domingo, 13 de abril de 2014

Domingo de Ramos en San Lorenzo (Gran Poder entre palmas)

En la vida hay días que rezan como inesperados, hoy empezó así. 

¡Domingo de Ramos tenía que ser!

Un día radiante con ambición de ser ¡el Domingo de Ramos! En la Sevilla que hoy se viste de galas, que huele a perfumes de azahar y de los de corbata, de incienso y de los de vestido conjuntado, se abrían pronto los ojos en su centro más divino, allá donde vive el Gran Poder. En San Lorenzo.

Se sabe que es el Señor de Sevilla, no ya porque es la devoción de esta ciudad rendida a Él, sino porque hasta el mayor de los poderosos que se glorían de títulos o de dineros tiene que agachar su cabeza para besarle los pies y, hoy, sus manos. ¡Fijaos si es el Señor de Sevilla!

Mientras aguardaba paciente en la fila que, esperando unos y saliendo otros, cercaba la basílica por dentro, oía comentarios de aquellos viejos que, desde siempre, han ido a visitarlo. Agarrados del brazo, sostenidos por bastones, con las piernas ranqueantes, con la mirada ajada y sin dejar de prestar atención al andar de los que van delante, iban en distendida pero respetuosa conversación:

-"Sí. En el paso está la Virgen... Del Mayor Dolor y Traspaso. Pero no es una dolorosa"-

-"¿Cómo?"- contestaba otra que le acompañaba

- "Que sí... Que es del Mayor Dolor, pero no es dolorosa... ¡Ay, bueno...! Yo me entiendo"

Delante una mujer, que casi no veía, le decía a la persona en quien se apoyaba:

- "Con la túnica de los cardos está que quita el sentío, pero con la lisa morá... ¡Está pa'comerselo!" -y no veía la señora, pero es que el comentario es para bordarlo.

Y así, metido por obligación entre diálogos ajenos, saldaba mi propia penitencia. Que una cola es una cola... 

Al frente, a mi derecha, besando sus manos atadas, pasaban los enfilados que madrugaron para no esperar más que lo necesario para visitar al Señor; tras de mí la fila se alargaba y en el interior se empezaba a agolpar quienes ya cumplieron el trámite esperado y aquellos que se acercaban, símplemente, para verlo, para hacerle fotografías, para rezarle sin más, para sentarse y esperar... ¿A qué? A que el Gran Poder les hablara.

Pasaba la fila lenta. Me tentaba la idea de  plasmar lo mismo que Juan de Mesa plasmó en la madera y sólo él vió en su mente, pero yo lo tenía más fácil. La idea de Mesa ya era más que humana, era la divinidad tallada y allí la tenía, delante de mi... A unos pasos... A unos metros... Y Él estaba abajo, en el suelo, para que lo viera a la altura que solo podré verlo el día que me muera. 

Cerca, muy cerca. Subiendo al presbiterio, allí donde el sacerdote da su homilía, un cartel avisaba: "De fotografiar, nada". Estás en el mismo sitio donde el sacrificio eucarístico, estás justo donde Jesús al pueblo en los   evangelios habla, estás frente al altar que ahora luce candelabros, doseles y la cruz que en la noche del Jueves Santo anuncia la Madrugá. Y mientras mis pasos racheaba, sin zancadas, me aproximaba al Dios hecho con el alma.

La mirada enfocada, revestida de morados y cardos, envuelta de la solemnidad que sólo es capaz de envolver la Casa grande de San Lorenzo, donde cabe Sevilla entera y alguno más, al lado de la torre encantada  que da la hora y las buenas noches, buenas tardes y saluda cada mañana a los vecinos y a quien pasa por ese cáliz de agua bendita que es esa misma plaza.

Ya quedo cerca de Él. Y me entran las dudas, si por besarle la mano solo debo postrar mi espalda, agachar mi cabeza o hincarme de rodillas y no mirarle siquiera. Pero ante Su presencia, ¿qué dudas me quedan? 

Le miro a la cara, sólamente a la cara, no me fijo en bordados, ni en oros, ni en sedas, ni en platas; no me fijo en los rayos que de su cabeza resaltan, no me fijo en nadie, no me fijo en nada... Solo el Gran Poder que tiene sus manos atadas.

Me acerco sin misterio, directo a Su mirada. Su paso detenido en una eterna zancada. Con cruz o con lazada, Jesús del Gran Poder y su soberbia parada, ya sea por el peso del madero o por la gente que lo alaba. 

Mis labios a Sus manos, mis manos a Sus dedos y en un segundo se produce el sortilegio. Al que vive en lo etéreo, Al que le piden por la salud, por el trabajo, por los hijos, por los nietos. Al que le rezan sus hijos, los de Sevilla, los del mundo entero, porque es el Gran Poder tan grande como eterno. 

El beso detiene mi tiempo, mientras el resto del tiempo pasa y el resto del mundo sigue mientras el mío se para. Ya no hay nadie entre Tú y yo, entre mis ojos y Tu mirada. Señor al que el Mayor Dolor traspasa, perdona al impuro que se acerca a tu morada, que te ensucia con el beso de un Judas que te falla, dame, Gran Poder, Tu perdón, Tu palabra.

Y entre la muchedumbre que se agolpaba igual que yo hice, me despedía de aquella Casa. De la Madre que con Juan hablaba bajo un techo de palio resguardada. 

Andaba hacia la puerta, la gente se agolpaba, eché la mirada atrás y allí, el Dios-Hombre: el nazareno de Trajano, de Teodosio, de Amor de Dios y Eslava; el Cristo de Pescadores, de San Vicente, de Santa Clara y Santa Ana; el Señor de la Alameda, de Reposo y de Calatrava. Me despedía sin mediar palabra, salía de nuevo hacia la lorenzana plaza, y me saludó un escultor, de gubia bronceada, que en un pedestal se apostaba y me dijo sin hablar lo feliz que se encontraba, que se duerme viendo al Señor y lo ve cuando sus ojos alza en cada amanecer, en cada Madrugada...

Mis pasos por la calzada guiado hasta mi casa, pensando que no sabía que lo vería esta mañana, y tenía que ser un Domingo de Ramos... ¡Como Dios manda!


(Y entre palmas se señala el carpintero nazareno, que en una madrugada tras prenderlo, en la Macarena lo sentencian y por Monsalves le dan el madero. Lo llevan por los Jardines del Valle a Triana, pasando por San Lorenzo, y clavan en el Calvario al carpintero nazareno)


2 comentarios:

  1. Gracias por este post hermano. Tus palabras son bálsamo que restañan las heridas. El Gran Poder de Jesús se manifiesta en toda Su Plenitud con Su Pasión, Muerte y Resurrección.

    Un fuerte abrazo y que Dios te bendiga.

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    1. Gracias, querido Jesús. No se pueden ocultar los sentimientos, y si el sentimiento es Él aún menos. Un fortísimo abrazo

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