viernes, 10 de julio de 2015

Memorias de aquella Isla: Una de fantasmas

Con seguridad, muchos sepan de historias que pondrían la piel de gallina. Vivencias de un amigo de un amigo, que se lo contó un vecino que es padre de un compañero del colegio del niño. Narraciones que, quizás, nos han acompañado durante años a través de la tradición oral familiar, como parte de ese legado que nuestros mayores nos dejaron y, hoy, forman parte inherente de nuestra particular leyenda porque, auque no creamos en ellos, los fantasmas siempre han acompañado al hombre.

Así, por ejemplo, en mi casa, consta la del pato que, al ser degollado la noche del veintitrés de diciembre, para ser servido como cena en la gran velada de la Nochebuena al día siguiente, se vengó de su verdugo –mi abuelo paterno- el cuál no era especialmente ducho en esos menesteres que, como buen gitano que era, cualquier cosa relacionada con la muerte le imponía grandísimo respeto. ¡Cualquiera hacía que Juan cogiese un ataúd para honrar a difunto alguno!



Pues el citado ánade, como queriendo escarmentarlo, al asir el buen hombre el cuchillo para rebanarle el cuello y justo en el momento de gestar tal acto, a juicio del padre de mi padre, el animal expiró mientras profería un espeluznante “¡Juaaaan!”.

El pobre de mi abuelo, con ese reparo que ya le provocaba tener que sacrificar al plumífero, soltó un exabrupto impropio de él, tiró la afilada guillotina al suelo, y dejó al desgraciado pato dando vueltas descabezado, dejando las paredes y el suelo del patinillo como si hubiese matado un cochino en lugar de un ave.

Ni que decir tiene que el bicho en cuestión no fue sino su último y desaforado cuac lo que exhaló, entre el miedo y el dolor. Asimismo, tampoco sería difícil suponer que en la casa de mi padre, no se mató un animal más.

Bueno, vergüenzas aparte, regresando al tema que exponía. Quien más y quien menos, tendrá en su haber alguna atribución que, como manda todo buen anecdotario, podamos contar en esos momentos donde las circunstancias nos permiten desenvolvernos con más facilidad para sacarla de nuestro particular baúl de los recuerdos que es nuestra mente.

Indagando por aquí y por allá de mis memorias de aquella Isla, me vienen a la mente algunos relatos escuchados de pequeño sobre espectros a altas horas de la noche que aparecían con más intención de que la gente se ocultara que, precisamente, de aparecerse a ellos. Son los de aquellos años de las cartillas de racionamiento, del queso americano y del Plan Marshall, que creaba fantasmas allá donde la necesidad ya era, en sí misma, algo terrorífico, y el estraperlo estaba al orden del día, y en orden de busca y captura por la Policía.

Sin embargo, sí recuerdo, con conocimiento de causa, hechos que fueron alguna vez vox populi, teniendo cierta repercusión; aunque quedaron ya en tonos ajados e, incluso, hasta olvidados.

Eran los tiempos donde llamábamos a la Verónica. Un espíritu, suponíamos femenino, que dormía esperando ser despertada al ser nombrada tres veces, mientras se la conjuraba ante una Biblia –que digo yo que sería por darle más morbo- que, cerrada, mordía unas tijeras entre sus páginas. Al terminar el ensalmo, se aguardaba que la tal presencia hiciese acto de lo idem.

Este ser era, sobre todo, reclamado por las niñas. ¿Motivos? ¡Ni idea! Como tampoco entendía porqué les era atractivo Miguelito Bosé con su Don Diablo.




Los niños veíamos estupefactos como la tele era la entrada de unos seres que se llevaban a la pequeña Caroline a una dimensión desconocida. Algunos veíamos aquél programa del doctor Jiménez del Oso (Más allá), y nuestros sueños comenzaban a perturbarse por culpa de misterios como el del Crimen de los Galindos, OVNIS y demás caterva fantasmagórica con que el conocido psiquiatra y periodista nos dejaba pasmados en cada emisión.

Dicho lo cuál, uno -que ya entraba en una edad en la que se empapaba de todo y, al tratar de estos temas, hasta la cama-, rememoraba la historia de la alfombra maldita encontrada en el descampado que ocupaba la trasera del bloque cuatro de la barriada Bazán, tras el muro que separaba aquella zona de las vías del tren. ¿La desconocen?



Una niña que jugaba en aquel lugar la encontró en un estado tan ideal, que no se resistió a tomarla para sí, colocándola en su habitación.

Durante las dos noches posteriores, ni ésta ni su hermana, con la que compartía dormitorio, pudieron conciliar el sueño, debido a –según ellas- una honda respiración que las atemorizaban haciéndoles imposible el sueño y que, a su decir, procedían de la citada esterilla.

Mentes aviesas dicen que aquello no fue más que una evasión psicológica de la pequeña para evitar pensar que aquellos jadeos venían, en realidad, de la habitación contígua, donde cohabitaban sus progenitores. Siendo que aquellos estertores le resultaban sobrecogedores.

En fin, realidad o no, lo cierto era que en mi cuarto no entraba felpudo alguno, por si las moscas.

De aquellos años, donde la imaginación infantil era capaz de desbordar cualquier realidad adulta, mantengo frescos en mi retentiva algunos sucesos que se dijeron reales, por cuanto contaron con más de un testigo que confirmó su veracidad; algunos por gente de edad avanzada que no ganaba nada con difundirlo.

El primero de ellos -podríamos titular El patio- hace referencia a una antigua casa de vecinos que existió en la calle Escaño, justo al lado de un comercio dedicado a los profesionales de la brocha gorda (Pinturas San Fernando), y frente a la vía Arias de Miranda, donde las oficinas y el aparcamiento de Capitanía.


 
Aquella vivienda tenía dos plantas y, por entonces, su conservación ya dejaba que desear, tanto que terminó por perderse del catastro urbano y, con mucha probabilidad, de la retentiva del isleño.

De interior sombrío, su parte superior constaba de un pasillo que rodeaba en cuadrado toda la planta inferior, con una gran balconada corrida de artística herrajería que, además, estaba cubierta por una pequeña marquesina de igual material. Contaba con un amplio patio, ubicándose en el centro un pozo de mármol que, desde la calle, podía observarse, y una columnata de piedra que parecía soportar el peso de la zona alta del edificio.

Los pocos vecinos que ya quedaban en aquella casona, aseguraban que cada madrugada, a eso de las cinco o las seis, podían oírse cánticos provenientes del donde estaba el aljibe aseverando, incluso, que aquellas voces, capaces de despertarles, se asemejaban a maitines, argumentándose la aparición de una procesión monacal en tanto se escuchaban aquellos rezos. Hasta una de las dos personas que regían y atendían el negocio de los colores, reconoció que en su local aparecía material en distinto lugar del que estaba ubicado el día anterior al cierre.

Desde luego, para los que conocimos la casa quedará la duda. A pesar que el citado edificio se reformó, y perdió parte de esa imagen tétrica que regalaba, ¿se seguirán registrando esas voces que cantan como si de monjes en oración se tratasen?

Otra de aquellas historias me trasladan a la hoy Escuela de Estudios Técnicos “San José”, lo que antaño fue el antiguo Hospital del mismo nombre, y que el obispo Fray Tomás del Valle vio oportuno crear para poder atender a personas enfermas que no tenían, además, disponibilidad económica. (sobre el cuál hay un interesante estudio, obra del doctor Juan Manuel Cubillana de la Cruz, "El Hospital de San José de la Isla de León. 1767-1956")



Es impresionante entrar en sus aulas en la actualidad, y encontrarse con aquellos azulejos que llevan la friolera de tres siglos argamasados a aquellas paredes. De fijarse bien y contemplar vetustos clavos ennegrecidos por los años, fijados allí por la necesidad de servir de soporte a crucifijos, antiguos cabeceros de las camas o, incluso, algún tipo de sujeción para los enfermos.

Empero, aquellos muros también guardan las experiencias de las vidas de muchos que perecieron allí.



