzarse buitreando a por el sillón consistorial. No solo es importante el cambio, sino qué aportan en beneficios, ideas y realidades esas alternativas.

A día de hoy me quedo con ese último paseo por mi San Fernando, envuelto en las penumbras obligadas por los ciegos que no ven, al parecer, la imperiosa falta que hace de darle color a pesar del tránsito de la noche. Y recordar que, en breve, están aquí los turrones y que, de momento, esa tradición no escrita de alegrar las calles con los mil colores de las bolas, papanoéles, Reyes, arbolitos y otras figuras que nos evocan que hay que salir a disfrutar también de nuestra tierra por Navidad, parece ser, no se va a cumplir.


(Imágenes tomadas de YO SOY CAÑAILLA, EL OJO CRÍTICO, DIARIO DE CÁDIZ, ISLA VIVA)

jueves, 4 de diciembre de 2014

Caridad se llama Ella (a la Hdad de la Caridad isleña)

Te miraba a lo lejos, de pequeño, bajando por Colón, entre humos de inciensos que semejaban una artesanal cortinilla, de  aquellas que cubrían las puertas de las  casas de tu barrio y sólo dejaban adivinar; con tu blanco jardín de clavel y la luz fría desde los guardabrisas de tu paso de plateado. La estampa del desconsuelo de una Madre que clamaba al cielo. ¿Quién decía que rogando? Dolorosa, rabiando, con el corazón encogido y de lágrimas rebosando.

Caridad fue Ella suplicando, desde el Cedrón hasta el calvario, para un hombre sentenciado a sufrir el tormento de los malvados. 

La pena se consumó. Entre los paños, el Hijo. Perfecto andrajo. Deshilachado a latigazos, agujereado entre espinos y clavos, roto por el odio de quienes lo alabaron entre palmas y ramos. 

Desde la brevedad de entendimiento que la edad me brindaba, me decía al verlo pasar: ”¡Ahí viene el Cristo de la Caridad!”. Y no dudaba en quedar contento con aquello que pensaba, que Caridad le decían a Ella y al Señor así se rezaba, siendo el vástago de María, vecina de Esperanza, esa que también vivía en la corrala franciscana.

Pasaron los años, y aquél tapiz blanco de la tarde del Martes Santo se transformó en alfombra encarnada, de la que brotaba una rosa de sangre bendita regada. Y con ellos pasaron los míos, que no faltaron a la cita de ver aquél sudario colgado de las maderas sagradas.  

María seguía con su vista alzada en una angustia eternizada; Su Hijo, aguardando su mortaja. Mientras, lo mecen entre los arrullos de sus Callejuelas, las de las Siete Revueltas, donde le lanzan saetas; de esas que cruzan el alma, las que la sangre hiela mientras nuestros ojos miran el paso de la suma tristeza.

Caridad se llama Ella, y al Señor así se le reza.

Pero fue el amor, el de una Madre con un puñal que el pecho le punzó, quien tras gritar de desesperación, sentada en el suelo aguantando la vida que de su vientre salió, la que con sus labios entreabiertos musitó: Salvación

Salvación para quienes cada día te entregamos. Salvación para quienes csda día te renegamos. Salvación para quienes cada día te defraudamos. Salvación para quienes cada día te enjuiciamos. Salvación para quienes cada día te culpamos.  Salvación para quienes cada día te matamos.

¡Salvación, Señor, Salvación!

Caridad se llama Ella. Salvación el fruto que parió.


                                     

sábado, 22 de noviembre de 2014

A flor de piel

Frugal. Ávido pero sin regodearse. Caliente, pero con el frío de la primera vez. Seco y, sin embargo, capaz de humedecer los labios no besados. Intencionados, a la par que contenía el candor de la incipiente juventud.

Era agua helada que recorría la piel por dentro y hacía que ésta se hiciera rugosa allá donde parecía terciopelo. Sabía a eso que sabe cuando algo no se sabe a qué sabe... ¡A pasión! 


¿Quién no ha probado ese manjar alguna vez y, en todas las que se hubiera probado ese maná, jamás nadie ha sido capaz de descifrar cuál es el regusto que nos deja? ¿Cítrico? ¿Un gustillo con cierta acidez, quizás? ¿Dulce? ¿Melaza misma? ¿Salado?  ¿Soso? ¿Agrio? La pasión es un regalo envuelto en un papel de mil olores, pero que rara vez podemos degustar sin confundirnos.

Así, esa sensación donde se tocaban los pliegues rosados que al unirse se entreabrían para formar un puente de mojada y carnosa estructura, se convertía en una experiencia de catas de lo inimaginable.


Allá donde las manos alcanzaban a posarse, pretendía llegar reptando la viperina sensualidad que se presentaba como el mismo demonio, disfrazado del ángel celeste que fué, ansiando que se mordiera la manzana de la tentación en la virginidad trémula de la carne joven.