Hace ya más de dos décadas, se produjo la remodelación de la institución hospitalaria para pasar a ser docente. Por entonces, recién iniciada la década de los noventa, no pocos alumnos que estudiábamos allí hacíamos  prácticas de mecanografía y dábamos clases de informática, en el sótano. Un lugar frío, separado por impersonales mamparas, donde el teclear era un constante.

Aquellas antiguas Olivetti Lexicon de duro armazón metálico, y las más modernas –entonces- con la carcasa de plástico, las llamadas LINEA 98, las LETTERA… Rugían incesantes.

- qwert qwert qwert qwert...
- poiuy poiuy poiuy poiuy...


 

Al final del día, cuando ya solo quedaban algunos alumnos en las clases casi nocturnas de las últimas horas ejerciendo un poco los dedos con las endurecidas teclas, el traqueteo era monótono y muy separado, cansino. En un ambiente incierto donde se aguardaba con desespero que sonara la campana que nos daba la libertad sin peros, la inmensa sala -otrora decían donde se preservaban los cadáveres de los enfermos fallecidos- permanecía encendida solo en su inicio, el fondo estaba totalmente a oscuras. Había una parte de aquella estancia llena de máquinas de escribir sin personas que, prometo, acongojaba. Tal repelús pueden confirmarlo quienes estando allí a esas horas oían, entre el asombro y la negación, un inesperado timbrazo, acompañado de un incipiente teclear, apenas dos tap tap.

- ¡¡CLIN!!

Era como si alguien hubiese terminado un texto y hubiese cambiado de renglón.

Suficiente interacción con lo desconocido como para que el personal presente, perdiera el aliento buscando la escalera que subía hasta el patio.

Reconozco que tengo alguna más que me dejo en el tintero. Lugares de esta Isla nuestra que mantiene, porqué no, ese halo que nos sumerje en lo sobrenatural, como es la Salina Dolores, el dispensario de la Cruz Roja -ese del que tanto se ha hablado por último debido a su desconocida restauración-, la parroquia de la Pastora, la sala de profundis en el convento de la iglesia del Carmen, o su sacristía, el cementerio de la ciudad, incluso el Callejón de Croquer..., bien por su propia historia, bien por las leyendas populares, bien porque la sociedad necesita creer en algo más de lo que le rodea que, desde mi punto de vista, a veces resulta más terrible que cualquier encuentro con un ente paranormal. Y, desde luego, tenemos auténticos expedientes X que serían dignos que investigara Iker Jiménez, como son las restauraciones de nuestro ayuntamiento, de la Casa Lazaga, del porqué se derribó la casa de Camarón, qué va a pasar con nuestro patrimonio más olvidado, como el Cementerio de los Ingleses o el penal de las Cuatro Torres en La Carraca...



En fin, parafraseando al citado y archiconocido periodista... Desde el Candray del Misterio, hasta la próxima.





(Imágenes en SANFERNANDOYYOBLOGSPOT.COM, ISLAPASIÓN, y particular)





jueves, 9 de julio de 2015

Cada nueve de julio

-¡A las nueve de la mañana en la casahermandad!

La orden era diáfana. El mes de julio había llegado, y con éste se esperaba que comenzase la Feria del Carmen.

Hacía un par de semanas habíamos terminado con la verbena de San Juan, un intento de sacar algunos duros que ayudase a la estricta economía de la hermandad, pero que conllevaba demasiados quehaceres y esfuerzos para tan pocos beneficios. Ahora, con aquella taxativa llamada, volvían los fantasmas de los montajes, las guardias y los turnos, pero a un nivel superlativo.

Aquella tarde habíamos empezado a trasladar en la camioneta, agenciada por Lorenzo -el hombre buscalotodo-, los herrajes verdes que se custodiaban en un pequeño trastero alquilado dentro del convento que auspiciaban a las Madres Capuchinas.

Eran las cinco de la tarde y repicaban campanas dentro del claustro que enmudecían el vocerío de los presentes -niños, la mayoría, que empezaban a hacerse hombres-, mientras soportábamos el peso de aquella estructura por construir que sacábamos en cadena del breve habitáculo.

- Cubicojo corto, cubicojo corto... ¡Cubicojo largo!

Y Herrera, el chico, -por apellidos, como en el colegio-, contaba lo inútil, apuntándolo con tiza -para más inri- en la trasera de aquél vehículo traído para la ocasión, pagando la factura de novato, mientras unos se sonreían y otros, tan perdidos como él, no sabíamos muy bien si acompañar las aviesas sonrisas, no sea que por burlarte de la ignorancia ajena tú fueses el próximo.

Ese año, hubo cambios internos en todas las cofradías, y el Obispado determinó la necesidad de unir en un solo grupo las anteriores juntas auxiliares que, algunas corporaciones, separaban por sexos.

Las niñas arrimaban sus delicados hombros a aquellos otros, tampoco demasiado fornidos, de los chicos, haciendo buena la normativa de la curia.

Entre golpes, que sonaban como si se cincelara -a lo taller del orfebre Domínguez- lo que sería nuestra caseta, iba alzándose aquella catedral que lo sería del comercio, bebercio y otros herzios.

-Aquí los paneles esos... -mandaba
Eduardo-.

-Antonio... Los cables de las lamparas de la cocina, ¿por dónde?- interrogaba un melenudo Morejón, mientras el eterno y siempre imprescindible Antonio Galán revisaba el resto de material-.

Quien más y quien menos se afanaba en hacer realidad aquella obra de ingeniería feriante bajo indicaciones, casi marciales, que recordaban el reciente pasado militar que había imperado en la hermandad, gracias a la castrense Junta de Gobierno que había regido sus designios durante ocho años.

Nueve de julio, y tras dos días intensos a turno partido con un calor que derretía las ideas, se empezaba a decorar, por fin, el armatoste metálico que habíamos levantado. Tocaba comprobar la destreza para hacer de la papiroflexia el revestimiento que diera color y aire festivo a esos tubos sin gracia alguna, dibujando de blancos, azules y rojos el ferroso recinto.

La hora del almuerzo marcaba el ahora y el después. Cuerpos derrengados por un levante incipiente, que ya venía vestido de corto a quedarse, y un cansino pasar de las horas hacían mella en jóvenes y mayores. Bernabé y Antonio Bernal se quedaban, bicicletas incluídas, haciendo la guardería en aquellas horas de plato en mesa, mientras buscaban el dial por el que escuchar la etapa de ese día del Tour de Francia.

Para esa ocasión se cambiaba, a decir del incombustible Ángel Camas, el Pufin (Surfing) por el Esprite (Sprite) -aunque él seguía prefiriendo el primero, porque era más económico. ¡Eso es un tesorero!-. Y en el momento que el sol estrangulaba más que quemaba, daba igual la marca del refresco, que entraban igual de bien (y eso pudo comprobarlo él mismo).

A eso de las cinco, el camino hacia La Magdalena era un calvario; con el estómago calmado y la morriña en pie de guerra, acompañados de la calima estival, pisar el terrizo de la antigua salina era un suplicio.

Sin embargo, esa tarde comenzaba una tradición: la merienda del Presi.

Sí, sí. Esa tarde de julio, el montaje de la caseta se posponía unos minutos. Era el cumpleaños de Jesús, delegado, representante o -como le decíamos- presidente del instaurado Grupo Joven. Unos simples bollos, a gusto de los insospechados comensales, suponía un regalo que daba un aporte extra de hermandad.

Así ese año, y al otro, y al siguiente, y al de después, cada nueve de julio se consolidaban esos breves minutos de punto y aparte en la laboriosa tarea, que no era más que el preámbulo de lo que aún restaba por llegar, casi una semana viviendo junto al Puente Zuazo y a sus albinas al compás de sevillanas (inolvidables aquellas de "Voy a sacar a bailar a la del vestido blanco").

Hoy, más de veinte años después, sigo recordando con cariño y nostalgia aquellas interminables jornadas de pre-feria. Sigo teniendo la visión de mi hermano Jesús Cruz, en aquél día de celebración para él y quienes lo queríamos (sentimiento que sigue patente), con los paquetes del rico dulce y esa expresión seria, pero ilusionada, en su rostro mientras nos los ofrecía.

Hoy, recuerdos de momentos de intensa amistad y efectiva hermandad junto a muchos que, hoy, la distancia nos mantiene separados, y en algunos casos de forma insalvable, a no ser que se mire al cielo.

En este otro nueve de julio...

¡Felicidades hermano!

miércoles, 8 de julio de 2015

Volver

Vuelve el caminante al camino que anduvo una vez, mientras miraba atrás con pesadez.

La ida se torna destino, como la vuelta, buscando las piedras que pisamos de niños.

Regresa el emigrante con la maleta llena de recuerdos, distintos de aquellos con los que se fue.

Ahora después de los años, él es el extraño. Camina, buscando perdido, calor que le de abrigo.

Su rostro distinto, su porte desconocido, su voz olvidada, su nombre... "¿Quién dice ser?".

Su retorno, como el del soldado vencido, como el del vagabundo sin amigos, un tránsito frio. 

Retorna el exiliado, el descreído, el que huyó, el que se rebeló, el que echaron. Hoy, el arrepentido es.

Sus pasos son una llamada al tiempo, la vida corriendo, un deseo, un grito que clama regocijo. 

Ahí están las piedras, amigo. El mismo sol, los mismos vientos. Toca empezar otra vez.


(Imagen Julian Ramos)


domingo, 5 de julio de 2015

Una lágrima



Una lágrima no inunda, pero ahoga.
No es un mar, pero deja su rastro en las orillas de la cara.
No aboca, pero evoca y provoca.
No mata, pero es una herida de guerra.
Es un grito en silencio.
Una palabra que no necesita de garganta.
Un lamento que se derrama.
Una protesta que desde lo profundo clama.
Un suspiro que se moja.
Una caricia empapada
Una desilusión que se resbala.
Vivencias concentradas en agua salada.
Una emoción que se escapa.
Un discurso con la boca cerrada.
Un metal maleable.
Una corazonada.
Un espejo.
Una despedida.
Un gajo de alma.
                         Una lágrima es el combustible que el corazón arranca, lo acelera o lo para.





sábado, 4 de julio de 2015

La última noche


La última noche que viví contigo fue solo un momento compartido. No llegó a ser de esas que hablan de amor y destino.

Quien supiera lo que el nuevo amanecer trae bajo su abrigo, seguro que haría de la última oscuridad el ocaso más sentido.

Las miradas perdidas en la nada, sin fundamento la estancia entre dos almas, tan solo el abismo entre ambas sin importar el mañana.

Qué confianza tan grosera, egoísta, pretenciosa y, a la par tan descuidada; insistir en ser dueños de aquello que no se sabe nada.

Ahora que la distancia es una cadena, por horas perpetua, añoro no haber sabido libar del tiempo más de su preciosa esencia.

¿Quién sabe lo que, tras las sábanas de la madrugada, el nuevo día nos aguarda?¿Y si bajo sus sedas sea la última vez que se besan nuestras espaldas?

La vida es como la hoja que cuelga, que el soplo del viento puede ser el postrer aliento que sienta prendida en la rama.

Tan cerca, y no haber cogido tu mano mientras dormías. Tan bella, y no haber quedado extasiado a tu lado, y sentirme culpable de hacerlo ante las estrellas.

Recuérdame -¡Sin miedo!- que en cada puesta de sol empieza el sueño de hacer realidad mi deseo de sentir el latido desde tu pecho.

No hay otro instante como ese. Donde el silencio es un regalo, y la soledad entre dos el momento donde la negrura obra el milagro.

Los nuevos rayos que alumbren la calma que la espesura zaina dejó tras su marcha, sean testigos de una nueva última noche que de amor y destino hablaba.

(Imagen de Sergio Gutiérrez)

domingo, 28 de junio de 2015

Allá en lo negro

Qué hermoso es perderse mirando ese techo negro que no tiene fin, en el que creemos adivinar un nuevo puntito brillante de vez en cuando. Ese puntito lleva ahí mismo brillando desde hace millones de años. ¡Qué ingénuo!

Sin embargo, qué bello es saber que aquello que es un todo, a saber si eterno, donde nos vemos reflejados por la razón que sea, está siempre para reconfortarnos en su profundidad.

¿Soledad? No... Introspección del alma.

Ahí está. Ese cielo zaino que miro yo ahora, es aquél que miraba hace años en el mismo sitio que la imagen refleja, a kilómetros de distancia. Ha cambiado el lugar, pero permanece la sensación y, cada día que pasa, crece la emoción de seguir mirando hacia arriba, porque los que para unos es la gran nada, para mí es el gran misterio del todo, insisto en ello.

Qué grande es sentirse un Quijote gracias a esa oscuridad que cubre cada palmo de la vista alzada, mientras te ayuda a esbozar una sonrisa cuando todo te aplasta, animandote a creer en el mañana por el que debes luchar, a pesar de las duras pruebas de la vida.

No hacedme mucho caso. Son divagaciones que expreso en el silencio, y comparto solo con ese cielo pintado de universo.Pretendiendo que mi pensamiento, qué paradoja, sea escuchado por los que ya lo conocen de cerca, y hace tiempo dejaron esta verdad a medias que es nuestra existencia.

No os detengáis en estas palabras, hasta que no lo hagáis buscando con vuestros ojos la paz de ese gran dosel oscuro.

Cuando estéis ante él, libres de las cadenas que os sujetan esclavos a estar por completo informados de todo, al tanto de cada cosa, de quienes os rodean, de las redes sociales, de las ideologías, del pragmatismo, de la razón impuesta admitida por cada uno, elevad vuestra cabeza y sentíos humildes por una vez, porque sois -somos- una mota, una brizna, una gota...

Qué bien se siente uno cuando es capaz de conectar con lo que está fuera de su alcance, sin necesidad de tecnologías, solo con su persona, y sonreir al contactar con aquello que ya le parece lejano y vuelve en forma de vívido recuerdo. De volver a sentir voces que ya no oímos, momentos que pensábamos perdidos...

¡Sí, sonríe! Por fin, por una vez, te has encontrado a ti mismo más allá de la realidad que nos plantean cada día. Ya sabes cómo volver a hacerlo cada vez que te sientas perdido, agobiado, pesaroso, angustiado o, simplemente, aburrido.

Yo sigo mi camino. Me alegra haber tenido esta breve conversación contigo, puede que en otra ocasión nos volvamos a encontrar bajo esta calma que regala la noche. En tanto, amigo mío, voy a seguir luchando contra los molinos.

Sé feliz, y no olvides que tú también tienes algo de Quijote.


sábado, 27 de junio de 2015

Memorias de aquella Isla: De Juan y Juana y la llegada del verano

Recuerdo de pequeño, llegada la fecha del solsticio de verano (que es cool decirlo así), cuando el veinticuatro de junio era fiesta en mi casa. El santoral -qué quieren que les diga, yo no soy cool-, marcaba ese día como especial en mi familia.

En mi barrio, las felicitaciones eran constantes oírse a tantos juanes y juanas como aquella gran familia que se era tuviesen.

Hubo un tiempo -no hace tanto de ello, veintitantos años nada más-, donde la hermandad del Ecce Homo organizaba una verbena popular en el patio terrizo posterior de la parroquia, aprovechando la coincidencia nominal del joven apóstol al que rendían culto, con el del decapitado bautista de Jesús.

Tomo como referencia este hecho, sin mayor relevancia, para trasladarme a esas fechas donde todo era un punto y aparte.

Para nosotros -cuando el prime time televisivo lo ocupaban programas tales como El precio justo  o el Un, dos, tres- los que hoy somos más o menos cuarentones, la proximidad de la festividad de San Juan Bautista era el punto y final para el curso en el colegio. El llamado día más largo del año se aprovechaba como si tras éste viniese el apocalípsis y no fuese haber más verano.
 