Sibilinas las estrofas escritas a besos sobre el papel, aún sin arrugar, de aquellos cuerpos. Versos escritos en suaves tintadas de la saliva que no se podía tragar, mientras rellenaban de emociones cada renglón. Poema o prosa -lo bello o lo vulgar-, dependiendo de dónde se escribían tales parrafadas sin pluma que alzar, la poesía dejaba paso a lo material, a los impulsos, a lo impuro... 



¿Lo impuro? El fervor hacia lo humano, que es la más bella obra divina, no puede ser turbio si en esa devoción se reza cada palmo.

Solo dos cuerpos unidos, agarrados, formando con sus brazos la eterna madeja de lo infinito, como no queriendo deshacer ese bucle de lo humano y lo extraordinario mientras sus movimientos dejaban atrás, por momentos, lo pueril y se descubría el universo vedado de lo adulto, sobreescribían, él sobre ella, ella sobre él, una y mil veces, la misma historia en esa tinta sin color.

En la locura de aquella transición entre lo profano y lo cultual, donde lo mismo se usurpaba parte del templo sagrado -que eran sus cuerpos-, que se bendecía cada rincón que se ocupaba, quiso el joven probar una vez más si era cierto aquello que la pasión era un imposible de paladear. Y con un pintalabios rojo -como en aquellas películas que veía entusiasmado, donde ellas eran diosas con brillos encarnados en sus bocas-, del mismo color que el fuego que los quemaba, trazó dos líneas sobre las mullidas almohadillas que ella fruncía pidiendo, sin decir nada, que más tinta derramara.



Descubrió lo cierto de aquella duda de a qué saben los besos bañados de fragor tras abandonar su ingenuidad: A guerra para conquistar, a hacer suyo o a dejarse ganar. A esclavizarse y esclavizar. A ser rey, vasallo, bufón... A detenerse o avanzar; presto siempre para la batalla y con la bandera blanca para pactar.










jueves, 13 de noviembre de 2014

El mando del tiempo




¿A quién no le gustaría hacerse con el mando del tiempo? Un simple botón, y poder rebobinar la cinta de los años, retomándola en aquellas escenas llenas de felicidad, de satisfacciones, de momentos que quedaron grabados en nuestra mente y no pueden borrarse.

¿Cuántas veces no nos habremos arrepentido de aquello que no dijimos o que hablamos de más? ¿Cuántas no nos hemos refugiado en nuestras lágrimas ocultas al resto del mundo; o en nuestra particular cueva, retirados de todo y de todos, lamiéndonos heridas que saben a un amargo recuerdo?

Agachas la cabeza y de inmediato, como si fuese un acto reflejo, la levantas alzando más aún la mirada al cielo, como buscando la forma de pedir perdón. 

Pero duele. Duele el tiempo cuando pasa y te das cuenta de tantas ocasiones perdidas, equivocadas, abandonadas que has tenido ante ti. El tiempo, dicen, es el juez de la vida, ese que te condena o te libera según tus actos. 

El tiempo. Cruel, implacable, justo, sincero... Imposible de comprar.  Un boomerang que retorna con la misma fuerza que se lanzó. ¡Cuidado!

Quién tuviera en su mano ese mando, y poder dejar en un eterno "Pause" los momentos que brillaron tanto que alumbraron esas partes de nuestra personal historia. Repetir un millón de veces esos fotogramas que permanecen en la filmoteca de nuestra memoria. Reír a carcajadas, sonreír entre emocionadas lágrimas, llorar tan solo al reencontrarte con los que ya se marcharon. Revivir historias inventadas en el arrullo de la infancia, oír de nuevo las voces olvidadas de quienes una vez lo fueron todo para nosotros. 

Quién poseyera ese dominio. Pero únicamente contamos con el inconsistente control -y relativo- de nuestra capacidad para rememorar, tan viciado por las innumerables vivencias almacenadas que, a modo de piezas de un puzzle, se revuelven para ponernos difícil las cosas.

Un minuto, un momento, para tener ese control en mis manos y volver atrás en ese agujero del espacio que ya transcurrió. No pido más. Retomar abrazos que nunca se dieron, "te quieros" que se callaron porque mandó más el orgullo que el corazón, besos que quedaron presos en la cárcel encarnada de los labios por culpa de algún recelo, un miedo, una estupidez; volver a mirar aquellos ojos que gritaban que te echaban de menos, sentir aquellas manos que suplicaban una caricia, esbozar una mueca cómplice con quien compartías secretos. 

¿Acaso es mucho lo que quiero? Acaso...

Quizás no comprendemos que la vida es eso: tiempo. Que cada segundo que transcurra no volverá a suceder, que habrán otros pero no ese, y que esos que aún quedan podemos ganarlos o perderlos según los aprovechemos. 