 

Se iniciaba la liberación del yugo de los libros de texto (peso, que no era poco, que debíamos llevar sobre nuestros hombros), horarios impuestos, exámenes y castigos por haber sido apuntados en la pizarra de la clase, por el alumno puesto para ello a dedo, por el profesor (astuto maniqueo que lograba que estos anotadores fuesen, a posteriori, linchados a cosquis). A partir de esa jornada, nuestra única obligación consistía en actuar con la libertad de ser lo que éramos: Niños.
 
 
 

En toda la ciudad, en muchos barrios, no se pasaba por alto cumplir la tradición de nuestros ancestros, coincidiendo con aquella noche tan especial, de quemar aquello que representaba el pasado, lo malo, lo que debía marcharse, convirtiéndolo en cenizas que el viento desperdigara.

El hacer popular, que es muy sabio, supo recoger esta antigua enseñanza de evasión psicológica de romper con lo que nos aturdía en cuerpo y espíritu; y en esta tierra, donde el ingenio es un don natural, en la que hasta la invasión gabacha nos hizo crear nuevos platos gastronómicos adaptados por la necesidad (como la tortilla de patatas), nos quedamos con la copla, y como aquello ya citado del solsticio de verano nos resultaba muy repipi, le dimos nombre propio: En La Isla, era el día de Juan y Juana.

¡Tal cuál! ¡Sin discrepancias sexistas! Así constaba para todos. Y en la memoria local, salida de no sé dónde -ni tan siquiera qué sentido tenía en realidad-, conocíamos aquella estrofa que decía:

        Juan y Juana se casan mañana/ con una gitana/
 que tiene las tetas como unas campanas.

Aunque tengo una versión más coherente, donde la calé de tan sonantes mamas era la tal Juana. En fin...

Era como una especie de letrilla sortilégica que, sobre todo los púberes, entonábamos a modo de rito, o tan solo porque mentar las gracias femeninas generaba aquella risita tonta. Qué felices éramos...

Como aquella verbena pastoreña que decía, raro era el barrio que no organizaba su particular versión (casi inquisitorial) de llevar a la pira a esos personajes hechos de trapos, que representaban nuestros propios demonios, mientras creíamos verlos gritar en el crepitar de las llamas, que era alimentada de muebles, cajas, y otros objetos inservibles de fácil prender.
 
 

De todos los lugares, sin duda, La Meca era el barrio que es balcón de La Isla a la bahía gaditana, y que tanto he nombrado en estas Memorias: La Casería.

Por entonces, los vecinos convertían sus calles, sus casapuertas o sus patios en escaparates del buen humor, y aquello -salvando las comparaciones- era como contemplar los ninots de las Fallas valencianas, pero en versión cañailla. Esta costumbre no era exclusiva del sitio, sino que se extendía a otras zonas de la localidad, pero en aquél enclave adquiría cierta magia y era inevitable su visita para hacer buena la costumbre.

Las calles aledañas de la plaza de san Juan (como no podía llamarse de otra forma), hasta el mismo camino hacia la playa, era una peregrinación contínua de curioso y expectante público que esperaba ver como, aquella noche, en el terraplén rapado y libre de vinagrillos, maleza variopinta y cambalache de basuras variadas que de forma habitual contenía, los más avezados saltaban entre el incendiario monumento a la motivación por destruir lo que creíamos nos había dañado. Todo ello, acompañado de alguna barra donde aliviar gargantas, estómagos y, algunos, otras penas para olvidar.

La fiesta de los caseros era el preludio de lo que quedaba por venir en julio.

Tras la traca de fuegos artificiales, alguno completaba el ensalmo bajo las aguas aquietadas, dando más de un susto a chocos, lisas y mojarras, que dudo esperasen invasión alguna a tales horas en la tranquilidad de su salino hogar.
 
 

En tanto, la mayoría enfilaba el Camino de la Cruz  (http://latardetranquila.blogspot.com/2015/06/memorias-de-aquella-isla-la-leyenda-del.html)  para dispersarse tras el nostálgico paisaje de chumberas y araucarias; aunque, a esas horas, no era melancolía lo que se palpaba, sino la sensación de qué lejos se estaba, desde allí, de cualquier sitio.

La noche se apaciguaba y, tras los pasos de los que regresaban limpios de males, el ladrar lejano de algún perro, el sonido del motor de una Campera imposible de señalar su rumbo, la tediosa cadencia del canto de los grillos y, en la lejanía, la banda sonora de alguna película traída por los vientos marineros desde el mismo manchón de Madariaga.

Había empezado, de forma oficial para nosotros, aquel maravilloso verano.


Hoy se ha hecho feria de aquella velada junto al fuego y al mar, y ha quedado para el recuerdo su sencillez, pero no su espíritu, gracias a Dios... Y a sus vecinos.
 
 
 

miércoles, 10 de junio de 2015

Memorias de aquella Isla: De las distancias

Decimos -yo al menos- que San Fernando es un gran pueblo, o una pequeña ciudad. Con menos terreno que el que ocupaba un 600 aparcado es, a pesar de ello, una de las localidades andaluzas con mayor densidad y con una maldición en el número de habitantes que expone tener; ya ni recuerdo cuánto tiempo llevamos los de aquí arguyendo que somos cien mil almas (en cifras oficiosas), pero eso es tanto como decir que el San Fernando C.D es equipo de Segunda -no ya de Segunda B- por campo, afición y población: es decir, puede ser, pero no llegamos aún a ello.
 
Con lo de la extensión quería exponer que, salvo para visitar las nuevas urbanizaciones que hay en lo que ya decimos el extrarradio, podemos ir a pie a cualquier sitio gracias, también, a que nos han dejado la callerreal como una autopista: libre de gracia alguna y con casi nada que te detenga (eso sí, de pagar el peaje de la paciencia nadie nos ha librado todavía).



Antes, al menos, te parabas para cruzar de acera; te quedabas acarajotao oyendo el pipipipi ese que pusieron en los nuevos semáforos -con pitito y botoncito ad hoc, el cuál ingénuamente pulsábamos de forma inmisericorde, cual mensaje en Morse para forzar el rojo, con el fin de detener a los automóviles-. Entre eso y los pasos de peatones en forma de cuesta, La Isla empezaba a ser una ciudad accesible para personas con ciertas discapacidades. Yo no sé a ellos, pero cuando el pitito aquél tomaba visos de electrocardiograma plano, y el pipipipi era casi un piiiii, anunciando que ya se ponía la luz verde para los vehículos, me entraba un estrés... Ahora me pasa lo mismo pero con el muñequito o el segundero. Cuando el primero pasa de andar a correr, puedo asegurar que sudo y todo.
 
Perdón, otro capítulo donde me disipo (y van diez).
 
Decía que, al menos, cuando deambulabas por aquella calle de las tres avenidas, tenías que hacer un stop peatonal obligado, ya sea por los coches en la hora de los atascos -a eso de las doce de la mañana-, que ahí pensabas "menos mal que he dejado el coche aparcado por el Parque", y ya te parecía lejos solo para ir hasta Correos a echar una carta. Pero, o era eso o aparcar con miedo en la misma calle Dolores, y rezar porque los municipales a esa hora estuviesen en el Torreplaza desayunando.




A eso iba. A la impresión que tenía antes sobre lo extensa que era La Isla.
 
Recuerdo que en la calle Calatrava había una pollería (también, en vocablo culto, llamadas Asadores de pollos. Hasta el vocabulario popular se nos va desgajando) que vendía uno de aquellos manjares desplumados y salseados más exquisitos. Yo, que vivía en la calle Escaño, para ir a comprarlo, acudía junto a mi padre, en el SEAT 127 familiar (éramos cinco y cabíamos. ¿¡Qué es eso de monovolumen!?).
 
Hoy no se me ocurre gastar ni un solo decilitro gasolina para ello.
 
Ya dije en la primera entrada de estas Memorias de aquella Isla, ¡que hasta cinco líneas de autobuses existieron! Y me cabe la duda de si no llegó a crearse una más que, si fue así, duró lo que el Paseo de la Magdalena presentable.
 
Así, había paradas, por ejemplo, desde El Carmen -dirección San Francisco- frente al solar que había en lo que hoy es la biblioteca "Luis Berenguer", otra frente a "Recreativos El Carmen" (originalidad ante todo), justo antes de la esquina de la avenida Manuel de Falla. Donde, por cierto, había una pastelería, atravesando dicha avenida y pasando la joyería de la familia Jones, junto a la Mercería Loli, que me recordaba mucho a la de La Victoria y, ¿a que no adivinan cómo se llamaba?
 
Pues eso. Desde Borrego hasta la Compañía de María podía contarse, en un solo sentido, hasta cuatro paradas en ese breve espacio, y no sé si otras tantas a la viceversa. A ver... Una donde el colegio Miramar, otra donde la Casa de la Juventud -pasando Roype-, otra en la misma Alameda del General Pidal, la del Patio Cambiazo... ¡Buf! ¡Pues fíjense! Hagan lo que los psicólogos llaman un mapa cognitivo (un mapa mental, vamos, grosso modo) y calculen distancias y paradas.
 


Y aún así, entonces, parecía que hubiese más público en las calles que hoy.
 
Visto así, pareciera que San Fernando era una enorme orbe, aunque solo tuviese cuatro grandes vías: Real, San Marcos, Pery Junquera y la de la Carretera de La Carraca.
 
Cierto es que ya casi no hay terraplenes urbanos; esos que habían en el Almendral,  por Cañorrera, El Boquete... Aquellos eran terrados donde muchos niños hacíamos como los topguns (o toh-gan, en nuestro decir) con las bicicletas G.A.C., ORBY, algunos la sin par MOTORETTA, en vez de reactores; cogíamos velocidad, y salíamos disparados al cielo, tras enfilar un advertido montículo que hacía las veces de lanzadera.
 
¡Qué de postillas no habrán salido en nuestras rodillas al terminar el vuelo en aterrizaje forzoso!
 
En mi álbum particular, volviendo a lo de las distancias, tengo la imagen clara, al salir una tarde invernal del Liceo -donde estudiaba-, y tomar el camino hacia el parque Sacramento, para ir a casa de un amigo a hacer la tarea. Al pasar aquella zona -donde se solían instalar los circos que venían por la ciudad-, había que transitar por un callejón angosto que, en las anochecidas, bien pudiera haber servido a Michael Jackson (Maikelyason en mi lengua vernácula) para una de las escenas de su "Thriller".
 
Aquél camino con una sola farola -que no daba luz... ¡Daba miedo!-, que se sujetaba a la fachada sobre una cancela verde, que daba entrada a una huerta. Lo demás era todo chumberas y pedregal. Al pasar aquella temible callejuela, dabas a un inmenso terreno baldío, plagado de la misma vegetación, con lagartijas que eran Tiranosaurios Rex y con más socavones que la orilla de la segunda pista de Camposoto.


Con mis libros de texto Senda y Regata en una maleta, de la marca de ropa juvenil "Río Grande" , llegar desde la zona de Tercio de Flandes, con aquella cuesta horrorosa que padecíamos los alumnos de ese colegio -que los días de levante parecíamos Clint Eastwood (Clin-nisvu en isleño), pero mascando arenisca en vez de tabaco- hasta la Plaza de los Poetas Andaluces, era una odisea hoy inexistente. Ahora, todo ese desierto que describía está perfectamente urbanizado, y con una vida y un callejero impensable en el año ochenta y poco.




Ir a la barriada Bazán, a la de La Ardila, o a La Casería, por ejemplo, era considerado una temeridad hacerlo andando. Sin embargo, para algunos descerebrados (como el que suscribe), que tomaba dirección al primero de los núcleos nombrados, entre vinagrillos, sobre el camino que existía paralelo a la ya citada Carretera de la Carraca, aquella travesía era una aventura que, en mi caso, obtenía el premio de diez duros (o veinte) que me daba mi abuela, para coger el Chulo de vuelta. Cinco era lo que costaba el billete del autobús, lo otro para chucherías variadas, o guardarlo hasta reunir los quince que valía la entrada para la sesión infantil del Cine Almirante (que ese sábado estrenaban Rambo).


Sería mi estatura, y que mi visión y patitas de pequeño saltamontes, recorriendo las calvas que entonces existían, hacía que creyese que mi pueblo era enorme. Sería que, cuando volvía de la escuela a mi casa, sisando el dinero del autobús para gastarlo en Petas-Zetas, en un Cheiw de menta, en Chimos, en un Pita Gol (el instrumento musical más dulce), o en un cartucho de altramuces (eso de chochitos de vieha me daba repelús), uno iba con otra tranquilidad.


 

 



Sería que, para mí, no había más mundo que mi pueblo. Seguramente sería eso.



(Fotografías en El blog de Milano, Leonor Montañés (San Fernando y yo), Ayuntamiento de San Fernando y otros autores)
  

viernes, 29 de mayo de 2015

Memorias de aquella Isla: Una noche de verano ®

La noche era el reflejo de aquella bahía en calma; tanto, que en esas aguas se adivinaban las estrellas que se alzaban en el cielo, y la luz de alguna barca de pescadores parecía imitar alguna de esas fugaces que admirábamos mientras, en esas oscurecidas de verano, en la inmensa pantalla del Gran Cinema Madariaga, se disputaba a vida o muerte un maletilla llamado Palomo Linares.
Mucho cuidado hubiera debido tener el torero peliculero si, en vez de uno de esos sobreros de los filmes, se le planta delante el Múo (q.e.p.d) que picaba las entradas al pasar por las puertas del recinto cinematográfico.¡No le daba un muletazo nadie! ¡Cualquiera se le colaba! Y éste no corneaba, pero te daba un zamarreo que ni un Miura.
Era cuando las colas de ávidos y entusiastas cinéfilos llegaban hasta la pajereta del fondo norte del Marquésvarela.
Por entonces, para mí las noches eran tan universo -tan espectáculo- como el mismo que su oscuridad dejaba ver. Cuando mi espíritu infantil lograba alcanzar la luna pinzándola entre dos dedos.
La sinfonía de sensaciones que podía regalar aquél momento, donde nacía el nuevo día en el calendario, era tal que no conocerla podía ser un pecado contra las emociones.
Los acordes de viento los ponía un Levante animoso que daba pie a la percusión en los antiguos ventanales que, a base de rítmicos golpes, se acompañaban de los platillos de sus nerviosas vidrieras. Mientras, en la lejanía, se oían los metales que respondían desde donde la misma playa de la Casería o desde La Carraca, en lentos movimientos de los herrajes de las grúas en sus pantalanes. Y entre corchea y corchea de la isleñísima serenata, se escapaban algunas frases sueltas de la película que, desde el nombrado cine de verano, se reproducía.
Tal era la orquesta que, en la quietud de la oscuridad de aquella Isla, se dejaba oír para paz de algunos que, en esas notas intempestivas, hallaban el mejor relajante que pudiera ningún médico recetar; aunque, para algunos niños, aquella melodía resultase lo más parecido a un cuento de terror, por lo indefinido e inesperado de su aparición en la negrura.
Si durante las mañanas la vida se dibujaba en cada rincón blanqueado por la cal, las noches aliviaban las calles que algunos, aprovechando el calor y el insomnio, baldeaban cubo en mano, junto a los zócalos de sus viviendas, levantando un agradable frescor que reconfortaba de la calima.
Las damas de noche enjugaban ese frescor de un hipnótico aroma -que aparecía envuelto en el misterio de su procedencia- siendo capaz de detener cualquier conversación en el dintel de las casapuertas, de retrasar cualquier cosa por la que nos hubiésemos levantado. El acto seguido era cerrar los ojos y aspirar profundamente, como si quisiéramos conservar ese perfume para siempre; como si deseáramos eternizar ese instante.
Fragancias que los aires noctámbulos mezclaban: aquellos perfumes, con el del mismo mar. ¿O quizás con el inconfundible bofetón a eâu du Zaporito?
¿Por qué será que en la noche todo se intensifica más?
Los primeros momentos de las madrugadas estivales en mi pueblo se acompañaban de cuchicheos entre vecinos, sentados en el trono más cómodo de la casa y fuera de éstas, en el acerado que daba entrada a sus portales, con alguna vianda que prolongara el rato.
En el silencio, era el clamor de la voz baja que clamaba vencidad. Aquella que daba desde los buenos días a las buenas noches, sin necesidad de un ascensor que hiciese de punto de encuentro casi obligado, donde saludar es una penitencia:
   - Buenas...
   - Hola.
Y ya está. Esto en un noventa y ocho por ciento de las ocasiones. ¡Y siendo muy generoso en las estadísticas!
Esa era la otra banda sonora de La Isla: la de las noches. La del silencio. La de las charlas a medio tono. La del susurro del Levante y la piel erizada cuando el Poniente te acariciaba, obligando a buscar refugio entre los hilos de alguna prenda. La de los grillos y su hartible concierto en crícrí menor.
Aquella paz, desde luego, poco tiene que ver con la de hoy. La de entonces eran los ritmos que marcaban los tiempos. Otra forma de vida. Hoy... Bueno... Culpemos al inacabado cumplimiento de -parafraseando a Groucho Marx- contrato por la primera parte contratante de la ciudad.
¿No está de acuerdo? ¡Está bien! Rompamos esto y sigamos...
Mi pueblo no tenía (ni tiene) grandiosas plazas, aderezadas de suculenta arquitectura, donde la noche se alía en una conjunción perfecta con el todo y crea visiones únicas de gran belleza plástica.
No. No va por ahí la magia de mi tierra.
Mi pueblo tiene plazuelas, callejuelas, rincones de inmaculado caliche que tapa la piedra ostionera que recrean la magia de los lugares abandonados por aquellos que se marcharon, por mor de no encontrar en él lo que otras ciudades les ofrecían.
Ahora entiendo el cuento de Pinocho y el papel de Pepito Grillo. Ahora que, desde la distancia, alejado de San Fernando, lo veo todo más claro. ¡Cómo mentía cuando decía que me quería ir de allí! ¡Cómo me ha ido creciendo la nariz!
Es justo en este momento, mientras oigo el canto hartible en ese crícrí menor de otros grillos (que no son aquellos que de pequeño me adormecían con sus contínuos frotar de alas de fondo, en tanto escuchaba frugalmente a mi padre y a mi recordado Carlos Tudela -taxista en un Simca 1000, de coqueta banda celeste en sus puertas delanteras, y gran taurino- hablar de Felipe y de cómo estaban los tiempos), cuando el cricreante animalito me hace recapacitar.
Me recuerda en estas noches, a más de cien kilómetros de distancia de mi Isla, en las que me mantengo despierto -puesto que mi labor profesional así me lo exije-, sobre aquellas otras donde fuí un niño privilegiado, por haber conocido y disfrutado de esas otras que aquí, hoy, he recordado.
¡Sí! ¡Ahora lo veo!