¿Dónde vas entonces, orgulloso? ¿Dónde tú, egoísta? ¿Y tú, vanidoso? ¿Y ese quejumbroso?

Quizás sea más fácil decirlo, pero el tiempo también te da lo que es; regalándote, sin darte cuenta, aquello que mata tras de sí y que, por ciego, no ves que aún transcurre ante ti. Todos quisiéramos tener ese poder sobre el  tiempo para retornar, hacer o deshacer aquello que fue, pero eso escapa a nuestras posibilidades, y mientras suspiramos anhelando un imposible, la película sigue pasando y llegará un día donde deseemos volver a echar de menos este mismo momento.

martes, 11 de noviembre de 2014

Pero mientras...

Un país "pimpinilesco". Tirándose los trastos a la cabeza para terminar siendo aplaudidos por sus fans #Españaesasí 

Esto es como "el clásico". Un Barsa-Madrid, pero en política: PP-PSOE. Toma y daca... El PSOE elige campo... La izquierda. Al PP no le queda más remedio: la derecha.

Sacan los populares (que últimamente, viendo como juegan, más a tirar el balón fuera que a presionar e intentar llegar a portería, son más bien los "impopulares"). Se pasan la pelota, en la defensa María Dolores y Soraya, siempre atentas por si hay que sacar de apuros al portero (Mariano). 

El centro del campo y la delantera están más bien flojitas. No saben muy bien qué hacer cuando les llega el esférico -el problema-. Fijan su mirada en algún compañero pero o están marcados, o mal posicionados o tan solo piden (ruegan) que no les manden a ellos la bola. Así que ocurre lo que debe acaecer cuando hay indecisión: ¡Pérdida de la posesión!

Ahí siempre atenta la defensa. ¡¡Bien, Sori, bien!!

Al portero se le han subido los vapores mientras retiraba telarañas de las esquinas de la meta, que se supone que defiende, y se ha fijado cómo el contrario parecía que iba a la carga. Sonríe nervioso y aplaude a sus torres que han despejado el peligro ("¡Vaya fichajes buenos!" -piensa Mariano mientras mira al cielo).

El partido sigue. Nada destacable. Los contrarios se limitan a dar "pepinazos" a diestro y siniestro; el fin es no dejar que les hagan un gol. No juegan a nada. El capitán del equipo -un tal Pedro Nosequé-, no tiene nada clara la táctica que debe seguir, tan solo grita: "¡Vamos, vamos!". Pero es que ni uno de los jugadores de su equipo -los socialistas- saben qué hacer. Despejan lo que llega como pueden, y se dan palmaditas en las espaldas animándose porque "han hecho lo único que podían".

El encuentro es tosco, aburrido, predecible. El público es un poema. Unos gritan desaforados, acordándose de la santa madre de todos los que campean sobre el terreno, bastante degradado, del estadio (el "Reino de España"). Están iracundos. Desean que los de rojo hagan ya algo. Desesperan ante tanta nadería. Al tradicional y cansino cántico de "¡Adelante compañeros/as!", se une un efusivo "¡Podemos!". Pero los jugadores se ponen más tensos aún, esa afición parece dura y, a sabiendas de lo parco de sus aptitudes y actitudes para conseguir algún punto en el partido, como para contentar, se dedican más a dar palos de ciego (entradas, patadas, empujones, enfrentamientos verbales...) con los adversarios, que intentar rehacer el maltrecho combinado para conseguir algún fruto.

En las gradas, el apoyo al equipo azul es cosas de escasos incondicionales, mientras el resto -seguidores de toda la vida- desencantado de tan pobre juego de aquellos que tenían la vitola de favoritos, se limita a contemplar el descafeinado envite. 

Y así sigue la apática competición. Deseando todos que el árbitro -el tiempo- dé el pitido final y haga que todos regresen a los vestuarios a pensar sobre lo pobre de su juego, lo escatológico de sus decisiones, lo inestable de sus planteamientos, lo equivocado que estaban creyendo que la hinchada sería fiel por el simple hecho de tener carné, o tenerle muchas ganas a los contrarios.

En los banquillos quedan reservas de cierta calidad, parece ser. Nuevas ideas. Ganas de demostrar que merecen estar entre los titulares, dando de sí lo que entienden beneficia a quienes han puesto la confianza en sus grupos. Poco tienen que ver con estos matracas que cobran por tener en vilo y cabreados al personal. Ya veremos...

En no mucho podremos ejercer de "Mister", y decidir a quién le damos el finiquito, a quien renovamos el contrato y qué nuevos fichajes queremos. Lo único que deseo es que no nos dejemos influenciar por lo que dicen que harán, sino por lo que a día de hoy han ido demostrando. 

Pero mientras...