(imágenes de varios autores)

martes, 26 de mayo de 2015

Memorias de aquella Isla: Niños ®

Por suerte, aunque la niñez me abandonó en lo físico hace ya unos años, ésta me fue tan propicia y rica en experiencias que guardo de ella magníficos y vivos recuerdos.

Crecí en unos años donde los niños aún jugábamos con las chapas de cervezas y refrescos. Donde la programación infantil duraba treinta minutos, y si ya eras un poco más mayorcito aún podías entretenerte con la televisión otros tantos si te quedabas viendo la juvenil (como El Kiosco que presentaba Verónica Mengod junto a Pepe Soplillo por ejemplo -popularizándose éste como mote para quienes poseían un digno pabellón auditivo-, con el dibujante José Ramón Sánchez y esos dibujos de aquella época. O te quedabas atontado oyendo esa forma tan ochentera y tan de la movida de expresarse de Horacio Pinchadiscos en Sabadabadá, con Torrebruno y sus "tigres, tigres, leones, leones" (pónganle música, seguro que la recuerdan) donde todos querían ser los campeones. Aprendiendo idiomas con el Muzzy (I'm Muzzy.Big Muzzy!), creyendo que cuando le entendías alguna palabra al vuelo eras todo un anglófono. Éste programa era el continuador para imberbes del mañanero Follow me. Que no había guasa ni nada con la lectura literal  del titulo en español.



Era cuando los niños flipábamos con esa nueva forma de baile y vida que era el Break Dance (breih-dan decíamos), y creíamos un imposible que un coche fantástico nos hablase y se autocondujese. Aprendimos que se puede ser un patán y un superhéroe a la americana a la vez.  En nuestro universo televisivo nadie moría, a pesar de los guantazos, bombazos caseros y automóviles volando en El equipo A, McGyver, El Trueno Azul o El Halcón Callejero. Tuvo que ser una serie española -como no- quien nos traumatizara con la muerte más insospechada, abrumadora, mediática y malintencionada hasta entonces.

Mientras merendaba, recuerdo a Pancho corriendo, gritando y llorando esmorecío por la playa: "¡Chanquete ha muerto!". No había forma que me pasase el pan con mantequilla por la tráquea tras el mazazo. ¡Que pechá de llorar! Hoy pienso que el director, como Cervantes, quiso hacer único (para evitar plagios y segundas partes) e inmortal en la memoria a ese loco que, en esta ocasión, vivía en un barco en lo alto de una loma (Marinero en tierra que escribió otro inmortal como el gran Alberti).



Por aquellas calendas lo más impactante en videojuegos era el Donkey Kong (para el acervo infantil isleño: Donkinkon), en aquellas maquinitas de doble pantalla. O bien ibas a Las Torres al Saquebola a echar partidas a cinco duros con tus amigos en alguna de esas quemaadrenalina recreativas, en un insuperable y novedoso juego interactivo en 2D, donde te dejabas los dedos de tanto pulsar a velocidad superlativa los botones amarillos. En los escaparates de La Perla, centro neurálgico del entretenimiento infantil -me río del Toys ´r Us-, aparecía, por ejemplo, la versión electrónica del juego naval por excelencia que, hasta entonces, practicábamos incluso con un folio y mucha imaginación en la escuela durante los recreos o el cambio de clases: Hundir la flota. Con su estética de centro estratégico militar, su tablero de operaciones y su pantalla donde, al hacer blanco por tres o cuatro veces, se iluminaba en un rojo fuego el barco que aparecía en ella y gritabas con satisfacción: "¡¡Tocado y hundido!!".

 
 

 

 

Con esa tecnología en ciernes, el mundo de la computadora, que después pasó a ser ordenador para terminar en el anglicismo abreviado PC de hoy, se nos ofrecía en forma de Spectrum+2, que solo queríamos para jugar, no sin antes esperar la eternidad en lo que el la cinta cargaba. Los más afortunados tenían la veloz versión +3. Todo un prodigio de la informática a 128k y que usaba disquetes de 3´5". En mi colegio -estudié en el Liceo- comenzaban a impartirse clases de informática básica de forma extraescolar, a la que muchos nos apuntamos, y donde empezamos a introducirnos en ese maravilloso agujero negro (por desconocido). Era casi orgásmico, cuando te tocaba -había un ordenador por cada tres alumnos- poder escribir en aquella pantalla negra con letras verdes, y una aventura poner alguna palabra mal sonante evitando que te pillaran; por entonces, existía la leyenda urbana de que el profesor podía ver qué escribíamos en la suya, que estaba situada en su mesa encima de un estrado que conformaba el doble piso de las aulas. Ahí empezamos a familiarizarnos con el PRINT, CLS, DEL, COPY...
 
La era del Casio con calculadora, y del reloj Transformer.
 


 
 

 
 
A pesar de todo, los niños de La Isla seguíamos correteando por nuestros barrios tras aquellos balones de cuero deshilachados e inflados mil veces en los talleres mecánicos, o en tiendas como la de Ruceco. Paciencia infinita de las gentes de mi pueblo. Pedaleando por los inhóspitos parajes en que se convertían La Magdalena y  aquellos esteros, o por el camino hacia la enorme meta que era aquella grúa en el dique de la Constructora; o por las huertas -como la de Chaves-. Incluso por la parte de atrás de la vía del tren que pasaba tras los bloques de la barriada Bazán, que alcanzabas tras salvar con solvencia la pajereta (ese término tan nuestro) que hacía de muro de contención y de barrera para que no hubiese peligro alguno. En realidad, no sé si los inconscientes éramos los niños, o los genios a los que se les ocurrió que aquella enclenque pared era toda la seguridad necesaria para evitar alguna catástrofe.

Quedábamos, ya más creciditos, a la puerta del Cine Almirante, para ver a RamboShuarshenague, o a Bud SpencerTerence Hill repartiendo coqui huevo a los malos en cualquier dirección. Algo así como santiguar y dar hostias (Con perdón). Eran otras mentalidades que ya pasaban de ver al Piraña en "Chispitas y sus gorilas" que vimos en el Madariagay de Marisol y Joselito, que aún andaban a la zaga para el infantado en la primera cadena. Otra opción era el Cine Alameda, que tenía cierta mala fama, para ver películas o alguna función de marionetas que, de cuando en cuando, se organizaba para los colegios.



La plaza de mi barrio, el de La Pastora, estaba recién terminada tras las obras de remodelación. Las anteriores losas de Tarifa dieron paso a una solería mucho más moderna, y los niños ya no se chocaban por tropezar con estas piedras que se levantaban del suelo, ahora nos resbalábamos. En verano, con la calor haciendo mella en aquellos cuerpecitos sudados por ese ansia de no dejar de dar carreras y más carreras, nos parábamos en Ca´chanche (que era como decíamos a Casa Sánchez) a comprar un vasito de Casera que Antonio, el dueño, nos vendía por tres pesetas y, después -seguro que fue culpa de la inflación por el cambio de gobierno- a cinco. En aquél ultramarinos-frutería-droguería-güichi, había un pastelito por el que tenía predilección. A los Bucanero, Pantera Rosa, Bony, Mi merienda o Círculo Rojo, se les unía un competidor del Phoskitos: El Megatón. Aunque pocas cosas tan buenas como ese pan con chocolate.



En el mes de mayo, de ningún lugar específico, salía en procesión -creada por nosotros- una inventada Cruz Mayo, con su paso (hecho con los palés que encontrábamos en la plazoletalasvacas) con sus cargadores, su banda (percusión a base de latas de pintura, y viento de cornetas de tenderetes) y hasta una improcedente penitencia, pero la gracia consistía en que todos participásemos. Así, de tal guisa, paseábamos nuestra particular hermandad, haciendo paradas extraordinarias en El Naca y en la citada tienda de Antonio Sánchez; ello nos grajeaba la simpatía de los espectadores, por lo que en ambos establecimientos nos regalaban una bebida a cada uno. Lo malo es que no teníamos medida, y claro... La tercera parada ya era excesiva.

Los niños, y diría que hasta los padres, temíamos poco o nada salir solos a la calle. Quedar con los vecinos para jugar al matar, al angúa, al coger... Era el premio tras la jornada escolar. El grito indeseado y temido de: "¡Juaniiiitooooo! ¡Venga pa´casa a bañarte!", era el toque que daba al traste con la diversión de la tarde.

Tras esa primera alarma, que retumbaba de esquina a esquina y por alguna más, aquello era como una hilera de fichas de dominó. Uno a uno íbamos cayendo en manos de nuestras madres.Y sin rechistes, que encima te llevabas un cate.

Tras el baño, la cena y un rato de televisión, sobre todo tocaba la película de dos rombos. Esa era la señal: "¡A la cama, que esto no es para ti!" Así llegamos mucho hasta la pubertad. Deseando saber qué escondían aquellas figuras geométricas que nos mandaban directamente al catre.

La salida de los domingos era el gran día y como finalizaba, por norma, un fin de semana libre de despertadores y otras obligaciones.

De punta en blanco, más repeinado que un maniquí de Ruisan, y con tanta colonia que parecías un frasco de esos que vendían en la antigua perfumería de la calle San Rafael, el paseo dominical reflejaba una imagen idílica familiar con parada en la pastelería de La Victoria, en El Arqueño, Los Milagros, o la de Los Ángeles -que te la encontrabas en la calle Cecilio Pujazón si venías de cumplir el ritual de visitar la Alameda o el Parque; porque en San Fernando tenemos plazas y dos Alamedas oficiales, ¿pero Parque? ¿Así... Con mayúsculas? ¡Solo uno!-.

Como decía... Así te mantenías entretenido comiendo una de esas inmensas cuñas, o un quitahambre, mientras tu madre te insistía cada dos por tres: "¡No te vayas a manchar que después la pringue no sale!".

 Si se daba el caso, y las circunstancias lo permitían, cualquier cafetería que te ofreciese el rico alimento del churro, la tostada de pan de molde con aquella mantequilla que no he vuelto a probar desde entonces, o un rico dulce, también formaba parte de ese transitar dominguero de ida y vuelta, casi siempre, por la calle Real, que era como decir ir al pueblo.
 
 

Pero si había algo que nos llamaba a los niños la atención sobremanera, eran los carrillos. Ya sea en aquellas caminatas, o en la vuelta de clases, o en nuestros ratos de ocio,  un lugar donde era imprescindible detenerse eran en esos mostradores de frutos secos, chucherías, caretas y otras porquerías variadas, que hacían que nuestros ojos no supieran donde acudir. En mi mente quedan el que se encontraba en la entrada a la Alameda, el que estaba justo al lado del Bar "La Parada", el que se ponía de forma ocasional al lado del Banco Central, o el que había en la esquina de la parada del Canario, próxima al Bar Santander. Toda una institución en la Barriada Bazán era el carrillo de Juan Sisí, que te despachaba de los mejores altramuces que podían comerse en cartuchos de a duro.
 
Sin duda, esto podría llevarse otro capítulo por sí mismo. Será cuestión de ponerse.
 
Así podría llevarme horas. Pero está bueno lo escrito. Me han quedado muchas cosas, pero un capítulo no puede encerrar todas unas memorias.

De lo escrito podemos decir que, quizás, no existan grandes diferencias entre aquellos niños y los de hoy, aunque muchos de los de entonces nos alegramos de haber vivido como lo hicimos, con tanta carencia electrónica y telemática.

Dele hoy solo una gomilla y una pinza de tender a uno de nuestros niños: Puede que termine redescubriendo que con esos dos elementos tiene una pistola más efectiva que la que le venden en un chino. Deles chapas, una bolita de papel de plata y un lugar donde expandirse: Quizás ingenien, de nuevo, un inesperado partido de fútbol.

Por cierto, no he comentado de las niñas a postas.

Los niños ayer, hoy y mañana también necesitan conocer a los mocosos que, una vez, fueron sus padres. 
 
 
 

martes, 19 de mayo de 2015

Memorias de aquella Isla: La homosexualidad de mi pueblo ®

Dicen que Cádiz es la tierra de la gracia por derecho de autor. El rincón de España donde las penas se cantan y el humor se destila en cada poro de sus piedras ostioneras. También dicen las lenguas aviesas que, junto con su bahía, concentra un gran número de homosexuales.

Dicen tanto por ahí...

Pero no es menos cierto -importándome una chirla las estadísticas y otras envidias- que sin ser ley en esta tierra, donde la sal no es solo una sazón, sino un don de sus gentes, de la que están llenas aquellos cuyo ser sexual genético no terminó de convencer al psicológico.
No es una norma, como decía, sin embargo, el mariquita (dicho con el mayor respeto) es una persona que declama el arte de la originalidad.

Sí, sí... ¡Declama! Poesía socarrona de la vida, a lo Lope de Vega.

Por aquello de que el gay toma como suyo, por convicción, una forma de rol femenino, éstos siempre han sido grandes autores del arte dramático, y no hay quien les discuta la facilidad para hacer de la batalla de la vida una filigrana: su arma.

Una poderosa y peligrosa arma, donde ironía, sarcasmo y autodeterminación se funden. Eso que vendría a llamarse la mala leche del maricón (este término lo escuché a un compañero que lleva a gala serlo, y yo lo reproduzco con el honor de ser su amigo).

Recuerdo de mi niñez a un hombre de reconocida homosexualidad y - sin tener porqué casar una cosa con otra, por supuesto- reprobable moralidad, que se solía pasear desde el cine Almirante de izquierda a derecha de la callerreal; buscaba a las salidas de los colegios a los niños, y con malas artes les sobaba la bajaespalda. Nosotros le decíamos El Tortuga, por unos rasgos físicos que lo condenaban con justicia a ese mote, amén de la particularidad de su paso, que era como ver andar un costalero por Campana: despacito y arrastrando los pies.

En la viña del Señor también salen cardos. Y cardillos...

Sin embargo, será porque en este pueblo nunca ha faltado la gente con ange, en mi memoria queda la oronda figura de un pastoreño de esos de los de toda la vida, tras un mostrador de madera pintada en blanco y un azul celestón ya desvaído, con una cristalera donde se mostraban el pan de Cundi, las teleras, el Viena... Era Manolo.

¿Qué vecino de aquél castizo enclave no le conocía? Como Chema en Barrio Sésamo, Manolo era el panadero por antonomasia.

Con su calva, condecorada por una laureada de pelusilla -restos arqueológicos de la pelambrera que una vez dijo tener-, permanecía eternamente sentado en una desvencijada silla de madera y, ora sí, ora también, acompañado de la inseparable fotocopia humana de Rosario, su hermana, que se ponía a hacer punto en una de aquellas mecedoras -cuyo asiento y respaldar parecían celdas de un panal-, mientras él leía aquellas revistas de sociedad, que hoy dicen del corazón, en la resumida (por pequeña) estancia.

Manolo era de los que te despachaban con solvencia cuando las horas ya hacían mella. Esto es: rápido para que no le incordiaras mucho. Y si se trataba de un mocoso, eso era como una gastroenteritis en pleno rendimiento: cuando menos te dabas cuenta, ya te había largado (perdón por lo escatológico).

Se diría que Manolo entraba en la categoría del mariquita malage, pero entrañable.

Cuando mi madre me mandaba a por el preciado diamante que salía amasando el trigo, me decía de forma tajante: "Ve an'cá Manolo, el maricón, y tráete dos bollos y un tercio". Y allá que iba el prenda, con cinco duros, a por el prieto manjar y el espumoso néctar.

¿Recuerdan que antes de los botellines se pedían quintos y tercios?

Para mí, Manolo era como de la familia. Esquina frente a esquina a la de mis abuelos, allá en Mariana de Pineda donde otrora, en el mismo lugar, estuvo la peluquería del Maestro Lobo -cuya sobrina, con los años, sería mi madre-, aquella tiendecilla de techos como tablero de ajedrez, que incluso le hacía juego con el suelo, tenía un personaje como dueño que, en momentos donde le tocabas la moral -sobre todo si eras un niño, insisto, y te llevabas media hora para decidirte por una chuchería- se echaba sobre el mostrador, y con una voz como de flauta travesera te decía:

"
Mira, cohone, que'sto no es el ayuntamiento, y yo no'stoy to'l día rascándome el co...".

En fin... Seguro que son capaces de terminar la frase sin más aportación de mi parte.

En la Bazán -otro barrio para mí muy especial (¡Sí: Barrio!)- mi padre, a principios de los ochenta, tuvo una sala de fiestas de cierto renombre entre el mundo folclórico andaluz. Aquél lugar, "El tanguillo" -nombre más gaditano no podía ser-, estuvo emplazado en la misma carretera, pasados unos metros el mítico bar Santo Domingo, dirección a La Carraca.

En sus tiempos de auge, iba a amenizar las noches, por ejemplo, artistas de la talla del famoso músico Felipe Campuzano, conocidos nombres del flamenco y figuras de la copla -desconocidas entonces- que hacían allí sus primeros pinitos.

Quedó en mi recuerdo una anécdota, tras escuchar una convesación entre mis padres, de una actuación donde La Petróleo (¿no saben quién es? Indaguen, indaguen...) acompañada del citado pianista,  revolucionó, con su poquísima vergüenza y esa gracia natural, al personal que visitaba aquella noche el local.

Sin saber cómo, ante la sorpresa de los propietarios, observaron que allí no se cabía. Se concitaron en aquél local más homosexuales (y muchos clientes que no lo eran) que en cualquier cabalgata reivindicativa el Día del Orgullo Gay.
Al terminar la actuación, los dos socios de la sala de fiestas, fueron a felicitar a la protagonista de tal locura, y preguntarle si sabía cómo había ocurrido que tal avalancha se diese con tanta impredicibilidad, a lo que La Petróleo contestó: "Es que los maricones nos comunicamos por telepatía".

¡Toma!

Siempre se ha considerado que el mariquita tiene dos grandes devociones: su madre y la Santísima Virgen. Ésto entra dentro de la intimidad de cada uno, pero la creencia popular es caprichosa y reviste de sotana hasta al que no es sacerdote (esto es, que el hábito no siempre hace al monje). Sin embargo, haciendo buena la consideración, viene a mi memoria un hecho que viví un Miércoles Santo de hace años.

Era la primera vez que la Hermandad del Gran Poder (no salgo del barrio bazanero) pasaba por el nuevo puente de la variante y, por fin, el discurrir de la corporación penitencial no parecía una de aquellas películas en blanco y negro de principios de siglo, donde daba la impresión que todos iban corriendo al procesionar por tal lugar.

Ubicarse lo más cerca de la trasera de las andas era la mayor ambición que, a la salida, tenían aquellos que acompañaban al Nazareno de la Bazán. Entre ellos -la mayoría mujeres- iba un vecino del lugar, conocido por sus evidentes muestras por hacer notar que él no estaba contento con sus haberes físicos. Empero, no lo lograba del todo.

Para que se hagan una idea... ¿Conocen a Conchita Würst? Pues lo mismo, pero a la isleña.

Aquél miércoles hacía un gran levante, y el citado fiel se había hecho una permanente y tintado sus cabellos casi en el mismo color de la túnica del Cristo. Apareció con un jersey ceñido -que pretendía hacer justicia a la condición sexual con la que se identificaba-, regalando a la vista un exhuberante busto. Asimismo vestía unos pantalones vaqueros, igual de ajustados, que a la altura de la taleguilla dejaba claro que aunque la mona se vista de seda... Y que, desde luego, aquella sombra que recorría los maxilares de su cara no era debida a enfermedad dermatológica alguna y que en el DNI constaba el nombre de Francisco.

Como quiera que el vendaval que azotaba La Isla aquella calurosa tarde de primavera tuvo a la hora del comienzo de la Estación penitencial su mayor intensidad, el susodicho y llamativo penitente tomó la determinación de que lo invertido en el salón de belleza, desde luego, no iba a ser el viento quien lo echase a perder. Así que, como si esperase a un Miura a portagayola, se hincó de rodillas en el suelo y comenzó así su particular y espartana salida procesional, considerando que así se expondría menos al viento.

Hubo un titular de La Cuestión -si no yerro-, donde salía una foto con él arrodillado y que expresaba, al pie de la misma, algo sobre el fervor del barrio. Si supieran que el fervoroso arrodillado pretendía cumplir su promesa del antes muerta que sencilla.

No he hecho justicia con la realidad a la que me refería en el enunciado. Y pido disculpas. Me he detenido en el anecdotario más que en el reflejo profesional de muchos isleños que vivieron una etapa aún confusa por su homosexualidad. Pero he querido mostrar ese lado ingenioso y amable de, al menos, dos de los protagonistas.

En San Fernando, fueron mayoría los ciudadanos que convivieron sin importar qué condición sexual tenían sus vecinos de siempre, pero está claro que no para todos fue igual.

Son historias de aquella Isla. De sus gentes, sus particularidades, sus genialidades. También tienen su rincón en nuestra memoria. En el tintero de mi mente quedan muchos, como estos personajes nuestros, que merecerían que alguien se fijáse en ellos porque, como otros conocidos isleños de a pie, conforman con su personalidad tan especial, un retrato social de mi querido pueblo.


Imágenes de Leonor
Montañés, fotos antiguas de San
Fernando y otros autores.